Jueves, 22 de junio de 2006
22 junio 2006 ZENIT publica el discurso que Benedicto XVI dirigi? en la Bas?lica de San Juan de Letr?n de Roma el 5 de junio a los participantes en la asamblea eclesial de la di?cesis de Roma que ten?a por argumento ?La alegr?a de la fe y la educaci?n de las nuevas generaciones?.



Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra estar de nuevo con vosotros para introducir con una reflexi?n m?a esta Asamblea diocesana, dedicada a un tema de gran belleza y de suma importancia pastoral: la alegr?a que proviene de la fe y su relaci?n con la educaci?n de las nuevas generaciones. As? reanudamos y desarrollamos ulteriormente, desde una perspectiva que ata?e m?s directamente a los j?venes, el discurso iniciado hace un a?o, con ocasi?n de la anterior Asamblea diocesana, en la que nos ocupamos del papel de la familia y de la comunidad cristiana en la formaci?n de la persona y en la transmisi?n de la fe.

Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, di?conos, religiosos y religiosas, laicos, comprometidos a testimoniar nuestra fe. En particular, os saludo a vosotros, j?venes, que adem?s de seguir vuestro itinerario formativo personal quer?is asumir una responsabilidad eclesial y misionera con respecto a otros muchachos y j?venes. Agradezco de coraz?n al cardenal vicario las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.

Con esta Asamblea, y con el a?o pastoral que se inspirar? en sus contenidos, la di?cesis de Roma prosigue el itinerario de larga duraci?n que comenz? hace diez a?os con la Misi?n ciudadana impulsada por mi amado predecesor Juan Pablo II. En efecto, la finalidad es siempre la misma: reavivar la fe en nuestras comunidades y tratar de despertarla, o suscitarla, en todas las personas y familias de esta gran ciudad, donde la fe fue predicada y la Iglesia fue implantada ya por la primera generaci?n cristiana y, en particular por los Ap?stoles san Pedro y san Pablo.

En los ?ltimos tres a?os vuestra atenci?n se ha centrado sobre todo en la familia, para consolidar con la verdad del Evangelio esta realidad humana fundamental, hoy por desgracia fuertemente amenazada y atacada, para ayudarle a cumplir su insustituible misi?n en la Iglesia y en la sociedad.
Al poner ahora en primer lugar la educaci?n en la fe de las nuevas generaciones, ciertamente no abandonamos el compromiso en favor de la familia, a la que pertenece la principal responsabilidad educativa. M?s bien, tratamos de afrontar una preocupaci?n generalizada en muchas familias creyentes, que en el actual marco social y cultural temen no lograr transmitir la valiosa herencia de la fe a sus hijos.

En realidad, descubrir la belleza y la alegr?a de la fe es un camino que cada nueva generaci?n debe recorrer por s? misma, porque en la fe est? en juego todo lo que tenemos de m?s nuestro y de m?s ?ntimo, nuestro coraz?n, nuestra inteligencia, nuestra libertad, en una relaci?n profundamente personal con el Se?or, que act?a en nuestro interior. Pero la fe es tambi?n radicalmente acto y actitud comunitaria; es el "creemos" de la Iglesia.

As? pues, la alegr?a de la fe es una alegr?a que se ha de compartir: como afirma el ap?stol san Juan, "lo que hemos visto y o?do (el Verbo de la vida), os lo anunciamos, para que tambi?n vosotros est?is en comuni?n con nosotros. (...) Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo" (1 Jn 1, 3-4). Por eso, educar a las nuevas generaciones en la fe es una tarea grande y fundamental que ata?e a toda la comunidad cristiana.

Queridos hermanos y hermanas, como hab?is podido comprobar, esta tarea resulta hoy especialmente dif?cil por varias razones, pero precisamente por esto es a?n m?s importante y sumamente urgente. En efecto, se pueden descubrir dos l?neas de fondo de la actual cultura secularizada, claramente dependientes entre s?, que impulsan en direcci?n contraria al anuncio cristiano y no pueden menos de influir en los que est?n madurando sus orientaciones y opciones de vida.

La primera de esas l?neas es el agnosticismo, que brota de la reducci?n de la inteligencia humana a simple raz?n calculadora y funcional, y que tiende a ahogar el sentido religioso inscrito en lo m?s ?ntimo de nuestra naturaleza. La segunda es el proceso de relativizaci?n y de desarraigo que destruye los v?nculos m?s sagrados y los afectos m?s dignos del hombre, y como consecuencia hace fr?giles a las personas, y precarias e inestables nuestras relaciones rec?procas.

