Lunes, 30 de octubre de 2006
Sacado del artículo “La autoridad de la Orden Hospitalaria”, del Padre Fernando Lorente, o.h., capellán de la Clínica San Juan de Dios en Santa Cruz de Tenerife, publicado en Revista Semanal de EL DÍA, sábado 28 de octubre de 2006.

Historia y vida de las instituciones religiosas



La vida religiosa no es una teoría que tiene su unidad en la cohesión de sus principios —como pasa en tantas agrupaciones económicas, políticas…- sino que es un hecho de vida que brota, en unas concretas circunstancias, de la vida y santidad de la Iglesia; no es, por tanto, vivir al margen de la Iglesia, sino vivir más radicalmente lo que a ella es esencial: el Evangelio anunciado por Jesús y encamado en su persona. Los miembros de las instituciones religiosas están llamados a renovar y permanecer, con sus vidas en el mundo, el modo de existencia que el hijo de Dios asumió a fin de hacer la voluntad del Padre. Con este espíritu nacieron y nacen todas las instituciones religiosas en su propia misión, como la Orden de S. Juan de Dios. Por eso, el Concilio Vaticano II invitó a todos los religiosos y religiosas a que reflexionaran sobre la dimensión histórica de su pro¬yecto de vida, a fin de que pudieran adaptarlo a las cambiantes condiciones del mundo y de la Iglesia. La vida religiosa, así entendida, no es una pura elocución mental, sino una experiencia de vida que, como cualquier organismo viviente, nace, crece, decae y puede incluso morir. Y esta última realidad se da siempre, en el momento que los miembros van perdiendo vitalidad apostólica y la misión de la propia Institución la va dejando sin más valor que lo estrictamente humano y económico.


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