Martes, 07 de noviembre de 2006
Art?culo publicado en Revista Semanal de EL D?A, s?bado, 4 de Noviembre de 2006

A?o 1390: aparici?n de la imagen
de la Virgen en Candelaria


ARQU?MEDES JIM?NEZ DEL CASTILLO

RELATA don Jos? Rodr?guez Moure que un lejano atardecer dos pastores conducen un reba?o de cabras en las costas de G??mar y al torcer una curva del camino, cerca de la desembocadura del barranco de Chinguaro descubri?, uno de ellos, "una mujercita con un ni?o al brazo derecho y con vestidos distintos a los que usaban las mujeres de la tierra, de pie sobre una roca lo miraba con fijeza".

As? inicia el ilustre dominico lagunero el relato que compuso durante su estancia en el convento de Candelaria donde cuid? de su archivo y del que se ilustr? para componer el libro "La historia de la devoci?n del pueblo canario a Nuestra Se?ora de Candelaria". Relata c?mo el adivino o zahor? Gua?ame?e hab?a pronosticado hac?a mucho tiempo que "dentro de unos p?jaros grandes de blancas alas vendr?an a la Isla, por el mar, otras gentes que se habr?an de ense??orear de ella". Estos augurios que formaban parte de los miedos y creencias del pueblo guanche eran del com?n conocimiento y hab?a dado lugar a que los menceyes hubieran convenido que cada uno de ellos cuidara de su territorio y que los dem?s le prestaran la ayuda que necesitara en caso de peligro. Todo ello con indepen?dencia de las numerosas guerras entre pastores de distintos bandos por la posesi?n del ganado y por el uso de los pastos, fuentes y apriscos.

As? que habiendo ocurrido el fen?meno relatado m?s arriba, los menceyes se reunieron en G??mar con la idea de que este hecho ten?a relaci?n con la profec?a del zahor?. Acudieron, invitados por A?aterve, mencey de G??mar, Bencomo, rey de Tahoro, y los de Adeje, Anaga, Tegueste, Abona y Tacoronte, y luego de examinar la imagen aceptaron el hecho como beneficioso. El mencey de G??mar, intentando crear las bases de una buena relaci?n con Bencomo, le ofreci? trasladarle la imagen a La Orotava para que estuviera all? durante medio a?o. Bencomo o Benitomo, que ten?a en mente el proyecto de unificar bajo su mando las tierras de la Isla como en tiempos de su padre el Gran Mencey, declin? la oferta argumentando que si la imagen se hab?a aparecido en G??mar, que all? siguiera. Por esta ?poca Bencomo ten?a una edad cercana a los treinta a?os.

La realidad era que exist?a una arcaica enemistad entre los guanches de Tahoro y los de G??mar, probablemente causada por la disputa del aprovechamiento de los pas?tos situados en las cumbres de la cordillera central de Tenerife, en cuyas vertientes opuestas est?n enclavados ambos valles de G??mar y La Orotava. Hay relatos de com?bates en el Valle de Igueste, en especial en Pazacola y Uchico y en los altos en las faldas del volc?n Negro.

Esta mutua ojeriza se increment? cuando las ense?anzas de dominicos y franciscanos, en su labor de proselitismo religioso, extendieron por el Valle de G??mar los rudimentos del catolicismo al tiempo que los principios de la nueva cultura que iba unida a la evangelizaci?n. Las disputas por los pastizales eran m?s bien cuestiones anecd?ticas que aunque daban lugar a robos de ganado y a veces enfrentamientos con resultado de heridos y muertos, no determinaba una separaci?n cultural entre tahorinos y g?imareros. La rivalidad cism?tica se inici? cuando los g?imareros abrieron sus ojos vieron a la imagen cuya naturaleza les des cubri? Ant?n Guanche y oyeron y creyera en el nuevo mensaje de redenci?n explicado por los misioneros que en las noches d calma desembarcan en las playas de Candelaria. El cese de las entradas violentas d los se?ores de Lanzarote contribuy? a que se iniciase una relaci?n de mutua confianza entre g?imareros y castellanos. Hasta tal punto fue decisiva esta circunstancia que cuando Alonso Fern?ndez de Lugo hizo su primera entrada en Tenerife el bando de G?imar fue su aliado m?s leal siendo calificados por los Reyes Cat?licos como bando de paz.

El abandono de los cultos y costumbres arcaicas necesit? m?s de una generaci?n porque el pueblo guanche desconoce 1a escritura y a?n permanece en la edad d piedra al carecer la Isla de minerales. La principal y m?s agobiante costumbre en e1 que estaba sumido era la situaci?n de semiesclavitud en que viv?a el pueblo guanche bajo el mando de una nobleza due?a absoluta de reba?os y dem?s elementos complementarios a esta actividad. En G??mar fue donde primero naci? el deseo de un cambio social mediante el principio de que ?del rey para abajo todos iguales? Sin duda alguna se trata de una aut?ntica revoluci?n netamente inspirada por los misioneros que con frecuencia hac?an su entrada por las playas de G??mar.

