S?bado, 01 de julio de 2006
1 de Julio

Artículo sacado de MISA DOMINICAL, año XV número 12.


LOS MINISTERIOS EN LA CELEBRACIÓN DE UNA BODA CON MISA



Dado que la ceremonia de una boda católica es un rito litúrgico oficial, las decisiones que pertenecen a los participantes que juegan un papel más o menos importante en el rito deberían tomarse según los principios de la liturgia católica. Por desgracia, tales decisiones a veces se toman basándose en lo que recomiendan los folletos de propaganda, inspirados en costumbres profanas y escritos por personas que no tienen idea de lo que debería ser la práctica adecuada en una boda católica.
Toda boda católica incluye ahora una formal proclamación de la Palabra de Dios, y la persona o personas que proclaman los pasajes bíblicos ejercen un significativo ministerio litúrgico, que es mucho más importante que el de ser damas de honor o padrinos del novio. Y si la boda tiene lugar dentro de la Eucaristía y hacen falta ministros extraordinarios de la comunión, los que administran el Cuerpo y la Sangre de Cristo a los fieles están también comprometidos en un ministerio muy significativo.
Los elegidos para el papel de lectores o ministros de la comunión (o cualquier otro ministerio litúrgico) deberían ser personas a las que les es familiar este ministerio y que lo realizan normalmente en sus propias parroquias. No es conveniente pedir a amigos o familiares que realicen estos importantes ministerios si no están familiarizados con ellos o que, tal vez, no practican la fe regularmente. A veces se llega a ver el caso en que la novia y el novio proclaman las lecturas, ayudan a distribuir la comunión o realizan algún otro ministerio litúrgico. Esto merece una reflexión.
La nueva edición del Misal Romano establece algunos principios generales sobre los ministerios litúrgicos y expresa la preferencia por mantenerlos repartidos en personas distintas. Por ejemplo, dice que "según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es presidencial, sino ministerial" (IGMR 59). Por tanto el sacerdote que preside no tendría que proclamar el evangelio si está presente un diácono u otro sacerdote. Encontramos una parecida recomendación cuando dice que si hay dos lecturas, es mejor encargarlas a dos diferentes lectores (IGMR 109). Si una persona asume sin necesidad diversos ministerios, sufre la autenticidad de la celebración.
Es el solemne deber de la novia y del novio expresar delante de la comunidad congregada su consentimiento. Eso es lo principal que hacen ellos. Otras personas les ayudan ministerialmente siendo testigos de este consentimiento y de otras maneras. Las lecturas bíblicas van dirigidas a los novios de una manera muy particular: por eso sería algo extraño que las proclamaran ellos.
Del mismo modo, la recepción por los novios del "único Cuerpo y del único Cáliz" debería ser un momento que exprese la unidad que su boda significa. La importancia de este momento quedaría comprometida si están preocupa-dos de administrar ellos luego la comunión a los invitados presentes.
Además de los motivos litúrgicos, hay otros prácticos que desaconsejan que los novios ejerzan estos ministerios en su boda. A menudo, la pareja no se da cuenta de lo nerviosos que van a estar hasta que empieza la ceremonia. Es mucho mejor que los dos permanezcan en sus puestos durante las lecturas y la procesión de la comunión y que reflexionen de una manera más relajada en lo que está sucediendo, más que en realizar ministerios a favor de sus invitados.
Una boda es una ocasión de gran alegría y también de una significativa emoción. Es fundamentalmente una acción de alabanza y culto a Dios, con oca¬sión de este público compromiso de los novios, en amor, el uno para con el otro. Dado que este es un tiempo de oración comunitaria, es más propio que realicen estos ministerios también en la boda los que regularmente ayudan a la comunidad cristiana como ministros de la Palabra o de la Comunión.
Los novios tendrían que preocuparse por realizar bien su ministerio para con los demás en el momento de su mutuo consentimiento nupcial, más que en intentar asumir otros ministerios. Lo más importante en una boda es que el amor de Dios, visible en la vida, muerte y resurrección de Cristo, se convierte en visible también en el compromiso mutuo de la pareja de novios, y que lo celebren con fe profunda y con gran alegría.

