Mi?rcoles, 07 de febrero de 2007
ZENIT publica la homil?a que predic? Benedicto XVI en las v?speras ecum?nicas que presidi? en la fiesta de la conversi?n de San Pablo, al final de la Semana de Oraci?n por la Unidad de los Cristianos el 25 de enero.

En la celebraci?n, que tuvo lugar en la Bas?lica San Pablo Extramuros, participaron representantes del resto de las confesiones cristianas de Roma: el arzobispo metropolita ortodoxo de Italia, Gennadios; el obispo John Flack, director del Anglican Center de Roma, de la Comuni?n Anglicana; el pastor Holger Milkau, decano de la Iglesia Evang?lica-Luterana en Italia.

Queridos hermanos y hermanas:
Durante la Semana de oraci?n que se concluye esta tarde, se ha intensificado en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales del mundo entero la invocaci?n com?n al Se?or por la unidad de los cristianos. Hemos meditado juntos en las palabras del evangelio de san Marcos que se acaban de proclamar: "Hace o?r a los sordos y hablar a los mudos" (Mc 7, 37), tema b?blico propuesto por las comunidades cristianas de Sud?frica. Las situaciones de racismo, pobreza, conflicto, explotaci?n, enfermedad y sufrimiento, en las que se encuentran esas comunidades, por la misma imposibilidad de hacer que se comprendan sus necesidades, suscitan en ellos una fuerte exigencia de escuchar la palabra de Dios y de hablar con valent?a.

En efecto, ser sordomudo, es decir, no poder escuchar ni hablar, ?no ser? signo de falta de comuni?n y s?ntoma de divisi?n? La divisi?n y la incomunicabilidad, consecuencia del pecado, son contrarias al plan de Dios. ?frica nos ha ofrecido este a?o un tema de reflexi?n de gran importancia religiosa y pol?tica, porque "hablar" y "escuchar" son condiciones esenciales para construir la civilizaci?n del amor.

Las palabras "hace o?r a los sordos y hablar a los mudos" constituyen una buena nueva, que anuncia la venida del reino de Dios y la curaci?n de la incomunicabilidad y de la divisi?n. Este mensaje se encuentra en toda la predicaci?n y la actividad de Jes?s, el cual recorr?a pueblos, ciudades o aldeas, y en todos los lugares a donde llegaba "colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban quedaban sanos" (Mc 6, 56).

La curaci?n del sordomudo, en la que hemos meditado durante estos d?as, acontece mientras Jes?s, habiendo salido de la regi?n de Tiro, se dirige hacia el lago de Galilea, atravesando la as? llamada "Dec?polis", territorio multi-?tnico y plurirreligioso (cf. Mc 7, 31). Una situaci?n emblem?tica tambi?n para nuestros d?as. Como en otros lugares, tambi?n en la Dec?polis presentan a Jes?s un enfermo, un sordo que, adem?s, hablaba con dificultad (mogh?lalon), y le ruegan imponga la mano sobre ?l, porque lo consideran un hombre de Dios.

Jes?s aparta al sordomudo de la gente, y realiza algunos gestos que significan un contacto salv?fico: le mete sus dedos en los o?dos y con su saliva le toca la lengua; luego, levantando los ojos al cielo, ordena: "??brete!". Pronuncia esta orden en arameo ?"Effat?"?, que era probablemente la lengua de las personas presentes y del sordomudo. El evangelista traduce esa expresi?n al griego: diano?chthēti. Los o?dos del sordo se abrieron, y, al instante, se solt? la atadura de su lengua "y hablaba correctamente" (orthōs). Jes?s recomienda que no cuenten a nadie el milagro. Pero cuanto m?s se lo prohib?a, "tanto m?s ellos lo publicaban" (Mc 7, 36). Y el comentario de admiraci?n de quienes hab?an asistido refuerza la predicaci?n de Isa?as para la llegada del Mes?as: "Hace o?r a los sordos y hablar a los mudos" (Mc 7, 37).

La primera lecci?n que sacamos de este episodio b?blico, recogido tambi?n en el rito del bautismo, es que, desde la perspectiva cristiana, lo primero es la escucha. Al respecto Jes?s afirma de modo expl?cito: "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en pr?ctica" (Lc 11, 28). M?s a?n, a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que "una sola cosa es necesaria" (Lc 10, 42). Y del contexto se deduce que esta ?nica cosa es la escucha obediente de la Palabra. Por eso la escucha de la palabra de Dios es lo primero en nuestro compromiso ecum?nico.

En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a s? misma y no vive de s? misma, sino de la palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la lectio divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oraci?n; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comuni?n de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra.

