Martes, 13 de marzo de 2007
EXHORTACI?N APOST?LICA POSTSINODAL
SACRAMENTUM CARITATIS
DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARIST?A
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISI?N DE LA IGLESIA




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INTRODUCCI?N


1.Sacramento de la caridad,[1] la Sant?sima Eucarist?a es el don que Jesucristo hace de s? mismo, revel?ndonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor ? m?s grande ?, aqu?l que impulsa a ? dar la vida por los propios amigos ? (cf. Jn 15,13). En efecto, Jes?s ? los am? hasta el extremo ? (Jn 13,1). Con esta expresi?n, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jes?s: antes de morir por nosotros en la cruz, ci??ndose una toalla, lava los pies a sus disc?pulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucar?stico Jes?s sigue am?ndonos ? hasta el extremo ?, hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ?Qu? emoci?n debi? embargar el coraz?n de los Ap?stoles ante los gestos y palabras del Se?or durante aquella Cena! ?Qu? admiraci?n ha de suscitar tambi?n en nuestro coraz?n el Misterio eucar?stico!

Alimento de la verdad

2. En el Sacramento del altar, el Se?or va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompa??ndole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Se?or se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que s?lo la verdad nos hace aut?nticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San Agust?n, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve c?mo el hombre se mueve espont?neamente, y no por coacci?n, cuando se encuentra ante algo que lo atrae y le despierta el deseo. As? pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo m?s ?ntimo, el santo obispo exclama: ? ?Ama algo el alma con m?s ardor que la verdad? ?.[2] En efecto, todo hombre lleva en s? mismo el deseo inevitable de la verdad ?ltima y definitiva. Por eso, el Se?or Jes?s, ? el camino, la verdad y la vida ? (Jn 14,6), se dirige al coraz?n anhelante del hombre, que se siente peregrino y sediento, al coraz?n que suspira por la fuente de la vida, al coraz?n que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia s?. ? Jes?s es la estrella polar de la libertad humana: sin ?l pierde su orientaci?n, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se a?sla y se reduce a arbitrio est?ril. Con ?l, la libertad se reencuentra ?.[3] En particular, Jes?s nos ense?a en el sacramento de la Eucarist?a la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. ?sta es la verdad evang?lica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucarist?a, se compromete constantemente a anunciar a todos, ? a tiempo y a destiempo ? (2 Tm 4,2) que Dios es amor.[4] Precisamente porque Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre, invit?ndolo a acoger libremente el don de Dios.

Desarrollo del rito eucar?stico

3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia acci?n del Esp?ritu Santo, admiramos llenos de gratitud c?mo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvaci?n. Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen a?n en los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusi?n del ritual romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san P?o V hasta la renovaci?n lit?rgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebraci?n eucar?stica, como fuente y culmen de su vida y misi?n, resplandece en el rito lit?rgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del S?nodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la gu?a del Esp?ritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo ben?fico que ha tenido para la vida de la Iglesia la reforma lit?rgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecum?nico Vaticano II.[5] El S?nodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar c?mo ha sido su recepci?n despu?s de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado tambi?n las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovaci?n lit?rgica, la cual tiene a?n riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo hist?rico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.[6]

S?nodo de los Obispos y A?o de la Eucarist?a

4. Adem?s, se ha de poner de relieve la relaci?n del reciente S?nodo de los Obispos sobre la Eucarist?a con lo ocurrido en los ?ltimos a?os en la vida de la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El A?o Jubilar se ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucar?stico. No se puede olvidar que el S?nodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido tambi?n preparado, por el A?o de la Eucarist?a, establecido con gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho A?o, iniciado con el Congreso Eucar?stico Internacional de Guadalajara (M?xico), en octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la canonizaci?n de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad eucar?stica: el Obispo J?zef Bilczewski, los presb?teros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino F?lix de Nicosia. Gracias a las ense?anzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta apost?lica Mane nobiscum Domine,[7] y a las valiosas sugerencias de la Congregaci?n para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,[8] las di?cesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucar?stica, para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la adoraci?n eucar?stica, as? como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la Eucarist?a, llegara a los pobres. Por fin, es necesario mencionar la importancia de la ?ltima Enc?clica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9] con la que nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucar?stica y un ?ltimo testimonio del lugar central que este divino
Sacramento ten?a en su vida.

