Martes, 13 de marzo de 2007
Homil?a de Mons. Oscar Sarlinga ,Obispo de Zarate Campana, en las ordenaciones sacerdotales en Escobar


-Queridos sacerdotes, di?conos, seminaristas, religiosos, religiosas, queridos hermanos y hermanas en el Se?or-Queridos hermanos e hijos, Hern?n y Albino, que hoy ser?n ordenados sacerdotes por imposici?n de las manos del Obispo y oraci?n consagratoria, que infundir? en ustedes el Esp?ritu sacerdotal. -Manifiesto mi cordial saludo al Cura p?rroco de este lugar, Pbro. Atilio Rossate, y por supuesto a los integrantes de las familias Ch?vez y Cabral, de donde el Se?or eligi? a estos dos hermanos nuestros. Tener un hijo sacerdote constituye para la familia un gran signo de bendici?n y de paz. -Un saludo y especial gesto de gratitud para con el Sr. Rector del Seminario de Gualeguaych?, donde han sido enviados a formarse nuestros seminaristas desde el a?o 2001, y a los formadores de dicho Seminario, donde Hern?n y Albino han hecho sus estudios eclesi?sticos.

I. LA IGLESIA CUERPO DE RECONCILIADOS Estamos aqu? como Pueblo de Dios y como Cuerpo de Cristo, Iglesia congregada en ?l, que es "el Salvador de su cuerpo", como nos refiere el Ap?stol Pablo (Ef 5,23). Esta iglesia de Bel?n de Escobar, hoy colmada para la ordenaci?n sacerdotal de estos hermanos nuestros, est? llena de fieles cristianos, que adhieren por la fe, y quieren contribuir a mantener la Iglesia en su naturaleza originaria de ?comunidad de reconciliados?, con la reconciliaci?n que deriva del mismo Jesucristo, el cual, tambi?n seg?n el Ap?stol Pablo, es ?nuestra paz? (cf. Ef 2,14). Es Jesucristo quien nos pacifica interiormente[1] con el Padre, creando as? un ?impulso de vida de gracia? que transforma al reconciliado en operador y transmisor de reconciliaci?n. En este mundo, y en el medio en que nos movemos cotidianamente hay mucho bien en obra, y mucha, much?sima gente buena y recta. Como hasta el fin de los tiempos se dar?n juntos ?el trigo y la ciza?a?, tampoco faltan incomprensiones, divisiones, resentimientos, peleas, discordias, odios, envidias, injusticias. El tema es estos ?ltimos no prevalezcan. Por eso, el ?certificado de autenticidad? de la obra de la Iglesia en pro de la paz verdadera, ha de ser esa regla que nos leg? al respecto el gran Obispo San Ambrosio: "Inicia la paz desde ti mismo, para que, cuanto t? mismo est?s pacificado, puedas llevar la paz a los otros"[2]. Paz en las personas, en las comunidades, en las naciones. ?Qu? tiene que ver esto con una ordenaci?n sacerdotal?. Tambi?n mucho. La imposici?n de las manos del Obispo, Sucesor de los Ap?stoles, y la oraci?n consecratoria pronunciada por ?l, har?n de estos hermanos nuestros sacerdotes de Cristo por la eternidad. Es verdad que todo el Pueblo de Dios es ?sacerdotal? con el Sacerdocio com?n de los fieles, pero el presb?tero, el sacerdote ordenado, ha recibido con su ministerio un sello imborrable (el llamado ?car?cter indeleble?) en su ser m?s ?ntimo, que lo hace obrar en la Persona de Cristo, para celebrar el Sacrificio y Banquete de la Eucarist?a, asimismo como el sacramento del perd?n de Dios y todo lo propio sacerdotal. Es la reconciliaci?n con el Padre y con los hermanos la que edifica la Iglesia. El Se?or Jes?s confiri? a los ap?stoles y a los pastores de la Iglesia, sus sucesores, ese mismo ministerio (Cf 2 Cor 5,18). Ellos, obrando in Persona Christi, est?n consagrados y enviados para "edificar la propia grey en la verdad y en la santidad"[3], como nos dice el Concilio Vaticano II. Si bien el texto conciliar citado se dirige en primer lugar a los Obispos, es verdad que los presb?teros, en y con su Obispo, poseen el mismo mandato. Es en esta comuni?n, en esta concordia (palabra que significa ?uni?n de corazones?) como, al contrario de toda destructiva divisi?n, se aumenta la fuerza del testimonio, se clarifica la raz?n de la existencia misma del ministerio ordenado, y se ilumina y fortalece incluso la credibilidad eclesial[4], a veces oscurecida, ya por el vituperio, o bien, desgraciadamente, por dolorosas acciones, las cuales en el fondo est?n como marcadas por un sentido de la autodemolici?n, caracter?stica ?sta propia del pecado. Si amamos a la Iglesia, nosotros todos, sus miembros, hemos de querer aportar con alma y vida a su continua construcci?n en el Esp?ritu que la gu?a y la fortalece.

