Domingo, 25 de junio de 2006
Discurso del cardenal Rouco Varela al ser investido Doctor Honoris Causa en el CEU


La cuesti?n ?tica,
ante el futuro del Estado democr?tico


(Alfa y Omega) El cardenal arzobispo de Madrid, don Antonio Mar?a Rouco Varela, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad CEU San Pablo, en un acto celebrado el pasado viernes 23 de junio y que cont? con la presencia de numerosas personalidades. Reproducimos, ?ntegra, la conferencia que pronunci? el cardenal sobre la ?tica en el Estado democr?tico de Derecho


Perm?tanme, en primer lugar, manifestar mi m?s profundo y sentido agradecimiento al muy estimado se?or Gran Canciller y, en su persona, a la querida Universidad CEU San Pablo, por el honor que me concede al investirme hoy como Doctor Honoris Causa. Quisiera expresar tambi?n mi gratitud al excelent?simo se?or Rector por sus cordiales palabras de acogida, y al profesor don Dalmacio Negro Pav?n, que ha tenido la delicadeza de ofrecernos una valoraci?n de mi labor acad?mica, especialmente en el campo de la Teolog?a del Derecho, en la que ha ido m?s all? de lo que mi persona merece.

Desde hace muchos a?os, me he sentido muy unido a la Universidad CEU San Pablo, con lazos de amistad personal y, no en ?ltimo lugar, por gozosas razones pastorales. Es un honor para m?, ciertamente inmerecido, a la vez que es una gran alegr?a el ser recibido en el Claustro de esta Universidad a la que seguir? prestando, desde ahora con m?s motivos, mi colaboraci?n y apoyo.
Haciendo memoria de mi ya lejana dedicaci?n universitaria, y ante el momento presente ?al que tiene que mirar la Universitas?, me pareci? oportuno, y, en nuestros d?as, urgente, llamar la atenci?n sobre la necesidad de iniciar una reflexi?n acerca de la cuesti?n ?tica ante el futuro del Estado democr?tico de Derecho.

La evocaci?n de la Historia

En el cap?tulo de la historia del Estado y de las teor?as pol?ticas que lo han sustentado en los dos ?ltimos siglos, marcados por la Ilustraci?n, la cuesti?n del control jur?dico del ejercicio de la autoridad p?blica ha ocupado un lugar sistem?ticamente preeminente. La superaci?n efectiva de la idea y de la realidad misma del poder absoluto, propio de las monarqu?as europeas del Antiguo R?gimen, hab?a constituido el objetivo por excelencia del pensamiento y de la acci?n pol?tica de todos los ilustrados europeos, antes y despu?s de la gran convulsi?n hist?rica representada por la Revoluci?n Francesa. El instrumento conceptual y te?rico-jur?dico que se emplea, bien conocido de todos, es el de la teor?a de la divisi?n de poderes ?el legislativo, el ejecutivo y el judicial? y de su mutuo control, expresado en un nuevo ordenamiento constitucional del Estado. El posible significado de la conciencia moral en la forma de asumir y de ejercitar la autoridad, fuese por medio de las leyes, de las decisiones de Gobierno o de la jurisprudencia, quedar?a relegado progresivamente a un plano sin relevancia positivo-jur?dica, cuando no negado esc?ptica y/o ir?nicamente.

La concepci?n del poder pol?tico se autonomiza cada vez m?s como una categor?a amparada, en el mejor de los casos, por la fuerza sociol?gica. El respeto a las exigencias m?s b?sicas y elementales de la justicia, tal como las percib?an el sentido com?n y el instinto ?tico del pueblo, se cre?an y esperaban encontrar salvaguardadas a trav?s del primado jur?dico de la ley u ordenamiento constitucional, al que habr?an de someterse todos los poderes del Estado, y del principio formal de la soberan?a popular. No hizo falta llegar a las tragedias hist?ricas del constitucionalismo centroeuropeo del primer tercio del siglo XX, del cual es ejemplo excepcional la Constituci?n de la Rep?blica de Weimar, para que se llegase a la conclusi?n pr?ctica de que no hay seguridades jur?dico-formales suficientes que puedan impedir por s? mismas, autom?ticamente, las transgresiones y las crisis constitucionales. Ante las inmensas ruinas materiales, espirituales y morales que dej? detr?s de s? la Segunda Guerra Mundial y su relativo fracaso hist?rico, desde el punto de vista de la derrota total de los totalitarismos pol?ticos ?la Uni?n Sovi?tica los continuar?a encarnando dentro de ella misma y en sus Estado-sat?lites durante cuarenta y cuatro largos y ominosos a?os, hasta 1989, si bien con intensidad decreciente?, la pregunta que se alzaba lacerantemente ante la opini?n p?blica mundial, al filo de los a?os cincuenta del pasado siglo, era c?mo salvar y garantizar un orden de justicia en todos los Estados u ordenamientos pol?ticos capaz de librar al hombre de la violaci?n sistem?tica de sus derechos m?s elementales, y a la Humanidad de la guerra y de la lucha del todos contra todos: de la terrible m?xima del homo homini lupus.

