S?bado, 17 de febrero de 2007
Discurso que pronunci? Benedicto XVI el 12 de febrero de 2007 a los participantes en un congreso sobre la ley natural organizado por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.


Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
estimados profesores;
amables se?oras y se?ores:

Me alegra daros la bienvenida al inicio de los trabajos de vuestro congreso, en los que estudiar?is durante los pr?ximos d?as un tema de notable importancia para el actual momento hist?rico: la ley moral natural. Agradezco a monse?or Rino Fisichella, rector magn?fico de la Pontificia Universidad Lateranense, los sentimientos expresados en las palabras con las que ha introducido este encuentro.

No cabe duda de que vivimos un momento de extraordinario desarrollo en la capacidad humana de descifrar las reglas y las estructuras de la materia y en el consiguiente dominio del hombre sobre la naturaleza. Todos vemos las grandes ventajas de este progreso, pero tambi?n vemos las amenazas de una destrucci?n de la naturaleza por la fuerza de nuestra actividad. Hay un peligro menos visible, pero no menos inquietante: el m?todo que nos permite conocer cada vez m?s a fondo las estructuras racionales de la materia nos hace cada vez menos capaces de ver la fuente de esta racionalidad, la Raz?n creadora. La capacidad de ver las leyes del ser material nos incapacita para ver el mensaje ?tico contenido en el ser, un mensaje que la tradici?n ha llamado lex naturalis, ley moral natural. Hoy esta palabra para muchos es casi incomprensible a causa de un concepto de naturaleza que ya no es metaf?sico, sino s?lo emp?rico. El hecho de que la naturaleza, el ser mismo ya no sea transparente para un mensaje moral crea un sentido de desorientaci?n que hace precarias e inciertas las opciones de la vida de cada d?a. El extrav?o, naturalmente, afecta de modo particular a las generaciones m?s j?venes, que en este contexto deben encontrar las opciones fundamentales para su vida.

Precisamente a la luz de estas constataciones aparece en toda su urgencia la necesidad de reflexionar sobre el tema de la ley natural y de redescubrir su verdad com?n a todos los hombres. Esa ley, a la que alude tambi?n el ap?stol san Pablo (cf. Rm 2, 14-15), est? escrita en el coraz?n del hombre y, en consecuencia, tambi?n hoy no resulta simplemente inaccesible. Esta ley tiene como principio primero y general?simo: "hacer el bien y evitar el mal". Esta es una verdad cuya evidencia se impone inmediatamente a cada uno. De ella brotan los dem?s principios m?s particulares, que regulan el juicio ?tico sobre los derechos y los deberes de cada uno.

Uno de esos principios es el del respeto a la vida humana desde su concepci?n hasta su t?rmino natural, pues este bien no es propiedad del hombre sino don gratuito de Dios. Tambi?n lo es el deber de buscar la verdad, presupuesto necesario de toda aut?ntica maduraci?n de la persona. Otra instancia fundamental del sujeto es la libertad. Sin embargo, teniendo en cuenta que la libertad humana siempre es una libertad compartida con los dem?s, es evidente que s?lo se puede lograr la armon?a de las libertades en lo que es com?n a todos: la verdad del ser humano, el mensaje fundamental del ser mismo, o sea, precisamente la lex naturalis.

?Y c?mo no mencionar, por una parte, la exigencia de justicia, que se manifiesta en dar unicuique suum, y, por otra, la expectativa de solidaridad, que en cada uno, especialmente en el necesitado, alimenta la esperanza de ayuda por parte de quienes han tenido mejor suerte que ?l?

En estos valores se expresan normas inderogables y obligatorias, que no dependen de la voluntad del legislador y tampoco del consenso que los Estados pueden darles, pues son normas anteriores a cualquier ley humana y, como tales, no admiten intervenciones de nadie para derogarlas.