II. EL BUEN PASTOR ?Yo soy el Buen Pastor? dice Jesucristo de S? mismo. El sacerdote, ministro de Dios, est? hecho, por la ordenaci?n, a imagen del Buen Pastor, el que ?da la vida por sus ovejas?, el que las conduce ?a los pastos abundantes que son vida?, que son los de la iluminadora fe, los de la esperanza que no defrauda y nos impulsa a emprender proyectos trascendentes, los de la caridad aut?ntica en todas sus vertientes, tambi?n la social, esto es, tambi?n ?sa que se manifiesta en este inicio del tercer Milenio como la ?nueva imaginaci?n de la caridad? (que nos legara como programa pastoral Juan Pablo II), para construir la anhelada civilizaci?n del amor, la civilizaci?n que espera una concreci?n de nuestra parte. El sacerdote a imagen del Buen Pastor cuida de todas sus ovejas, pero busca especialmente la oveja perdida, figura simb?lica que, de hecho, hoy d?a constituye la masa de los cristianos que lo son porque recibieron, s?, el bautismo, pero est?n alejados, o enojados con Dios y con la Iglesia, y de aquellos que han sido ganados por el secularismo, o que viven como si Dios no existiera, sin olvidar alguno que pudiera haber sido escandalizado. El sacerdote que act?a a imagen de Jes?s Buen Pastor no busca solamente a aquellas ovejas del reba?o con las que a ?l le gusta estar, con la que se siente m?s cuidado, o retribuido en el afecto (y no porque esto ?ltimo est? mal, sino simplemente porque no debe constituir un condicionamiento). No sea que, ganado tal vez por el desencanto o el desgano de extender la evangelizaci?n, el pastor sea remiso en sus deberes, lento o poco proclive a pastorear el reba?o pero pronto a esquilarlo, dicho sea esto en un sentido amplio. Como el ministerio sacerdotal que recibimos viene de Dios, nunca podr?amos considerarnos exentos del deber de ?gastarnos y desgastarnos? por la misi?n eclesial, que es Su obra para la salvaci?n del mundo. De hecho, el mandato evangelizador que el Se?or nos dio es para distribuir a manos llenas. Si pretendi?ramos guardarlo ego?sticamente, sea por autorreferencia, comodidad o autocomplacencia, har?a como una implosi?n ?contra natura? en nuestro esp?ritu e incluso en nuestro psiquismo, pudiendo hasta convertirse en un peligroso ?boomerang existencial?. Lo esencial es la uni?n del sacerdote con Cristo en la oraci?n, en la sacramentalidad de su ministerio y en la autodonaci?n. Es lo que nos mueve a actuar en su Nombre, en el Nombre de Jes?s. Por otra parte, ha podido verse a lo largo de los a?os que no pocas crisis sacerdotales comienzan a manifestarse con el disgusto de la oraci?n, el desgano por la pastoral, el desenga?o (a veces injusto y a veces algo justificado) del resto o parte del presbiterio, y del abandono de la generosidad en la entrega que ha de caracterizarnos. Cuid?monos sobre todo, hermanos, de no escandalizarnos los unos a los otros, dicho esto en sentido b?blico m?s pleno; antes bien, edifiqu?monos en Cristo con la amistad y la fraternidad, dentro de la justicia. Dentro del ?mbito pastoral que el Obispo le haya confiado, y desde la perspectiva de fe que la unidad primera de Iglesia es siempre la di?cesis, el sacerdote, respetando, considerando y alentando las vocaciones espec?ficas que se dan en todo el Pueblo fiel, sirve a ?ste ?ltimo, ?presidi?ndolo en la caridad?, no como due?o, o ?dominador?, sino como servidor aut?ntico y modelo del reba?o. As?, en comuni?n con su Pueblo, evangeliza, administra los sacramentos, predica, misiona, promueve la catequesis y la caridad social, quiere, de ?ltima, pastorear, lo cual incluye ?no podemos soslayarlo- el ejercicio l?cido y sacrificado del gobierno pastoral o pastoreo. El equilibrio es dif?cil, es cierto. La tentaci?n del autoritarismo siempre permanece latente en el coraz?n humano (tentaci?n no pocas veces manifestada en la manipulaci?n de los dem?s, incluso sutilmente). Pero tambi?n existe una difusa mentalidad contraria, tambi?n riesgosa, de ?no querer quedar mal con nadie?, de no querer saber de ning?n tipo de problemas ni de afrontarlos, de tener como un cierto miedo de todo y en especial de tomar decisiones. El pastoreo exige amar a todos con gu?a amorosa y recta, ni autoritaria ni fl?ccida, ni manipulable ni manipuladora, sino en el Esp?ritu y seg?n el Evangelio y la ense?anza de la Iglesia. Esa gu?a por parte del Pastor requiere primero de la escucha interior de la voz de Dios y del Evangelio, expresada en la conciencia sacerdotal y tambi?n en los leg?timos Superiores, y, por supuesto, en la escucha atenta y respetuosa del Pueblo del Se?or, de sus necesidades, de su clamor. En este orden, la promoci?n eclesial del laicado es esencial, dentro de la misi?n que los laicos recibieron por el bautismo. No olviden, por favor, el impulso, aliento y crecimiento del apostolado laical, de ese laicado que primero tiene que ser evangelizado, y luego, como natural consecuencia, evangelizador. No queramos hacerlo esto ?ltimo si antes no es lo primero. El despertar del laicado en la comuni?n org?nica es para nosotros una gran esperanza. En este sentido, recordemos tambi?n, como pidi? en su momento el Papa Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma, en 2006, el prestar una ?atenci?n especial a la situaci?n de las familias, en defensa de la vida? y el dedicarse ?al servicio de los dem?s, sobre todo de los pobres y los enfermos, (?) con el "sentido ?ltimo de la Cruz"[5]. Una ?ltima cosa que les encomiendo, como fuente de bendici?n, queridos hermanos e hijos, es la fraternidad sacerdotal ?la real, la basada en la verdad y en la fe compartida. Cuando es bien vivida, constituye un aliciente de sanaci?n y elevaci?n, como una especial transmisi?n de la Gracia. Los ayudar? incluso grandemente a que su celibato d? mucho fruto. En cambio, los pactos o intereses de l?nea, o incluso de tal o cual orientaci?n u estilo, cuando son excluyentes, no generan fraternidad sino m?s bien la sospecha y la discordia. El sacerdote cabal tiene que poder dar la mano franca, a todos, y en especial, dir?a, al otro sacerdote. Me refiero a la mano amiga al hermano que lo necesita, con el cual me une una comuni?n sacramental. Y este otro tiene que procurar merecerlo, cambiando incluso actitudes que fueren incorrectas. Hay que hacer lo bastante por resucitar la antigua praxis espiritual de la correcci?n fraterna. Sepamos que los laicos son sensibles al tema del buen entendimiento y armon?a entre los sacerdotes, y lo captan con prodigiosa capacidad. De m?s estar?a decir que todo esto forma parte nada peque?a del testimonio evangelizador.

