Domingo, 08 de octubre de 2006
Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del domingo, 8 de octubre, XXVII del tiempo ordinario.

Ser?n los dos una sola carne


XXVII Domingo del tiempo ordinario (B)
G?nesis 2, 18-24; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

El tema de este XXVII Domingo es el matrimonio. La primera lectura comienza con las bien conocidas palabras: ?Dijo el Se?or Dios: No es bueno que el hombre est? s?lo. Voy a hacerle una ayuda adecuada?. En nuestros d?as el mal del matrimonio es la separaci?n y el divorcio, mientras que en tiempos de Jes?s lo era el repudio. En cierto sentido, ?ste era un mal peor, porque implicaba tambi?n una injusticia respecto a la mujer que a?n persiste, lamentablemente, en ciertas culturas. El hombre, de hecho, ten?a el derecho de repudiar a la propia esposa, pero la mujer no ten?a el derecho de repudiar a su propio marido.

Dos opiniones se contrapon?an, respecto al repudio, en el juda?smo. Seg?n una de ellas, era l?cito repudiar a la propia mujer por cualquier motivo, al arbitrio, por lo tanto, del marido; seg?n la otra, en cambio se necesitaba un motivo grave, contemplado por la Ley. Un d?a sometieron esta cuesti?n a Jes?s, esperando que adoptara una postura a favor de una u otra tesis. Pero recibieron una respuesta que no se esperaban: ??Teniendo en cuenta la dureza de vuestro coraz?n [Mois?s] escribi? para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creaci?n, Dios los hizo var?n y hembra. Por eso dejar? el hombre a su padre y a su madre, y los dos se har?n una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios uni?, no lo separe el hombre?.

La ley de Mois?s acerca del repudio es vista por Cristo como una disposici?n no querida, sino tolerada por Dios (como la poligamia u otros des?rdenes) a causa de la dureza de coraz?n y de la inmadurez humana. Jes?s no critica a Mois?s por la concesi?n hecha; reconoce que en esta materia el legislador humano no puede dejar de tener en cuenta la realidad de hecho. Pero repropone a todos el ideal originario de la uni?n indisoluble entre el hombre y la mujer (?una sola carne?) que, al menos para sus disc?pulos, deber? ser ya la ?nica forma posible de matrimonio.

Sin embargo Jes?s no se limita a reafirmar la ley; le a?ade la gracia. Esto quiere decir que los esposos cristianos no tienen s?lo el deber de mantenerse fieles hasta la muerte; tienen tambi?n las ayudas necesarias para hacerlo. De la muerte redentora de Cristo viene una fuerza ?el Esp?ritu Santo- que permea todo aspecto de la vida del creyente, incluido el matrimonio. ?ste incluso es elevado a la dignidad de sacramento y de imagen viva de su uni?n esponsalicia con la Iglesia en la cruz (Ef 5, 31-32).

Decir que el matrimonio es un sacramento no significa s?lo (como a menudo se cree) que en ?l est? permitida y es l?cita y buena la uni?n de los sexos, que fuera de aqu?l ser?a desorden y pecado; significa ?m?s todav?a- decir que el matrimonio se convierte en un modo de unirse a Cristo a trav?s del amor al otro, un verdadero camino de santificaci?n.

Esta visi?n positiva es la que mostr? tan felizmente el Papa Benedicto XVI en su Enc?clica ?Deus caritas est?, sobre amor y caridad. El Papa no contrapone en ella la uni?n indisoluble en el matrimonio a otra forma de amor er?tico; pero la presenta como la forma m?s madura y perfecta desde el punto de vista no s?lo cristiano, sino tambi?n humano.

?El desarrollo del amor hacia sus m?s altas cotas y su m?s ?ntima pureza -dice- conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -s?lo esta persona-, y en el sentido del ?para siempre?. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido tambi?n el tiempo. No podr?a ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad [n. 6].

