Lunes, 09 de octubre de 2006
8 octubre 2006 ZENIT publica el discurso que pronunci? Benedicto XVI el 1 de septiembre al visitar el santuario de la Santa Faz de Manoppello, en Italia.

Excelencia;
venerados hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas:
Ante todo quiero manifestar una vez m?s mi gratitud por esta acogida; por sus palabras, excelencia, tan profundas y cordiales; por la expresi?n de su amistad, de vuestra amistad; y por los dones tan significativos: la faz de Cristo, aqu? venerada, para m?, para mi casa, y luego estos dones de vuestra tierra, que expresan la belleza y la bondad de la tierra, de los hombres que viven y trabajan aqu?, y la belleza y la bondad del Creador mismo.

Quisiera sencillamente dar gracias a Dios por este encuentro cordial y familiar, en un lugar donde podemos meditar en el misterio del amor divino contemplando el icono de la Santa Faz. A todos vosotros, aqu? presentes, va mi agradecimiento m?s sincero por vuestra afectuosa acogida y por el compromiso y la discreci?n con que hab?is favorecido esta peregrinaci?n privada, que, sin embargo, como peregrinaci?n eclesial, no puede ser del todo privada.

Saludo y doy las gracias en particular a vuestro arzobispo, amigo m?o desde hace muchos a?os. Hemos colaborado en la Comisi?n teol?gica. En muchas conversaciones he aprendido siempre de su sabidur?a y tambi?n de sus libros. Gracias por los dones que me hab?is ofrecido y que aprecio mucho por tratarse de "signos", como los ha llamado mons. Forte. En efecto, son signos de la comuni?n afectiva y efectiva que une al pueblo de esta querida tierra de los Abruzos con el Sucesor de Pedro.

Os saludo en especial a vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas, y seminaristas aqu? reunidos. Me alegra en particular ver un gran n?mero de seminaristas, por consiguiente el futuro de la Iglesia presente entre nosotros. Dado que no me es posible encontrarme con toda la comunidad diocesana -tal vez ser? posible en otra ocasi?n-, me complace que la represent?is vosotros, personas ya dedicadas al ministerio presbiteral y a la vida consagrada, o encaminadas hacia el sacerdocio; personas que me alegra considerar enamoradas de Cristo, atra?das por ?l y comprometidas a hacer de su vida una continua b?squeda de su santo rostro.

Por ?ltimo, saludo cordialmente a la comunidad de los padres capuchinos, que nos acogen, y que desde hace siglos atienden este santuario, meta de tantos peregrinos.

Cuando, hace poco, me encontraba orando, pensaba en los dos primeros Ap?stoles, los cuales, impulsados por Juan Bautista, siguieron a Jes?s junto al r?o Jord?n, como leemos en el evangelio de san Juan (cf. Jn 1, 35-37). El evangelista narra que Jes?s se volvi? hacia ellos y les pregunt?: "?Qu? busc?is?". Ellos respondieron: "Rabb?, ?d?nde vives?". Y ?l a su vez les dijo: "Venid y lo ver?is" (Jn 1, 38-39).

Ese mismo d?a los dos que lo siguieron hicieron una experiencia inolvidable, que los impuls? a decir: "Hemos encontrado al Mes?as" (Jn 1, 41). Aquel a quien pocas horas antes consideraban un simple "rabb?", hab?a adquirido una identidad muy precisa, la del Cristo esperado desde hac?a siglos. Pero, en realidad, ?cu?n largo camino ten?an a?n por delante esos disc?pulos! No pod?an ni siquiera imaginar cu?n profundo pod?a ser el misterio de Jes?s de Nazaret; cu?n insondable e inescrutable ser?a su "rostro"; hasta el punto de que, despu?s de haber convivido con ?l durante tres a?os, Felipe, uno de ellos, escuchar?a de labios de Jes?s estas palabras durante la ?ltima Cena: "?Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?", y luego las palabras que expresan toda la novedad de la revelaci?n de Jes?s: "El que me ha visto a m?, ha visto al Padre" (Jn 14, 9).

S?lo despu?s de su pasi?n, cuando se encontraron con ?l resucitado, cuando el Esp?ritu ilumin? su mente y su coraz?n, los Ap?stoles comprendieron el significado de las palabras que Jes?s les hab?a dicho y lo reconocieron como el Hijo de Dios, el Mes?as prometido para la redenci?n del mundo.

Entonces se convirtieron en sus mensajeros incansables, en sus testigos valientes hasta el martirio.

"El que me ha visto a m?, ha visto al Padre". S?, queridos hermanos y hermanas, para "ver a Dios" es preciso conocer a Cristo y dejarse modelar por su Esp?ritu, que gu?a a los creyentes "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). El que encuentra a Jes?s, el que se deja atraer por ?l y est? dispuesto a seguirlo hasta el sacrificio de la vida, experimenta personalmente, como hizo ?l en la cruz, que s?lo el "grano de trigo" que cae en tierra y muere da "mucho fruto" (cf. Jn 12, 24).