Objeto de la presente Exhortaci?n

5. Esta Exhortaci?n apost?lica postsinodal se propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General del S?nodo de los Obispos ?desde los Lineamenta hasta las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados?, con la intenci?n de explicitar algunas l?neas fundamentales de acci?n orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucarist?a. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a trav?s de los siglos sobre este Sacramento,[10] en el presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales,[11] que el pueblo cristiano profundice en la relaci?n entre el Misterio eucar?stico, el acto lit?rgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucarist?a como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la presente Exhortaci?n con mi primera Carta enc?clica Deus caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucarist?a para subrayar su relaci?n con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al pr?jimo: ? el Dios encarnado nos atrae a todos hacia s?. Se entiende, pues, que el agap? se haya convertido tambi?n en un nombre de la Eucarist?a: en ella el agap? de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros ?.[12]

PRIMERA PARTE


EUCARIST?A,
MISTERIO QUE SE HA DE CREER


??ste es el trabajo que Dios quiere:
que cre?is en el que ?l ha enviado? (Jn6,29)


La fe eucar?stica de la Iglesia

6. ? Este es el Misterio de la fe ?. Con esta expresi?n, pronunciada inmediatamente despu?s de las palabras de la consagraci?n, el sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiraci?n ante la conversi?n sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Se?or Jes?s, una realidad que supera toda comprensi?n humana. En efecto, la Eucarist?a es ? misterio de la fe ? por excelencia: ? es el compendio y la suma de nuestra fe ?.[13] La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucar?stica y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucarist?a. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Se?or resucitado que se produce en los sacramentos: ? La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe ?.[14] Por eso, el Sacramento del altar est? siempre en el centro de la vida eclesial; ? gracias a la Eucarist?a, la Iglesia renace siempre de nuevo ?.[15] Cuanto m?s viva es la fe eucar?stica en el Pueblo de Dios, m?s profunda es su participaci?n en la vida eclesial a trav?s de la adhesi?n consciente a la misi?n que Cristo ha confiado a sus disc?pulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma est? vinculada de alg?n modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucar?stica del Se?or en medio de su pueblo.

Sant?sima Trinidad y Eucarist?a


El pan que baja del cielo

7. La primera realidad de la fe eucar?stica es el misterio mismo de Dios, el amor trinitario. En el di?logo de Jes?s con Nicodemo encontramos una expresi?n iluminadora a este respecto: ? Tanto am? Dios al mundo, que entreg? a su Hijo ?nico, para que no perezca ninguno de los que creen en ?l, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mand? a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por ?l ? (Jn 3,16-17). Estas palabras muestran la ra?z ?ltima del don de Dios. En la Eucarist?a, Jes?s no da ? algo ?, sino a s? mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega as? toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. ?l es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos tambi?n a Jes?s que, despu?s de haber dado de comer a la multitud con la multiplicaci?n de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo hab?an seguido hasta la sinagoga de Cafarna?m: ? Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo ? (Jn 6,32-33); y llega a identificarse ?l mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese pan: ? Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivir? para siempre. Y el pan que yo dar? es mi carne, para la vida del mundo ? (Jn 6,51). Jes?s se manifiesta as? como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.

Don gratuito de la Sant?sima Trinidad

8. En la Eucarist?a se revela el designio de amor que gu?a toda la historia de la salvaci?n (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que en s? mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra condici?n humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comuni?n perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Esp?ritu Santo. Ya en la creaci?n, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusi?n del Esp?ritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en verdaderos part?cipes de la intimidad divina.[16] Jesucristo, pues, ? que, en virtud del Esp?ritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha ? (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucar?stico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe s?lo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El ? misterio de la fe ? es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, tambi?n nosotros hemos de exclamar con san Agust?n: ? Ves la Trinidad si ves el amor ?.[17]
Eucarist?a: Jes?s,
el verdadero Cordero inmolado


La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero

9. La misi?n para la que Jes?s ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia s? (cf. Jn 12,32), antes de ? entregar el esp?ritu ? dice: ? Est? cumplido ? (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y v?lido para siempre. Tambi?n el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb 7,27; 1 Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: ? En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra s? mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma m?s radical ?.[18] En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberaci?n del mal y de la muerte. En la instituci?n de la Eucarist?a, Jes?s mismo habl? de la ? nueva y eterna alianza ?, estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20). Esta meta ?ltima de su misi?n era ya bastante evidente al comienzo de su vida p?blica. En efecto, cuando a orillas del Jord?n Juan Bautista ve venir a Jes?s, exclama: ? ?ste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo ? (Jn 1,19). Es significativo que la misma expresi?n se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitaci?n del sacerdote para acercarse a comulgar: ? ?ste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Se?or ?. Jes?s es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espont?neamente a s? mismo en sacrificio por nosotros, realizando as? la nueva y eterna alianza. La Eucarist?a contiene en s? esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebraci?n.[19]

Instituci?n de la Eucarist?a

10. De este modo llegamos a reflexionar sobre la instituci?n de la Eucarist?a en la ?ltima Cena. Sucedi? en el contexto de una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberaci?n de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolaci?n de los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoraci?n del pasado, pero, al mismo tiempo, tambi?n memoria prof?tica, es decir, anuncio de una liberaci?n futura. En efecto, el pueblo hab?a experimentado que aquella liberaci?n no hab?a sido definitiva, puesto que su historia estaba todav?a demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberaci?n se abr?a as? a la s?plica y a la esperanza de una salvaci?n m?s profunda, radical, universal y definitiva. ?ste es el contexto en el cual Jes?s introduce la novedad de su don. En la oraci?n de alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no s?lo por los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino tambi?n por la propia ? exaltaci?n ?. Al instituir el sacramento de la Eucarist?a, Jes?s anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrecci?n. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la fundaci?n del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jes?s manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrecci?n, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la instituci?n de la Eucarist?a muestra c?mo aquella muerte, de por s? violenta y absurda, se ha transformado en Jes?s en un supremo acto de amor y de liberaci?n definitiva del mal para la humanidad.

