Domingo, 18 de febrero de 2007
ZENIT publica la homil?a que pronunci? el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, en la concelebraci?n eucar?stica en memoria del cardenal argentino Eduardo Francisco Pironio con ocasi?n de la Jornada de estudio sobre su figura y su obra, celebrada el 6 de febrero de 2007 en el Pontificio Ateneo ?Regina Apostolorum? de Roma.

El cardenal Pironio, art?fice junto a Juan Pablo II de las Jornadas Mundiales de la Juventud, falleci? en Roma el 5 de febrero de 1998 y en el 23 de junio de 2006 se inici? en esta ciudad el proceso de beatificaci?n.

Fue obispo de Mar del Plata, secretario y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), prefecto de la Congregaci?n para los Institutos de Vida Consagrada y presidente del Consejo Pontificio para los Laicos.



La palabra de Dios que hemos escuchado en las tres lecturas reci?n proclamadas nos invita a centrar nuestra atenci?n en algunos aspectos fundamentales del sagrado ministerio seg?n el Antiguo y el Nuevo Testamento, para poderlos descubrir en la figura del siervo de Dios cardenal Eduardo Francisco Pironio, de cuya santa muerte recordamos el noveno aniversario.

La primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio (Dt 10, 8-9), alude al oficio particular de los hijos de Lev? en el pueblo de Israel. Este pasaje fue comentado espl?ndidamente por el Santo Padre Benedicto XVI en el discurso que pronunci? con ocasi?n de las felicitaciones navide?as a la Curia romana. Vale la pena citar algunas frases:

"Despu?s de tomar posesi?n de la Tierra, cada tribu obtiene por sorteo su lote de la Tierra santa y as? participa en el gran don prometido al patriarca Abraham. S?lo la tribu de Lev? no recibe ning?n lote: su lote es Dios mismo. Esta afirmaci?n ten?a, ciertamente, un sentido muy pr?ctico. Los sacerdotes no viv?an, como las dem?s tribus, del trabajo de la tierra, sino de las ofertas. Sin embargo, la afirmaci?n es a?n m?s profunda: Dios mismo es el verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la base de su existencia, la tierra de su vida. El sacerdote puede y debe decir tambi?n hoy con el levita: "Dominus pars hereditatis meae et calicis mei". Dios mismo es mi lote de tierra, el fundamento externo e interno de mi existencia. Esta visi?n teoc?ntrica de la vida sacerdotal es necesaria precisamente en nuestro mundo totalmente funcionalista, en el que todo se basa en realizaciones calculables y comprobables. El sacerdote debe conocer realmente a Dios desde su interior y as? llevarlo a los hombres: este es el servicio principal que la humanidad necesita hoy" (L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 29 de diciembre de 2006, pp. 6-7).

El ap?stol san Pablo, en la segunda lectura, retomando las im?genes presentes en los vaticinios de los profetas Jerem?as y Ezequiel, ve su realizaci?n en el ministerio neotestamentario. "He aqu? que vendr?n d?as ?or?culo de Yahveh? en que yo pactar? con la casa de Israel una nueva alianza; (...) pondr? mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribir?" (Jr 31, 31-33). "Os dar? un coraz?n nuevo, infundir? en vosotros un esp?ritu nuevo. (...) Infundir? mi esp?ritu en vosotros" (Ez 36, 26-27). "Sois una carta de Cristo ?dice san Pablo? redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el esp?ritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones" (2 Co 3, 3). Y declara que ?l es "ministro de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Esp?ritu" (2 Co 3, 6).

Pero el alma, el impulso interior del nuevo ministerio, lo encontramos en el pasaje del evangelio de san Juan: el amor que Dios Padre tiene por Jes?s, su Hijo, ?ste lo comunica a sus disc?pulos: "Como el Padre me am?, yo tambi?n os he amado a vosotros" (Jn 15, 9). Jes?s quiere que sus disc?pulos "permanezcan" en el amor que ?l les tiene; pero esto s?lo es posible si demuestran responder a su amor, cumpliendo todo lo que ?l les ha ense?ado y mandado.

Esta relaci?n mutua de amor es fuente de alegr?a para Jes?s y ?l la transmite con abundancia a sus disc?pulos. La reciprocidad de amor y de alegr?a entre Jes?s y los suyos debe extenderse tambi?n a los disc?pulos entre s?: amarse unos a otros con el mismo amor con que ?l los ha amado. Entonces se llega a ser "amigos de Jes?s", porque a trav?s de la circulaci?n de amor se realiza una profunda experiencia de Dios: es el conocimiento ?en sentido b?blico? fuerte. El amor y el conocimiento experimental de Dios est?n en la base de la misi?n: "No me hab?is elegido vosotros a m?, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vay?is y deis fruto" (Jn 15, 16).

