Domingo, 12 de noviembre de 2006
Discurso que pronunci? Benedicto XVI este lunes a los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias, reunidos en Roma, con motivo de su asamblea plenaria celebrada sobre el tema: ?La posibilidad de predicci?n en la ciencia: precisi?n y limitaciones?.

Ciudad del Vaticano, 6 noviembre 2006.


Excelencias, se?ores y se?oras:

Saludo con mucho gusto a los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias con motivo de esta asamblea plenaria, y doy las gracias al profesor Nicola Cabibbo por las gentiles palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. El tema de vuestro encuentro, ?La posibilidad de predicci?n en la ciencia: precisi?n y limitaciones?, constituye una caracter?stica distintiva de la ciencia moderna. La posibilidad de predicci?n, de hecho, es una de las razones principales del prestigio del que goza la ciencia en la sociedad contempor?nea. La instituci?n del m?todo cient?fico ha dado a las ciencias la capacidad de prever los fen?menos, de estudiar su desarrollo y, por tanto, de controlar el ambiente en el que vive el ser humano.

El creciente ?avance? de la ciencia, y especialmente su capacidad para controlar la naturaleza a trav?s de la tecnolog?a, en ocasiones ha sido asociado con una correspondiente ?retirada? de la filosof?a, de la religi?n e incluso de la fe cristiana. De hecho, algunos han visto en el progreso de la ciencia y de la tecnolog?a modernas una de las principales causas de secularizaci?n y materialismo: ?por qu? invocar el dominio de Dios sobre esos fen?menos, cuando la ciencia ha mostrado su propia capacidad de hacer lo mismo?

Ciertamente la Iglesia reconoce que el hombre ?gracias a la ciencia y la t?cnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza? de manera que ?un gran n?mero de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por s? mismo? (Gaudium et spes, n. 33). Al mismo tiempo, el cristianismo no plantea un conflicto inevitable entre la fe sobrenatural y el progreso cient?fico. El punto de partida de la revelaci?n b?blica es la afirmaci?n de que Dios cre? a los seres humanos, dotados de raz?n, y les puso por encima de todas las criaturas de la tierra. De este modo, el hombre se convirti? en quien administra la creaci?n y en el ?ayudante? de Dios. Si pensamos, por ejemplo, en la manera en que la ciencia moderna, ha contribuido a la protecci?n del ambiente, previendo los fen?menos naturales, al progreso de los pa?ses en v?as de desarrollo, a la lucha contra las epidemias y al aumento de la esperanza de vida, queda claro que no hay conflicto entre la Providencia de Dios y la acci?n del hombre. De hecho, podr?amos decir que el trabajo de prever, controlar y gobernar la naturaleza, que la ciencia hace hoy m?s factible que en el pasado, forma parte en s? mismo del plan del Creador.

Sin embargo, la ciencia, si bien es generosa, s?lo da lo que tiene que dar. El ser humano no puede depositar en la ciencia y en la tecnolog?a una confianza tan radical e incondicional, como para creer que el progreso de la ciencia y la tecnolog?a puede explicarlo todo y satisfacer plenamente sus necesidades existenciales y espirituales. La ciencia no puede sustituir a la filosof?a y a la revelaci?n, dando una respuesta exhaustiva a las cuestiones fundamentales del hombre, como las que conciernen al sentido de la vida y de la muerte, a los valores ?ltimos y a la naturaleza del progreso.

Por este motivo, el Concilio Vaticano II, tras haber reconocido los beneficios alcanzados por los progresos cient?ficos, subray? que ?el m?todo de investigaci?n [?] se considera sin raz?n como la regla suprema para hallar toda la verdad?, a?adiendo que se da ?el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a s? mismo y deje de buscar ya cosas m?s altas? (Ibidem, n. 57).