Se crey? encontrar la respuesta en un nuevo desarrollo jur?dico-positivo del Derecho internacional en torno a la Organizaci?n de las Naciones Unidas y a su Declaraci?n Universal de los Derechos Humanos. El Estado democr?tico de Derecho encontrar?a su ?ltimo y efectivo sost?n en el Derecho internacional. ?Habr?a finalmente triunfado la doctrina sobre el valor universal del derecho de gentes ?del ius gentium? con la que los maestros de la Escuela de Salamanca responden en los siglos XVI y XVII al doble y formidable reto del descubrimiento del Nuevo Mundo y del nacimiento de los Estados nacionales, a rengl?n seguido de la crisis irreversible de la cristiandad europea? Tristemente, no. Los maestros salmantinos fundaban su teor?a del ius gentium en el derecho y la ley natural, inscrita por Dios en el ser personal y social del hombre, y reconocible objetivamente por ?ste en el sagrario de la conciencia como una exigencia ?tica primordial. Las Naciones Unidas, en cambio, y las teor?as pol?ticas y jur?dicas que las inspiraban no pretend?an ?ni parece que pretendan hasta el momento? superar el plano doctrinal y moral del puro positivismo jur?dico, de la teor?a pura del Derecho ?la reine Rechtslehre? de Hans Kelsen.

El proyecto y el programa de las Naciones Unidas supon?a, con todo, un avance considerable en el camino de la paz y de una nueva civilizaci?n digna del hombre; pero claramente insuficiente, como se ha puesto de manifiesto a la luz de lo que ha venido ocurriendo en el escenario pol?tico del mundo en las ?ltimas d?cadas. En los umbrales del nuevo siglo y del nuevo milenio resulta inevitable hacer dos constataciones: los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente los m?s significativos y decisivos, como son el derecho a la vida, a la libertad religiosa y de conciencia y el Derecho al matrimonio y a la familia, junto con el principio y el valor del bien com?n o, lo que es lo mismo, el postulado ?tico de la solidaridad, se encuentran en profunda crisis tanto en el plano nacional como internacional. Crisis que puede arrastrar consigo ?qui?rase o no? la crisis del Estado mismo de Derecho tal como fue surgiendo y consolid?ndose en la segunda mitad del siglo XX. Porque no se trata s?lo de infracciones y de incumplimientos de sus contenidos b?sicos, cometidos y/o consentidos en la pr?ctica con peor o mejor conciencia, sino de su puesta en duda intelectual y cultural, y hasta de su negaci?n te?rica. Es decir, nos encontramos ante su cuestionamiento no s?lo de hecho, sino de su raz?n de ser: de su cuestionamiento doctrinal.

Presupuestos ?ticos, pre-pol?ticos

Ya en los a?os sesenta del pasado siglo un famoso te?rico alem?n del Derecho, luego magistrado del Tribunal Constitucional de Alemania, Ernst Wolfgang B?ckenf?rde, planteaba la pregunta de ?si el Estado libre y laico ?secularizado? no se alimenta de presupuestos normativos, que ?l mismo no puede garantizarse?. Los ecos de ese interrogante han llegado con creciente resonancia hasta nuestros d?as: hasta el ya famoso di?logo J?rgen Habermas?Joseph Ratzinger, que tuvo lugar, el 19 de enero de 2004, en la Academia Cat?lica de Baviera.