La luz de este nuevo ministerio, guiado por el Esp?ritu Santo y como continuaci?n y expansi?n del amor del Padre y del Se?or Jes?s en el amor a los hermanos, resplandece magn?ficamente en la vida y en la misi?n del cardenal Eduardo Francisco Pironio, que hizo de su vida y de su ministerio un continuo acto de alabanza y de amor a Dios y a los hermanos, sostenido por una fe inquebrantable y una gozosa esperanza.

"Magn?ficat": es la palabra con que resume toda su vida de hombre, de cristiano, de sacerdote, de obispo y de cardenal. Es casi un estribillo de su vida; en su Testamento repite esta palabra trece veces. Le brota de lo m?s profundo de su ser, llena de gratitud, de alegr?a y de misericordia; es una palabra de dolor, de ternura y de esperanza.

"Magn?ficat" por el don de la vida; por el don inestimable del bautismo.

"Magn?ficat" por el sacerdocio, por el episcopado: "Me he sentido extraordinariamente feliz de ser sacerdote y quisiera transmitir esta alegr?a profunda a los j?venes de hoy (...). He querido ser "padre, hermano y amigo" de los sacerdotes, religiosos y religiosas, de todo el pueblo de Dios. He querido ser una simple presencia de "Cristo, esperanza de la gloria". (...) Doy gracias al Se?or por haberme hecho comprender que el cardenalato es una vocaci?n al martirio, un llamado al servicio pastoral y una forma m?s honda de paternidad espiritual. Me siento as? feliz de ser m?rtir, de ser pastor, de ser padre" (Testamento espiritual del cardenal Eduardo Pironio: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola: 13 de febrero de 1998, p. 7).

El Santo Padre Juan Pablo II, en la homil?a de la misa en sufragio del cardenal, afirm?: "Fue testigo de la fe valiente que sabe fiarse de Dios, incluso cuando, en los designios misteriosos de su Providencia, permite la prueba. (...) Su existencia fue un c?ntico de fe al Dios de la vida. (...) Dio testimonio de su fe en la alegr?a (...), alegr?a de servir al Evangelio en los diversos y arduos encargos que se le confiaron" (L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 13 de febrero de 1998, p. 6).

El cardenal Pironio fue para muchos creyentes presencia del Se?or, transparencia del Evangelio, acci?n luminosa del Esp?ritu. Hizo el bien, y la bondad dio fecundidad a su vida. Su presencia estuvo siempre acompa?ada por una gran cordialidad y sencillez. Suscitaba simpat?a y comuni?n espont?nea; transmit?a paz y alegr?a; con la palabra infund?a fuerza y esperanza, sobre todo a los j?venes, de los que era un aut?ntico amigo. Dirigir a ?l la mirada y el recuerdo significa aceptar el desaf?o de ser presencia del Se?or en la sociedad y en la Iglesia. Se trata de hacerlo con mirada serena y con una escucha atenta, comunicativa y humilde. Como lo hizo ?l, que supo estar en el centro sin ser el centro.

"Mi vida sacerdotal estuvo siempre marcada por tres amores y presencias: el Padre, Mar?a sant?sima, la cruz" (Testamento). Y creo que no nos equivocamos si a estos tres amores a?adimos un cuarto: la Iglesia.

El cardenal Pironio am? apasionadamente a la Iglesia, pueblo de Dios, misterio de comuni?n misionera, como habitualmente la defin?a. Dio su vida y trabaj? intensamente por una Iglesia "peregrina, pobre y pascual", una Iglesia de la alegr?a y de la esperanza, solidaria con las tristezas y los sufrimientos de los hombres, como la descubri? desde el Concilio; una Iglesia madre que, como tal, ense?a. Estuvo presente en el coraz?n de la Iglesia con su santidad personal, su ministerio, su prestigio. En un mundo cada vez m?s cerrado por el ego?smo y la violencia que nace del odio, la Iglesia ?dec?a? est? llamada a dar testimonio del amor y a educar nuevamente a los hombres en el amor.

El cardenal Pironio, hombre de Dios, irradiaba la santidad de Dios en la Iglesia. Que la luz de esta santidad, reflejada en el rostro y en la vida de testigos como el cardenal Pironio, siga resplandeciendo e iluminando nuestro camino.

Acogemos con gratitud al Se?or el don que nos hizo a nosotros, a toda la Iglesia, en la persona, en la vida y en el ministerio del siervo de Dios cardenal Pironio, y albergamos la esperanza de que pronto la santa Madre Iglesia reconozca su santidad y lo proponga como ejemplo de vida e intercesor ante Dios por todos nosotros y por la Iglesia entera.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit]
Publicado por verdenaranja @ 19:53  | Homil?as
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