Este ideal de fidelidad conyugal nunca ha sido f?cil (?adulterio es una palabra que resuena siniestramente hasta en la Biblia!); pero hoy la cultura permisiva y hedonista en la que vivimos lo ha hecho inmensamente m?s dif?cil. La alarmante crisis que atraviesa la instituci?n del matrimonio en nuestra sociedad est? a la vista de todos. Legislaciones civiles, como la del gobierno espa?ol, que permiten (?e indirectamente, de tal forma, alientan!) iniciar los tr?mites de divorcio apenas pocos meses despu?s de vida en com?n. Palabras como: ?estoy harto de esta vida?, ?me marcho?, ?si es as?, ?cada uno por su lado!?, ya se pronuncian entre c?nyuges a la primera dificultad. (Dicho sea de paso: creo que un c?nyuge cristiano deber?a acusarse en confesi?n del simple hecho de haber pronunciado una de estas palabras, porque el solo hecho de decirla es una ofensa a la unidad y constituye un peligroso precedente psicol?gico).

El matrimonio sufre en ello la mentalidad com?n del ?usar y tirar?. Si un aparato o una herramienta sufre alg?n da?o o una peque?a abolladura no se piensa en repararlo (han desaparecido ya quienes ten?an estos oficios), se piensa s?lo en sustituirlo. Aplicada al matrimonio, esta mentalidad resulta mort?fera.

?Qu? se puede hacer para contener esta tendencia, causa de tanto mal para la sociedad y de tanta tristeza para los hijos? Tengo una sugerencia: ?redescubrir el arte del remiendo! Sustituir la mentalidad del ?usar y tirar? por la del ?usar y remendar?. Casi nadie hace ya remiendos. Pero si no se hacen ya en la ropa, hay que practicar este arte del remiendo en el matrimonio. Remendar los desgarrones. Y remendarlos enseguida.

San Pablo daba ?ptimos consejos al respecto: ?Si os air?is, no pequ?is; no se ponga el sol mientras est?is airados, ni deis ocasi?n al Diablo?, ?soportaos unos a otros y perdonaos mutuamente si alguno tiene queja contra otro?, ?ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas? (Ef 4, 26-27; Col 3, 13; Ga 6, 2).

Lo importante que hay que entender es que en este proceso de desgarrones y recosidos, de crisis y superaciones, el matrimonio no se gasta, sino que se afina y mejora. Percibo una analog?a entre el proceso que lleva hacia un matrimonio exitoso y el que lleva a la santidad. En su camino hacia la perfecci?n, los santos atraviesan a menudo la llamada ?noche oscura de los sentidos? en la que ya no experimenta ning?n sentimiento, ning?n impulso; tienen aridez, est?n vac?os, hacen todo a fuerza de voluntad y con fatiga. Despu?s de ?sta, llega la ?noche oscura del esp?ritu? en la que no entra en crisis s?lo el sentimiento, sino tambi?n la inteligencia y la voluntad. Se llega a dudar de que se est? en el camino adecuado, si es que acaso no ha sido todo un error; oscuridad completa, tentaciones sin fin. Se sigue adelante s?lo por fe.

?Entonces todo se acaba? ?Al contrario! Todo esto no era sino purificaci?n. Despu?s de que han pasado por estas crisis, los santos se dan cuenta de cu?nto m?s profundo y m?s desinteresado es ahora su amor por Dios, respecto al de los comienzos.

A muchas parejas no les costar? reconocer en ello su propia experiencia. Tambi?n han atravesado frecuentemente, en su matrimonio, la noche de los sentidos en la que falta todo arrebato y ?xtasis de aquellos, y si alguna vez lo hubo, es s?lo un recuerdo del pasado. Algunos conocen tambi?n la noche oscura del esp?ritu, el estado en que entra en crisis hasta la opci?n de fondo y parece que no se tiene ya nada en com?n.

Si con buena voluntad y la ayuda de alguien se logran superar estas crisis, se percibe hasta qu? punto el impulso y el entusiasmo de los primeros d?as era poca cosa, respecto al amor estable y la comuni?n madurados en los a?os. Si primero el esposo y la esposa se amaban por la satisfacci?n que ello les procuraba, hoy tal vez se aman un poco m?s con un amor de ternura, libre de ego?smo y capaz de compasi?n; se aman por las cosas que han pasado y sufrido juntos.

[Traducci?n del italiano realizada por Zenit]
Publicado por verdenaranja @ 0:26  | Espiritualidad
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