Ambos autores coinciden en que el Estado democr?tico de Derecho precisa para su subsistencia de fundamentos que trasciendan un desnudo formalismo jur?dico, m?xime en un momento hist?rico ?que Habermas califica como post-secular? caracterizado por el hecho de que en las sociedades m?s pr?speras, es decir, las euro-americanas, se est? asistiendo a un fen?meno cultural sorprendente: el de que el dominio de las respuestas inmanentistas y agn?sticas, en el debate intelectual y en la realidad social vivida, comienza a ser relevado por un pluralismo de visiones del hombre y del mundo en el que la religi?n ocupa un puesto creciente en la estima popular, aunque a veces aparezca planteada, m?s all? incluso de la metaf?sica, en forma de nostalgia o de b?squeda inquieta de una soluci?n trascendente para los grandes interrogantes de la existencia, es decir: en la forma de una respuesta genuinamente religiosa.
La irrupci?n del fundamentalismo isl?mico en el marco social, pol?tico y cultural de las sociedades, otrora cristianas y luego laicistas, viene a reafirmar a los dos pensadores antes citados en la tesis de la necesidad de un proceso comunicativo y de formaci?n de la conciencia p?blica en el que deben intervenir la raz?n y la fe al un?sono y, consiguientemente, la experiencia secular y la vivencia religiosa de la vida para llegar a precisar los contornos ?ticos m?nimos e irrenunciables de lo que significan los principios sustentadores de la dignidad de la persona humana, de sus derechos fundamentales y de sus deberes de solidaridad en funci?n del bien com?n nacional e internacional. Para lograrlo, habr?an de evitarse lo que Ratzinger llama las patolog?as de la raz?n ?bien manifiestas en la historia social, pol?tica y cultural del siglo XX? y, tambi?n, las patolog?as de las religiones, patentes hoy, sobre todo en el fundamentalismo isl?mico.

Detr?s del l?cido diagn?stico hist?rico y, sobre todo, del an?lisis del presente europeo, que emerge del di?logo de Habermas y Ratzinger, se esconde una evidente preocupaci?n de cara al futuro del Estado libre y democr?tico de Derecho. Por parte de la opini?n p?blica europea, especialmente de sus sectores dirigentes, ?se ha ca?do en la cuenta de la nueva y agudizada aparici?n de esos factores intelectualmente y pol?ticamente disolventes, a los que hemos aludido, capaces de poner de nuevo en peligro el orden jur?dico construido sobre el respeto a la dignidad inviolable de la persona humana, a sus derechos fundamentales, anteriores al poder del Estado y a su ordenamiento constitucional, y sobre la defensa y promoci?n libre y solidaria del bien com?n?

De nuevo circulan y se propugnan teor?as antropol?gicas y visiones del mundo y de la vida en las que no queda sitio, no ya para una tabla de valores normativos indiscutibles sobre los que fundamentar la convivencia y la cooperaci?n social, sino que tampoco lo hay para una concepci?n o una idea elementalmente n?tida de la verdad del hombre. ?Qu? es ser hombre? ?Qui?n es hombre? ?Cu?ndo comienza y en qu? consiste el ser humano, la persona humana? Lo ?nico que vale para estas nuevas antropolog?as sociales, de un positivismo y pragmatismo radicales, es el uso pr?ctico de una metodolog?a social que averig?e e imponga lo que conviene a los m?s fuertes; es decir, el m?todo sociol?gico de la dictadura del relativismo, como denunciaba en su famosa y clarividente homil?a de apertura del C?nclave en abril del pasado a?o el cardenal Ratzinger. El riesgo m?ximo para la subsistencia de un ordenamiento libre y democr?tico de la comunidad pol?tica llega cuando esa teor?a del absoluto relativismo ?tico se constituye en doctrina justificadora de la actuaci?n del Estado, dispuesto a convertirse en la ?ltima instancia de los principios normativos de la ?tica p?blica, cuando no de la moral privada. Si, adem?s, trata de ense?arlos obligatoriamente a trav?s del sistema educativo, por encima de los derechos de los padres y de los alumnos, el peligro resulta extraordinariamente preocupante.

Urgencias de la hora presente

Ante esta situaci?n, la apelaci?n intelectual y el reclamo social de reconstituir procesos y cauces de intercomunicaci?n entre los grupos y agentes que crean pensamiento, formas de ver la vida y h?bitos culturales ?entre los que hay que contar ineludiblemente a las instituciones religiosas?, en orden al reconocimiento lo m?s amplio y hondo posible de los principios ?ticos y los valores normativos de los que depende la suerte del hombre y de la Humanidad, sobreponi?ndose a las pretensiones del poder y de las veleidades y modas sociol?gicas, son de una urgente y vital importancia para el futuro de las sociedades europeas; y, no en ?ltimo lugar, de la espa?ola.