Precisamente en esta situaci?n todos, especialmente nuestros muchachos, adolescentes y j?venes, necesitan vivir la fe como alegr?a, gustar la serenidad profunda que brota del encuentro con el Se?or. En la enc?clica Deus caritas est escrib?: "Hemos cre?do en el amor de Dios: as? puede expresar el cristiano la opci?n fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisi?n ?tica o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientaci?n decisiva" (n. 1).


La fuente de la alegr?a cristiana es esta certeza de ser amados por Dios, amados personalmente por nuestro Creador, por Aquel que tiene en sus manos todo el universo y que nos ama a cada uno y a toda la gran familia humana con un amor apasionado y fiel, un amor mayor que nuestras infidelidades y pecados, un amor que perdona. Este amor "es un amor tan grande que pone a Dios contra s? mismo", como se manifiesta de manera definitiva en el misterio de la cruz: "Dios ama tanto al hombre que, haci?ndose hombre ?l mismo, lo acompa?a incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor" (ib., 10).

Queridos hermanos y hermanas, esta certeza y esta alegr?a de ser amados por Dios debe hacerse de alg?n modo palpable y concreta para cada uno de nosotros, y sobre todo para las nuevas generaciones que est?n entrando en el mundo de la fe. En otras palabras: Jes?s dijo que ?l era el "camino" que lleva al Padre, adem?s de la "verdad" y la "vida" (cf. Jn 14, 5-7). Por consiguiente, es preciso preguntarse: ?c?mo pueden nuestros muchachos y nuestros j?venes encontrar en ?l, pr?ctica y existencialmente, este camino de salvaci?n y de alegr?a? Precisamente esta es la gran misi?n por la que existe la Iglesia, como familia de Dios y compa??a de amigos, en la que somos insertados con el bautismo ya desde muy ni?os y en la que debe crecer nuestra fe, as? como la alegr?a y la certeza de ser amados por el Se?or.

As? pues, es indispensable ?y es la tarea encomendada a las familias cristianas, a los sacerdotes, a los catequistas, a los educadores, a los j?venes mismos con respecto a sus coet?neos, a nuestras parroquias, asociaciones y movimientos, y, por ?ltimo, a toda la comunidad diocesana? que las nuevas generaciones puedan experimentar a la Iglesia como una compa??a de amigos realmente digna de confianza, cercana en todos los momentos y circunstancias de la vida, tanto en los alegres y gratificantes como en los arduos y oscuros; una compa??a que no nos abandonar? jam?s ni siquiera en la muerte, porque lleva en s? la promesa de la eternidad. A vosotros, queridos muchachos y j?venes de Roma, quisiera pediros que os fi?is de la Iglesia, que la am?is y confi?is en ella, porque en ella est? presente el Se?or y porque lo ?nico que busca es vuestro verdadero bien.

Quien se sabe amado, se siente a su vez impulsado a amar. Precisamente as? el Se?or, que nos ha amado primero, nos pide que tambi?n nosotros pongamos en el centro de nuestra vida el amor a ?l y a los hombres que ?l ha amado. En particular los adolescentes y los j?venes, que sienten fuertemente en su interior el atractivo del amor, deben verse libres del prejuicio generalizado seg?n el cual el cristianismo, con sus mandatos y prohibiciones, pone demasiados obst?culos a la alegr?a del amor, y en especial impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo.

Al contrario, la fe y la ?tica cristiana no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo sano, fuerte y realmente libre: precisamente este es el sentido de los diez Mandamientos, que no son una serie de "no", sino un gran "s?" al amor y a la vida. En efecto, el amor humano necesita ser purificado, madurar y tambi?n ir m?s all? de s? mismo, para poder llegar a ser plenamente humano, para ser principio de una alegr?a verdadera y duradera; por consiguiente, para responder al anhelo de eternidad que lleva en su interior y al que no puede renunciar sin traicionarse a s? mismo. Este es el motivo fundamental por el cual el amor entre el hombre y la mujer s?lo se realiza plenamente en el matrimonio.