DENNIS C. SMOLARSKI

(extracto de un artículo publicado en la revista Rite,
de EEUU, en enero de 2003).


Dado que la ceremonia de una boda católica es un rito litúrgico oficial, las decisiones que pertenecen a los participantes que juegan un papel más o menos importante en el rito deberían tomarse según los principios de la liturgia católica. Por desgracia, tales decisiones a veces se toman basándose en lo que recomiendan los folletos de propaganda, inspirados en costumbres profanas y escritos por personas que no tienen idea de lo que debería ser la práctica adecuada en una boda católica.
Toda boda católica incluye ahora una formal proclamación de la Palabra de Dios, y la persona o personas que proclaman los pasajes bíblicos ejercen un significativo ministerio litúrgico, que es mucho más importante que el de ser damas de honor o padrinos del novio. Y si la boda tiene lugar dentro de la Eucaristía y hacen falta ministros extraordinarios de la comunión, los que administran el Cuerpo y la Sangre de Cristo a los fieles están también comprometidos en un ministerio muy significativo.
Los elegidos para el papel de lectores o ministros de la comunión (o cualquier otro ministerio litúrgico) deberían ser personas a las que les es familiar este ministerio y que lo realizan normalmente en sus propias parroquias. No es conveniente pedir a amigos o familiares que realicen estos importantes ministerios si no están familiarizados con ellos o que, tal vez, no practican la fe regularmente. A veces se llega a ver el caso en que la novia y el novio proclaman las lecturas, ayudan a distribuir la comunión o realizan algún otro ministerio litúrgico. Esto merece una reflexión.
La nueva edición del Misal Romano establece algunos principios generales sobre los ministerios litúrgicos y expresa la preferencia por mantenerlos repartidos en personas distintas. Por ejemplo, dice que "según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es presidencial, sino ministerial" (IGMR 59). Por tanto el sacerdote que preside no tendría que proclamar el evangelio si está presente un diácono u otro sacerdote. Encontramos una parecida recomendación cuando dice que si hay dos lecturas, es mejor encargarlas a dos diferentes lectores (IGMR 109). Si una persona asume sin necesidad diversos ministerios, sufre la autenticidad de la celebración.
Es el solemne deber de la novia y del novio expresar delante de la comunidad congregada su consentimiento. Eso es lo principal que hacen ellos. Otras personas les ayudan ministerialmente siendo testigos de este consentimiento y de otras maneras. Las lecturas bíblicas van dirigidas a los novios de una manera muy particular: por eso sería algo extraño que las proclamaran ellos.
Del mismo modo, la recepción por los novios del "único Cuerpo y del único Cáliz" debería ser un momento que exprese la unidad que su boda significa. La importancia de este momento quedaría comprometida si están preocupados de administrar ellos luego la comunión a los invitados presentes.
Además de los motivos litúrgicos, hay otros prácticos que desaconsejan que los novios ejerzan estos ministerios en su boda. A menudo, la pareja no se da cuenta de lo nerviosos que van a estar hasta que empieza la ceremonia. Es mucho mejor que los dos permanezcan en sus puestos durante las lecturas y la procesión de la comunión y que reflexionen de una manera más relajada en lo que está sucediendo, más que en realizar ministerios a favor de sus invitados.
Una boda es una ocasión de gran alegría y también de una significativa emoción. Es fundamentalmente una acción de alabanza y culto a Dios, con ocasión de este público compromiso de los novios, en amor, el uno para con el otro. Dado que este es un tiempo de oración comunitaria, es más propio que realicen estos ministerios también en la boda los que regularmente ayudan a la comunidad cristiana como ministros de la Palabra o de la Comunión.
Los novios tendrían que preocuparse por realizar bien su ministerio para con los demás en el momento de su mutuo consentimiento nupcial, más que en intentar asumir otros ministerios. Lo más importante en una boda es que el amor de Dios, visible en la vida, muerte y resurrección de Cristo, se convierte en visible también en el compromiso mutuo de la pareja de novios, y que lo celebren con fe profunda y con gran alegría.

DENNIS C. SMOLARSKI

(extracto de un artículo publicado en la revista Rite,
de EEUU, en enero de 2003).


Publicado por verdenaranja @ 14:20  | Liturgia
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