Viernes, 14 de julio de 2006
8 julio 2006 ZENIT publica el discurso que dirigi? Benedicto XVI en la noche de este s?bado, durante la vigilia del V Encuentro Mundial de las Familias, que se celebr? en el entorno de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.



Amados hermanos y hermanas:

Siento un gran gozo al participar en este encuentro de oraci?n, en el cual se quiere celebrar con gran alegr?a el don divino de la familia. Me siento muy cercano con la oraci?n a todos los que han vivido recientemente el luto en esta ciudad, y con la esperanza en Cristo resucitado, que da aliento y luz a?n en los momentos de mayor desgracia humana.

Unidos por la misma fe en Cristo, nos hemos congregado aqu?, desde tantas partes del mundo, como una comunidad que agradece y da testimonio con j?bilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que s?lo se realiza plenamente a s? mismo cuando hace entrega sincera de s? a los dem?s. La familia es el ?mbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana. As? lo ense?a en su Magisterio: "Dios, que es amor y cre? al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una ?ntima comuni?n de vida y amor entre ellos, ?de manera que ya no son dos, sino una sola carne? (Mt 19, 6)" (Catecismo de la Iglesia Cat?lica. Compendio, 337).

?sta es la verdad que la Iglesia proclama sin cesar al mundo. Mi querido predecesor Juan Pablo II, dec?a que "El hombre se ha convertido en ?imagen y semejanza? de Dios, no s?lo a trav?s de la propia humanidad, sino tambi?n a trav?s de la comuni?n de las personas que el var?n y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comuni?n" (Catequesis, 14-XI-1979). Por eso he confirmado la convocatoria de este V Encuentro Mundial de las Familias en Espa?a, y concretamente en Valencia, rica en sus tradiciones y orgullosa de la fe cristiana que se vive y cultiva en tantas familias.

La familia es una instituci?n intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda relaci?n interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensi?n mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera vocaci?n a la santidad. Ojal? que los hijos contemplen m?s los momentos de armon?a y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les ense?a la belleza del amor fiel y duradero.
La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donaci?n total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia dom?stica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos.

El padre y la madre se han dicho un "s?" total ante de Dios, lo cual constituye la base del sacramento que les une; asimismo, para que la relaci?n interna de la familia sea completa, es necesario que digan tambi?n un "s?" de aceptaci?n a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado y que tienen su propia personalidad y car?cter. As?, ?stos ir?n creciendo en un clima de aceptaci?n y amor, y es de desear que al alcanzar una madurez suficiente quieran dar a su vez un "s?" a quienes les han dado la vida.

Los desaf?os de la sociedad actual, marcada por la dispersi?n que se genera sobre todo en el ?mbito urbano, hacen necesario garantizar que las familias no est?n solas. Un peque?o n?cleo familiar puede encontrar obst?culos dif?ciles de superar si se encuentra aislado del resto de sus parientes y amistades. Por ello, la comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompa?amiento, est?mulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesi?n familiar, sobre todo en las pruebas o momentos cr?ticos. En este sentido, es muy importante la labor de las parroquias, as? como de las diversas asociaciones eclesiales, llamadas a colaborar como redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia para el crecimiento de la familia en la fe.

Cristo ha revelado cu?l es siempre la fuente suprema de la vida para todos y, por tanto, tambi?n para la familia: "?ste es mi mandamiento: que os am?is unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos" (Jn 15,12-13). El amor de Dios mismo se ha derramado sobre nosotros en el bautismo. De ah? que las familias est?n llamadas a vivir esa calidad de amor, pues el Se?or es quien se hace garante de que eso sea posible para nosotros a trav?s del amor humano, sensible, afectuoso y misericordioso como el de Cristo.

Junto con la transmisi?n de la fe y del amor del Se?or, una de las tareas m?s grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante alg?n tiempo son tutores. Si ?stos ven que sus padres -y en general los adultos que les rodean- viven la vida con alegr?a y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecer? en ellos m?s f?cilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudar? a superar con acierto los posibles obst?culos y contrariedades que conlleva la vida humana. Adem?s, cuando la familia no se cierra en s? misma, los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos.

