S?bado, 11 de noviembre de 2006
Meditaci?n sobre el evangelio del domingo XXII del Teimpo Ordinario B, Mc. 12, 38-44.

Sinceridad de coraz?n


Este breve suceso que, en su sencillez, nos transmite hoy san Marcos, encierra, sin embargo, una ense?anza decisiva para la vida cristiana; que, por cierto, quiso Nuestro Se?or recalcar en diversas ocasiones. De sobra es conocido, por ejemplo, que criticaba la hipocres?a de los fariseos, llam?ndoles sepulcros blanqueados, aludiendo al tan diferente aspecto que muestran de ordinario esas construcciones por fuera en relaci?n con su interior.

Los comentarios de Jes?s que consideramos hoy se refieren a tres tipos de personas. Nuestro Se?or analiza la conducta de cada una poni?ndola en relaci?n con lo interior de ellas mismas. Queda de este modo manifiesta la autenticidad de los personajes analizados, pues, por la coherencia o no entre el coraz?n y sus obras externas, es patente para nosotros, iluminados por el Se?or, lo aut?ntico, lo que nos permanece oculto de ordinario y s?lo Dios, que ve el coraz?n, conoce siempre.

Cr?tica Jes?s en primer lugar a los que fingen. En aquella ?poca toda una clase de personas se apoyaba en algo, tan superficial y sin fundamento como la indumentaria, para hacerse respetar y gozar de un pretendido prestigio ante la mayor?a. Eran tambi?n un conjunto apariencias y poses estudiadas para insinuar sabidur?a, honradez, piedad, etc. Toda una vida construida sobre un estudiado y artificioso enga?o que, si bien es cierto requer?a no poco esfuerzo por parte del individuo, le invest?a a la vez de abundantes derechos. Derechos de los que gozaban ciertos escribas y fariseos, tan injustamente como falsa era su conducta.

Como poco han cambiado los defectos humanos en el transcurso de los a?os, tambi?n en nuestros d?as nos encontramos con demasiada frecuencia a los que viven de apariencias. Viven del "cuento", solemos decir, Nosotros le pedimos al Se?or no caer nunca en la tentaci?n de querer pasar por algo m?s de lo que somos. Es posible que esa sugerencia perversa se nos insin?e muy ocasionalmente, no como actitud habitual de comportamiento. No debemos, sin embargo, recurrir jam?s a la mentira en ninguna de sus formas, tampoco con la disculpa de que a nadie hacemos da?o o es cosa de poca importancia.

Pensemos, en cambio, que la veracidad debe ser la norma habitual de nuestra conducta. Consiste tan s?lo en comportarse con naturalidad, en no hacer nada especial por aparecer mejores de lo que somos. El veraz no se cansa cuando cae bien. Al menos, vive sin la preocupaci?n de c?mo dar una buena imagen, porque le basta con hacer lo que le parece mejor. Otros, en cambio, tienden como incorporado un asesor de imagen a su personalidad. Est?n, primero, preocupados por la acogida que tendr?n sus palabras, sus gestos, su imagen. Les importa mucho lo que se diga que ellos, lo que se piense... Tan intensa llega a ser para algunas personas esta preocupaci?n que, de hecho, consideran secundario el comportamiento recto. La rectitud en la acci?n ?piensan? no siempre se ve recompensada con el aplauso de quienes la contemplan.

La persona de una pieza, el que es veraz, aunque intente dar buen ejemplo, no est? excesivamente preocupado por c?mo queda con su conducta. Tiene confianza en sus buenas obras: por sus frutos los conocer?is, dijo el Se?or, y sabe que rara vez los buenos lo interpretar?n mal.

Precisamente a esto ser refiere Nuestro Se?or, en su ?ltimo comentario sobre de las otras dos personalidades que aparecen en el Evangelio de este domingo. Observando a los que daban limosna, ve?a que algunos ricos echaban bastante dinero en el lugar previsto. No es a ?stos, sin embargo, a los que alaba Jes?s, pues podr?an haber sido m?s generosos: todos han echado algo de lo que les sobra, comenta Jes?s. Alaba, en cambio, la generosidad total ?que pasa inadvertida en su hero?smo que nadie reconoce? de una mujer viuda. S?lo Dios ?y ya es bastante? advierte el amor grande de su coraz?n.

Tambi?n aplaudir?an su conducta, sin duda, cuantos hombres y mujeres de bien hubieran conocido las circunstancias de su vida, y el af?n por Dios, que impulsaba a la mujer a pesar de su penuria. Posiblemente no ser?a f?cil presuponer una gran generosidad, en quien tan s?lo entregaba dos monedas peque?as. Y precisamente por esto nosotros hemos de aprender la lecci?n de no menospreciar a nadie y, sobre todo, de actuar con toda honradez y el rectitud, muy serenos, casi sin querer saber que otros nos contemplan, y muy seguros, en cambio, de que es Dios ante todo el gran el Espectador de nuestra vida.

Mar?a, llega de Gracia, todo lo hac?a para Dios. Aunque casi todos sus trabajos ordinarios de cada d?a los acogieran otras personas, tal vez Jos? o el propio Jes?s, cada momento de su jornada no dejaba de ser un momento para Dios. A Ella le pedimos saber imitarla especialmente en esto, deseando que en el mundo cunda su ejemplo.



Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Espiritualidad
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