Figura transit in veritatem

11. De este modo Jes?s inserta su novum radical dentro de la antigua cena sacrificial jud?a. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisi?n los Padres, figura transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.[20] Con el mandato ? Haced esto en conmemoraci?n m?a ? (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Se?or expresa con estas palabras, por decirlo as?, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la gu?a del Esp?ritu Santo la forma lit?rgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su total entrega no consiste en la simple repetici?n de la ?ltima Cena, sino propiamente en la Eucarist?a, es decir, en la novedad radical del culto cristiano. Jes?s nos ha encomendado as? la tarea de participar en su ? hora ?. ? La Eucarist?a nos adentra en el acto oblativo de Jes?s. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la din?mica de su entrega ?.[21]) ?l ? nos atrae hacia s? ?.[22] La conversi?n sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creaci?n el principio de un cambio radical, como una forma de ? fisi?n nuclear ?, por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo m?s ?ntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformaci?n de la realidad, cuyo t?rmino ?ltimo ser? la transfiguraci?n del mundo entero, el momento en que Dios ser? todo para todos (cf. 1 Co 15,28).

El Esp?ritu Santo y la Eucarist?a


Jes?s y el Esp?ritu Santo

12. Con su palabra, y con el pan y el vino, el Se?or mismo nos ha ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, est? llamada a celebrar d?a tras d?a el banquete eucar?stico en conmemoraci?n suya. Introduce as? el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra en las formas lit?rgicas que la Iglesia, guiada por el Esp?ritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares.[23] A este prop?sito es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo que desempe?a el Esp?ritu Santo en el desarrollo de la forma lit?rgica y en la profundizaci?n de los divinos misterios. El Par?clito, primer don para los creyentes,[24] que act?a ya en la creaci?n (cf. Gn 1,2), est? plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido por la Virgen Mar?a por obra del Esp?ritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc 1,35); al comienzo de su misi?n p?blica, a orillas del Jord?n, lo ve bajar sobre s? en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este mismo Esp?ritu act?a, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por ?l se ofrece a s? mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados ? discursos de despedida ? recopilados por Juan, Jes?s establece una clara relaci?n entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del Esp?ritu a los suyos (cf. Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las se?ales de la pasi?n, ?l infunde el Esp?ritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos part?cipes de su propia misi?n (cf. Jn 20,21). Ser? el Esp?ritu quien ense?e despu?s a los disc?pulos todas las cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), porque corresponde a ?l, como Esp?ritu de la verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). En el relato de los Hechos, el Esp?ritu desciende sobre los Ap?stoles reunidos en oraci?n con Mar?a el d?a de Pentecost?s (cf. 2,1-4), y los anima a la misi?n de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo mismo, en virtud de la acci?n del Esp?ritu, est? presente y operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucarist?a.

Esp?ritu Santo y Celebraci?n eucar?stica

13. En este horizonte se comprende el papel decisivo del Esp?ritu Santo en la Celebraci?n eucar?stica y, en particular, en lo que se refiere a la transustanciaci?n. Todo ello est? bien documentado en los Padres de la Iglesia. San Cirilo de Jerusal?n, en sus Catequesis, recuerda que nosotros ? invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Esp?ritu sobre las ofrendas que est?n ante nosotros, para que ?l transforme el pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Esp?ritu Santo es santificado y transformado totalmente ?.[25] Tambi?n san Juan Cris?stomo hace notar que el sacerdote invoca el Esp?ritu Santo cuando celebra el Sacrificio[26]: como El?as ?dice?, el ministro invoca el Esp?ritu Santo para que, ? descendiendo la gracia sobre la v?ctima, se enciendan por ella las almas de todos ?.[27] Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia m?s claramente de la riqueza de la an?fora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la ?ltima Cena, contiene la ep?clesis, como invocaci?n al Padre para que haga descender el don del Esp?ritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que ? toda la comunidad sea cada vez m?s cuerpo de Cristo ?.[28] El Esp?ritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que re?ne a los fieles ? en un s?lo cuerpo ?, haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.[29]