En Europa ?y, por supuesto, en Espa?a? parece evidente que los dos grandes protagonistas de ese imprescindible proceso de di?logo cultural en el amplio sentido de la expresi?n han de ser el pensamiento laico ?que no el laicismo ideol?gico? y el pensamiento cristiano: situados ambos ante el desaf?o hist?ricamente formidable del fundamentalismo isl?mico, que les afecta al menos por igual. Presupuesto jur?dico y pol?tico ?conditio sine qua non! para que este m?todo dialogal pueda llevarse a cabo y fructificar en la configuraci?n de la conciencia social y en el ordenamiento constitucional de la comunidad pol?tica, es el respeto escrupuloso al derecho a la libertad religiosa y de todas sus connotaciones individuales, sociales e institucionales, que incluyen y presuponen, naturalmente, la libertad general de opini?n y de expresi?n p?blicas, salvo el l?mite ?ltimo de las exigencias de lo que la tradici?n filos?fico-jur?dica m?s com?n llama el orden p?blico.
Y, desde luego, si no se impone un freno dial?ctico o se excluye expresamente el tema del debate y la discusi?n intelectual del problema, se llegar? con toda seguridad ?la que se sigue de la l?gica m?s aut?ntica? a la cuesti?n de Dios como fundamento ?ltimo del orden moral, en el que, a su vez, est?n insertos y descansan el Derecho y el Estado. Juan Pablo II, en su libro p?stumo Memoria e identidad, una honda y comprometida reflexi?n teol?gica sobre la historia del siglo XX al hilo de la experiencia espiritual y pastoral de la propia vida, expresada en el g?nero literario de la conversaci?n ?al filo de dos milenios, lo subtitula ?l?, llega al siguiente juicio sobre el racionalismo antropol?gico y jur?dico inmanentista: ?Todo esto, el gran drama de la historia de la Salvaci?n, desapareci? de la mentalidad ilustrada. El hombre se hab?a quedado solo; solo como creador de su propia historia y de su propia civilizaci?n, solo como quien decide por s? mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existir?a y continuar?a actuando etsi Deus non daretur, aunque Dios no existiera. Pero si el hombre por s? solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, tambi?n puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado. Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo, en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios democr?ticos, se sirvieron de ?l para poner en pr?ctica los perversos programas de la ideolog?a nacionalsocialista, que se inspiraba en presupuestos racistas. Medidas an?logas tom? tambi?n el Partido Comunista en la Uni?n Sovi?tica y en los pa?ses sometidos a la ideolog?a marxista?.

?Un texto memorable para esa nueva andadura ?tica y religiosa que necesitan urgentemente Europa y, sin duda alguna, Espa?a! El futuro de la democracia libre y solidaria como marco cultural y jur?dico para la construcci?n de una Uni?n Europea pol?ticamente s?lida y para el destino de una Espa?a unida humana, espiritual y socialmente, depende en una decisiva medida de saber volver a sus ra?ces cristianas, en di?logo abierto con el laicismo de la mejor tradici?n humanista, no ausente de la historia contempor?nea de Espa?a, como no lo ha estado de la de Italia, con la que compartimos situaciones culturales, espirituales y religiosas muy semejantes. V?ase, si no, la otra obra, fruto del di?logo entre el profesor Pera y el mismo cardenal Ratzinger, de mayo de 2004: Senza radici. Europa. Relativismo. Cristianesimo. Islam.
Mart?n Heidegger, el fil?sofo del intelectualmente m?s autosuficiente existencialismo, ten?a que reconocer al final de su vida, en 1976: Nur Gott kann uns noch retten: S?lo Dios puede todav?a salvarnos. Recurrir a la oraci?n para despejar y abrir generosa y magn?nimamente mentes y corazones, a la hora de proponerse sin demora y de alcanzar ese objetivo hist?ricamente urgente e ineludible de poner renovados fundamentos ?ticos a la sociedad y al Estado entre nosotros, europeos y espa?oles del siglo XXI, es un medio al alcance de todos y de una probada eficacia.

+ Antonio M? Rouco Varela
Publicado por verdenaranja @ 0:29  | Art?culos de inter?s
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