S?bado, 10 de febrero de 2007
Meditaci?n sobre el Evangelio, Lc 6, 17.20-26, del Domingo VI del Tiempo Ordinario, sacado de NOVEDADES FLUVIUM

Felices en la tierra



Alguno podr?a pensar que estas palabras del Se?or reflejan el estilo de vida de los cristianos, de suyo tristes y sumidos habitualmente en la contrariedad. Frente a esas vidas tan lamentables, discurrir?an el resto de los hombres ?la mayor?a de la gente? gozando, libres de las exigencias de Jesucristo o, al menos, sin complicarse innecesariamente la vida. Es indudable que las palabras del Se?or son de alabanza para los que sufren, para los que sienten necesidades materiales y del esp?ritu; mientras que, por as? decir, amenaza a los que piensan no carecer de nada, a los que se sienten satisfechos por c?mo les van las cosas.

Es ?ste un pasaje, entre otros ?el de las Bienaventuranzas?, cargado de todo el misterio de Dios y, consecuentemente, de toda su grandeza. Nos interesa, por lo tanto, calar en su profundo sentido, para acabar haciendo vida de nuestra vida esos modos de ser que el Se?or aconseja. Porque no son las Bienaventuranzas unos consejos "piadosos" en el sentido flojo de esta expresi?n, sin fuerza para comprometer al cristiano. Se trata, por el contrario, de verdaderos retos que Jesucristo plantea a todos los hombres, reclamando de cada uno, a trav?s de ellos, el asentimiento a su divinidad.

Es preciso ser realistas ante ese modo de vida, que hemos de incorporar si queremos ser consecuentes con nuestra fe. Para ello no hay m?s remedio que reconocer que no se entiende que sean bienaventurados los pobres, y los que padecen hambre, y los que lloran... Como tampoco se entiende que deban lamentarse, en cambio, los ricos y los que son honrados con la gente. No se entiende, al menos desde el punto de vista m?s com?n, exclusivamente humano. No es eso lo que nos entra habitualmente por los ojos: a lo que nos tiene acostumbrados la vida.

No olvidemos que fue voluntad de Dios, Creador del hombre y de cuanto existe, que fu?ramos capaces de ?l y que nuestra plenitud personal consistiera en poseerle. No ha de extra?arnos, entonces, que constituya una verdadera desgracia para el hombre ?capaz de Dios? sentirse ya satisfecho con realidades s?lo temporales. De esos hombres se lamenta el Se?or: ?ay de vosotros los ricos ?dice, por ejemplo?, porque ya hab?is recibido vuestro consuelo! Consuelo, por lo dem?s, en que consist?a su ilusi?n y que buscaban como decisivo objetivo de sus proyectos, por falso que fuera en realidad y desilusionante a la postre. Por eso, cuando no son un medio para amar a Dios, todas las realidades de este mundo no deben ser sino instrumentos con que procuremos agradar a nuestro Creador y Padre.

?D?nde est?n mis ideales, mis ilusiones? ?En qu? tengo puesta mi esperanza y cu?les son mis proyectos? Y recordamos aquellas otras palabras de Cristo, de que ning?n criado puede servir a dos se?ores, pues odiar? a uno y amar? al otro, o preferir? a uno y despreciar? al otro. No pod?is ?concluye? servir a Dios y al dinero. Y otro tanto sucede con los honores, con la salud, con la comodidad y con todo lo que nos atrae en la vida, pero no puede traspasar los l?mites de lo temporal y caduco. No nos dejemos atraer por esos ideales, considerados s?lo "de tejas abajo", como si busc?ramos en ellos lo que no pueden dar. Hagamos un acto expl?cito de fe en que s?lo Dios nos puede colmar, en que son apariencias, ilusiones para nosotros peque?as, esas otras apetencias que nos ofrece este mundo, cada d?a, por cierto, con m?s estudiado atractivo.

Movidos por esa fe, comprendemos que es l?gico que queden insatisfechos seg?n este mundo los realmente felices, los bienaventurados: los que buscando derechamente y s?lo a Dios en la vida ?muy posiblemente, mientras llevan a cabo sus quehaceres ordinarios como los dem?s?, no dejan tiempo ni ilusi?n para poner en lo que no es Dios. Por as? decir, Dios les agota, consume todas sus energ?as y su capacidad de amar, de paso que Nuestro Padre no encuentra obst?culo para mostrarles su amor, puesto que no quieren que nada los distraiga de ?l. Desean positivamente sentirse libres ?y serlo de verdad? de ataduras terrenas por peque?as que sean, que ser?an freno, lastre in?til en su camino hasta el Cielo.

Ciertamente, los bienaventurados de los que habla Jes?s sufren. Es real que notan la ausencia de esos consuelos que ven en otros y, como son gente normal, notan el atractivo de la vida confortable y sin dificultades que podr?an llevar, con s?lo no tomarse la fe tan en serio. El cristiano siente por eso a menudo la tentaci?n de desistir, de ser uno de tantos...; y la tentaci?n de hacer compatible el amor a Dios sobre todas las cosas, con un cierto amor ?pero verdadero amor, al fin y al cabo? a las cosas en s? mismas. Ser?a contemporizar: por ejemplo, dejando a Dios para el fin de semana; o buscando agradarle hasta cierto punto, como la sugerencia que refiere san Josemar?a en aquel punto de Camino:

Me dices que tienes en tu pecho fuego y agua, fr?o y calor, pasioncillas y Dios...: una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo.
Tranquil?zate: mientras quieras luchar no hay dos velas encendidas en tu pecho, sino una, la del Arc?ngel.


Pidamos a Nuestra Madre ?maestra de fe? que nos convenza de que, como Ella, s?lo somos felices cuando nada m?s buscamos al Se?or.


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Espiritualidad
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