Eucarist?a e Iglesia


Eucarist?a, principio causal de la Iglesia

14. Por el Sacramento eucar?stico Jes?s incorpora a los fieles a su propia ? hora ?; de este modo nos muestra la uni?n que ha querido establecer entre ?l y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relaci?n entre el origen de Eva del costado de Ad?n mientras dorm?a (cf. Gn 2,21-23) y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sue?o de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, sali? sangre y agua (cf. Jn 19,34), s?mbolo de los sacramentos.[30] El contemplar ? al que atravesaron ? (Jn 19,37) nos lleva a considerar la uni?n causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucarist?a y la Iglesia. En efecto, la Iglesia ? vive de la Eucarist?a ?.(31) Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo que ? hay un influjo causal de la Eucarist?a en los or?genes mismos de la Iglesia ?.(32) La Eucarist?a es Cristo que se nos entrega, edific?ndonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlaci?n entre la Eucarist?a que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucarist?a,(33) la primera afirmaci?n expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucarist?a precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de ? hacer ? la Eucarist?a tiene su ra?z en la donaci?n que Cristo le ha hecho de s? mismo. Descubrimos tambi?n aqu? un aspecto elocuente de la f?rmula de san Juan: ? ?l nos ha amado primero ? (1Jn 4,19). As?, tambi?n nosotros confesamos en cada celebraci?n la primac?a del don de Cristo. En definitiva, el influjo causal de la Eucarist?a en el origen de la Iglesia revela la precedencia no s?lo cronol?gica sino tambi?n ontol?gica del habernos ? amado primero ?. ?l es eternamente quien nos ama primero.

Eucarist?a y comuni?n eclesial

15. La Eucarist?a es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por eso la antig?edad cristiana design? con las mismas palabras Corpus Christiel Cuerpo nacido de la Virgen Mar?a, el Cuerpo eucar?stico y el Cuerpo eclesial de Cristo.(34) Este dato, muy presente en la tradici?n, ayuda a aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El Se?or Jes?s, ofreci?ndose a s? mismo en sacrificio por nosotros, ha preanunciado eficazmente en su donaci?n el misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda plegaria eucar?stica, al invocar al Par?clito, se formule de este modo la oraci?n por la unidad de la Iglesia: ? que el Esp?ritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo ?. Este pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento eucar?stico incluye la unidad de los fieles en la comuni?n eclesial. La Eucarist?a se muestra as? en las ra?ces de la Iglesia como misterio de comuni?n.(35)
Ya en su Enc?clica Ecclesia de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llam? la atenci?n sobre la relaci?n entre Eucarist?a y communio. Se refiri? al memorial de Cristo como la ? suprema manifestaci?n sacramental de la comuni?n en la Iglesia ?.(36) La unidad de la comuni?n eclesial se revela concretamente en las comunidades cristianas y se renueva en el acto eucar?stico que las une y las diferencia en Iglesias particulares, ? in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit ?.(37) Precisamente la realidad de la ?nica Eucarist?a que se celebra en cada di?cesis en torno al propio Obispo nos permite comprender c?mo las mismas Iglesias particulares subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, ? la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucar?stico del Se?or implica la unicidad de su Cuerpo m?stico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro eucar?stico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Se?or se sigue la inserci?n en su Cuerpo, ?nico e indiviso ?.(38) Por este motivo, en la celebraci?n de la Eucarist?a cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva eucar?stica, comprendida adecuadamente, la comuni?n eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza cat?lica.(39) Subrayar esta ra?z eucar?stica de la comuni?n eclesial puede contribuir tambi?n eficazmente al di?logo ecum?nico con las Iglesias y con las Comunidades eclesiales que no est?n en plena comuni?n con la Sede de Pedro. En efecto, la Eucarist?a establece objetivamente un fuerte v?nculo de unidad entre la Iglesia cat?lica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la aut?ntica e ?ntegra naturaleza del misterio de la Eucarist?a. Al mismo tiempo, el relieve dado al car?cter eclesial de la Eucarist?a puede convertirse tambi?n en elemento privilegiado en el di?logo con las Comunidades nacidas de la Reforma.(40)

Eucarist?a y sacramentos


Sacramentalidad de la Iglesia

16. El Concilio Vaticano II ha recordado que ? los dem?s sacramentos, como tambi?n todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, est?n unidos a la Eucarist?a y a ella se ordenan. La sagrada Eucarist?a, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Esp?ritu Santo. As?, los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a s? mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo ?.(41) Esta relaci?n ?ntima de la Eucarist?a con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende en su ra?z cuando se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento.(42) A este prop?sito, el Concilio Vaticano II afirma que ? La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la uni?n ?ntima con Dios y de la unidad de todo el g?nero humano ?.(43) Ella, como dice san Cipriano, en cuanto ? pueblo convocado por el unidad del Padre, del Hijo y del Esp?ritu Santo ?,(44) es sacramento de la comuni?n trinitaria.
El hecho de que la Iglesia sea ? sacramento universal de salvaci?n ?(45) muestra c?mo la ? econom?a ? sacramental determina en ?ltimo t?rmino el modo c?mo Cristo, ?nico Salvador, mediante el Esp?ritu llega a nuestra existencia en sus circunstancias espec?ficas. La Iglesia se recibe y al mismo tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aqu? algunos elementos, se?alados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a comprender la relaci?n de todos los sacramentos con el misterio eucar?stico.

