Jueves, 08 de marzo de 2007
En los materiales de la campa?a del D?a del Seminario se encuentra el Contenido Teol?gico Pastoral del lema de este a?o "Sacerdotes, Testigos del Amor de Dios". (EDICE)


CONTENIDO TEOL?GICO PASTORAL

?Sacerdotes, Testigos del Amor de Dios?
Teniendo muy en cuenta, en la preparaci?n, desarrollo y objetivos, la Carta Enc?clica del Papa Benedicto XVI ?Deus Caritas est?


I. LA VOCACI?N, UNA LLAMADA DEL AMOR DE DIOS

Si llegamos a aceptar la existencia de Dios, como en principio se supone aunque no siempre sea de f?cil acceso y comprensi?n, no podemos entenderlo como alguien separado y distante de los hombres, y tampoco imaginarlo habitando como en una especie de torre de marfil.

Y decimos esto porque Dios, como Jes?s mismo nos lo ha revelado con suma claridad, es constitutivamente amor. Desde esta constataci?n revelada, y echando mano de la racionalidad y lenguaje, recursos leg?timamente humanos, bien podemos deducir que el amor de Dios desborda, es decir, va m?s all? de los bordes, de los l?mites de Dios, si es que podemos
hablar de esta manera para podernos entender. En consecuencia,
no es descabellado suponer que su existencia comporte una creaci?n permanente de relaciones amorosas, que de hecho pueden predisponer a respuestas, tambi?n de amor en libertad, por parte del hombre. Y de hecho no ser?a justo si silenci?ramos la larga historia e historias de amor
de Dios con el hombre y con infinidad de hombres. El amor cuando se derrama es imposible que no moje.
Desde esta perspectiva, entendemos mejor aquella expresi?n que
aparece en el documento Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 16: ?la vida es la obra maestra del amor creador de Dios y es en s? misma una llamada a amar. Don recibido que, por naturaleza, tiende a convertirse en bien dado?.

Podemos hacer este sencillo esquema:

AMOR DE DIOS ➜ CREA RELACIONES DE AMOR ➜ RESPUESTA DE
AMOR POR PARTE DEL HOMBRE AL AMOR DE DIOS

En este esquema integrador, y s?lo en su totalidad, se sit?a la vocaci?n como llamada del amor de Dios y como respuesta desde el amor y la libertad del hombre a esa llamada.

De ah? derivan cuatro realidades vocacionales fundamentales:

a) Nadie puede responder vocacionalmente si no se siente previamente amado por Dios. Este es el insuprimible dinamismo de toda vocaci?n.

b) Y amado por Dios no como ?un hecho dependiente del momento,
de la situaci?n y de las cualidades del llamado? (Dios no s?lo nos tiene amor bajo unas circunstancias concretas), sino que uno es amado por Dios de forma permanente y desde lo que constituye su propia realidad (Dios es amor): ?Antes de formarte en el vientre te conoc?te consagr?, te constitu?..? (Jer 1, 5). Es interesante prestar atenci?n al hecho de que los profetas expresaran la elecci?n vocacional con la palabra conocer (yada), entendida en sentido pr?ctico, no especulativo. ?Antes de formarte en el vientre te conoc? (te
eleg?)??, es decir, ?te am?. Se ve claramente que en la elecci?n vocacional por parte de Dios se prescinde de todos los posibles condicionamientos y valoraciones humanas. Dios llama con un amor totalmente gratuito.

c) El amor de Dios por nosotros es una cuesti?n fundamental para la vida de cualquier hombre y sin duda posibilita el hecho de que se planteen preguntas decisivas sobre qui?n es Dios y qui?nes somos nosotros. De este modo, el amor de Dios se convierte en el criterio para la decisi?n definitiva sobre la valoraci?n positiva o negativa de una vida humana y para la aceptaci?n de la comprensi?n de la vida como vocaci?n (Benedicto XVI). Sin esa cuesti?n fundamental del amor de Dios por nosotros es imposible hacerse un planteamiento vocacional de la propia vida.

d) Nos dice el documento Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 16,c: ?El amor, vocaci?n de todo hombre. El amor es el sentido pleno de la vida. Dios ha amado tanto al hombre que le ha dado su propia vida, y le ha capacitado para vivir y querer a la manera divina. En este exceso de amor?el hombre encuentra su radical vocaci?n?.El amor es por tanto la vocaci?n fundamental e innata de todo ser humano?. No puede darse una existencia vocacional sin estar enraizada en el amor.

