Mi?rcoles, 10 de enero de 2007
Mensaje que Benedicto XVI env?o a los obispos, sacerdotes y fieles cat?licos de la regi?n de Oriente Medio con ocasi?n de la Navidad, Enero 2007.


A los venerados hermanos
en el episcopado y en el sacerdocio
A los amados hermanos
y hermanas cat?licos
de la regi?n de Oriente Pr?ximo

Inmersos en la luz de la Navidad, contemplamos la presencia del Verbo que puso su tienda entre nosotros. ?l es "la luz que brilla en las tinieblas" (cf. Jn 1, 5) y que nos "dio poder de hacernos hijos de Dios" (cf. Jn 1, 12). En este tiempo tan significativo para la fe cristiana, deseo dirigiros un saludo especial a vosotros, hermanos y hermanas cat?licos que viv?s en las regiones de Oriente Pr?ximo: me siento espiritualmente presente en cada una de vuestras Iglesias particulares, incluidas las m?s peque?as, para compartir con vosotros el anhelo y la esperanza con que esper?is al Se?or Jes?s, Pr?ncipe de la paz. A todos expreso el deseo b?blico, que hizo suyo tambi?n san Francisco de As?s: El Se?or os d? la paz.

Me dirijo con afecto a las comunidades que son y se sienten "peque?o reba?o" tanto por el escaso n?mero de hermanos y hermanas (cf. Lc 12, 32), como por estar inmersas en sociedades compuestas en gran mayor?a por creyentes de otras religiones, o por las actuales circunstancias de serias dificultades y problemas que sufren algunas de las naciones a las que pertenecen.

Pienso sobre todo en los pa?ses marcados por fuertes tensiones y que a menudo sufren actos de cruel violencia que, adem?s de causar grandes destrucciones, afectan sin piedad a personas inermes e inocentes. Las noticias que llegan a diario de Oriente Pr?ximo muestran un crescendo de situaciones dram?ticas, casi sin perspectivas de soluci?n. Son vicisitudes que en todos los implicados suscitan naturalmente recriminaci?n y rabia, y despiertan en los corazones deseos de revancha y venganza.

Sabemos que estos sentimientos no son cristianos; quienes los albergan se hacen en su interior duros y rencorosos, y se sit?an muy lejos de la "mansedumbre y humildad" de las que Jesucristo se propuso como modelo (cf. Mt 11, 29). As? se perder?a la ocasi?n de dar una contribuci?n espec?ficamente cristiana a la soluci?n de los grav?simos problemas de nuestro tiempo. Realmente no ser?a oportuno, sobre todo en este momento, dedicar tiempo a preguntarse qui?n ha sufrido m?s o a querer pasar la cuenta de las injusticias padecidas, enumerando las razones que apoyan la propia tesis.

Eso es lo que se ha hecho con frecuencia en el pasado, con resultados insatisfactorios, por decir poco. En el fondo, el sufrimiento une a todos, y cuando uno sufre debe sentir ante todo el deseo de comprender cu?nto pueden estar sufriendo las personas que se encuentran en una situaci?n an?loga. El di?logo paciente y humilde, con una escucha rec?proca orientada a comprender la situaci?n de los dem?s, ya ha dado buenos frutos en muchos pa?ses antes devastados por la violencia y las venganzas. Un poco m?s de confianza en la humanidad de los dem?s, sobre todo si est?n sufriendo, no puede por menos de dar buenos resultados. Desde muchas partes, de forma autorizada, se est? recomendando hoy esta disposici?n interior.

Durante el per?odo navide?o pienso constantemente y con mayor preocupaci?n en las comunidades cat?licas de vuestros pa?ses. Hacia vuestras tierras nos lleva la estrella que vieron los Magos, la estrella que los gui? al encuentro con el Ni?o y con Mar?a, su Madre (cf. Mt 2, 11). En la tierra de Oriente Jes?s dio su vida para hacer "de los dos pueblos uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad" (Ef 2, 14). All? dijo a los disc?pulos: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). All? se utiliz? por primera vez el nombre de cristianos para designar a los disc?pulos del Maestro (cf. Hch 11, 26). All? naci? y se desarroll? la Iglesia de los grandes Padres y florecieron diversas y ricas tradiciones espirituales y lit?rgicas.

A vosotros, queridos hermanos y hermanas, herederos de esas tradiciones, os manifiesto con afecto mi cercan?a personal en la situaci?n de inseguridad humana, de sufrimiento diario, de temor y de esperanza que est?is viviendo. A vuestras comunidades repito, ante todo, las palabras del Redentor: "No temas, peque?o reba?o, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino" (Lc 12, 32). Pod?is contar con mi total solidaridad en las actuales circunstancias. Estoy seguro de que puedo hacerme portavoz tambi?n de la solidaridad de la Iglesia universal. Por tanto, cada uno de los fieles cat?licos de Oriente Pr?ximo, as? como la comunidad a la que pertenece, no debe sentirse solo o abandonado. A vuestras Iglesias, en su dif?cil camino, las acompa?an la oraci?n y el apoyo caritativo de las Iglesias particulares del mundo entero, a ejemplo y seg?n el esp?ritu de la Iglesia primitiva (cf. Hch 11, 29-30).