I. Eucarist?a e iniciaci?n cristiana

Eucarist?a, plenitud de la iniciaci?n cristiana

17. Puesto que la Eucarist?a es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la misi?n de la Iglesia, el camino de iniciaci?n cristiana tiene como punto de referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este respecto, como han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho v?nculo que hay entre el Bautismo, la Confirmaci?n y la Eucarist?a.(46) En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucarist?a. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acci?n pastoral una comprensi?n m?s unitaria del proceso de iniciaci?n cristiana. El sacramento del Bautismo, mediante el cual nos conformamos con Cristo,(47) nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta para todos los sacramentos. Con ?l se nos integra en el ?nico Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participaci?n en el Sacrificio eucar?stico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el Bautismo. Los dones del Esp?ritu se dan tambi?n para la edificaci?n del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio evang?lico en el mundo.(48) As? pues, la sant?sima Eucarist?a lleva la iniciaci?n cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida sacramental.(49)

Orden de los sacramentos de la iniciaci?n

18. A este respeto es necesario prestar atenci?n al tema del orden de los Sacramentos de la iniciaci?n. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de Oriente,(50) y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciaci?n de los adultos,(51) a diferencia de la de los ni?os.(52) Sin embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogm?tico, sino de car?cter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qu? praxis puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la Eucarist?a como aquello a lo que tiende toda la iniciaci?n. En estrecha colaboraci?n con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos de iniciaci?n, para ayudar cada vez m?s al cristiano a madurar con la acci?n educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta aut?nticamente eucar?stica, que le haga capaz de dar raz?n de la propia esperanza de modo adecuado en nuestra ?poca (cf. 1 P 3,15).

Iniciaci?n, comunidad eclesial y familia

19. Se ha de tener siempre presente que toda la iniciaci?n cristiana es un camino de conversi?n, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera evangelizaci?n y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la atenci?n de modo especial sobre la relaci?n que hay entre iniciaci?n cristiana y familia. En la acci?n pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de iniciaci?n. Recibir el Bautismo, la Confirmaci?n y acercarse por primera vez a la Eucarist?a, son momentos decisivos no s?lo para la persona que los recibe sino tambi?n para toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participaci?n de sus diversos miembros.(53) Quisiera subrayar aqu? la importancia de la primera Comuni?n. Para tantos fieles este d?a queda grabado en la memoria con raz?n como el primer momento en que, aunque de modo todav?a inicial, se percibe la importancia del encuentro personal con Jes?s. La pastoral parroquial debe valorar adecuadamente esta ocasi?n tan significativa.

II. Eucarist?a y sacramento de la Reconciliaci?n

Su relaci?n intr?nseca

20. Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucarist?a lleva tambi?n a apreciar cada vez m?s el sacramento de la Reconciliaci?n.(54) Debido a la relaci?n entre estos sacramentos, una aut?ntica catequesis sobre el sentido de la Eucarist?a no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado,(55) favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la comuni?n sacramental.(56) En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre tambi?n una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios.(57) Adem?s, la relaci?n entre la Eucarist?a y la Reconciliaci?n nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta tambi?n una herida para la comuni?n eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la Reconciliaci?n, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam baptismus,(58) subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversi?n supone el restablecimiento de la plena comuni?n eclesial, expresada al acercarse de nuevo a la Eucarist?a.(59)

Algunas observaciones pastorales

21. El S?nodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover en su propia di?cesis una firme recuperaci?n de la pedagog?a de la conversi?n que nace de la Eucarist?a, y fomentar entre los fieles la confesi?n frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empe?o y competencia a la administraci?n del sacramento de la Reconciliaci?n.(60) A este prop?sito se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias est?n bien visibles y sean expresi?n del significado de este Sacramento. Pido a los Pastores que vigilen atentamente sobre la celebraci?n del sacramento de la Reconciliaci?n, limitando la praxis de la absoluci?n general exclusivamente a los casos previstos,(61) siendo la celebraci?n personal la ?nica forma ordinaria.(62) Frente a la necesidad de redescubrir el perd?n sacramental, debe haber siempre un Penitenciario (63) en todas las di?cesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para s? o para los difuntos, puede ser una ayuda v?lida para una nueva toma de conciencia de la relaci?n entre Eucarist?a y Reconciliaci?n. Con la indulgencia se gana ? la remisi?n ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa ?.(64) El recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que s?lo con nuestras fuerzas no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno da?an a toda la comunidad; por otra parte, la pr?ctica de la indulgencia, implicando, adem?s de la doctrina de los m?ritos infinitos de Cristo, la de la comuni?n de los santos, ense?a ? la ?ntima uni?n con que estamos vinculados a Cristo, y la gran importancia que tiene para los dem?s la vida sobrenatural de cada uno ?.(65) Esta pr?ctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino de conversi?n y a descubrir el car?cter central de la Eucarist?a en la vida cristiana, ya que las condiciones que prev? su misma forma incluye el acercarse a la confesi?n y a la comuni?n sacramental.

