S?bado, 03 de febrero de 2007
ZENIT publica el discurso que dirigi? Benedicto XVI a los prelados auditores y oficiales del Tribunal de la Rota Romana, con motivo de la inauguraci?n del a?o judicial el s?bado 27 de enero de 2007.


Queridos prelados auditores, oficiales
y colaboradores del Tribunal de la Rota romana:
Me alegra particularmente encontrarme nuevamente con vosotros con ocasi?n de la inauguraci?n del a?o judicial. Saludo cordialmente al Colegio de prelados auditores, comenzando por el decano, monse?or Antoni Stankiewicz, al que agradezco las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro. Saludo, asimismo, a los oficiales, a los abogados y a los dem?s colaboradores de este Tribunal, as? como a los miembros del Estudio rotal y a todos los presentes.

Aprovecho de buen grado la ocasi?n para renovaros la expresi?n de mi estima y para reafirmar, al mismo tiempo, la importancia de vuestro ministerio eclesial en un sector tan vital como es la actividad judicial. Tengo bien presente el valioso trabajo que est?is llamados a realizar con diligencia y escr?pulo en nombre y por mandato de esta Sede apost?lica. Vuestra delicada tarea de servicio a la verdad en la justicia est? sostenida por las insignes tradiciones de este Tribunal, con respecto a las cuales cada uno de vosotros debe sentirse personalmente comprometido.

El a?o pasado, en mi primer encuentro con vosotros, trat? de explorar los caminos para superar la aparente contraposici?n entre la instrucci?n del proceso de nulidad matrimonial y el aut?ntico sentido pastoral. Desde esta perspectiva, emerg?a el amor a la verdad como punto de convergencia entre investigaci?n procesal y servicio pastoral a las personas. Pero no debemos olvidar que en las causas de nulidad matrimonial la verdad procesal presupone la "verdad del matrimonio" mismo.

Sin embargo, la expresi?n "verdad del matrimonio" pierde relevancia existencial en un contesto cultural marcado por el relativismo y el positivismo jur?dico, que consideran el matrimonio como una mera formalizaci?n social de los v?nculos afectivos. En consecuencia, no s?lo llega a ser contingente, como pueden serlo los sentimientos humanos, sino que se presenta como una superestructura legal que la voluntad humana podr?a manipular a su capricho, priv?ndola incluso de su ?ndole heterosexual.

Esta crisis de sentido del matrimonio se percibe tambi?n en el modo de pensar de muchos fieles. Los efectos pr?cticos de lo que llam? "hermen?utica de la discontinuidad y de la ruptura" con respecto a la ense?anza del concilio Vaticano II (cf. Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2005: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 30 de diciembre de 2005, p. 11) se notan de modo particularmente intenso en el ?mbito del matrimonio y de la familia. En efecto, a algunos les parece que la doctrina conciliar sobre el matrimonio, y concretamente la descripci?n de esta instituci?n como "intima communitas vitae et amoris" (Gaudium et spes, 48), debe llevar a negar la existencia de un v?nculo conyugal indisoluble, porque se tratar?a de un "ideal" al que no pueden ser "obligados" los "cristianos normales".

De hecho, tambi?n en ciertos ambientes eclesiales, se ha generalizado la convicci?n seg?n la cual el bien pastoral de las personas en situaci?n matrimonial irregular exigir?a una especie de regularizaci?n can?nica, independientemente de la validez o nulidad de su matrimonio, es decir, independientemente de la "verdad" sobre su condici?n personal. El camino de la declaraci?n de nulidad matrimonial se considera, de hecho, como un instrumento jur?dico para alcanzar ese objetivo, seg?n una l?gica en la que el derecho se convierte en la formalizaci?n de las pretensiones subjetivas. Al respecto, hay que subrayar ante todo que el Concilio describe ciertamente el matrimonio como intima communitas vitae et amoris, pero que esa comunidad, siguiendo la tradici?n de la Iglesia, est? determinada por un conjunto de principios de derecho divino que fijan su verdadero sentido antropol?gico permanente (cf. ib.).

Por lo dem?s, tanto el magisterio de Pablo VI y de Juan Pablo II, como la obra legislativa de los C?digos latino y oriental, se han orientado en fiel continuidad hermen?utica con el Concilio. En efecto, tambi?n con respecto a la doctrina y a la disciplina matrimonial, esas instancias realizaron el esfuerzo de "reforma" o "renovaci?n en la continuidad" (cf. Discurso a la Curia romana, cit.). Este esfuerzo se ha realizado apoy?ndose en el presupuesto indiscutible de que el matrimonio tiene su verdad, a cuyo descubrimiento y profundizaci?n concurren armoniosamente raz?n y fe, o sea, el conocimiento humano, iluminado por la palabra de Dios, sobre la realidad sexualmente diferenciada del hombre y de la mujer, con sus profundas exigencias de complementariedad, de entrega definitiva y de exclusividad.