En la situaci?n actual, marcada por pocas luces y por demasiadas sombras, para m? es motivo de consuelo y esperanza saber que las comunidades cristianas de Oriente Pr?ximo, cuyos intensos sufrimientos tengo muy presentes, siguen siendo comunidades vivas y activas, decididas a testimoniar su fe con su identidad espec?fica en las sociedades que las rodean. Desean poder contribuir de modo constructivo a aliviar las urgentes necesidades de sus respectivas sociedades y de la regi?n entera.

San Pedro, en su primera carta, escribiendo a comunidades m?s bien pobres y marginadas, que no contaban mucho en la sociedad de entonces e incluso eran perseguidas, no dud? en decirles que su dif?cil situaci?n deb?a considerarse como una "gracia" (cf. 1 P 1, 7-11). ?Acaso no es, de hecho, una gracia poder participar en los sufrimientos de Cristo, uni?ndose a la acci?n con que ?l tom? sobre s? nuestros pecados para expiarlos?

Las comunidades cat?licas, que con frecuencia viven en situaciones dif?ciles, deben ser conscientes de la gran fuerza que brota de su sufrimiento aceptado con amor. Es un sufrimiento que puede cambiar el coraz?n de los dem?s y el coraz?n del mundo. Por tanto, aliento a cada uno a proseguir con perseverancia su camino, sostenido por la conciencia del "precio" con que Cristo lo ha redimido (cf. 1 Co 6, 20). Ciertamente, la respuesta a la propia vocaci?n cristiana es mucho m?s ardua para los miembros de las comunidades que constituyen una minor?a y a menudo son num?ricamente insignificantes en las sociedades donde est?n inmersas.

Sin embargo, como escribieron vuestros patriarcas en su carta pastoral de Pascua de 1992, "una peque?a luz puede iluminar toda la casa. La sal es un elemento muy peque?o en los alimentos, pero les da sabor. La levadura es muy poco en la masa, pero es lo que la hace fermentar y la prepara para convertirse en pan". Hago m?as estas palabras y animo a los pastores cat?licos a perseverar en su ministerio, cultivando la unidad entre s? y permaneciendo siempre cerca de su reba?o. Sepan que el Papa comparte los anhelos, las esperanzas y las exhortaciones expresadas en sus cartas anuales, as? como en el cumplimiento diario de sus deberes sagrados; los alienta en su esfuerzo por sostener y fortalecer en la fe, en la esperanza y en la caridad, al reba?o que les ha sido encomendado. Por lo dem?s, la presencia de sus comunidades en los diversos pa?ses de la regi?n constituye un elemento que puede fomentar en gran medida el ecumenismo.

Desde hace mucho tiempo se constata que muchos cristianos est?n abandonando el Oriente Pr?ximo, de forma que los santos lugares corren el peligro de transformarse en zonas arqueol?gicas, sin vida eclesial. Ciertamente, situaciones geopol?ticas peligrosas, conflictos culturales, intereses econ?micos y estrat?gicos, as? como actos de violencia que se trata de justificar atribuy?ndoles causas de ?ndole social o religiosa, hacen dif?cil la supervivencia de las minor?as y por eso muchos cristianos caen en la tentaci?n de emigrar.

A menudo el mal puede ser de alg?n modo irreparable. Sin embargo, no conviene olvidar que incluso el simple hecho de estar cerca unos de otros y de vivir juntos un sufrimiento com?n act?a como b?lsamo sobre las heridas y lleva a pensamientos y obras de reconciliaci?n y paz. De esta forma nace un di?logo familiar y fraterno, que con el tiempo y con la gracia del Esp?ritu, podr? transformarse en di?logo en un ?mbito m?s amplio: cultural, social e incluso pol?tico.

Por lo dem?s, el creyente sabe que puede contar con una esperanza que no defrauda, porque se funda en la presencia del Resucitado. De ?l brotan la obra de la fe y los trabajos de la caridad (cf. 1 Ts 1, 3). Incluso en las dificultades m?s dolorosas, la esperanza cristiana atestigua que la resignaci?n pasiva y el pesimismo son el verdadero gran peligro que amenaza la respuesta a la vocaci?n que brota del bautismo. De all? pueden derivar la desconfianza, el miedo, la auto-compasi?n, el fatalismo y la fuga.

