Jueves, 22 de febrero de 2007
A los Sacerdotes, Consagrados, Consagradas y Fieles Laicos de la Arquidi?cesis

Buenos Aires 21 de febrero de 2007, Mi?rcoles de Ceniza

Queridos hermanos:

Comenzamos el camino hacia la Pascua. Nuestro peregrinar se hace m?s intenso contemplando, desde ahora, el Misterio que nos restaur? la Vida, el Misterio de nuestra reconciliaci?n con Dios por medio de Cristo Jes?s, que padeci?, muri? y resucit? por nuestros pecados.

Nos preparamos andando, y todo andar implica una partida, una salida. Como la de Abraham, como la de los profetas, como la de cualquiera de aquellos que un d?a, all? en Galilea, se pusieron en marcha para seguir a Jes?s. La historia del pueblo de Dios y de la Iglesia est? marcada desde su origen por la ruptura, la partida y los desplazamientos: Abrah?n, Mois?s, El?as, Jon?s, Ruth, San Pablo, Antonio, el gran padre de los monjes, Domingo y Francisco, Ignacio, Teresa de Jes?s y tantos otros. La intuici?n, respuesta a la gracia de estos grandes, hizo fecundas sus vidas y aliment? con su esp?ritu el andar de la Iglesia durante muchos siglos.

Esta caracter?stica, no simplemente geogr?fica, tiene mucho de simb?lico: es una invitaci?n descubrir en el trance de la itinerancia el movimiento del coraz?n que, parad?jicamente, necesita salir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel. En esta tensi?n, sin embargo, nuestro coraz?n no deja de sentir las consecuencias del miedo.

Sin lugar a dudas que los tiempos cambian y las situaciones no se vuelven a repetir, pero los modos de afrontar la vida tienen rasgos muy comunes, y eso puede convertirse, para nosotros, en fuente constante de inspiraci?n y sabidur?a para afrontar nuestro momento.

Quisiera pedirles que vivamos intensamente como Iglesia orante, reflexiva, penitente y adoradora este tiempo de Cuaresma para que la gracia de la Pascua se derrame abundantemente sobre todos nosotros y todo el pueblo santo de Dios. Necesitamos responder con mayor fidelidad evangelizadora al desaf?o que esta ciudad de Buenos Aires y su gente nos presenta. Fidelidad que vamos tratando de descubrir desde lo que se llam? desde hace unos a?os ?Estado de Asamblea?.

En este andar hacia la Pascua pienso ahora en Jon?s; es un ?cono prof?tico pascual que el mismo Jes?s utiliz? para anunciar su muerte y su resurrecci?n. Creo que la figura de este profeta escapista, desconforme, quejumbroso pero finalmente fiel puede ayudarnos en nuestro peregrinar cuaresmal-pascual.

Con el profeta descubrimos dos elementos que est?n presentes en el dinamismo de cada desplazamiento: la ruptura y la vinculaci?n. El libro se abre con un mandato de ?salida? dirigido por Dios a su profeta: ?Lev?ntate y vete a N?nive, la gran ciudad, y proclama en ella que su maldad ha llegado hasta m?.

Jon?s viv?a tranquilo y ordenado, con ideas muy claras sobre el bien y el mal, sobre c?mo act?a Dios y qu? es lo que quiere en cada momento; sobre qui?nes son fieles a la alianza y qui?nes no. Tanto orden lo llev? a encuadrar con demasiada rigidez los lugares donde hab?a que profetizar. Jon?s ten?a la receta y las condiciones para ser un buen profeta y continuar la tradici?n prof?tica en la l?nea de ?lo que siempre se hab?a hecho?.

De pronto, Dios desbarat? su orden irrumpiendo en su vida como un torrente, quit?ndole todo tipo de seguridades y comodidades para enviarlo a la gran ciudad a proclamar lo que El mismo le dir?. Era una invitaci?n a asomarse m?s all? del borde de sus l?mites, ir a la periferia: N?nive, ?la gran ciudad?, era s?mbolo de todos los separados, alejados y perdidos. Jon?s experiment? que se le confiaba la misi?n de recordar a toda aquella gente, tan perdida, que los brazos de Dios estaban abiertos y esperando que volvieran para curarlos con su perd?n y alimentarlos con su ternura. Pero esto casi no entraba en todo lo que Jon?s pod?a comprender, y se escap?. Dios lo mandaba a N?nive, y ?l se march? en direcci?n contraria, a Tarsis, para el lado de Espa?a.