III. Eucarist?a y Unci?n de los enfermos

22. Jes?s no ha enviado solamente a sus disc?pulos a curar a los enfermos (cf.Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que ha instituido tambi?n para ellos un sacramento espec?fico: la Unci?n de los enfermos.(66) La Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16). Si la Eucarist?a muestra c?mo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unci?n de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de s? para la salvaci?n de todos, de tal manera que ?l tambi?n pueda, en el misterio de la comuni?n de los santos, participar en la redenci?n del mundo. La relaci?n entre estos sacramentos se manifiesta, adem?s, en el momento en que se agrava la enfermedad: ? A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, adem?s de la Unci?n de los enfermos, la Eucarist?a como vi?tico ?.(67) En el momento de pasar al Padre, la comuni?n con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de resurrecci?n: ? El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitar? en el ?ltimo d?a ? (Jn 6,54). Puesto que el santo Vi?tico abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepci?n.(68) La atenci?n y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al m?s peque?o se lo hemos hecho a Jes?s mismo (cf. Mt 25,40).

IV. Eucarist?a y sacramento del Orden

In persona Christi capitis

23. La relaci?n intr?nseca entre Eucarist?a y sacramento del Orden se desprende de las mismas palabras de Jes?s en el Cen?culo: ? haced esto en conmemoraci?n m?a ? (Lc 22,19). En efecto, la v?spera de su muerte, Jes?s instituy? la Eucarist?a y fund? al mismo tiempo el sacerdocio de la nueva Alianza. ?l es sacerdote, v?ctima y altar: mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb 5,5-10), v?ctima de expiaci?n (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a s? mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir ? esto es mi cuerpo ? y ? ?ste es el c?liz de mi sangre ? si no es en el nombre y en la persona de Cristo, ?nico sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El S?nodo de los Obispos en otras asambleas trat? ya el tema del sacerdocio ordenado, tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio(69) como a la formaci?n de los candidatos.(70) Ahora, a la luz del di?logo tenido en la ?ltima Asamblea sinodal, creo oportuno recordar algunos valores sobre la relaci?n entre la Eucarist?a y el Orden. Ante todo, se ha de reafirmar que el v?nculo entre el Orden sagrado y la Eucarist?a se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el presb?tero en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia considera la ordenaci?n sacerdotal condici?n imprescindible para la celebraci?n v?lida de la Eucarist?a.(71) En efecto, ? en el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien est? presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su reba?o, sumo sacerdote del sacrificio redentor ?.(72) Ciertamente, el ministro ordenado ? act?a tambi?n en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oraci?n de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucar?stico ?.(73) Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a s? mismos como protagonistas de la acci?n lit?rgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como d?cil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acci?n lit?rgica, obedeciendo y correspondiendo con el coraz?n y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensaci?n de un protagonismo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucar?stico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como dec?a san Agust?n, es amoris officium,(74) es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15).

Eucarist?a y celibato sacerdotal

24. Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio ministerial requiere, mediante la Ordenaci?n, la plena configuraci?n con Cristo. Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado justamente como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos s?lo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la opci?n por el celibato que hacen numerosos presb?teros. En efecto, esta opci?n del sacerdote es una expresi?n peculiar de la entrega que lo conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de s? mismo por el Reino de Dios.(75) El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misi?n hasta el sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido de la tradici?n de la Iglesia latina a este respecto. As? pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en t?rminos meramente funcionales. En realidad, representa una especial conformaci?n con el estilo de vida del propio Cristo. Dicha opci?n es ante todo esponsal; es una identificaci?n con el coraz?n de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la gran tradici?n eclesial, con el Concilio Vaticano II(76) y con los Sumos Pont?fices predecesores m?os,(77) reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que expresa la dedicaci?n total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su car?cter obligatorio para la tradici?n latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegr?a y dedici?n, es una grand?sima bendici?n para la Iglesia y para la sociedad misma.

Escasez de clero y pastoral vocacional

25. A prop?sito del v?nculo entre el sacramento del Orden y la Eucarist?a, el S?nodo se ha detenido sobre la preocupaci?n que ocasiona en muchas di?cesis la escasez de sacerdotes. Esto ocurre no s?lo en algunas zonas de primera evangelizaci?n, sino tambi?n en muchos pa?ses de larga tradici?n cristiana. Ciertamente, una distribuci?n del clero m?s ecu?nime favorecer?a la soluci?n del problema. Es preciso, adem?s, hacer un trabajo de sensibilizaci?n capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia all? d?nde sea necesario, aunque comporte sacrificio.(78) En el S?nodo se ha discutido tambi?n sobre las iniciativas pastorales que se han de emprender para favorecer, sobre todo en los j?venes, la apertura interior a la vocaci?n sacerdotal. Esta situaci?n no se puede solucionar con simples medidas pragm?ticas. Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento vocacional y admitan a la formaci?n espec?fica, y a la ordenaci?n, candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal.(79) Un clero no suficientemente formado, admitido a la ordenaci?n sin el debido discernimiento, dif?cilmente podr? ofrecer un testimonio adecuado para suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ?mbitos.(80) Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye tambi?n la acci?n de sensibilizaci?n de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso a la hip?tesis de la vocaci?n sacerdotal. Que se abran con generosidad al don de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En s?ntesis, hace falta sobre todo tener la valent?a de proponer a los j?venes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.