Por tanto, en toda la obra educativa, en la formaci?n del hombre y del cristiano, no debemos dejar de lado, por miedo o por verg?enza, la gran cuesti?n del amor: si lo hici?ramos, presentar?amos un cristianismo desencarnado, que no puede interesar de verdad al joven que se abre a la vida. Sin embargo, tambi?n debemos introducir en la dimensi?n integral del amor cristiano, donde el amor a Dios y el amor al hombre est?n indisolublemente unidos y donde el amor al pr?jimo es un compromiso muy concreto. El cristiano no se contenta con palabras, y tampoco con ideolog?as enga?osas, sino que sale al encuentro de las necesidades de sus hermanos comprometi?ndose de verdad a s? mismo, sin contentarse con alguna buena acci?n espor?dica.

As? pues, proponer a los muchachos y a los j?venes experiencias pr?cticas de servicio al pr?jimo m?s necesitado forma parte de una aut?ntica y plena educaci?n en la fe. Al igual que la necesidad de amar, el deseo de la verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. Por eso, en la educaci?n de las nuevas generaciones, ciertamente no puede evitarse la cuesti?n de la verdad; m?s a?n, debe ocupar un lugar central. En efecto, al interrogarnos por la verdad ensanchamos el horizonte de nuestra racionalidad, comenzamos a liberar la raz?n de los l?mites demasiado estrechos dentro de los cuales queda confinada cuando se considera racional s?lo lo que puede ser objeto de experimento y c?lculo.

Es precisamente aqu? donde tiene lugar el encuentro de la raz?n con la fe, pues en la fe acogemos el don que Dios hace de s? mismo revel?ndose a nosotros, criaturas hechas a su imagen; acogemos y aceptamos esa Verdad que nuestra mente no puede comprender por completo y no puede poseer, pero que precisamente por eso ensancha el horizonte de nuestro conocimiento y nos permite llegar al Misterio en el que estamos inmersos y encontrar en Dios el sentido definitivo de nuestra existencia.

Queridos amigos, como sabemos bien, no es f?cil aceptar esta superaci?n de los l?mites de nuestra raz?n. Por eso, la fe, que es un acto humano muy personal, sigue siendo una opci?n de nuestra libertad, que tambi?n puede rechazarse. Ahora bien, aqu? emerge una segunda dimensi?n de la fe, la de fiarse de una persona: no de una persona cualquiera, sino de Jesucristo, y del Padre que lo envi?. Creer quiere decir entablar un v?nculo personal?simo con nuestro Creador y Redentor, en virtud del Esp?ritu Santo que act?a en nuestro coraz?n, y hacer de este v?nculo el fundamento de toda la vida.

En efecto, Jesucristo "es la Verdad hecha persona, que atrae hacia s? al mundo. (...) Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es ?l y a ?l remite" (Discurso a la Congregaci?n para la doctrina de la fe, 10 de febrero de 2006: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 17 de febrero de 2006, p. 3). As?, colma nuestro coraz?n, lo dilata y lo llena de alegr?a, impulsa nuestra inteligencia hacia horizontes inexplorados y ofrece a nuestra libertad su decisivo punto de referencia, sac?ndola de las estrecheces del ego?smo y capacit?ndola para un amor aut?ntico.

Por consiguiente, en la educaci?n de las nuevas generaciones no debemos tener miedo de confrontar la verdad de la fe con las aut?nticas conquistas del conocimiento humano. Los progresos de la ciencia son hoy muy r?pidos y a menudo se presentan como contrapuestos a las afirmaciones de la fe, provocando confusi?n y haciendo m?s dif?cil la aceptaci?n de la verdad cristiana. Pero Jesucristo es y sigue siendo el Se?or de toda la creaci?n y de toda la historia: "Todas las cosas fueron creadas por ?l y para ?l (...), y todo tiene en ?l su consistencia" (Col 1, 16-17). Por eso, el di?logo entre la fe y la raz?n, si se realiza con sinceridad y rigor, brinda la posibilidad de percibir de modo m?s eficaz y convincente la racionalidad de la fe en Dios ?no en un Dios cualquiera, sino en el Dios que se revel? en Jesucristo? y de mostrar que en el mismo Jesucristo se encuentra la realizaci?n de toda aut?ntica aspiraci?n humana.

