Jueves, 16 de noviembre de 2006
16 noviembre 2006 ZENIT publica la homil?a que pronunci? Benedicto XVI el 4 de noviembre en la misa en sufragio por los cardenales y obispos fallecidos en los ?ltimos doces meses. La celebraci?n eucar?stica tuvo lugar en el Altar de la C?tedra de la bas?lica vaticana.



Se?ores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas:

En los d?as pasados, la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoraci?n de todos los Fieles Difuntos nos ayudaron a meditar en la meta final de nuestra peregrinaci?n terrena. En este clima espiritual, hoy nos encontramos en torno al altar del Se?or para celebrar la santa misa en sufragio de los cardenales y obispos a los que Dios llam? a s? durante el ?ltimo a?o. Vemos de nuevo sus rostros, que nos son familiares, mientras escuchamos otra vez los nombres de los purpurados que fallecieron durante los doce meses pasados: Leo Scheffczyk, Pio Taofinu'u, Ra?l Francisco Primatesta, ?ngel Suqu?a Goicoechea, Johannes Willebrands, Louis-Albert Vachon, Dino Monduzzi y Mario Francesco Pompedda. Desear?a nombrar tambi?n a cada uno de los arzobispos y obispos, pero nos basta la consoladora certeza de que, como dijo un d?a Jes?s a los Ap?stoles, sus nombres "est?n escritos en los cielos" (Lc 10, 20).

Recordar los nombres de estos hermanos nuestros en la fe nos remite al sacramento del Bautismo, que marc? para cada uno de ellos ―como para todo cristiano― el ingreso en la comuni?n de los santos. Al final de la vida, la muerte nos priva de todo lo terreno, pero no de la gracia y del "car?cter" sacramental en virtud de los cuales hemos sido asociados indisolublemente al misterio pascual de nuestro Se?or y Salvador. Despojado de todo, pero revestido de Cristo: as? el bautizado cruza el umbral de la muerte y se presenta ante Dios justo y misericordioso.

Para que la vestidura blanca, recibida en el bautismo, se purifique de toda impureza y de toda mancha, la comunidad de los creyentes ofrece el sacrificio eucar?stico y otras oraciones de sufragio por aquellos a quienes la muerte ha llamado a pasar del tiempo a la eternidad. Rezar por los difuntos es una obra buena, que presupone la fe en la resurrecci?n de los muertos, seg?n lo que nos han revelado la sagrada Escritura y, de modo pleno, el Evangelio.

Acabamos de escuchar el relato de la visi?n de los huesos secos del profeta Ezequiel (Ez 37, 1-14). Sin duda alguna, es una de las p?ginas b?blicas m?s significativas e impresionantes; puede interpretarse de dos maneras. En el plano hist?rico, responde a la necesidad de esperanza de los israelitas deportados a Babilonia, desconsolados y afligidos por haber tenido que enterrar a sus seres queridos en tierra extranjera. A trav?s del profeta, el Se?or les anuncia que los har? salir de esa situaci?n y los har? volver al pa?s de Israel. Por tanto, la sugestiva imagen de los huesos que se reaniman y se ponen en movimiento representa a este pueblo que recupera la esperanza de regresar a su patria.

Pero el largo y articulado or?culo de Ezequiel, que exalta la fuerza de la palabra de Dios, para la cual nada es imposible, marca al mismo tiempo un decisivo paso adelante hacia la fe en la resurrecci?n de los muertos. Esta fe se perfeccionar? en el Nuevo Testamento. A la luz del misterio pascual de Cristo, la visi?n de los huesos secos adquiere el valor de una par?bola universal sobre el g?nero humano, peregrino en el exilio terreno y sometido al yugo de la muerte.

La Palabra divina, encarnada en Jes?s, viene a habitar en el mundo, que en muchos aspectos es un valle desolado; se solidariza plenamente con los hombres y les trae la buena nueva de la vida eterna. Este anuncio de esperanza se proclama desde lo m?s profundo de ultratumba, mientras se abre definitivamente el camino que conduce a la tierra prometida.