Las huidas nunca son buenas. El apuro nos hace no estar demasiado atentos y todo puede volverse un obst?culo. Embarcado hacia Tarsis se produce una tempestad y los marineros lo tiran al agua porque confiesa que ?l tiene la culpa. Estando en el agua un pez se lo traga. Jon?s, que siempre hab?a sido tan claro, tan cumplidor y ordenado, no hab?a tenido en cuenta que el Dios de la alianza no se retracta de lo que jur?, y es machaconamente insistidor cuando se trata del bien de sus hijos. Por eso, cuando a nosotros se nos acaba la paciencia, ?l comienza a esperar haciendo resonar muy suavemente su palabra entra?able de Padre.

Y por segunda vez, con la misma frescura de la primera, le fue dirigida la palabra del Se?or a Jon?s en estos t?rminos: ?Vete a N?nive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga?. Jon?s, ahora s?, va a N?nive y all? predica. Cuando N?nive se convierte, Jon?s extra?amente, en lugar de alegrarse, presenta su queja a Dios: ??Ay, Yahv?!... bien sab?a yo que t? eres un Dios entra?able y misericordioso, tardo a la c?lera y rico en amor, que se arrepiente del mal...? Jon?s se resist?a dejar atr?s todas sus ideas sobre Dios, para poder as? revincularse con ?l, que lo conducir?a m?s all? de lo que conoc?a y cre?a que pod?a. Jon?s no le tem?a a N?nive, a quien tem?a era a Dios y a su amor desconcertante y desmesurado.

Jon?s era un testarudo. Hab?a cercado su alma con el alambrado de esas certezas y convicciones que, en vez de dar libertad con Dios y abrir horizontes de mayor servicio a los dem?s, terminan por aprisionar el esp?ritu y ensordecer el coraz?n. Su pertinacia lo hac?a prisionero de s? mismo, de sus puntos de vista, de sus valoraciones y sus m?todos. Le costaba descubrir la voz de Dios. En ese microclima existencial hab?a aislado su conciencia de la marcha del pueblo de Dios. No sab?a de la intervenci?n de Dios en medio de su gente, de la capacidad de conducir a su pueblo con su coraz?n de Padre. Para ?l ya estaba todo dicho y las cosas eran as? y nada m?s. ?C?mo endurece el coraz?n la conciencia aislada! Desconoce la alegr?a, el gozo del Esp?ritu Santo que sostiene la esperanza. La presi?n interior de su aislamiento habitualmente encuentra un camino de salida: la queja. Quien a?sla su conciencia es quejumbroso de alma. Parece que, como los chicos de la par?bola (Lc. 7,32), nada le viene bien. Santa Teresa advert?a de esto a sus monjas: ?Ay de la que dice: hici?ronme sinraz?n?. Los coleccionistas de injusticias, los insatisfechos constantes, los que no saben de la felicidad de abrir su coraz?n al Se?or que siempre est? viniendo (el Erj?menos) suelen ser personas de conciencia aislada.

Ojal? podamos identificarnos con Jon?s en mucho de lo que hoy vivimos en la Iglesia, y muy especialmente en nuestra Iglesia arquidiocesana en este desconcertante ?Estado de Asamblea?. El encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias, con sano inter?s, nos interpel? a buscar ?c?mo ser hoy Iglesia en Buenos Aires?. Pero tambi?n, acudiendo a una memoria repetidora, esper?bamos y busc?bamos en el estado de asamblea un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Se?or nos pate? el tablero y nos fue llevando con su Esp?ritu a posar nuestra mirada sobre la gente: para no ver lo que queremos ver, sino aquello que es. As? reconocimos experiencialmente las heridas y las fragilidades de nuestro pueblo que tambi?n son las nuestras. Porque, en la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y la sentimos en sus heridas m?s hondas podemos ponernos, a la luz del Evangelio, a pensar y discernir lo que necesita. Un pensar y discernir distinto: no el del que, a modo funcionalista, busca soluciones r?pidas y prearmadas, sino el de aquel que desde la rumia en un coraz?n que busca dejarse iluminar y trasformar por la oraci?n, y desde la confrontaci?n con los otros, permite que sea Dios el que hable y no los viejos conocimientos, las recetas m?gicas o las ma?as bautizadas.

Por las heridas y fragilidades Dios nos habl? pidi?ndonos el b?lsamo de la gracia que cura, la fuerza del Evangelio que se hace Buena Noticia que anima y presencia fraterna que sostiene. El pueblo fiel de Dios nos pidi? la ternura del Padre que s?lo podemos acercarle en la medida en que renovamos nuestro fervor apost?lico siendo osados testigos del amor de Aquel ?que nos am? primero?.

