Domingo, 19 de noviembre de 2006
D?a 19 XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. (MEDITACI?N)

Mc 13, 24-32 ?Inmediatamente despu?s de la tribulaci?n de aquellos d?as, el sol se oscurecer? y la luna no dar? su resplandor, y las estrellas caer?n del cielo y las potestades de los cielos se conmover?n. Entonces aparecer? en el cielo la se?al del Hijo del Hombre, y en ese momento todas las tribus de la tierra romper?n en llantos. Y ver?n al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. Y enviar? a sus ?ngeles que, con trompeta clamorosa, reunir?n a sus elegidos desde los cuatro vientos, de un extremo a otro de los cielos.
?Aprended de la higuera esta par?bola: cuando sus ramas est?n ya tiernas y brotan las hojas, sab?is que est? cerca el verano. As? tambi?n vosotros, cuando ve?is todas estas cosas, sabed que es inminente, que est? a las puertas. En verdad os digo que no pasar? esta generaci?n sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasar?n, pero mis palabras no pasar?n.
?Pero nadie sabe de ese d?a y de esa hora: ni los ?ngeles de los cielos, ni el Hijo, sino s?lo el Padre.

Rectitud de intenci?n


Es un tema, podr?amos decir, cl?sico en el Evangelio, el del fin del mundo que nos ofrece en este domingo la Liturgia de la Iglesia por san Marcos. Jes?s habla de ?l en varios momentos. Recordemos, por ejemplo, la par?bola del trigo y la ciza?a, que termina con la recolecci?n de la mies, que expresa el final de los tiempos; la par?bola de la red barredera, que va recogiendo todo g?nero de peces y luego son separados los buenos de los malos, lo mismo que al fin del mundo los ?ngeles separar?n a los hombres... Tambi?n se narra san Mateo este momento final de los tiempos, y la venida de Jes?s con sus ?ngeles como Juez de todos los hombres. Precisamente este evangelista termina su relato con unas palabras de Jes?s a sus Ap?stoles, anim?ndoles a tener confianza siempre, porque nunca se sentir?n solos: sabed que yo estoy con vosotros todos los d?as hasta el fin del mundo, les dice.

Posiblemente se nos antoja demasiado lejano ese momento previsto por el Se?or con grandes cataclismos en el sol, la luna y las estrellas. Tal vez su pensamiento nos sobrecoja, aunque no nos inquiete seguramente la posibilidad de vivirlo. Sin embargo, es indudable que para unos antes y para otros despu?s, para todos habr? un d?a final de este mundo. Hoy pedimos a Dios que sea tambi?n para todos el momento de la plena felicidad lograda para siempre; cuando se cumplan por ?l todos nuestros anhelos y la voluntad de Nuestro Padre, que quiere a sus hijos junto a S? por toda la eternidad.

Elevemos ahora el coraz?n a Nuestro Se?or, que est? sentado a la derecha del Padre y de nuevo vendr? con gloria para juzgar a vivos y muertos, pidi?ndole que le esperemos como hijos ilusionados que aguardan la venida de su padre. ?Acaso no hemos esperado as? muchas veces? S?lo si nos hab?amos portado mal tem?amos su llegada por miedo al castigo. Pero ahora no queremos esperar con miedo. Deseamos ser buenos hijos que alegran a su Padre en cada llegada y le esperan con ilusi?n.

Como dec?a san Josemar?a, un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiaci?n divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.


?Pero, ?t? y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?


Si reconocemos ahora tal vez muchos detalles de nuestra vida que son impropios de los hijos de tan Buen Padre, a?n estamos a tiempo de rectificar. Es tan Bueno, que conociendo nuestra peque?ez y nuestra flaqueza ?nuestros ego?smos? nos perdona y nos brinda todav?a m?s tiempo para amarle con su Gracia. Que queramos ver nuestra vida como una permanente espera ilusionada a Dios. As? describe el Se?or la existencia cristiana, cuando la compara a aquellas v?rgenes que esperan al Esposo, o a los siervos que aguardan el regreso de su Se?or. Tengamos, como ellos, el prejuicio psicol?gico de vivir en una permanente y esperanzada espera.

Estamos en el mes que la Iglesia dedica a la oraci?n por los fieles difuntos. Los que nos han precedido, algunos de ellos conocidos, amigos o familiares fallecidos, no hace mucho esperaban como nosotros el momento de su encuentro con Dios. Si han sido fieles, hoy, con la Gracia de Dios, viven gozando en su presencia o aguardan quiz?s todav?a en el Purgatorio, hasta purificarse completamente de sus pecados. Renovemos el prop?sito de acudir a la intercesi?n de los santos, que viven ya en intimidad con Dios, y de ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio. Nuestra generosidad de ahora en favor de estas almas es un buen modo, muy grato a Dios, de esperarle, mientras buscamos agradarle en las cosas de cada d?a.

No nos suceda como a aquel personaje del que habla Jes?s, que parec?a alegrarse desmedidamente por haber tenido mucho ?xito en sus negocios: Insensato ?le dir? Dios?, esta noche te pedir?n el alma, y todo lo que has acumulado, ?para qui?n ser?? Y Jes?s concluye: As? ser? el que atesora para s? y no es rico para Dios. No queramos dejarnos absorber por ideales exclusivamente terrenos. Pregunt?monos, en cambio, con frecuencia si, de hecho, Dios es lo m?s importante en nuestra vida; si deseamos sinceramente el tesoro de Dios para los que amamos en este mundo.

Recordemos, en este sentido, el reproche de Jes?s a Marta, la hermana de L?zaro, que estaba tan afanada en las cosas de la casa ?buenas sin duda?, que se olvidaba del Se?or: Marta, Marta ?le dijo Jes?s?, t? te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Mar?a, su hermana, en cambio, dejando enronces otros asuntos, escuchaba atentamente al Se?or.

Que en nuestras cosas: en el trabajo, en la familia, en los amigos..., veamos tambi?n siempre al Se?or, para que lo nuestro no sea s?lo algo nuestro ?poco valdr?a entonces?, sino ante todo algo para Dios.

As? era la vida de Nuestra Madre, la esclava del Se?or. A Ella le pedimos que todas nuestras acciones lleguen a ser tambi?n una ilusionada espera de nuestro Dios.



Publicado por verdenaranja @ 21:54  | Espiritualidad
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