Este es el camino de Cristo, el camino del amor total, que vence a la muerte: el que lo recorre y "el que odia su vida en este mundo, la guardar? para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es decir, vive en Dios ya en esta tierra, atra?do y transformado por el resplandor de su rostro.

Esta es la experiencia de los verdaderos amigos de Dios, los santos, que han reconocido y amado en los hermanos, especialmente en los m?s pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios largamente contemplado con amor en la oraci?n. Ellos son para nosotros ejemplos estimulantes, dignos de imitar; nos aseguran que si recorremos con fidelidad ese camino, el camino del amor, tambi?n nosotros, como canta el salmista, nos saciaremos de gozo en la presencia de Dios (cf. Sal 16, 15).

"Jesu... quam bonus te quaerentibus", "Jes?s, qu? bondadoso eres con los que te buscan". As? hemos cantado hace poco, entonando el antiguo canto "Jesu, dulcis memoria", que algunos atribuyen a san Bernardo. Es un himno que adquiere un significado especial en este santuario dedicado a la Santa Faz y que nos trae a la mente el salmo 23: "Esta es la generaci?n de los que lo buscan, los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob" (v. 6). Pero, ?cu?l es la "generaci?n" que busca el rostro de Dios?, ?cu?l es la generaci?n digna de "subir al monte del Se?or", de "estar en el recinto sacro"? Explica el salmista: son los que tienen "manos inocentes y puro coraz?n", los que no dicen mentiras ni juran contra el pr?jimo en falso (cf. vv. 3-4).

As? pues, para entrar en comuni?n con Cristo y contemplar su rostro, para reconocer el rostro del Se?or en el de los hermanos y en las vicisitudes de todos los d?as, es preciso tener "manos inocentes y puro coraz?n". "Manos inocentes" quiere decir existencias iluminadas por la verdad del amor, que vence a la indiferencia, la duda, la mentira y el ego?smo. Adem?s, hay que tener un coraz?n puro, un coraz?n arrebatado por la belleza divina, como dice santa Teresa de Lisieux en su oraci?n a la Santa Faz; un coraz?n que lleve impresa la faz de Cristo.

Queridos sacerdotes, si queda impresa en vosotros, pastores de la grey de Cristo, la santidad de su rostro, no teng?is miedo: tambi?n los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral se contagiar?n y transformar?n. Y vosotros, seminaristas, que os prepar?is para ser gu?as responsables del pueblo cristiano, no os dej?is atraer por nada que no sea Jes?s y el deseo de servir a su Iglesia.

Lo mismo os digo a vosotros, religiosos y religiosas, para que todas vuestras actividades sean reflejo visible de la bondad y de la misericordia divina.

"Busco tu rostro, Se?or". Buscar el rostro de Jes?s debe ser el anhelo de todos los cristianos, pues nosotros somos "la generaci?n" que en este tiempo busca su rostro, el rostro del "Dios de Jacob". Si perseveramos en la b?squeda del rostro del Se?or, al final de nuestra peregrinaci?n terrena ser? ?l, Jes?s, nuestro gozo eterno, nuestra recompensa y gloria para siempre: "Sis Jesu nostrum gaudium, qui es futurus praemium: sit nostra in te gloria, per cuncta semper saecula".

Esta es la certeza que ha impulsado a los santos de vuestra regi?n, entre los cuales me complace citar en particular a Gabriel de la Dolorosa y Camilo de Lelis; a ellos va nuestro recuerdo reverente y nuestra oraci?n. Pero ahora queremos dirigir un pensamiento de especial devoci?n a la "Reina de todos los santos", la Virgen Mar?a, a la que vener?is en diversos santuarios y capillas esparcidas por los valles y los montes de los Abruzos.

Que la Virgen, en cuyo rostro, m?s que en cualquier otra criatura, se ven los rasgos del Verbo encarnado, vele sobre las familias y las parroquias, sobre las ciudades y las naciones del mundo entero. Que la Madre del Creador nos ayude a respetar tambi?n la naturaleza, gran don de Dios que aqu? podemos admirar contemplando las estupendas monta?as que nos rodean. Este don, sin embargo, siempre corre un serio peligro de degradaci?n ambiental y por tanto es preciso defenderlo y protegerlo. Se trata de una urgencia que, como dec?a mons. Forte, pone muy bien de relieve la Jornada de reflexi?n y oraci?n para la salvaguardia de la creaci?n, que celebra precisamente hoy la Iglesia en Italia.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que os doy nuevamente las gracias por vuestra presencia y por vuestros dones, invoco sobre todos vosotros y sobre vuestros seres queridos la bendici?n de Dios con la antigua f?rmula b?blica: "El Se?or os bendiga y os guarde; ilumine su rostro sobre vosotros y os sea propicio; el Se?or os muestre su rostro y os conceda la paz" (cf. Nm 6, 24-26).

Am?n.

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 0:08  | Habla el Papa
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