En una de estas entradas los hombres de Hern?n Peraza apresaron, entre otros, a un ni?o que jugaba al borde de un charco que la pleamar hab?a creado. El infante intentaba, in?tilmente, capturar los peces rete-nidos en el interior del remanso que con facilidad esquivan sus torpes manos. Cautivado lo trasladaron a Lanzarote y all? por "lo tierno de su edad y la viveza de la inteligencia del rapaz choc?le al pr?cer castellano, y dej?ndole para su servicio h?zolo instruir y bautizar, apadrin?ndole ?l mismo y poni?ndole por nombre Ant?n". En Teguise recibi? una educaci?n como los dem?s j?venes de la ?poca. Aprendi? a leer y escribir en castellano de manos de los dominicos as? como los fundamentos de la fe cat?lica.

Ant?n Guanche, a?os m?s tarde, integrado en una expedici?n, hizo su entrada por las costas de G??mar con objeto de hacer pillaje en la zona, ya sea robando ganado o cautivando personas que el se?or de Lanzarote enviaba a Sevilla para su venta como esclavos. Pero Ant?n a?n conserva recuerdos de su infancia identificando su propia patria y aprovechando la ocasi?n que se le presenta decide regresar a su antiguo hogar. Perma?neci? escondido hasta que el velero se retira de la Isla con sus arboladuras hinchadas por la brisa del atardecer. All? se queda en la soledad del Valle de G??mar vestido con ropas extra?as aunque ha practicado su idioma con otros cautivos y ello le servir? para ser reconocido.

Y dice Rodr?guez Moure que Ant?n fue reconocido y con mucho entusiasmo recibido y junto al rey Dadarmo acudi? a visitar la cueva donde ten?an depositada a "La celestial imagen de Mar?a". Inmediatamente que tuvo ante s? la estatua la identific? con la Virgen y este hecho hizo correr la noticia por toda la Isla y una inmensa muchedumbre guanche se congreg? en Candelaria proveniente de los m?s diversos rincones de Tenerife. Era costumbre traer alg?n presente en la visita a otros parientes o amigos y en este caso se reuni? un enorme reba?o que los guanches regalaron a Guayaserax en testimonio de su devoci?n.

Este reba?o fue encerrado en el Valle de Igueste de Candelaria, donde lo cuidaban los pastores guanches que viv?an en una cueva situada en Ajeja, bajo un saltadero del barranco de San Mart?n que desciende desde la zona de Uchico. Exist?a otra cueva llamada A?aco, cerca de la costa y al borde del camino antiguo de Candelaria desde donde los guanches cuida?ban del ganado en las ?pocas de fuertes inviernos.
Ant?n Guanche convenci? al mencey de G??mar de que la imagen no deber?a de radicar en la casa del propio mencey sino tener su propia casa, eligiendo para ello la espelunca de Achbinico, a la orilla del mar donde a?n se guarda culto a San Blas m?rtir, patrono de la Villa de Candelaria. La leyenda crece en torno a la imagen de la Virgen que en sus diversas variaciones traza profundos surcos en la conciencia religiosa del nuevo pueblo canario que se produce con el cruce entre ambas culturas.

Ant?n era un extranjero en su propia tierra toda vez que sus conocimientos, adquiridos en Teguise, eran superior al nivel cultural de casi todos los castellanos seglares de su ?poca, y por ello se le llam? el embajador de don Diego de Herrera. Fue su hombre de confianza y junto a ?l actu? como trajum?n traduciendo la entrevista entre aqu?l y el grupo de menceyes en la ?nica entrada que hizo el potentado en Tenerife. Tuvo lugar el encuentro en la playa de A?azo, donde se levant? acta de la sumisi?n de la Isla al rey de Castilla. Despu?s de firmada la certificaci?n, los guanches, sin haber entendido nada de lo all? tratado, recibieron copiosos regalos de coloreadas baratijas, lo cual les llen? de satisfacci?n, as? que invitaron a don Diego que ascendiera hasta La Laguna. A lo largo del camino el nuevo "due?o de Tenerife" fue cortando algunos ramos de vegetales, mudando piedras de lugar, apisonando la tierra con el esfuerzo de sus pisadas e interpretando una ceremonia, desconocida por los guanches, y a los que caus? sorprendente hilaridad. Don Diego trata de dar cumplimiento al derecho civil castellano donde este protocolo se traduce por actos formales de adquisici?n de la propiedad, con lo que se legitima el dominio del fundo y se entra en su posesi?n. De estos extremos se levant? acuerdo protocolizado por el escribano Fernando P?rraga, fechado e121 de junio de 1464. Existe copia en el Archivo Hist?rico de Santa Cruz de Tenerife.

Esperemos que alg?n buen d?a un ilustre pintor isle?o interprete con su pincel el acto de "posesi?n" de la Isla de Tenerife por parte de don Diego de Herrera bajo la mirada sar?c?stica, y a?n divertida, de los guanches all? congregados.
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