Martes, 05 de septiembre de 2006
Viejos Desechables


Juan Manuel de Prada
19.I.2004 ABC



He detectado un cierto tufillo farisaico en la conmoci?n social causada por esa sentencia judicial que impone a los familiares de una viejecita que hab?a sido abandonada en la v?a p?blica una multa ?nfima. Y esa hipocres?a ha alcanzado su cl?max cuando se ha comparado la citada sentencia con otra que castigaba m?s severamente a los due?os de un perro por dejarlo tirado en similares circunstancias. Pues, no nos enga?emos, hoy por hoy un perro es mucho m?s digno de protecci?n que un anciano. Cierto progresismo ambiental ha enarbolado como vindicaci?n prioritaria los llamados ?derechos de los animales?; en cambio, se acepta que la vejez sea una edad excedente, una prolongaci?n ignominiosa de la vida que conviene recluir y esconder, para que no nos recuerde la inminencia de la muerte. Quienes defienden la eutanasia activa (con frecuencia, los mismos que vindican los ?derechos de los animales?) habr?an considerado a esa viejecita octogenaria y aquejada de Alzheimer una v?ctima (perd?n, una beneficiaria) id?nea de la muerte dulce que predican, pues, seg?n sus presupuestos, una vida humana de la que emigrado la consciencia no merece la pena ser vivida; no as? una vida animal, que merece prolongarse aunque nunca haya sido consciente. La viejecita de la sentencia, n?ufraga en las nieblas de la desmemoria, se hab?a convertido ya en un cachivache desechable. El novio de una de sus nietas lo ha expresado expeditivamente: ?Si no participamos en la herencia, ?por qu? ten?amos que limpiarle el culo??.

Y al chavalote, de ret?rica tan abrupta como menesterosa, le ha faltado a?adir que, a fin de cuentas, no hicieron con la abuela nada m?s de lo que nuestra ?poca les ha ense?ado. La vejez se ha convertido en la lepra m?s abominable: nos esforzamos pat?ticamente en rehuir su imperio recurriendo a disfraces indumentarios bochornosos, aferr?ndonos al cultivo de aficiones juveniles, incluso rectificando nuestras arrugas en un quir?fano. Vanos y desesperados intentos de interrumpir el curso de la mera biolog?a, que sin embargo se explican si consideramos que la vejez constituye un bald?n social. No s?lo la desde?amos como depositaria de una sabidur?a ancestral, tambi?n nos esforzamos por segregarla de nuestra vida: as?, encerramos a los viejos en lazaretos apartados de las ciudades, para no presenciar su decrepitud; nuestras empresas se desprenden de sus trabajadores m?s veteranos mediante el oprobioso recurso de la ?prejubilaci?n?; en el cine y la televisi?n est? completamente prohibido otorgar el protagonismo a actores que sobrepasen los sesenta a?os (algunos menos si son actrices), para los que en todo caso se reservan papeles de relleno, pintorescos o atrabiliarios. Si alg?n viejo se atreve a rebelarse contra esta dictadura de la juventud, neg?ndose al ostracismo y exponiendo sus achaques a los reflectores de la atenci?n p?blica, como hace el Papa, apenas logramos reprimir nuestro disgusto, pues consideramos que en ese gesto, am?n de un rasgo de rebeld?a, subyace un obsceno desaf?o que nos amedrenta.

Pero este menosprecio de la vejez no habr?a calado tan hondo si previamente no nos hubi?semos ocupado de arrasar los v?nculos que sostienen la familia. Pues es en la familia donde adquirimos una noci?n verdadera de lo que significa el paso de las generaciones como veh?culo transmisor de valores, afectos, cultura, creencias y sufrimientos; una vez aprendida esa ense?anza vital, resulta imposible contemplar a un viejo como un mero armatoste desechable, menos valioso que un perro. Pero cada ?poca lega a la posteridad los frutos de su clima moral; y esa sentencia que impone a los familiares de una vieja abandonada el pago de una multa ?nfima se me antoja una expresi?n cabal, definitoria y coherente de la ?poca que vivimos.




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