Igual que a Jon?s, la realidad hacia la que somos enviados se nos presenta dif?cil y avasallante. Aparecen nuevas exigencias que nos piden repuestas in?ditas. Mientras antes nos pod?amos arreglar muy bien solos haciendo las cosas a nuestra manera, la fragmentaci?n que vive nuestra sociedad nos pone frente a la exigencia evangelizadora de una identidad eclesial que brote de una mayor comuni?n. Este esp?ritu de comuni?n fortalecer? nuestra unidad con la armon?a del Esp?ritu Santo y tambi?n nos defender? del v?rtigo con que somos tentados al ver que se nos tambaleen las seguridades y que incluso el sistema de trabajo pastoral que hemos probado mucho tiempo y sentimos como inamovible puede tener que adquirir una nueva forma.

En nuestro andar eclesial hemos hecho y seguimos haciendo enormes esfuerzos por distintos caminos, hemos sostenido y sostenemos diversas formas de pastoreo, hemos afrontado y seguimos afrontando crisis y sacudones, vimos y vemos c?mo muchos de los proyectos a los que dedicamos tiempo y esfuerzo se nos revelan incapaces de sostener nuestros anhelos y buenas expectativas evangelizadoras, a medida que mucha gente se nos queda por el camino.

Sin embargo, una y otra vez volvemos a empezar despu?s de cada tormenta. Pero cuando creemos estar tranquilos en el vientre de la ballena nos sorprende la evidencia de que todo lo realizado no ha sido m?s que una etapa, y que ahora la ballena nos ha vomitado en la N?nive de un mundo en el que Dios parece estar m?s ausente que un rato antes y al que nosotros, con las palabras que decimos, no le interesamos y los valores que tratamos de anunciar le resultan sin importancia y pasados de moda. Esta realidad nos llam?, como Iglesia arquidiocesana, a procurar el modo de acoger a todos nuevamente haciendo de nuestras parroquias y geograf?as pastorales santuarios donde se experimente la presencia de Dios que nos ama, nos une y nos salva.

Nuestra identidad y valoraci?n se sienten amenazadas; no ejercemos como antes el liderazgo moral ni tenemos un lugar social de relevancia; se nos presentan problemas para los que aparentemente no tenemos la respuesta. Somos minor?a y nos resistimos a ser uno dentro de tantos. Sigue siempre latente la tentaci?n de huir a una "Tarsis" que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en peque?os mundos, dependencia, instalaci?n, repetici?n de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas...

Desde la queja por los problemas que tenemos: (faltan laicos comprometidos, la gente no entiende ?el obispo tampoco-, la gente viene a usarnos ?el obispo tambi?n-, no se puede todo, nadie se da cuenta de lo que pasa, nadie se preocupa) tal vez nos estamos resistiendo a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las mismas dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que sec? el ricino de Jon?s o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para ?l, pueden tener la funci?n de forzarnos a regresar de nuestros evasivos ?Tarsis?, para acercarnos a N?nive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que es ternura y viene a nosotros para cercarnos con su gracia y llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.

Lo mismo que Jon?s, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de N?nive, a aceptar el riesgo de protagonizar una nueva evangelizaci?n, fruto del encuentro con Dios que siempre es novedad y que nos empuja a romper, partir y desplazarnos para ir m?s all? de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras, all? donde est? la humanidad m?s herida y donde los hombres, por debajo de la apariencia de la superficialidad y conformismo, siguen buscando la repuesta a la pregunta por el sentido de la vida. En la ayuda para que nuestros hermanos encuentren una respuesta tambi?n nosotros encontraremos renovadamente el sentido de toda nuestra acci?n, el lugar de toda nuestra oraci?n y el valor de toda nuestra entrega.

Tratemos de caminar este a?o levantando la mirada para ver bien lejos y despu?s encontrar, bien adentro de nosotros, lo que tenemos que ir dejando para que Jes?s como maestro evangelice; para llegar a d?nde lleg? nuestra mirada desde el Esp?ritu. Desplac?monos sin miedo a toda periferia, a todo borde, unidos en la Iglesia, Asamblea unida y sostenida por el Dios de la Vida. Que este andar sea discernidor de lo que se necesita; y cada paso nuevo, provocador del que tendremos que dar, sin previsibilidades ni recetas m?gicas sino con apertura generosa al Esp?ritu que va conduciendo la historia por los camino de Dios.

Les pido, por favor, que recen por m?. Que Jes?s los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosamente.