II. EL SEMINARIO, COMUNIDAD DE AMOR

Muchos aspectos del seminario, como centro de formaci?n para el sacerdocio, han reclamado la atenci?n a lo largo de los siglos: el hecho de su misma creaci?n frente a otras alternativas, su regulaci?n disciplinar, su realidad pedag?gica y convivencial, su dimensi?n intelectual, su
proyecci?n formativa de cara al ejercicio del ministerio y hasta la misma monumentalizaci?n de su edificios?
Y si bien ha sido preocupaci?n constante, en el momento actual se quiere insistir de manera especial en la realidad del seminario desde la perspectiva y din?mica del amor.
Y es que el seminario tendr? que ser siempre un catalizador visible, referencial y configurador del amor de Dios a los hombres y entre los hombres. Eso significa que tendr? que estructurarse preferentemente como realidad teologal, como primac?a de la vida en el Esp?ritu, y no habr? m?s remedio que ir desmantelando aspectos que no s?lo dejan en un segundo plano sino que hasta pueden desfigurar la presencia y
vivencia del amor de Dios y la convivencia de las personas enraizada en ese amor.

Y esto seguramente supondr? un discernimiento y tal vez un desplazamiento de su centro o sus centros de gravedad (en la comprensi?n, estructuraci?n y formaci?n). La comunidad del seminario vivir? su vida
y su comprensi?n del mundo no a partir de s? misma sino a partir de una vida dise?ada desde lo que supone y exige el amor de Dios y, como consecuencia, tendr? que fundamentarse y proyectarse en la apertura y entrega a Dios, al otro y al mundo. Desde el amor, por tanto, el seminario no podr? ser nunca un gueto detr?s del cual se parapeta y se asienta en
la seguridad el futuro presb?tero. Y habr? que ir aceptando gradualmente que el seminario tendr? que tener en muchos momentos un car?cter de ensayo, de campo de experiencias y hasta de experimentos comunitarios y evangelizadores. Sin duda, ser? m?s camino que posada. Aqu? podr?amos
a?adir lo que dice Benedicto XVI: el amor es un ??xtasis?, un salir del yo cerrado en s? mismo hacia su liberaci?n en la entrega de s?, ?en el perderse a s? mismo?. El seminario tiene que ser un icono vivo del ?extasis? que lleva consigo el amor. Esto a su vez reclama un l?cido y s?lido anclaje en lo que constituye la compleja actualidad y sus desaf?os.

Aunque la asumimos como la fuente fundamental, no podemos dejar de resaltar en brevedad la importancia de la vida trinitaria para la vivencia del amor de Dios en el seminario. Y afirmamos esta importancia no como si se tratara de una pr?tesis obligada para que el edificio de la vida comunitaria no se resienta. El seguimiento de Jes?s y nuestro ?ser en
Cristo? no s?lo nos abren al interior de la vida trinitaria (teolog?a trinitaria de la vocaci?n) sino que abren tambi?n entre nosotros una relaci?n trinitaria: el seminario como comunidad en la que se ensaya y se va experimentando
y proyectando la vivencia y la comuni?n trinitarias.

Esta comuni?n y solidaridad trinitarias, por tanto, tendr?n que ir gradualmente descubri?ndose, sediment?ndose y ejerci?ndose en la instituci?n educativa del seminario. Comuni?n y solidaridad vistos como un proceso que perfila y nutre la espiritualidad del sacerdote y la creaci?n
de una cultura de la vida, sin olvidar la necesidad de ir creando una cultura vocacional.