Gratitud y esperanza

26. Es necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina. Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la confianza de que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando cualquier otra ocupaci?n, se dediquen totalmente a la celebraci?n de los sagrados misterios, a la predicaci?n del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta ocasi?n para dar las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los Obispos y presb?teros que desempe?an fielmente su propia misi?n con dedicaci?n y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia es tambi?n para los di?conos, a los cuales se les impone las manos ? no para el sacerdocio sino para el servicio ?.(81) Como ha recomendado la Asamblea del S?nodo, expreso un agradecimiento especial a los presb?teros fidei donum, que con competencia y generosa dedicaci?n, sin escatimar energ?as en el servicio a la misi?n de la Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida.(82) En fin, hay que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que significa ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de testimonios conmovedores que pueden inspirar a tantos j?venes a seguir a Cristo y a dar su vida por los dem?s, encontrando as? la vida verdadera.

V. Eucarist?a y Matrimonio

Eucarist?a, sacramento esponsal

27. La Eucarist?a, sacramento de la caridad, muestra una particular relaci?n con el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en esta relaci?n es una necesidad propia de nuestro tiempo.(83) El Papa Juan Pablo II ha tenido muchas veces ocasi?n de afirmar el car?cter esponsal de la Eucarist?a y su peculiar relaci?n con el sacramento del Matrimonio: ? La Eucarist?a es el sacramento de nuestra redenci?n. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa ?.(84) Por otra parte, ? toda la vida cristiana est? marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por as? decirlo, como el ba?o de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucarist?a ?.(85) La Eucarist?a corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de cada Matrimonio cristiano. En ?l, por medio del sacramento, el v?nculo conyugal se encuentra intr?nsecamente ligado a la unidad eucar?stica entre Cristo esposo y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento rec?proco que marido y mujer se dan en Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene tambi?n una dimensi?n eucar?stica. En efecto, en la teolog?a paulina, el amor esponsal es signo sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la Cruz, expresi?n de sus ? nupcias ? con la humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro de la Eucarist?a. Por eso, la Iglesia manifiesta una cercan?a espiritual particular a todos los que han fundado sus familias en el sacramento del Matrimonio.(86) La familia ?iglesia dom?stica(87)? es un ?mbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente por el papel decisivo respecto a la educaci?n cristiana de los hijos.(88) En este contexto, el S?nodo ha recomendado tambi?n destacar la misi?n singular de la mujer en la familia y en la sociedad, una misi?n que debe ser defendida, salvaguardada y promovida.(89) Ser esposa y madre es una realidad imprescindible que nunca debe ser menospreciada.

Eucarist?a y unidad del matrimonio

28. Precisamente a la luz de esta relaci?n intr?nseca entre matrimonio, familia y Eucarist?a se pueden considerar algunos problemas pastorales. El v?nculo fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su expresi?n sacramental en la Eucarist?a, se corresponde con el dato antropol?gico originario seg?n el cual el hombre debe estar unido de modo definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5). En este orden de ideas, el S?nodo de los Obispos ha afrontado el tema de la praxis pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica la poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio. Quienes se hallan en dicha situaci?n, y se abren a la fe cristiana, deben ser ayudados a integrar su proyecto humano en la novedad radical de Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste en su condici?n espec?fica y los llama a la plena verdad del amor a trav?s de las renuncias necesarias, en vista de la comuni?n eclesial perfecta. La Iglesia los acompa?a con una pastoral llena de comprensi?n y tambi?n de firmeza,(90) sobre todo ense??ndoles la luz de los misterios cristianos que se refleja en la naturaleza y los afectos humanos.

Eucarist?a e indisolubilidad del matrimonio

29. Puesto que la Eucarist?a expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qu? ella requiere, en relaci?n con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor.(91) Por tanto, es m?s que justificada la atenci?n pastoral que el S?nodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran bastantes fieles que, despu?s de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contra?do nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral dif?cil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes cat?licos. Los Pastores, por amor a la verdad, est?n obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.(92) El S?nodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condici?n de vida contradicen objetivamente esa uni?n de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucarist?a. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, a pesar de su situaci?n, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atenci?n, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participaci?n en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoraci?n eucar?stica, la oraci?n, la participaci?n en la vida comunitaria, el di?logo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas leg?timas sobre la validez del Matrimonio sacramental contra?do, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es preciso tambi?n asegurar, con pleno respeto del derecho can?nico,(93) que haya tribunales eclesi?sticos en el territorio, su car?cter pastoral, as? como su correcta y pronta actuaci?n.(94) En cada di?cesis ha de haber un n?mero suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los tribunales eclesi?sticos. Recuerdo que ? es una obligaci?n grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez m?s cercana a los fieles ?.(95) Sin embargo, se ha de evitar que la preocupaci?n pastoral sea interpretada como una contraposici?n con el derecho. M?s bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que ? se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ?.(96) Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del v?nculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse en vivir su relaci?n seg?n las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; as? podr?n acercarse a la mesa eucar?stica, seg?n las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendici?n de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre del valor del matrimonio.(97)
Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos pa?ses, el S?nodo recomienda tener el m?ximo cuidado pastoral en la formaci?n de los novios y en la verificaci?n previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un discernimiento serio sobre este punto podr? evitar que los dos j?venes, movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabr?an respetar.(98) El bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia fundada sobre ?l, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ?mbito pastoral espec?fico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y protegidas de cualquier equ?voco posible sobre su aut?ntica verdad, porque el da?o que se les hace provoca de hecho una herida a la convivencia humana como tal.