La posibilidad de predicci?n cient?fica suscita tambi?n la cuesti?n de las responsabilidades ?ticas del cient?fico. Sus conclusiones tienen que estar guiadas por el respeto de la verdad y por el reconocimiento honesto, tanto de la precisi?n como de las inevitables limitaciones del m?todo cient?fico. Ciertamente esto significa evitar innecesariamente predicciones alarmantes cuando no est?n sostenidas por datos suficientes o sobrepasan la capacidad actual de la ciencia para hacer previsiones. Al mismo tiempo, se debe evitar lo contrario, es decir, callar, por temor, frente a los aut?nticos problemas. La influencia de los cient?ficos en la formaci?n de la opini?n p?blica en virtud de su conocimiento es demasiado importante como para ser socavada por una indebida precipitaci?n o por una publicidad superficial.
Como mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, observ? en una ocasi?n: ?Por eso los cient?ficos, precisamente porque "saben m?s", est?n llamados a "servir m?s". Dado que la libertad de que gozan en la investigaci?n les permite el acceso al conocimiento especializado, tienen la responsabilidad de usarlo sabiamente en beneficio de toda la familia humana? (Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, 11 de noviembre de 2002).

Queridos acad?micos, nuestro mundo os mira a vosotros y vuestros colegas para comprender claramente algunas de las posibles consecuencias de muchos fen?menos naturales. Pienso, por ejemplo, en las constantes amenazas al medio ambiente que afectan a poblaciones enteras y la necesidad urgente de descubrir fuentes alternativas de energ?a, seguras y disponibles para todos. Los cient?ficos encontrar?n ayuda en la Iglesia a la hora de afrontar estos temas, porque ha recibido de su divino Fundador la tarea de encaminar a las conciencias hacia el bien, la solidaridad y la paz. Precisamente por este motivo considera que tiene el deber de insistir en que la capacidad cient?fica de control y previsi?n no se debe emplear jam?s contra la vida y la dignidad del ser humano, sino que debe ponerse siempre a su servicio y al de las generaciones futuras.

Hay, por ?ltimo, una reflexi?n que nos puede sugerir hoy el tema de vuestra asamblea. Como han subrayado algunas de las relaciones presentadas en los ?ltimos d?as, el mismo m?todo cient?fico, en su capacidad de reunir los datos, elaborarlos y utilizarlos en sus proyecciones, tiene l?mites propios que restringen necesariamente la posibilidad de predicci?n cient?fica en determinados contextos y aspectos. La ciencia, por tanto, no puede querer proporcionar una representaci?n completa y determinista de nuestro futuro y del desarrollo de cada fen?meno que estudia.

La filosof?a y la teolog?a podr?an aportar, en este sentido, una contribuci?n importante a esta cuesti?n fundamentalmente epistemol?gica, ayudando por ejemplo a las ciencias emp?ricas a reconocer la diferencia entre la incapacidad matem?tica para predecir ciertos acontecimientos y la validez del principio de causalidad, o entre el determinismo o la contingencia (casualidad) cient?ficos y la causalidad a nivel filos?fico, o m?s radicalmente, entre la evoluci?n como el origen de una sucesi?n en el espacio y el tiempo, y la creaci?n como el origen ?ltimo de del ser participado en el Ser esencial.

Al mismo tiempo, hay un nivel m?s elevado que necesariamente supera todas las predicciones cient?ficas, es decir, el mundo humano de la libertad y de la historia. Mientras que el cosmos f?sico puede tener su propio desarrollo espacio-temporal, s?lo la humanidad, en sentido propio, tiene una historia, la historia de su libertad. La libertad, como la raz?n, es una parte preciosa de la imagen de Dios dentro de nosotros, y nunca podr? quedar reducida a un an?lisis determinista. Su trascendencia con respecto al mundo material tiene que ser reconocida y respetada, pues es un signo de nuestra identidad humana. Negar esta trascendencia en nombre de una supuesta capacidad absoluta del m?todo cient?fico de prever y condicionar el mundo humano implicar?a la p?rdida de lo que es humano en el hombre y, al no reconocer su unicidad y su trascendencia, podr?a abrir peligrosamente las puertas a su abuso.

Queridos amigos, al concluir estas reflexiones, os aseguro una vez m?s mi profundo inter?s por la actividad de esta Academia Pontificia y mis oraciones por vosotros y por vuestras familias. Invoco sobre todos vosotros las bendiciones de la sabidur?a, la alegr?a y la paz de Dios omnipotente.
Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Habla el Papa
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