Jorge Mario Bergoglio s.j.


El tiempo de estado de asamblea

Para un examen de conciencia personal y comunitario



1- ?Vivimos este tiempo como un momento eclesial de encuentro con el Se?or? ?Hemos puesto cada d?a en la Eucarist?a nuestra realidad Arquidiocesana? ?Sentimos el llamado a renovar los v?nculos de caridad fraterna? ?hemos hecho el ejercicio de ponerlo en pr?ctica? ?Tratamos de superar el individualismo para crecer en la conciencia de pertenencia al ?nico pueblo de Dios?

2- ?Amasamos el estado de asamblea en oraci?n? ?Le hemos dado lugar en nuestra oraci?n personal o lo asumimos formalmente? ?Hemos puesto a nuestras comunidades en estado de oraci?n? ?Se cruzaron en este tiempo las coordenadas del dialogo con Dios en la oraci?n y con los hermanos en la b?squeda del bien eclesial?

3- ?Supimos recoger las inspiraciones que el Esp?ritu Santo dio a las personas, a los diversos grupos parroquiales, movimientos apost?licos y bautizados que no pertenecen a ninguna instituci?n? ?Nos entregamos a la acci?n del Esp?ritu para que armonice nuestra tarea pastoral? ?Hemos puesto en pr?ctica los medios y la metodolog?a sugerida u otra para escuchar al Pueblo de Dios inspirado por el Esp?ritu?

4- ?Qu? ?esp?ritu? nos anim? durante este tiempo? ?Cu?l fue el movimiento espiritual al que me impulsa el estado de asamblea? ?Nos movimos con la libertad del Esp?ritu? ?Pedimos a Dios la gracia de ser libres en el Esp?ritu? ?Esta libertad estuvo enmarcada en una actitud obediencial a Jesucristo y a su esposa la Madre Iglesia y orientada a la santidad? ?Nos sentimos libres para afrontar purificaciones y correcciones?

5- ?Vivimos nuestras fragilidades como un camino de gracia para crecer en santidad? ?Supimos discernir para encontrar la Voluntad de Dios? ?Ha crecido mi sentimiento de protagonismo frente a este momento hist?rico de nuestra Iglesia? ?Me dej? llevar y arrastrado a otros al pesimismo frente a este nuevo tiempo? ??La queja? me ha defendido de comprometerme en un proyecto com?n? ?Experimento que he aportado positivamente, o me he mantenido al margen o incluso he actuado negativamente?

6- ?En este proceso supimos decir la verdad en la caridad? ?Tuvimos el coraz?n preparado para descubrir la verdad en la caridad en medio de otras ?verdades?? ?Nos esforzamos en superar desencuentros? ?Tratamos de perdonarnos mutuamente? ?Nos abrimos misericordiosamente a las miserias de nuestros hermanos? ?Nos hemos hecho eco de criticas y nos dejamos llevar por el esp?ritu de cr?tica y murmuraci?n? ?Hemos desacreditado las opiniones, opciones y trabajos de otros? ?Fomentamos y trabajamos por la unidad poniendo gestos concretos? ?Nos esforzamos en el buen pensar acerca de las intenciones de los otros? ?Procuramos mirar sin prejuicios las acciones ideas o propuestas de los dem?s? ?Hicimos pasar por el propio tamiz todo lo que no proven?a de nuestra cosecha? ?Buscamos escuchar a los dem?s y expresarnos haci?ndonos cargo en Dios de lo que dijimos o de lo que recibimos?

7- ?Tratamos juntos de encontrar caminos y expresiones de nueva evangelizaci?n para nuestra ciudad? ?Sentimos la tentaci?n de aferrarnos a lo conocido ante la realidad que nos desborda? ?Disimulamos la importancia, la exigencia de este nuevo tiempo con el desinter?s o escepticismo en lugar de descubrir los signos que Dios quiere ir mostrando?

8- ?Procuramos que nuestras comunidades sean un recinto de verdad, de libertad y de amor? ?Nuestra acci?n evangelizadora da motivos y anima a otros a seguir esperando? ?Supimos renunciar al propio parecer, a la propia postura ante la indicaci?n del Se?or? ?Buscamos edificar la Iglesia en el discernimiento personal y comunitario? ?Creci? nuestro ardor apost?lico? ?Nos sentimos motivados a acercarnos a los m?s alejados? ?Nos conformamos derrotistamente a seguir manteniendo aquello en lo que nos sentimos seguros y c?modos?
Publicado por verdenaranja @ 0:32  | Hablan los obispos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios