Martes, 13 de junio de 2006
Ante la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, que en España este año se celebra el domingo 18 de Junio reproducimos el artículo dedicado a ello en El Observador.


Ver a Dios, adorar a Dios


El próximo jueves, 15 de junio, es la festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Corpus et Sanguine Christi. Pero, ¿cuál es la historia y las razones de esta celebración a Jesucristo-Eucaristía, al grado de que es fiesta de guardar —la Misa en este día es obligatoria para todos los cristianos—. Respondemos con el extracto de un artículo del español Manuel Jesús Carrasco Terriza.

La presencia real de Jesucristo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, está fundada en las mismas palabras de Cristo en la cena: «Éste es mi cuerpo, esta es mi sangre». Expresión rotunda que es transmitida por los sinópticos y por Pablo, y testimoniada por los primeros escritos de los Padres de la Iglesia.
Las primeras dificultades para aceptar la novedad del Evangelio no provenían de que Cristo fuera Dios: se negaba que Cristo fuera hombre, que tuviera cuerpo, o que ese cuerpo fuera real y que realmente hubiera sufrido la Pasión. Los Padres Apostólicos, para remarcar la corporalidad de Cristo, ponen el acento en la realidad del Cuerpo presente en la Eucaristía.

La fe en la presencia real de Cristo en este sacramento fue mantenida sin especiales problemas, hasta que en el siglo XI se plantea la cuestión de cómo habría que interpretar esa presencia. Junto a la clarificación doctrinal, que aleja tanto el peligro del mero símbolo como el del crudo realismo, brota por toda la Iglesia un gran movimiento de piedad eucarística, que culminará con la institución de la solemnidad del Corpus Christi, en 1264. No poco contribuyó a esa devoción el rito de la elevación de la Hostia consagrada, al que correspondía el pueblo con la profunda emoción de ver a Dios hecho carne.

El sonido de la campana durante la Consagración

El deseo de ver la Hostia, en un alarde de afectuoso transporte hacia la humanidad santísima de Cristo, ha sido una de las devociones más características y conmovedoras de los siglos XIV-XV. Los fieles esperaban con ansia el momento de la elevación para contemplar el Cuerpo del Señor. Cuando se acercaba aquel momento, sonaba una campana, y los fieles acudían presurosos a ver la Hostia.

En Almonaster la Real (España), una campana, fechada en 1535 lleva la inscripción «Ave verum corpus natum» ("Salve, verdadero Cuerpo nacido"). Al avisar a los fieles de que en ese momento se estaba realizando la Consagración y la elevación eucarística, parecía repetir a los cuatro vientos los versos de tan piadosa salutación a Cristo.

Un cirio encendido

Se introdujo también la costumbre de encender un cirio, colocado sobre un alto candelero, para una mejor visibilidad. Con el tiempo, el cirio quedó reducido a una palmatoria, que permanecía encendida desde la epíclesis hasta la comunión, para significar la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Por desgracia, junto con la piedad se introdujo en algunos la superstición: creían que el que contemplaba la hostia no moría en ese día de muerte repentina. Es más, la participación de los fieles en la Misa quedaba reducida a asistir a ese momento. Pero, abusos aparte, nos interesa tener en cuenta que la piedad popular por la ostentación de la Hostia fue secundada por los obispos, quienes fomentaban la recitación de oraciones o la entonación de cánticos apropiados para ese momento.

Jaculatorias eucarísticas

Las primeras invocaciones eucarísticas aparecen atestiguadas hacia 1220. Son jaculatorias breves destinadas a recitarse mientras se efectúa la elevación, ante la presencia del Cuerpo de Cristo. Recordemos algunas de ellas:
+ Ave salus mundi, Verbum Patris, Hostia vera: «Salve, salvación del mundo, Verbo del Padre, hostia verdadera».
+ Ave, vivens hostia, veritas et vita: «Salve, hostia viviente, verdad y vida».

Poesía y cantos

De las muchas composiciones poéticas y musicales medievales de este género, perduran tres:
+ Anima Christi. «Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame; Agua del costado de Cristo, lávame...».
+ Adoro te devote, latens deitas. «Te adoro con devoción, divinidad escondida...», composición atribuida a santo Tomás de Aquino.
+ Ave verum Corpus natum de Maria virgine. «Salve, verdadero Cuerpo nacido de María la Virgen».