Quien se pone a la escucha de la palabra de Dios, luego puede y debe hablar y transmitirla a los dem?s, a los que nunca la han escuchado o a los que la han olvidado y ahogado bajo las espinas de las preocupaciones o de los enga?os del mundo (cf. Mt 13, 22). Debemos preguntarnos: ?no habr? sucedido que los cristianos nos hemos quedado demasiado mudos? ?No nos falta la valent?a para hablar y dar testimonio como hicieron los que fueron testigos de la curaci?n del sordomudo en la Dec?polis? Nuestro mundo necesita este testimonio; espera sobre todo el testimonio com?n de los cristianos.

Por eso, la escucha de Dios que habla implica tambi?n la escucha rec?proca, el di?logo entre las Iglesias y las comunidades eclesiales. El di?logo sincero y leal constituye el instrumento imprescindible de la b?squeda de la unidad.

El decreto del concilio Vaticano II sobre el ecumenismo puso de relieve que, si los cristianos no se conocen mutuamente, no puede haber progreso en el camino de la comuni?n. En efecto, en el di?logo nos escuchamos y comunicamos unos a otros; nos confrontamos y, con la gracia de Dios, podemos converger en su Palabra, acogiendo sus exigencias, que son v?lidas para todos.

Los padres conciliares no vieron en la escucha y en el di?logo una utilidad encaminada exclusivamente al progreso ecum?nico; a?adieron una perspectiva referida a la Iglesia cat?lica misma. "De este di?logo ?afirma el texto del Concilio? se obtendr? un conocimiento m?s claro a?n de cu?l es el verdadero car?cter de la Iglesia cat?lica" (Unitatis redintegratio, 9).

Desde luego, es indispensable "que se exponga claramente toda la doctrina" para un di?logo que afronte, discuta y supere las divergencias que a?n existen entre los cristianos, pero, al mismo tiempo, "el modo y el m?todo de expresar la fe cat?lica no deben convertirse de ninguna manera en un obst?culo para el di?logo con los hermanos" (ib., 11). Es necesario hablar correctamente (orthōs) y de modo comprensible. El di?logo ecum?nico conlleva la correcci?n fraterna evang?lica y conduce a un enriquecimiento espiritual mutuo compartiendo las aut?nticas experiencias de fe y vida cristiana.

Para que eso suceda, es preciso implorar sin cesar la asistencia de la gracia de Dios y la iluminaci?n del Esp?ritu Santo. Es lo que los cristianos del mundo entero han hecho durante esta Semana especial o har?n durante la Novena que precede a Pentecost?s, as? como en todas las circunstancias oportunas, elevando su oraci?n confiada para que todos los disc?pulos de Cristo sean uno, y para que, en la escucha de la Palabra, den un testimonio concorde a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

En este clima de intensa comuni?n, deseo dirigir mi cordial saludo a todos los presentes: al se?or cardenal arcipreste de esta bas?lica, al se?or cardenal presidente del Consejo pontificio para la promoci?n de la unidad de los cristianos y a los dem?s cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, a los monjes benedictinos, a los religiosos y las religiosas, y a los laicos que representan a toda la comunidad diocesana de Roma.

De modo especial quiero saludar a los hermanos de las dem?s Iglesias y comunidades eclesiales que participan en la celebraci?n, renovando la significativa tradici?n de concluir juntos la Semana de oraci?n, en el d?a en que conmemoramos la fulgurante conversi?n de san Pablo en el camino de Damasco.

Me alegra poner de relieve que el sepulcro del Ap?stol de los gentiles, junto al cual nos encontramos, recientemente ha sido objeto de investigaciones y estudios, como resultado de los cuales se ha querido dejarlo a la vista de los peregrinos, con una oportuna intervenci?n bajo el altar mayor. Expreso mi enhorabuena por esta importante iniciativa.

A la intercesi?n de san Pablo, incansable constructor de la unidad de la Iglesia, encomiendo los frutos de la escucha y del testimonio com?n que hemos podido experimentar en los numerosos encuentros fraternos y di?logos que hemos mantenido durante el a?o 2006, tanto con las Iglesias de Oriente como con las Iglesias y comunidades eclesiales de Occidente.

En estos acontecimientos se ha podido percibir la alegr?a de la fraternidad, juntamente con la tristeza por las tensiones que a?n persisten, conservando siempre la esperanza que nos infunde el Se?or. Damos gracias a los que han contribuido a intensificar el di?logo ecum?nico con la oraci?n, con el ofrecimiento de sus sufrimientos y con su acci?n incansable.

Y sobre todo damos fervientemente las gracias a nuestro Se?or Jesucristo por todo. Que la Virgen Mar?a haga que cuanto antes se logre realizar el ardiente anhelo de unidad de su Hijo divino: "Que todos sean uno..., para que el mundo crea" (Jn 17, 21).

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 23:54  | Habla el Papa
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