En el momento actual, a los cristianos se les pide que sean valientes y decididos con la fuerza del Esp?ritu de Cristo, conscientes de que pueden contar con la cercan?a de sus hermanos en la fe esparcidos por el mundo. San Pablo, escribiendo a los Romanos, declara abiertamente que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (cf. Rm 8, 18). Del mismo modo, san Pedro, en su primera carta, nos recuerda que los cristianos, aunque nos encontremos afligidos por diversas tribulaciones, tenemos una esperanza m?s grande, que nos llena de alegr?a el coraz?n (cf. 1 P 1, 6). El mismo san Pablo, en la segunda carta a los Corintios, afirma con convicci?n que "el Dios de toda consolaci?n (...) nos consuela en toda tribulaci?n nuestra para poder nosotros consolar a los que est?n en toda tribulaci?n" (2 Co 1, 3-4).

Sabemos bien que la consolaci?n prometida por el Esp?ritu Santo no consiste simplemente en palabras hermosas, sino que se traduce en un ensanchamiento de la mente y del coraz?n para que podamos ver nuestra situaci?n en el marco m?s amplio de toda la creaci?n sometida a dolores de parto mientras espera la revelaci?n de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-25). Desde esta perspectiva, cada uno puede llegar a pensar m?s en los sufrimientos de los dem?s que en los propios, m?s en los comunes que en los privados, y a preocuparse por hacer algo para que el otro o los otros entiendan que sus sufrimientos son comprendidos y acogidos, y que se desea ponerles remedio en la medida de lo posible.

A trav?s de vosotros, queridos hermanos y hermanas, quiero dirigirme tambi?n a vuestros compatriotas, hombres y mujeres de las diversas confesiones cristianas, de las diferentes religiones, y a todos los que buscan con honradez la paz, la justicia, la solidaridad, mediante la escucha rec?proca y el di?logo sincero. A todos les digo: perseverad con valent?a y confianza. A los que tienen la responsabilidad de guiar los acontecimientos les pido sensibilidad, atenci?n y cercan?a concreta, que supere c?lculos y estrategias, a fin de que se construyan sociedades m?s justas y pac?ficas, en las que se respete de verdad a todo ser humano.

Como sab?is, amad?simos hermanos y hermanas, espero vivamente que la Providencia haga que las circunstancias me permitan realizar una peregrinaci?n a la Tierra santificada por los acontecimientos de la historia de la salvaci?n. As?, espero poder orar en Jerusal?n "patria del coraz?n de todos los descendientes espirituales de Abraham, para quienes resulta inmensamente entra?able" (Juan Pablo II, Redemptionis anno: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 6 de mayo de 1984, p. 17). En efecto, estoy convencido de que puede llegar a ser "s?mbolo de encuentro, de uni?n y de paz para toda la familia humana" (ib.).

Esperando que se haga realidad este deseo, os aliento a proseguir por el camino de la confianza, realizando gestos de amistad y de buena voluntad. Me refiero tanto a gestos sencillos y diarios, que ya desde hace tiempo practica en vuestras regiones mucha gente sencilla que siempre ha tratado con respeto a todas las personas, como a gestos de alg?n modo heroicos, inspirados en el aut?ntico respeto por la dignidad humana, con el intento de encontrar caminos de soluci?n de situaciones muy dif?ciles. La paz es un bien tan grande y urgente que justifica sacrificios tambi?n grandes por parte de todos.

Como escribi? mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II, "no hay paz sin justicia". Por eso, es necesario que se reconozcan y respeten los derechos de cada uno. Pero Juan Pablo II a?adi?: "no hay justicia sin perd?n". Normalmente sin transigir con errores pasados no se puede llegar a un acuerdo que permita volver a entablar el di?logo con vistas a una futura colaboraci?n. En ese caso, el perd?n es condici?n indispensable para poder proyectar un nuevo futuro. Del perd?n concedido y aceptado pueden nacer y desarrollarse muchas obras de solidaridad, en la l?nea de las que ya existen ampliamente en vuestras regiones por iniciativa tanto de la Iglesia como de los gobiernos y de las organizaciones no gubernamentales.

El canto de los ?ngeles sobre la cueva de Bel?n ?"Paz en la tierra a los hombres que Dios ama"? asume en estos d?as su contenido m?s profundo, y produce ya ahora los frutos que se tendr?n en plenitud en la vida eterna. Mi deseo es que el tiempo de Navidad marque el fin, o al menos un alivio, de tantos sufrimientos, y que infunda a numerosas familias la esperanza necesaria para perseverar en la ardua tarea de promover la paz en un mundo a?n tan desgarrado y dividido.

Queridos hermanos y hermanas, estad seguros de que en este camino os acompa?a la ferviente oraci?n del Papa y de toda la Iglesia. La intercesi?n y el ejemplo de tantos m?rtires y santos que en vuestras tierras han dado un valiente testimonio de Cristo os sostengan y os fortalezcan en vuestra fe. Y que la Sagrada Familia de Nazaret vele sobre vuestros buenos prop?sitos y vuestros compromisos.

Con estos sentimientos, a cada uno de vosotros imparto de todo coraz?n una bendici?n apost?lica especial, prenda de mi afecto y de mi constante recuerdo.

Vaticano, 21 de diciembre de 2006
BENEDICTUS XVI

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 23:33  | Habla el Papa
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