Lunes, 04 de septiembre de 2006
Texto del Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la 80? Jornada Misionera Mundial 2006, que ser? celebrada el domingo 22 de octubre sobre el tema: "La caridad, alma de la misi?n."


Queridos hermanos y hermanas:

1. La Jornada Misionera Mundial, que celebraremos el domingo 22 de octubre pr?ximo, ofrece la oportunidad de reflexionar este a?o sobre el tema: ?La caridad, alma de la misi?n?. La misi?n, si no es orientada por la caridad, es decir, si no nace de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantr?pica y social. Efectivamente, el amor que Dios nutre por cada persona, constituye el n?cleo de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y todos cuantos lo acogen se convierten a su vez en testigos. El amor de Dios que da vida al mundo es el amor que nos ha sido dado en Jes?s, Palabra de salvaci?n, icono perfecto de la misericordia del Padre celestial. Se podr?a sintetizar bien el mensaje de salvaci?n con las palabras del evangelista Juan: ?En esto se manifest? el amor que Dios nos tiene; en que Dios envi? al mundo a su Hijo ?nico para que vivamos por medio de ?l? (1 Jn 4, 9). Despu?s de su resurrecci?n, Jes?s confi? a los disc?pulos el mandato de difundir el anuncio de este amor, y los Ap?stoles, transformados interiormente por la fuerza del Esp?ritu Santo el d?a de Pentecost?s, comenzaron a dar testimonio del Se?or muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia contin?a esta misma misi?n, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente.

2. Toda comunidad cristiana est? llamada, pues, a dar a conocer a Dios que es Amor. Sobre este misterio fundamental de nuestra fe he querido detenerme a reflexionar en la Enc?clica ?Deus Caritas est?. Dios impregna con su amor la entera creaci?n y la historia humana. Al origen, el hombre sali? de las manos del Creador como fruto de una iniciativa de amor. Despu?s, el pecado ofusc? en ?l la huella divina. Enga?ados por el maligno, los progenitores Ad?n y Eva rompieron la relaci?n de confianza con su Se?or, cediendo a la tentaci?n del maligno que infundi? en ellos la sospecha de que ?l era un rival que pretende limitar su libertad. As?, al amor gratuito divino, se prefirieron a s? mismos, convencidos de que de tal manera afirmaban su libre albedr?o. La consecuencia fue que terminaron por perder la felicidad originaria, y gustaron la amargura de la tristeza del pecado y de la muerte. Pero Dios no les abandon?, y les prometi? la salvaci?n, a ellos y a sus descendientes, preanunciando el env?o de su Hijo unig?nito, Jes?s, que revelar?a, en la plenitud de los tiempos, su amor de Padre, un amor capaz de rescatar cada criatura humana de la esclavitud del mal y de la muerte. Por tanto, en Cristo nos ha sido comunicada la vida inmortal, la misma vida de la Trinidad. Gracias a Cristo, buen Pastor que no abandona la oveja descarriada, se da a los hombres de cada tiempo la posibilidad de entrar en la comuni?n con Dios, Padre misericordioso pronto a volver a acoger en la casa al hijo pr?digo. Signo sorprendente de este amor es la Cruz. En la muerte en cruz de Cristo -he escrito en la Enc?clica Deus caritas est- ?se realiza ese ponerse Dios contra s? mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma m?s radical. Es all?, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de all? se debe definir ahora qu? es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientaci?n de su vivir y de su amar? (n. 12).

3. A la vigilia de su pasi?n, Jes?s dej? como testamento a los disc?pulos, reunidos en el Cen?culo para celebrar la Pascua, el ?mandamiento nuevo del amor - madatum novum?: ?Lo que os mando es que os am?is los unos a los otros? (Jn 15, 17). El amor fraterno que el Se?or pide a sus ?amigos? encuentra su manantial en el amor paterno de Dios. Observa el ap?stol Juan: ?Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios? (1 Jn 4, 7). As? pues, para amar seg?n Dios es necesario vivir en ?l y de ?l: Dios es la primera ?casa? del hombre, y s?lo quien vive en ?l arde con un fuego de caridad divina en grado de ?incendiar? el mundo. ?No es esta, quiz?s, la misi?n de la Iglesia en todo tiempo? No es dif?cil comprender entonces que la aut?ntica solicitud misionera, empe?o primario de la Comunidad eclesial, se encuentra unida a la fidelidad al amor divino, y esto es v?lido para cada cristiano, para cada comunidad local, para las Iglesias particulares y para todo el Pueblo de Dios. Precisamente, de la conciencia de esta misi?n com?n toma fuerza la generosa disponibilidad de los disc?pulos de Cristo para realizar obras de promoci?n humana y espiritual, que testimonian, como escrib?a el amado Juan Pablo II en la Enc?clica Redemptoris missio, ?el esp?ritu de toda la actividad misionera: El amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misi?n, y es tambi?n el ?nico criterio seg?n el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acci?n y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno? (n. 60). Ser misioneros significa, pues, amar a Dios con todo lo que uno es, hasta dar incluso, si es necesario, la vida por ?l. ?Cu?ntos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, tambi?n en este tiempo actual, le han rendido el testimonio supremo de amor con el martirio! Ser misioneros es inclinarse, como el buen Samaritano, sobre las necesidades de todos, especialmente de los m?s pobres y necesitados, porque quien ama con el amor de Cristo, no busca el propio inter?s, sino ?nicamente la gloria del Padre y el bien del pr?jimo. Se encuentra aqu? el secreto de la fecundidad apost?lica de la acci?n misionera, que traspasa las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo.

4. Queridos hermanos y hermanas, que la Jornada Misionera Mundial sea ocasi?n propicia para comprender cada vez mejor que el testimonio del amor, alma de la misi?n, concierne a todos. Servir el Evangelio no puede considerarse como una aventura solitaria, sino el empe?o que cada comunidad comparte. Junto con los que se encuentran en la primera l?nea de las fronteras de la evangelizaci?n -y pienso aqu? con reconocimiento en los misioneros y las misioneras- otros muchos, ni?os, j?venes y adultos, con la oraci?n y su cooperaci?n de maneras diferentes, contribuyen a la difusi?n del Reino de Dios en la tierra. El deseo es que esta comparticipaci?n crezca cada vez m?s gracias a la aportaci?n de todos. Aprovecho con gusto esta circunstancia para manifestar mi gratitud a la Congregaci?n para la Evangelizaci?n de los Pueblos y a las Obras Misionales Pontificias [O.M.P.], que con entrega coordinan los esfuerzos que se realizan en todo el mundo para apoyar la actividad de todos cuantos se encuentran en la primera l?nea de las fronteras misioneras.

La Virgen Mar?a, que con su presencia al pie de la Cruz y su oraci?n en el Cen?culo ha colaborado activamente en los inicios de la misi?n eclesial, sostenga su acci?n, y ayude a los creyentes en Cristo a ser cada vez m?s capaces de un amor verdadero, para que en un mundo espiritualmente sediento se conviertan en manantial de agua viva.
Formulo este deseo de coraz?n, mientras env?o a todos mi Bendici?n.

Vaticano, 29 de Abril de 2006

BENEDICTUS PP. XVI
Publicado por verdenaranja @ 23:06  | Habla el Papa
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