III. RECOMENDACI?N FINAL Queridos Hern?n y Albino. Si alguna vez se sienten cansados, agobiados, no se cansen. Parece una paradoja. Pero constituir? una gran verdad si dejan que la fuerza del Esp?ritu los anime siempre por dentro. La Cruz y la Resurrecci?n de Cristo van a quedar impresas en sus almas para siempre (?Recuerden siempre las palabras del Obispo al momento de la entrega del c?liz y la patena!). Van a ser configurados con Cristo de manera que de modo eminente y visible lo representen y ?hagan sus veces?[6]. Imiten, se lo pido de coraz?n una vez m?s, el Amor con el cual Cristo se inmol? por su Pueblo, ?l, que "am? a la Iglesia y se entreg? a s? mismo por ella", como reza la carta a los Efesios (Ef 5,25). Oren siempre a Dios con fervor y confianza, poniendo todo en el Coraz?n de Jes?s, el Misericordioso. En fin, sean fieles a la Gracia recibida. El que es fiel, quiere seguir siendo fiel, aunque alguna vez, dolorosamente, caiga. Con la Fuerza del Se?or y su gracia, se levanta y quiere no volver a caer. El que ya de movida no quiere ser fiel, aunque todav?a se mantenga en pie, se caer?, y, si no se convierte, no se levantar?. Lo verdaderamente malo es no tener la intenci?n recta de ser fiel. En cambio, Dios siempre es Fiel, con may?scula, y siempre est? dispuesto a recibirnos, como al hijo pr?digo, con los abiertos brazos paternales. La Virgen Madre de Dios y de la Iglesia, Reina de los Ap?stoles, en la Argentina venerada como Patrona bajo la advocaci?n de Nuestra Se?ora de Luj?n, a quien hoy le pedimos su intercesi?n por el aumento, perseverancia y santificaci?n de las vocaciones sacerdotales y religiosas, los guarde y acompa?e siempre, teni?ndolos de la mano, especialmente en los momentos de mayor necesidad. Am?n.



+ Oscar D. Sarlinga

Obispo de Z?rate-Campana


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[1] Cf SAN JER?NIMO, In Epist. ad Eph. 1, 2, en PL 26, 504

[2] SAN AMBROSIO, In Luc. 5, 58, en PL 15, 1737

[3] CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 27.

[4] Cf PABLO VI, Exh. apost. Paterna cum benevolentia, II. La Iglesia, sacramento de unidad.

[5] Cf BENEDICTO XVI, Encuentro tradicional al principio de la Cuaresma con el clero de la di?cesis de Roma, 2 de marzo de 2006.

[6] Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 21.
Publicado por verdenaranja @ 22:54  | Hablan los obispos
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