Viernes, 10 de noviembre de 2006
ZENIT publica la homil?a pronunciada por Benedicto XVI durante la misa en la solemnidad de Todos los santos, presidida en la Bas?lica de San Pedro del Vaticano el 1 de noviembre de 2006.


Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra celebraci?n eucar?stica se inici? con la exhortaci?n "Alegr?monos todos en el Se?or". La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegr?a. Los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, hacia la que la liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada. En esa muchedumbre no s?lo est?n los santos reconocidos de forma oficial, sino tambi?n los bautizados de todas las ?pocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento de Dios.

Hoy la Iglesia celebra su dignidad de "madre de los santos, imagen de la ciudad celestial" (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos d?scolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos caracter?sticos, y precisamente en ellos encuentra su alegr?a m?s profunda.

En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como "una muchedumbre inmensa, que nadie podr?a contar, de toda naci?n, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos m?rtires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Esp?ritu Santo.

Pero, "?de qu? sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?". Con esta pregunta comienza una famosa homil?a de san Bernardo para el d?a de Todos los Santos. Es una pregunta que tambi?n se puede plantear hoy. Tambi?n es actual la respuesta que el Santo da: "Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en m? grandes deseos" (Discurso 2: Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).

Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.

Esta es la vocaci?n de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atenci?n.

Pero, ?c?mo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jes?s y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. "Si alguno me quiere servir ―nos exhorta―, que me siga, y donde yo est?, all? estar? tambi?n mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrar?" (Jn 12, 26).

Quien se f?a de ?l y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a s? mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para s? mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra as? la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a s? mismo.

Las biograf?as de los santos presentan hombres y mujeres que, d?ciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, "han pasado por la gran tribulaci?n ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Sus nombres est?n escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Para?so. El ejemplo de los santos es para nosotros un est?mulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegr?a de quien se f?a de Dios, porque la ?nica verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de ?l.

La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, m?s que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura el ap?stol san Juan observa: "Mirad qu? amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ?lo somos!" (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jes?s nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ?C?mo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ?C?mo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entreg? totalmente a s? mismo, y nos llama a una relaci?n personal y profunda con ?l.

Por tanto, cuanto m?s imitamos a Jes?s y permanecemos unidos a ?l, tanto m?s entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por ?l de modo infinito, y esto nos impulsa a amar tambi?n nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia a s? mismo, "perderse a s? mismos", y precisamente as? nos hace felices.

Ahora pasemos a considerar el evangelio de esta fiesta, el anuncio de las Bienaventuranzas, que hace poco hemos escuchado resonar en esta bas?lica. Dice Jes?s: "Bienaventurados los pobres de esp?ritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de coraz?n, los art?fices de paz, los perseguidos por causa de la justicia" (cf. Mt 5, 3-10).

En realidad, el bienaventurado por excelencia es s?lo ?l, Jes?s. En efecto, ?l es el verdadero pobre de esp?ritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de coraz?n, el art?fice de paz; ?l es el perseguido por causa de la justicia.

Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonom?a espiritual de Jes?s y as? manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrecci?n, de pasi?n y de alegr?a de la resurrecci?n. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jes?s y as? al camino que lleva a ella.

En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, tambi?n nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con ?l lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, s?lo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

Queridos hermanos y hermanas, entramos ahora en el coraz?n de la celebraci?n eucar?stica, est?mulo y alimento de santidad. Dentro de poco se har? presente del modo m?s elevado Cristo, la vid verdadera, a la que, como sarmientos, se encuentran unidos los fieles que est?n en la tierra y los santos del cielo. As? ser? m?s ?ntima la comuni?n de la Iglesia peregrinante en el mundo con la Iglesia triunfante en la gloria.

En el Prefacio proclamaremos que los santos son para nosotros amigos y modelos de vida.
Invoqu?moslos para que nos ayuden a imitarlos y esforc?monos por responder con generosidad, como hicieron ellos, a la llamada divina.

Invoquemos en especial a Mar?a, Madre del Se?or y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles disc?pulos de su hijo Jesucristo. Am?n.


[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 23:33  | Habla el Papa
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