Desde la caracterizaci?n del ?seminario como comunidad de amor? f?cilmente se comprende y deduce que la pastoral sea el objetivo de todo el trabajo educativo del seminario. Comprensi?n que supone que el seminario tendr? que funcionar en referencia a la pastoral como si se tratase de una especie de obertura musical: esbozando y anticipando en tiempo real el posterior ministerio pastoral.


III. EL SACERDOTE, TESTIGO DEL AMOR DE DIOS

En el inconsciente colectivo de las gentes y en el imaginario social han aparecido y siguen apareciendo muchas interpretaciones e im?genes de la figura del sacerdote, f?ciles de enumerar e identificar en personas concretas y hasta cercanas. En su variedad, es muy importante el intentar
identificar honradamente el com?n denominador que de hecho no falta o no deber?a faltar en ninguno de ellos: el trasparentar y testimoniar el amor de Dios. Ese es su ?car?cter? indeleble, su quintaesencia. Ese es
el eje vocacional en torno al cual gira la vida del sacerdote y ese es el arranque precursor de toda su vida y de su ministerio. El ser testigo del amor no es pues ?un anexo? en la vida del sacerdote sino que es el m?s genuino e ?ntimo misterio de su vocaci?n. Y podemos estar seguros de
que esta caracterizaci?n del llamado constituye la palabra convincente, el contenido mismo de la misi?n.

Desde lo que acabamos de decir comprendemos que el sacerdote no vive para s?, con sus diferentes arsenales provisorios, sino que abandona en manos de otro el papel conductor, el de d?nde y el hacia d?nde de su existencia (el Esp?ritu de Dios). Despotencia su yo y despotencia sus pretensiones mundanas, porque sabe muy bien que nicamente as?
puede encontrar vestigios del amor de Dios en todo y en todos los que aparecen en su camino.

Y tratando de explicitar a nivel pr?ctico ese testimonio del amor por parte del sacerdote, Benedicto XVI nos dice que la par?bola del buen samaritano, icono de Jes?s el Buen Samaritano, sigue siendo el criterio de comportamiento del amor y la expresi?n del ser testigos del amor de Dios: el amor es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad
inmediata en una determinada situaci?n: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos? y asumiendo el compromiso de que se contin?en despu?s las atenciones necesarias.

El sacerdote, como testigo del amor de Dios, expresado en Jes?s de Nazaret, hace el bien a los hombres gratuitamente, convencido de que las palabras m?s desinteresadas y m?s liberadoras en su vivencia son aquellas de Jes?s: ?Somos unos pobres siervos. Hemos hecho lo que ten?amos que hacer? (Lc 17,10). Y, para ir acabando, el sacerdote, como testigo del amor de Dios, no remitir? en ning?n caso a sus capacidades, bondades, entregas, logros y fracasos, sino que har? visible en la vivencia y ejercicio del amor la salvaci?n que Cristo ha merecido con su muerte y resurrecci?n (eso es celebrar y vivir la eucarist?a). Desde el misterio pascual de Jes?s, el
sacerdote tendr? siempre el coraz?n colgado del sue?o que Dios tiene sobre los hombres (el reino de Dios inaugurado en Jes?s), aunque con el ansia que supone el tener que dejar tras de s? el rastro de una obra de amor (ministerio) casi siempre interminada y una geograf?a de amor por recorrer. Al escuchar esto, nos vuelven a resonar aquellas palabras de
Pablo:?Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro..?. Vasijas de barro que aqu? pueden significar muy bien que el amor que Dios ha puesto en cada uno tiene que quedar abierto a todos los que vendr?n despu?s para que as? vaya complet?ndose en todos y con todos. Eso tambi?n es testimoniar
el amor de Dios.
Comentarios