En el pasaje evang?lico hemos escuchado de nuevo los primeros vers?culos de la gran oraci?n de Jes?s recogida en el cap?tulo 17 del evangelio seg?n san Juan. Las conmovedoras palabras del Se?or muestran que el fin ?ltimo de toda la "obra" del Hijo de Dios encarnado consiste en dar a los hombres la vida eterna (cf. Jn 17, 2). Jes?s dice tambi?n en qu? consiste la vida eterna: "que te conozcan a ti, el ?nico Dios verdadero, y al que t? has enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). En esta frase resuena la voz orante de la comunidad eclesial, consciente de que la revelaci?n del "nombre" de Dios, recibida del Se?or, equivale al don de la vida eterna. Conocer a Jes?s significa conocer al Padre, y conocer al Padre quiere decir entrar en comuni?n real con el Origen mismo de la vida, de la luz y del amor.

Queridos hermanos y hermanas, hoy expresamos nuestra gratitud a Dios de modo especial por haber dado a conocer su nombre a estos cardenales y obispos que han fallecido. Pertenecen al n?mero de aquellos hombres que, como dice el evangelio de san Juan, el Padre dio al Hijo "tom?ndolos del mundo" (cf. Jn 17, 6). A cada uno de ellos Cristo "le dio las palabras" del Padre, y ellos "las aceptaron", "creyeron" y pusieron su confianza en el Padre y en el Hijo (cf. Jn 17, 8).

Rog? por ellos (cf. Jn 7, 9), encomend?ndolos al Padre (cf. Jn 17, 15. 17. 20-21) y diciendo en particular: "Padre, los que t? me has dado, quiero que donde yo est? est?n tambi?n conmigo, para que contemplen mi gloria" (Jn 17, 24).

A esta oraci?n del Se?or, que es sacerdotal por antonomasia, quiere unirse hoy nuestra plegaria de sufragio. Cristo hizo realidad su invocaci?n al Padre en la ofrenda de s? en la cruz; nosotros ofrecemos nuestra oraci?n en uni?n con el sacrificio eucar?stico, que es la representaci?n real y actual de esa ?nica ofrenda salv?fica.

Queridos hermanos y hermanas, con esta fe vivieron los venerados cardenales y obispos fallecidos que recordamos esta ma?ana. Cada uno de ellos en la Iglesia fue llamado a sentir como suyas y a tratar de poner en pr?ctica las palabras del ap?stol san Pablo: "Para m? la vida es Cristo" (Flp 1, 21), que se acaban de proclamar en la segunda lectura. Esta vocaci?n, recibida en el Bautismo, se reforz? en ellos con el sacramento de la Confirmaci?n y con los tres grados del Orden sagrado, y se aliment? constantemente mediante la participaci?n en la Eucarist?a.

A trav?s de este itinerario sacramental, su "ser en Cristo" fue consolid?ndose y profundiz?ndose, de modo que morir ya no es una p?rdida, porque ya lo hab?an "perdido" todo evang?licamente por el Se?or y por el Evangelio (cf. Mc 8, 35), sino una "ganancia": la de encontrar finalmente a Jes?s y con ?l la plenitud de la vida.

Pidamos al Se?or que conceda a estos queridos hermanos nuestros, cardenales y obispos fallecidos, que alcancen la meta tan deseada. Se lo pedimos confiando en la intercesi?n de Mar?a sant?sima y en las oraciones de tantos que en vida los conocieron y apreciaron sus virtudes cristianas. Recojamos todo agradecimiento y toda s?plica en esta santa Eucarist?a, en beneficio de sus almas y de las de todos los difuntos, a quienes encomendamos a la misericordia divina. Am?n.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 22:34  | Habla el Papa
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