Intervenci?n de Benedicto XVI en la audiencia del mi?rcoles, 23 de Agosto, dedicada por tercera vez al ap?stol Juan,
Queridos hermanos y hermanas:
En la ?ltima catequesis hab?amos meditado en la figura del ap?stol Juan. En primer lugar, hab?amos tratado de ver lo que se puede saber de su vida. Despu?s, en una segunda catequesis, hab?amos meditado en el contenido central de su Evangelio, de sus Cartas: la caridad, el amor. Y hoy volvemos a ocuparnos de la figura de Juan, esta vez para centrarnos en el vidente del Apocalipsis. Ante todo, hay que destacar una observaci?n: mientras no aparece nunca su nombre en el Cuarto Evangelio o en las Cartas atribuidas al ap?stol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de Juan en cuatro ocasiones (Cf. 1,1.4.9; 22,8). Por una parte, es evidente que el autor no ten?a ning?n motivo para acallar su nombre y, por otra, sab?a que sus primeros lectores pod?an identificarle con precisi?n. Sabemos, adem?s, que ya en el siglo III los estudiosos discut?an sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis.
Por este motivo, podremos llamarle tambi?n ?el vidente de Patmos?, pues su figura est? ligada al nombre de esta isla del Mar Egeo, donde, seg?n su mismo testimonio autobiogr?fico, se encontraba deportado ?por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jes?s? (Apocalipsis 1, 9). Precisamente, en Patmos, ca?do ?en ?xtasis el d?a del Se?or? (1,10), Juan tuvo visiones grandiosas y escuch? mensajes extraordinarios, que tendr?n no poca influencia en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del t?tulo de su libro, ?Apocalipsis? (?Revelaci?n?) proceden en nuestro lenguaje las palabras ?apocalipsis? y ?apocal?ptico?, que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una cat?strofe que est? por llegar.
El libro tiene que comprenderse en el contexto de la dram?tica experiencia de las siete Iglesias de Asia (?feso, Esmirna, P?rgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), que a finales del siglo I tuvieron que afrontar grandes dificultades --persecuciones y tensiones incluso internas-- en su testimonio de Cristo. Juan se dirige a ellas mostrando profunda sensibilidad pastoral por los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrecci?n de Cristo, el sentido de la historia humana. La primera y fundamental visi?n de Juan, de hecho, afecta a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado, permanece en pie (Cf. Apocalipsis 5, 6), en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios. De este modo, Juan quiere dejarnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jes?s, aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar desplomado en el suelo, parad?jicamente se mantiene firme sobre sus pies, pues con la resurrecci?n ha vencido definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jes?s, precisamente porque muri? y resucit?, participa ya plenamente del poder real y salv?fico del Padre. Esta es la visi?n fundamental. Jes?s, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo, est? en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene en sus manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir: ?tened confianza en Jes?s, no teng?is miedo de los poderes opuestos, de la persecuci?n! ?El Cordero herido y muerto vence! ?Seguid al Cordero Jes?s, confiad en Jes?s, emprended su camino! Aunque en este mundo s?lo parezca un Cordero d?bil, ??l es el vencedor!
Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar. Se presenta incluso a Juan llorando, pues no encontraba a nadie capaz de abrir el libro y de leerlo (Cf. Apocalipsis 5, 4). La historia se presenta como indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quiz? este llanto de Juan ante el misterio de la historia tan oscuro expresa el desconcierto de las Iglesias asi?ticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban expuestas en ese momento. Es un desconcierto en el que bien puede reflejarse nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que tambi?n hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jes?s se mereci? el suplicio. Ahora bien, revelan tanto la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las asechanzas del mal, como el gobierno superior de los acontecimientos por parte de Dios. Pues bien, s?lo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar sentido a esta historia que aparentemente parece con frecuencia tan absurda. ?l s?lo puede sacar indicaciones y ense?anzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte trae el anuncio y la garant?a de la victoria que ellos tambi?n, sin duda, alcanzar?n. Todo el lenguaje que utiliza Juan, cargado de im?genes fuertes, tiende a ofrecer este consuelo.
En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran la imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo var?n, y la visi?n complementaria del Drag?n, que ha ca?do de los cielos, pero que todav?a es muy poderoso. Esta Mujer representa a Mar?a, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre est? amenazada por el poder del Drag?n. Parece indefensa, d?bil. Pero. Mientras est? amenazada, perseguida por el Drag?n, tambi?n est? protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Drag?n. ?Esta es la gran profec?a de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espl?ndida, imagen de la nueva Jerusal?n, en la que ya no hay l?grimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya l?mpara es el Cordero.
Por este motivo, el Apocalipsis de Juan, si bien est? lleno de continuas referencias a sufrimientos, tribulaciones y llanto --la cara oscura de la historia--, al mismo tiempo presenta frecuentes cantos de alabanza, que representan por as? decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: ??Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Se?or, nuestro Dios Todopoderoso. Alegr?monos y regocij?monos y d?mosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado? (Apocalipsis 19, 6-7). Nos encontramos ante la t?pica paradoja cristiana, seg?n la cual, el sufrimiento nuca es percibido como la ?ltima palabra, sino que es visto como un momento de paso hacia la felicidad y, es m?s, ?ste ya est? impregnado misteriosamente de la alegr?a que brota de la esperanza.
Por este motivo, Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con una ?ltima aspiraci?n, en la que palpita una ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Se?or: ??Ven, Se?or Jes?s!? (Apocalipsis 22, 20). Es una de las oraciones centrales de la cristiandad naciente, traducida tambi?n por san Pablo en arameo: ?Marana tha?. Y esta oraci?n, ??Ven, Se?or nuestro!? (1 Corintios 16, 22) tiene varias dimensiones. Ante todo implica, claro est?, la espera de la victoria definitiva del Se?or, de la nueva Jerusal?n, del Se?or que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo, es tambi?n una oraci?n eucar?stica: ??Ven, Jes?s, ahora!?. Y Jes?s viene, anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegr?a, digamos al mismo tiempo: ??Ven ahora y ven de manera definitiva!?. Esta oraci?n tiene tambi?n un tercer significado: ??Ya has venido, Se?or! Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ?ven de manera definitiva!?. De este modo, con san Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, rezamos tambi?n nosotros: ??Ven, Jes?s! ?Ven y transforma el mundo! Ven ya, hoy, y que la paz venza!?. Am?n.