Ave verum Corpus

El Ave verum aparece en los manuscritos antiguos con el título: «In elevatione corporis Christi», indicando que su momento apropiado es la elevación del Cuerpo de Cristo. El texto ha llegado hasta nosotros sustancialmente idéntico en su contenido, pero con diversas variantes en sus versos finales. La forma litúrgica común es la siguiente:

Ave, verum Corpus natum / De Maria Virgine, / Vere passum, inmolatum / In cruce pro homine, / Cuius latus perforatum / Fluxit aqua et sanguine, / Esto nobis pregustatum Mortis in examine. / O Iesu dulcis, o Iesu pie / O Iesu Fili Mariae.
Su traducción es:
«Salve, verdadero Cuerpo nacido / de María, la Virgen; / que en verdad padeció y fue inmolado / en la cruz para salvar al hombre; / su costado atravesado / vertió agua y sangre. / Sé nuestra protección / en el juicio de la muerte, / ¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso / Oh Jesús, Hijo de María».

En cuanto a su autoría, comúnmente ha venido atribuyéndose al papa Inocencio VI (+ 1362) o a un autor anónimo del siglo XIV. Sin embargo, Marcos Casquero lo considera como obra de santo Tomás de Aquino (+ 1274), junto con los himnos Pange lingua gloriosi corporis mysterium, Verbum supernum prodiens, Sacris sollemnis iuncta sint gaudia, Adoro te devote, latens deitas, y la secuencia Lauda, Sion, Salvatorem.
Aunque no forma parte de la Liturgia de las Horas ni del Misal, el Ave verum se encuentra en casi todos los libros de piedad del medievo.

La más solemne adoración pública

El jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, cuyo acto propio y característico es la procesión eucarística y la bendición final.

La procesión del Corpus Christi representaba —y representa— la más solemne expresión pública de adoración a Jesucristo, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, misterio central del cristianismo.

La fiesta del Corpus Christi tiene sus orígenes en la respuesta a las doctrinas heréticas acerca del misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y en el movimiento de piedad eucarística de los siglos XII y XIII. Desempeñó un papel protagonista la beata Juliana de Rétinem, priora del monasterio del Monte Cornelio, junto a Lieja, que, movida por una visión, consiguió se introdujera en su diócesis una fiesta en honor del Santísimo Sacramento.

Cómo surgió la fiesta

Por entonces vino a coincidir el Milagro de Bolsena: un sacerdote, que tenía fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio sangrar la Hostia santa, hasta el punto que manchó el corporal, la mesa y el pavimento. El corporal fue trasladado a Orvieto el 19 de junio de 1264. Y desde Orvieto, el papa Urbano IV extendió la fiesta del Corpus Christi a la Iglesia universal el 11 de agosto de 1264, por la bula Trasiturus de hoc mundo.

El papa encargó a santo Tomás de Aquino componer la Misa y el oficio de la fiesta, para los que, además de seleccionar las lecturas y redactar las oraciones, compuso la secuencia Lauda Sion y los bellísimos himnos Pange lingua, Sacris solemnis y Verbum supernum. Por asociación, hemos visto cómo algunos le atribuyen también el Ave verum Corpus.

En la Summa Theologica sitúa cada Eucaristía como el vértice del tiempo, entre el pasado (a: memorial), el presente (b: presencia de Cristo), y el futuro (c: prenda de la gloria futura). Todo ello viene condensado en la antífona del Magníficat, de las Vísperas: «Sagrado banquete en que Cristo se da como comida: (a)se celebra el memorial de la pasión, (b) el alma se llena de gracia, y (c) se nos da la prenda de la gloria futura».

Aunque la nula Transiturus de Urbano IV no alude expresamente a la procesión, parece casi presuponerla o inspirarla. De hecho, así sucedió en toda la cristiandad. La procesión tiene como fin poner de manifiesto la presencia de Cristo en la vida pública, en las calles y plazas, recibiendo la adoración de los ciudadanos y de sus autoridades. Como afirma Righetti, «todo lo que el celo del clero y la fe ardiente del pueblo, secundado por sus gobernantes, pudo encontrar de pomposo, de rico, de sumamente decorativo, todo fue admitido al servicio del Rey de la Gloria, para hacer más triunfal su paso por las calles de los barrios y de las ciudades».

Fuente: «Ave verum Corpus. Cristo Eucaristía en el arte onubense», Catálogo de la Exposición conmemorativa del Cincuentenario de la creación de la diócesis de Huelva.

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