As? pues, queridos j?venes de Roma, avanzad con confianza y valent?a por el camino de la b?squeda de la verdad. Y vosotros, queridos sacerdotes y educadores, no dud?is en promover una aut?ntica "pastoral de la inteligencia" y, m?s ampliamente, de la persona, que tome en serio los interrogantes de los j?venes ?tanto los existenciales como los que brotan de la confrontaci?n con las formas de racionalidad hoy generalizadas? para ayudarles a encontrar las respuestas cristianas v?lidas y pertinentes, y finalmente para hacer suya la respuesta decisiva que es Cristo nuestro Se?or.

Hemos hablado de la fe como encuentro con Aquel que es la Verdad y el Amor. Tambi?n hemos visto que se trata de un encuentro al mismo tiempo comunitario y personal, que debe tener lugar en todas las dimensiones de nuestra vida, a trav?s del ejercicio de la inteligencia, de las opciones de la libertad y del servicio del amor. Sin embargo, existe un espacio privilegiado en el que este encuentro se realiza de la manera m?s directa, se refuerza y se profundiza, y as? realmente es capaz de impregnar y caracterizar toda la existencia: este espacio es la oraci?n.

Queridos j?venes, ciertamente muchos de vosotros estabais presentes en la Jornada mundial de la juventud, en Colonia. All?, juntos, oramos al Se?or, lo adoramos presente en la Eucarist?a, ofrecimos su santo sacrificio. Meditamos en el decisivo acto de amor con el que Jes?s, en la ?ltima Cena, anticip? su propia muerte, la acept? en su interior y la transform? en acto de amor, en la ?nica revoluci?n realmente capaz de renovar al mundo y de liberar al hombre, venciendo el poder del pecado y de la muerte.

Os pido a vosotros, j?venes, y a todos los que est?is aqu?, queridos hermanos y hermanas, pido a toda la amada Iglesia, en particular a las almas consagradas, especialmente de los conventos de clausura, que intensifiqu?is la oraci?n, espiritualmente unidos a Mar?a nuestra Madre, que ador?is a Cristo vivo en la Eucarist?a, que os enamor?is cada vez m?s de ?l, nuestro hermano y nuestro verdadero amigo, el esposo de la Iglesia, el Dios fiel y misericordioso que nos ha amado primero.
As? vosotros, j?venes, estar?is dispuestos y disponibles a acoger su llamada, si ?l os quiere totalmente para s?, en el sacerdocio o en la vida consagrada.

En la medida en que nos alimentamos de Cristo y estamos enamorados de ?l, sentimos tambi?n dentro de nosotros el est?mulo a llevar a los dem?s a ?l, pues no podemos guardar para nosotros la alegr?a de la fe; debemos transmitirla. Esta necesidad resulta a?n m?s fuerte y urgente a causa del extra?o olvido de Dios que existe hoy en amplias partes del mundo y, en cierta medida, aqu? en Roma. De este olvido nace mucho ruido ef?mero, muchas discusiones in?tiles, y tambi?n una gran insatisfacci?n y un sentido de vac?o.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, en nuestro humilde servicio de testigos y misioneros del Dios vivo debemos ser portadores de la esperanza que nace de la certeza de la fe: as? ayudaremos a nuestros hermanos y compatriotas a encontrar el sentido y la alegr?a de la vida.

S? que est?is decididamente comprometidos en los diversos ?mbitos de la pastoral; eso me alegra y, juntamente con vosotros, doy gracias por ello al Se?or. En particular, durante mi primer a?o de pontificado ya he podido experimentar y apreciar la fuerza de la presencia cristiana entre los j?venes y los universitarios de Roma, as? como entre los ni?os de primera Comuni?n. Os pido que prosig?is con confianza, intensificando cada vez m?s vuestro v?nculo con el Se?or, para que as? sea m?s eficaz vuestro apostolado.

En este compromiso, no descuid?is ninguna dimensi?n de la vida, porque Cristo vino para salvar a todo el hombre, tanto en lo m?s ?ntimo de las conciencias como en las expresiones de la cultura y en las relaciones sociales.


Queridos hermanos y hermanas, os dejo de buen grado estas reflexiones como contribuci?n a vuestro trabajo en las tardes de la Asamblea y luego durante el pr?ximo a?o pastoral. Mi afecto y mi bendici?n os acompa?an hoy y en el futuro.

Gracias por vuestra atenci?n.
Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Habla el Papa
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