Martes, 07 de noviembre de 2006
Este d?a nos invita a reflexionar con seriedad en el misterio de la muerte.

Nuestro mundo intenta esconder o maquillar el hecho de la muerte, las personas detestan aquello que les haga sentirse d?biles, viejas, enfermas; todo lo que nos muestre que somos fr?giles y que vamos a terminar. De esa manera, pues, parece que absolutizamos este tiempo en el que estamos viviendo y hacemos de ?l todo nuestro tiempo, con una consecuencia desastrosa. No pensar en la muerte no destruye la muerte; nuestra falta de preparaci?n no impide el hecho de que, de todas maneras nos vamos a morir, y de este modo, pues la consecuencia que se sigue es que estamos menos preparados para nuestra propia muerte y para la muerte de las personas que nos rodean.

Estar preparado para la muerte no implica un sentido de temor, que nos angustie el presente, sino que debe significar una toma de conciencia, el hecho de que la vida en este mundo tiene un t?rmino nos debe ayudar a aprovechar m?s el presente, viviendo lo que nos hace mejores y ayudando al pr?jimo mientras est? vivo. ?Caminen mientras tengan luz?, nos dice Jes?s en el Evangelio.

Adem?s de redefinir el sentido de nuestra vida con la perspectiva de la muerte, debemos recordar lo que rezamos en el Credo: la comuni?n de los santos, hay comuni?n de bienes, entre los que est?n en el cielo, en el purgatorio y en este mundo. Podemos a?n despu?s de la muerte seguir creciendo en los lazos de amor, de caridad, crecer y profundizar la comuni?n, con los santos y tambi?n con los difuntos. El 2 de junio de 1998 el siervo de Dios Juan Pablo II le enviaba una carta al Abad de Cluny con motivo del milenario de la Conmemoraci?n de Todos los fieles difuntos, instituida por san Odil?n. El Santo Padre explicando el sentido de la oraci?n por los difuntos entre otras cosas dec?a:

?En espera de que la muerte sea vencida definitivamente, los hombres ?peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros est?n glorificados, contemplando claramente a Dios, uno y trino?[1]. Unida a los m?ritos de los santos, nuestra oraci?n fraterna ayuda a quienes esperan la visi?n beat?fica. La intercesi?n por los muertos, lo mismo que la vida de los vivos seg?n los mandamientos divinos, obtiene m?ritos que sirven para la plena realizaci?n de la salvaci?n. Se trata de una expresi?n de la caridad fraterna de la ?nica familia de Dios, por la que ?estamos respondiendo a la ?ntima vocaci?n de la Iglesia?[2]: ?Salvar almas que amen a Dios eternamente?[3]. Para las almas del purgatorio, la espera de la bienaventuranza eterna, del encuentro con el Amado, es fuente de sufrimientos a causa de la pena debida al pecado, que las mantiene alejadas de Dios. Pero tambi?n existe la certeza de que, una vez acabado el tiempo de purificaci?n, el alma ir? al encuentro de Aquel a quien desea.[4]?

Nuestras oraciones por los fieles difuntos llevan por consiguiente un doble sello: caridad hacia ellos y certeza de la victoria de Cristo. Les amamos, pero no con un amor nost?lgico, prisionero de la fantas?a o el recuerdo, sino con el amor eficac?simo propio de la victoria del Se?or.

Y por eso desde antiguo la Iglesia ha considerado que es acto precioso de misericordia orar por los difuntos de quienes podemos pensar que necesitan de este sufragio, no para reemplazar la fe, si no la tuvieron, sino para limpiar con la potencia de nuestro amor, fundado en Cristo, cualquier imperfecci?n que pueda impedirles gozar de la visi?n de Dios.

Y ofrecemos este acto de amor uni?ndonos al amor m?s grande, es decir, al amor de Cristo en la Eucarist?a. All? precisamente donde se renueva la ofrenda viva de Cristo, all? fundamos nuestro amor y nuestra esperanza mientras rogamos por nuestros hermanos difuntos.

La Iglesia nos hace repetir con las palabras de la liturgia: ?Dales Se?or el descanso eterno. Brille para ellos la luz que no tiene fin.? Es la luz en la cual veremos a Dios cara a cara. La Luz de la gloria, cuando nos volvamos semejantes a ?l, no solamente como criaturas similares al Creador, dec?a el siervo de Dios Juan Pablo II, sino tambi?n como hijos similares al Padre. Como hijos en el Eterno Hijo.

La Iglesia reza as?, porque as? cree y as? espera. Verdaderamente sobre nosotros est? impreso el sello del Dios Viviente. Encomendamos a nuestros seres queridos difuntos con la protecci?n de la Sant?sima Virgen. Que ella ruego por nosotros y por ellos, como le decimos cada vez en el Ave Mar?a: ?ahora y en al hora de nuestra muerte. Am?n?




+Mons. Rub?n H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luj?n



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[1] LG, 49; cf. Eugenio IV, bula Laetantur coeli.

[2] Lg, 51.

[3] Teresa de Lisieux, Oraciones, 6; cf. Manuscrito A 77

[4] cf. Sal 42 y 62.
Publicado por verdenaranja @ 23:23  | Homil?as
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