Este V Encuentro Mundial nos invita a reflexionar sobre un tema de particular importancia y que comporta una gran responsabilidad para nosotros: "La transmisi?n de la fe en la familia". Lo expresa muy bien el Catecismo de la Iglesia Cat?lica: "Como una madre que ense?a a sus hijos a hablar y con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos ense?a el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de fe" (n. 171).

Como se simboliza en la liturgia del bautismo, con la entrega del cirio encendido, los padres son asociados al misterio de la nueva vida como hijos de Dios, que se recibe con las aguas bautismales.

Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones cat?licas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente. "La familia cristiana es llamada Iglesia dom?stica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, seg?n su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oraci?n, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos" (Catecismo de la Iglesia Cat?lica. Compendio, 350). Y adem?s: "Los padres, part?cipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educaci?n de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios... En especial, tienen la misi?n de educarlos en la fe cristiana" (ib?d., 460).

El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde esta fe crece y se fortalece a trav?s de la oraci?n y de la pr?ctica cristiana. En la lectura del Deuteronomio hemos escuchado la oraci?n repetida constantemente por el pueblo elegido, la Shema Israel, y que Jes?s escuchar?a y repetir?a en su hogar de Nazaret. ?l mismo la recordar?a durante su vida p?blica, como nos refiere el evangelio de Marcos (Mc 12,29). ?sta es la fe de la Iglesia que viene del amor de Dios, por medio de vuestras familias. Vivir la integridad de esta fe, en su maravillosa novedad, es un gran regalo. Pero en los momentos en que parece que se oculta el rostro de Dios, creer es dif?cil y cuesta un gran esfuerzo.

Este encuentro da nuevo aliento para seguir anunciando el Evangelio de la familia, reafirmar su vigencia e identidad basada en el matrimonio abierto al don generoso de la vida, y donde se acompa?a a los hijos en su crecimiento corporal y espiritual. De este modo se contrarresta un hedonismo muy difundido, que banaliza las relaciones humanas y las vac?a de su genuino valor y belleza. Promover los valores del matrimonio no impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo. La fe y la ?tica cristiana, pues, no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo m?s sano, fuerte y realmente libre. Para ello, el amor humano necesita ser purificado y madurar para ser plenamente humano y principio de una alegr?a verdadera y duradera (cf. Discurso en san Juan de Letr?n, 5 junio 2006).

Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armon?a aseguran al hombre, a la familia, centro neur?lgico de la sociedad, como recuerda la Santa Sede en la Carta de los Derechos de la Familia. El objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la cual no se puede privar y para los pueblos es una salvaguarda y una purificaci?n. Adem?s, la familia es una escuela de humanizaci?n del hombre, para que crezca hasta hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos.

La criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas.
Deseo referirme ahora a los abuelos, tan importantes en las familias. Yo soy el abuelo del mundo, hemos escuchado ahora. Ellos pueden ser -y son tantas veces- los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los peque?os la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojal? que, bajo ning?n concepto, sean excluidos del c?rculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercan?a de la muerte.
Quiero ahora recitar una parte de la oraci?n que hab?is rezado pidiendo por el buen fruto de este Encuentro Mundial de las Familias:

Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar
vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.
Ay?danos a ser ejemplo de fe y amor a tus mandamientos.
Soc?rrenos en nuestra misi?n de transmitir la fe a nuestros hijos.
Abre su coraz?n para que crezca en ellos
la semilla de la fe que recibieron en el bautismo.
Fortalece la fe de nuestros j?venes,
para que crezcan en el conocimiento de Jes?s.
Aumenta el amor y la fidelidad en todos los matrimonios,
especialmente aquellos que pasan por momentos de sufrimiento o dificultad.
(. . .)
Unidos a Jos? y Mar?a,
Te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo, nuestro Se?or. Am?n.
Publicado por verdenaranja @ 23:38  | Habla el Papa
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