La verdad antropol?gica y salv?fica del matrimonio, tambi?n en su dimensi?n jur?dica, se presenta ya en la sagrada Escritura. La respuesta de Jes?s a los fariseos que le ped?an su parecer sobre la licitud del repudio es bien conocida: "?No hab?is le?do que el Creador, desde el comienzo, los hizo var?n y hembra, y que dijo: "Por eso dejar? el hombre a su padre y a su madre y se unir? a su mujer, y los dos se har?n una sola carne?". De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios uni? no lo separe el hombre" (Mt 19, 4-6).

Las citas del G?nesis (Gn 1, 27; 2, 24) proponen de nuevo la verdad matrimonial del "principio", la verdad cuya plenitud se encuentra en relaci?n con la uni?n de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5, 30-31), y que fue objeto de tan amplias y profundas reflexiones por parte del Papa Juan Pablo II en sus ciclos de catequesis sobre el amor humano en el designio divino. A partir de esta unidad dual de la pareja humana se puede elaborar una aut?ntica antropolog?a jur?dica del matrimonio.

En este sentido, son particularmente iluminadoras las palabras conclusivas de Jes?s: "Pues bien, lo que Dios uni? no lo separe el hombre". Ciertamente, todo matrimonio es fruto del libre consentimiento del hombre y de la mujer, pero su libertad traduce en acto la capacidad natural inherente a su masculinidad y feminidad. La uni?n tiene lugar en virtud del designio de Dios mismo, que los cre? var?n y mujer y les dio poder de unir para siempre las dimensiones naturales y complementarias de sus personas.

La indisolubilidad del matrimonio no deriva del compromiso definitivo de los contrayentes, sino que es intr?nseca a la naturaleza del "v?nculo potente establecido por el Creador" (Juan Pablo II, Catequesis, 21 de noviembre de 1979, n. 2: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 25 de noviembre de 1979, p. 3). Los contrayentes se deben comprometer de modo definitivo precisamente porque el matrimonio es as? en el designio de la creaci?n y de la redenci?n. Y la juridicidad esencial del matrimonio reside precisamente en este v?nculo, que para el hombre y la mujer constituye una exigencia de justicia y de amor, a la que, por su bien y por el de todos, no se pueden sustraer sin contradecir lo que Dios mismo ha hecho en ellos.

Es preciso profundizar este aspecto, no s?lo en consideraci?n de vuestro papel de canonistas, sino tambi?n porque la comprensi?n global de la instituci?n matrimonial no puede menos de incluir tambi?n la claridad sobre su dimensi?n jur?dica. Sin embargo, las concepciones acerca de la naturaleza de esta relaci?n pueden divergir de manera radical.

Para el positivismo, la juridicidad de la relaci?n conyugal ser?a ?nicamente el resultado de la aplicaci?n de un norma humana formalmente v?lida y eficaz. De este modo, la realidad humana de la vida y del amor conyugal sigue siendo extr?nseca a la instituci?n "jur?dica" del matrimonio. Se crea una ruptura entre derecho y existencia humana que niega radicalmente la posibilidad de una fundaci?n antropol?gica del derecho.

Totalmente diverso es el camino tradicional de la Iglesia en la comprensi?n de la dimensi?n jur?dica de la uni?n conyugal, siguiendo las ense?anzas de Jes?s, de los Ap?stoles y de los santos Padres. San Agust?n, por ejemplo, citando a san Pablo, afirma con fuerza: "Cui fidei (coniugali) tantum iuris tribuit Apostolus, ut eam potestatem appellaret, dicens: Mulier non habet potestatem corporis sui, sed vir; similiter autem et vir non habet potestatem corporis sui, sed mulier (1 Co 7, 4)" (De bono coniugali, 4, 4).

San Pablo, que tan profundamente expone en la carta a los Efesios el "gran misterio" del amor conyugal en relaci?n con la uni?n de Cristo con la Iglesia (Ef 5, 22-31), no duda en aplicar al matrimonio los t?rminos m?s fuertes del derecho para designar el v?nculo jur?dico con el que est?n unidos los c?nyuges entre s?, en su dimensi?n sexual. Del mismo modo, para san Agust?n, la juridicidad es esencial en cada uno de los tres bienes (proles, fides, sacramentum), que constituyen los ejes de su exposici?n doctrinal sobre el matrimonio.

