Lunes, 08 de enero de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI en la bas?lica de San Pedro del Vaticano, durante las v?speras en las que particip? en la noche del 31 de diciembre DE 2006 en las que se enton? el ?Te Deum? de acci?n de gracias por el a?o 2006.



Se?ores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
distinguidas autoridades;
queridos hermanos y hermanas:

Nos hallamos reunidos en la bas?lica vaticana para dar gracias al Se?or al terminar el a?o y para cantar juntos el Te Deum. Os doy gracias a todos de coraz?n por haber querido uniros a m? en una circunstancia tan significativa. Saludo en primer lugar a los se?ores cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, a los religiosos y las religiosas, a las personas consagradas y a los numerosos fieles laicos que representan a toda la comunidad eclesial de Roma.

Saludo en especial al alcalde de Roma y a las dem?s autoridades presentes.

En esta tarde del 31 de diciembre se entrecruzan dos perspectivas diversas: la primera, vinculada al fin del a?o civil; la segunda, a la solemnidad lit?rgica de Mar?a sant?sima Madre de Dios, que concluye la octava de la santa Navidad. El primer acontecimiento es com?n a todos; el segundo es propio de los cristianos. El entrecruzarse de las dos perspectivas confiere a esta celebraci?n vespertina un car?cter singular, en un clima espiritual particular que invita a la reflexi?n.

El primer tema, muy sugestivo, est? vinculado a la dimensi?n del tiempo. En las ?ltima horas de cada a?o solar asistimos al repetirse de algunos "ritos" mundanos que, en el contexto actual, est?n marcados sobre todo por la diversi?n, con frecuencia vivida como evasi?n de la realidad, como para exorcizar los aspectos negativos y favorecer improbables golpes de suerte.

?Cu?n diversa debe ser la actitud de la comunidad cristiana! La Iglesia est? llamada a vivir estas horas haciendo suyos los sentimientos de la Virgen Mar?a. Juntamente con ella est? invitada a tener fija su mirada en el Ni?o Jes?s, nuevo Sol que ha surgido en el horizonte de la humanidad y, confortada por su luz, a apresurarse a presentarle "las alegr?as y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos" (Gaudium et spes, 1).

As? pues, se confrontan dos valoraciones de la dimensi?n "tiempo": una cuantitativa y otra cualitativa. Por una parte, el ciclo solar, con sus ritmos; por otra, lo que san Pablo llama la "plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), es decir, el momento culminante de la historia del universo y del g?nero humano, cuando el Hijo de Dios naci? en el mundo.

El tiempo de las promesas se cumpli? y, cuando el embarazo de Mar?a lleg? a su fin, "la tierra ?como dice un salmo? dio su fruto" (Sal 66, 7). La venida del Mes?as, anunciada por los profetas, es el acontecimiento cualitativamente m?s importante de toda la historia, a la que confiere su sentido ?ltimo y pleno. Las coordenadas hist?rico-pol?ticas no condicionan las decisiones de Dios; el acontecimiento de la Encarnaci?n es el que "llena" de valor y de sentido la historia.

Los que hemos nacido dos mil a?os despu?s de ese acontecimiento podemos afirmarlo ?por decirlo as? tambi?n a posteriori, despu?s de haber conocido toda la vida de Jes?s, hasta su muerte y su resurrecci?n. Nosotros somos, a la vez, testigos de su gloria y de su humildad, del valor inmenso de su venida y del infinito respeto de Dios por los hombres y por nuestra historia. ?l no ha llenado el tiempo entrando en ?l desde las alturas, sino "desde dentro", haci?ndose una peque?a semilla para llevar a la humanidad hasta su plena maduraci?n.

Este estilo de Dios hizo que fuera necesario un largo tiempo de preparaci?n para llegar desde Abraham hasta Jesucristo, y que despu?s de la venida del Mes?as la historia no haya concluido, sino que haya continuado su curso, aparentemente igual, pero en realidad ya visitada por Dios y orientada hacia la segunda y definitiva venida del Se?or al final de los tiempos. La maternidad de Mar?a, que es a la vez acontecimiento humano y divino, es s?mbolo real, y podr?amos decir, sacramento de todo ello.

En el pasaje de la carta a los G?latas que acabamos de escuchar san Pablo afirma: "Dios envi? a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4). Or?genes comenta: "Mira bien que no dice: nacido a trav?s de una mujer; sino: nacido de una mujer" (Comentario a la carta a los G?latas: PG 14, 1298).

Esta aguda observaci?n del gran exegeta y escritor eclesi?stico es importante porque, si el Hijo de Dios hubiera nacido solamente a trav?s de una mujer, en realidad no habr?a asumido nuestra humanidad, y esto es precisamente lo que hizo al tomar carne de Mar?a.

Por consiguiente, la maternidad de Mar?a es verdadera y plenamente humana. En la frase "Dios envi? a su Hijo, nacido de mujer" se halla condensada la verdad fundamental sobre Jes?s como Persona divina que asumi? plenamente nuestra naturaleza humana. ?l es el Hijo de Dios, fue engendrado por ?l; y al mismo tiempo es hijo de una mujer, de Mar?a. Viene de ella. Es de Dios y de Mar?a. Por eso la Madre de Jes?s se puede y se debe llamar Madre de Dios.

Es probable que este t?tulo, que en griego se dice Theot?kos, haya aparecido por primera vez precisamente en la regi?n de Alejandr?a de Egipto, donde vivi? Or?genes en la primera mitad del siglo III. Pero s?lo fue definido dogm?ticamente dos siglos despu?s, en el a?o 431, por el concilio de ?feso, ciudad a la que tuve la alegr?a de acudir en peregrinaci?n hace un mes, durante el viaje apost?lico a Turqu?a. Precisamente teniendo presente esta inolvidable visita, ?c?mo no expresar toda mi filial gratitud a la santa Madre de Dios por la especial protecci?n que me concedi? en esos d?as de gracia?

Theot?kos, Madre de Dios: cada vez que rezamos el Ave Mar?a nos dirigimos a la Virgen con este t?tulo, suplic?ndole que ruegue "por nosotros, pecadores". Al finalizar un a?o, sentimos la necesidad de invocar de modo muy especial la intercesi?n maternal de Mar?a sant?sima en favor de la ciudad de Roma, de Italia, de Europa y del mundo entero. A ella, que es la Madre de la Misericordia encarnada, le encomendamos sobre todo las situaciones a las que s?lo la gracia del Se?or puede llevar paz, consuelo y justicia.

"Para Dios nada es imposible", dijo el ?ngel a la Virgen cuando le anunci? su maternidad divina (cf. Lc 1, 37). Mar?a crey? y por eso es bienaventurada (cf. Lc 1, 45). Lo que resulta imposible para el hombre, es posible para quien cree (cf. Mc 9, 23). Por eso, al terminar el a?o 2006, vislumbrando ya el alba del 2007, pidamos a la Madre de Dios que nos obtenga el don de una fe madura: una fe que quisi?ramos que se asemeje, en la medida de lo posible, a la suya; una fe n?tida, genuina, humilde y a la vez valiente, impregnada de esperanza y entusiasmo por el reino de Dios; una fe que no admita el fatalismo y est? abierta a cooperar en la voluntad de Dios con obediencia plena y gozosa, con la certeza absoluta de que lo ?nico que Dios quiere siempre para todos es amor y vida.

Oh Mar?a, alc?nzanos una fe aut?ntica y pura.

Te damos gracias y te bendecimos siempre, santa Madre de Dios. Am?n.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 23:06  | Habla el Papa
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