Domingo, 25 de febrero de 2007
Alfonso Aguil?
www.interrogantes.net


Las personalidades t?midas, vacilantes, inseguras, suspiran siempre por tener a su lado dictadores, aunque a veces se revistan de la modesta apariencia de consejeros. ?Qu? debo hacer?, preguntan siempre, con la esperanza de que una receta les libre de cualquier decisi?n personal. No quieren decidir, no quieren arriesgar, se les hace insoportable la responsabilidad.

Otros son excesivamente razonadores y se ahogan en la perplejidad. Acusan un sorprendente miedo a la realidad. Son individuos que retrasan siempre sus decisiones, porque les paraliza su ansia de seguridad y su terror al riesgo. Siempre les parece que a?n no han reflexionado suficientemente.

Quiz? son personas que fueron educadas con excesiva dureza o con excesiva blandura, y que sufrir?n mucho en su vida a consecuencia de ese apocamiento de car?cter. Es como si hubieran quedado heridas en el n?cleo de su personalidad. Y son heridas que sangrar?n por mucho tiempo, y que har?n dif?cil asumir el riesgo de sus decisiones personales y superar el des?nimo de posibles frustraciones.

Una buena educaci?n ha de fomentar tanto las decisiones r?pidas como la reflexi?n, la libertad como la responsabilidad, la pasi?n como el juicio. El verdadero consejero, el verdadero educador, jam?s debe dejarse seducir por esa suerte de compasi?n que le llevar?a a limitarse a prescribir acciones, recetar criterios e imponer conductas. Educar exige ayudar al perplejo a reconocer su verdadero problema, dej?ndole luego la responsabilidad de tomar ?l mismo sus decisiones.

Sin embargo, para algunos padres y educadores la gran norma pedag?gica parece ser ?sta: en caso de duda, apueste usted por estarse quieto. Una mentalidad de gran resistencia a complicarse la vida, un talante de desusada exigencia de garant?as.

Tanto temen equivocarse que prefieren esquivar cualquier riesgo, y llegan a vivir como refugiados: se vuelven un poco solemnes y secos, quiz? perfect?simos y superprevisores, vivir?n con un m?todo y una higiene absolutos, pero quiz? eso no sea vivir.

No se trata de apostar por la irreflexi?n, la frivolidad o el aventurismo barato. Pero cualquier objetivo medianamente valioso est? rodeado de unas tinieblas por las que hay que avanzar en terreno desconocido. Toda empresa, todo camino en la vida, tiene algo de riesgo, de apuesta, de salto en el vac?o, y es preciso asumirlo. Si no, m?s vale quedarse en la cama por el resto de la vida.

Para no quedarse habitualmente paralizados ante la duda; para no tirar la toalla a la primera dificultad; para no cambiar inmediatamente de objetivo en cuanto ?ste se presenta costoso; para todo eso es preciso educar y educarse en un ambiente de cierta resoluci?n ante los habituales problemas de la vida. Imponerse el cumplimiento de actos que a uno le cuestan, obligarse a decidir a un plazo determinado, no sustraerse a la realidad, por dura que sea. As?, poco a poco, la voluntad indecisa se ir? consolidando.


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