Ante la relativizaci?n subjetivista y libertaria de la experiencia sexual, la tradici?n de la Iglesia afirma con claridad la ?ndole naturalmente jur?dica del matrimonio, es decir, su pertenencia por naturaleza al ?mbito de la justicia en las relaciones interpersonales. Desde este punto de vista, el derecho se entrelaza de verdad con la vida y con el amor como su intr?nseco deber ser. Por eso, como escrib? en mi primera enc?clica, "en una perspectiva fundada en la creaci?n, el eros orienta al hombre hacia el matrimonio, un v?nculo marcado por su car?cter ?nico y definitivo; as?, y s?lo as?, se realiza su destino ?ntimo" (Deus caritas est, 11). As?, amor y derecho pueden unirse hasta tal punto que marido y mujer se deben mutuamente el amor con que espont?neamente se quieren: el amor en ellos es el fruto de su libre querer el bien del otro y de los hijos; lo cual, por lo dem?s, es tambi?n exigencia del amor al propio verdadero bien.

Toda la actividad de la Iglesia y de los fieles en el campo familiar debe fundarse en esta verdad sobre el matrimonio y su intr?nseca dimensi?n jur?dica. No obstante esto, como he recordado antes, la mentalidad relativista, en formas m?s o menos abiertas o solapadas, puede insinuarse tambi?n en la comunidad eclesial. Vosotros sois bien conscientes de la actualidad de este peligro, que se manifiesta a veces en una interpretaci?n tergiversada de las normas can?nicas vigentes.

Es preciso reaccionar con valent?a y confianza contra esta tendencia, aplicando constantemente la hermen?utica de la renovaci?n en la continuidad y sin dejarse seducir por caminos de interpretaci?n que implican una ruptura con la tradici?n de la Iglesia. Estos caminos se alejan de la verdadera esencia del matrimonio as? como de su intr?nseca dimensi?n jur?dica y con diversos nombres, m?s o menos atractivos, tratan de disimular una falsificaci?n de la realidad conyugal. De este modo se llega a sostener que nada ser?a justo o injusto en las relaciones de una pareja, sino que ?nicamente responde o no responde a la realizaci?n de las aspiraciones subjetivas de cada una de las partes. Desde esta perspectiva, la idea del "matrimonio in facto esse" oscila entre una relaci?n meramente factual y una fachada jur?dico-positivista, descuidando su esencia de v?nculo intr?nseco de justicia entre las personas del hombre y de la mujer.

La contribuci?n de los tribunales eclesi?sticos a la superaci?n de la crisis de sentido sobre el matrimonio, en la Iglesia y en la sociedad civil, podr?a parecer a algunos m?s bien secundaria y de retaguardia. Sin embargo, precisamente porque el matrimonio tiene una dimensi?n intr?nsecamente jur?dica, ser sabios y convencidos servidores de la justicia en este delicado e important?simo campo tiene un valor de testimonio muy significativo y de gran apoyo para todos.

Vosotros, queridos prelados auditores, est?is comprometidos en un frente en el que la responsabilidad con respecto a la verdad se aprecia de modo especial en nuestro tiempo. Permaneciendo fieles a vuestro cometido, haced que vuestra acci?n se inserte armoniosamente en un redescubrimiento global de la belleza de la "verdad sobre el matrimonio" ?la verdad del "principio"?, que Jes?s nos ense?? plenamente y que el Esp?ritu Santo nos recuerda continuamente en el hoy de la Iglesia.

Queridos prelados auditores, oficiales y colaboradores, estas son las consideraciones que deseaba proponer a vuestra atenci?n, con la certeza de encontrar en vosotros a jueces y magistrados dispuestos a compartir y a hacer suya una doctrina de tanta importancia y gravedad. Os expreso a todos y a cada uno en particular mi complacencia, con plena confianza en que el Tribunal apost?lico de la Rota romana, manifestaci?n eficaz y autorizada de la sabidur?a jur?dica de la Iglesia, seguir? desempe?ando con coherencia su no f?cil munus al servicio del designio divino perseguido por el Creador y por el Redentor mediante la instituci?n matrimonial.

Invocando la asistencia divina sobre vuestro trabajo, de coraz?n os imparto a todos una especial bendici?n apost?lica.

[Traducci?n realizada por Zenit
Publicado por verdenaranja @ 23:08  | Habla el Papa
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