La ley natural es la fuente de donde brotan, juntamente con los derechos fundamentales, tambi?n imperativos ?ticos que es preciso cumplir. En una actual ?tica y filosof?a del derecho est?n muy difundidos los postulados del positivismo jur?dico. Como consecuencia, la legislaci?n a veces se convierte s?lo en un compromiso entre intereses diversos: se trata de transformar en derechos intereses privados o deseos que chocan con los deberes derivados de la responsabilidad social. En esta situaci?n, conviene recordar que todo ordenamiento jur?dico, tanto a nivel interno como a nivel internacional, encuentra su legitimidad, en ?ltimo t?rmino, en su arraigo en la ley natural, en el mensaje ?tico inscrito en el mismo ser humano.

La ley natural es, en definitiva, el ?nico baluarte v?lido contra la arbitrariedad del poder o los enga?os de la manipulaci?n ideol?gica. El conocimiento de esta ley inscrita en el coraz?n del hombre aumenta con el crecimiento de la conciencia moral. Por tanto, la primera preocupaci?n para todos, y en especial para los que tienen responsabilidades p?blicas, deber?a consistir en promover la maduraci?n de la conciencia moral. Este es el progreso fundamental sin el cual todos los dem?s progresos no ser?an aut?nticos. La ley inscrita en nuestra naturaleza es la verdadera garant?a ofrecida a cada uno para poder vivir libre y respetado en su dignidad.

Todo lo que he dicho hasta aqu? tiene aplicaciones muy concretas si se hace referencia a la familia, es decir, a la "?ntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias" (Gaudium et spes, 48). Al respecto, el concilio Vaticano II reafirm? oportunamente que el matrimonio es "una instituci?n estable por ordenaci?n divina" y, por eso, "este v?nculo sagrado, con miras al bien tanto de los c?nyuges y de la prole como de la sociedad, no depende del arbitrio humano" (ib.).

Por tanto, ninguna ley hecha por los hombres puede subvertir la norma escrita por el Creador, sin que la sociedad quede dram?ticamente herida en lo que constituye su mismo fundamento basilar. Olvidarlo significar?a debilitar la familia, perjudicar a los hijos y hacer precario el futuro de la sociedad.

Por ?ltimo, siento el deber de afirmar una vez m?s que no todo lo que es cient?ficamente factible es tambi?n ?ticamente l?cito. La t?cnica, cuando reduce al ser humano a objeto de experimentaci?n, acaba por abandonar al sujeto d?bil al arbitrio del m?s fuerte. Fiarse ciegamente de la t?cnica como ?nica garante de progreso, sin ofrecer al mismo tiempo un c?digo ?tico que hunda sus ra?ces en la misma realidad que se estudia y desarrolla, equivaldr?a a hacer violencia a la naturaleza humana, con consecuencias devastadoras para todos.

La aportaci?n de los hombres de ciencia es de suma importancia. Juntamente con el progreso de nuestras capacidades de dominio sobre la naturaleza, los cient?ficos tambi?n deben ayudarnos a comprender a fondo nuestra responsabilidad con respecto al hombre y a la naturaleza que le ha sido encomendada. Sobre esta base es posible desarrollar un di?logo fecundo entre creyentes y no creyentes; entre te?logos, fil?sofos, juristas y hombres de ciencia, que pueden ofrecer tambi?n al legislador un material valioso para la vida personal y social.

Por tanto, deseo que estas jornadas de estudio no s?lo susciten una mayor sensibilidad de los estudiosos con respecto a la ley moral natural, sino que tambi?n impulsen a crear las condiciones para que sobre este tema se llegue a una conciencia cada vez m?s plena del valor inalienable que la ley natural posee para un progreso real y coherente de la vida personal y del orden social.

Con este deseo, aseguro mi recuerdo en la oraci?n por vosotros y por vuestro compromiso acad?mico de investigaci?n y reflexi?n, e imparto a todos con afecto la bendici?n apost?lica.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 23:11
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