Eucarist?a y escatolog?a


Eucarist?a: don al hombre en camino

30. Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina en el tiempo(99) hacia la plena manifestaci?n de la victoria de Cristo resucitado, tambi?n es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucar?stica, se nos da a pregustar el cumplimiento escatol?gico hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creaci?n (cf. Rm 8,19 ss.). El hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que s?lo el amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perder?a si no fuera posible, ya desde ahora, experimentar algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo hombre, para poder caminar en la justa direcci?n, necesita ser orientado hacia la meta final. Esta meta ?ltima, en realidad, es el mismo Cristo Se?or, vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebraci?n eucar?stica. De este modo, a?n siendo todav?a como ? extranjeros y forasteros ? (1 P 2,11) en este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida resucitada. El banquete eucar?stico, revelando su dimensi?n fuertemente escatol?gica, viene en ayuda de nuestra libertad en camino.

El banquete escatol?gico

31. Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su venida, Jes?s se ha puesto en relaci?n con la expectativa del pueblo de Israel, de toda la humanidad y, en el fondo, de la creaci?n misma. Con el don de s? mismo, ha inaugurado objetivamente el tiempo escatol?gico. Cristo ha venido para congregar al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando claramente la intenci?n de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23,3; 31,10; Lc 1,55.70). En la llamada de los Doce, que tiene una clara relaci?n con las doce tribus de Israel, y en el mandato que se les hace en la ?ltima Cena, antes de su Pasi?n redentora, de celebrar su memorial, Jes?s ha manifestado que quer?a trasladar a toda la comunidad fundada por ?l la tarea de ser, en la historia, signo e instrumento de esa reuni?n escatol?gica, iniciada en ?l. As? pues, en cada Celebraci?n eucar?stica se realiza sacramentalmente la reuni?n escatol?gica del Pueblo de Dios. El banquete eucar?stico es para nosotros anticipaci?n real del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como ? las bodas del cordero ? (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegr?a de la comuni?n de los santos.(100)

Oraci?n por los difuntos

32. La Celebraci?n eucar?stica, en la que anunciamos la muerte del Se?or, proclamamos su resurrecci?n, en la espera de su venida, es prenda de la gloria futura en la que ser?n glorificados tambi?n nuestros cuerpos. La esperanza de la resurrecci?n de la carne y la posibilidad de encontrar de nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en nosotros mediante la celebraci?n del Memorial de nuestra salvaci?n. En esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera recordar a todos los fieles la importancia de la oraci?n de sufragio por los difuntos, y en particular la celebraci?n de santas Misas por ellos,(101) para que, una vez purificados, lleguen a la visi?n beat?fica de Dios. Al descubrir la dimensi?n escatol?gica que tiene la Eucarist?a, celebrada y adorada, se nos ayuda en nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm 5,2; Tt 2,13).

Eucarist?a y la Virgen Mar?a

33. La relaci?n entre la Eucarist?a y cada sacramento, y el significado escatol?gico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de s? misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todav?a en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado encuentra realizaci?n perfecta en la Virgen Mar?a, Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunci?n al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta escatol?gica que el sacramento de la Eucarist?a nos hace pregustar ya desde ahora.
En Mar?a Sant?sima vemos tambi?n perfectamente realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. Mar?a de Nazaret, desde la Anunciaci?n a Pentecost?s, aparece como la persona cuya libertad est? totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada Concepci?n se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la acci?n de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sinton?a con la voluntad divina; conserva en su coraz?n las palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas m?s a fondo (cf. Lc 2,19.51). Mar?a es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandon?ndose a su voluntad.[102] Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicaci?n en la misi?n redentora de Jes?s. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, ? la Bienaventurada Virgen avanz? en la peregrinaci?n de la fe y mantuvo fielmente la uni?n con su Hijo hasta la cruz. All?, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufri? intensamente con su Hijo y se uni? a su sacrificio con coraz?n de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolaci?n de su Hijo como v?ctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al disc?pulo con estas palabras: Mujer, ah? tienes a tu hijo ?.[103] Desde la Anunciaci?n hasta la Cruz, Mar?a es aqu?lla que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya ex?nime, de Aqu?l que de verdad ha amado a los suyos ? hasta el extremo ? (Jn 13,1).

Por esto, cada vez que en la Liturgia eucar?stica nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos tambi?n a Ella que, adhiri?ndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que ? Mar?a inaugura la participaci?n de la Iglesia en el sacrificio del Redentor ?.[104] Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvaci?n. Mar?a de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de c?mo cada uno de nosotros est? llamado a recibir el don que Jes?s hace de s? mismo en la Eucarist?a.




Publicado por verdenaranja @ 23:40  | Habla el Papa
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