Jueves, 15 de marzo de 2007
ZENIT publica la carta que ha enviado Benedicto XVI a la Orden de los camaldulenses con motivo del milenario del nacimiento de san Pedro Dami?n.


Al reverendo padre
GUIDO INNOCENZO GARGANO
Superior del monasterio de
San Gregorio en el Celio

La fiesta de San Pedro Dami?n me brinda la grata ocasi?n de enviar un cordial saludo a todos los miembros de la benem?rita Orden de los Camaldulenses, as? como a los que con admiraci?n se inspiran en la figura y en la obra de este gran testigo del Evangelio, que fue uno de los protagonistas de la historia eclesi?stica medieval y, sin duda, el escritor m?s fecundo del siglo XI.

La celebraci?n del milenario de su nacimiento constituye una ocasi?n muy oportuna para profundizar en los aspectos que caracterizan su poli?drica personalidad de estudioso, eremita, hombre de Iglesia, pero sobre todo enamorado de Cristo. En su existencia, san Pedro Dami?n muestra una feliz s?ntesis entre la vida erem?tica y la actividad pastoral. Como eremita encarna el radicalismo evang?lico y el amor sin reservas a Cristo, tan acertadamente expresados en la Regla de san Benito: "No anteponer nada, absolutamente nada, al amor de Cristo". Como hombre de Iglesia actu? con clarividente sabidur?a, haciendo incluso, cuando era necesario, opciones osadas y valientes. Toda su historia humana y espiritual se desarrolla en la tensi?n entre la vida erem?tica y los compromisos eclesiales.

San Pedro Dami?n fue, ante todo, un eremita; m?s a?n, el ?ltimo teorizador de la vida erem?tica en la Iglesia latina, en el momento mismo en que se consumaba el cisma entre Oriente y Occidente. En su interesante obra titulada Vita Beati Romualdi, nos ha dejado uno de los frutos m?s significativos de la experiencia mon?stica de la Iglesia indivisa. Para ?l la vida erem?tica constituye una fuerte llamada a todos los cristianos al primado de Cristo y a su se?or?o. Es una invitaci?n a descubrir el amor que Cristo, a partir de su relaci?n con el Padre, tiene por la Iglesia; amor que a su vez el eremita debe alimentar, con Cristo, por Cristo y en Cristo, hacia todo el pueblo de Dios. Sinti? tan fuerte la presencia de la Iglesia universal en la vida erem?tica, que en el tratado eclesiol?gico, titulado Dominus vobiscum, escribi? que la Iglesia es al mismo tiempo una en todos y toda en cada uno de sus miembros.

Este gran santo eremita fue tambi?n eminente hombre de Iglesia, que estaba dispuesto a salir del eremitorio para dirigirse a cualquier lugar donde fuera necesaria su presencia para mediar entre contendientes, fueran eclesi?sticos, monjes o simples fieles. Aunque estaba radicalmente concentrado en el unum necessarium, no se sustra?a a las exigencias pr?cticas que el amor a la Iglesia le impon?a. Le impulsaba el deseo de que la comunidad eclesial se mostrara siempre como esposa santa e inmaculada, preparada para su Esposo celestial, y expresaba con intensa ars oratoria su celo sincero y desinteresado por la santidad de la Iglesia. Con todo, despu?s de cada misi?n eclesi?stica, volv?a a la paz del eremitorio de Fonte Avellana y, libre de toda ambici?n, lleg? incluso a renunciar definitivamente a la dignidad cardenalicia para no alejarse de la soledad erem?tica, celda de su existencia escondida en Cristo.

San Pedro Dami?n fue, por ?ltimo, el alma de la Reforma gregoriana, que marc? el paso del primer milenio al segundo, y de la que san Gregorio VII constitu?a el coraz?n y el motor. En concreto, se trat? de llevar a cabo medidas de orden institucional y de ?ndole teol?gica, disciplinar y espiritual, que permitieron en el segundo milenio una mayor libertas Ecclesiae, recuperando la dimensi?n de la gran teolog?a con referencia a los Padres de la Iglesia, y en particular a san Agust?n, san Jer?nimo y san Gregorio Magno.

Con la pluma y la palabra se dirig?a a todos: a sus hermanos eremitas les ped?a la valent?a para una entrega radical al Se?or que se acercara lo m?s posible al martirio. Al Papa, a los obispos y a los eclesi?sticos de alto rango les exig?a un desapego evang?lico de honores y privilegios en el cumplimiento de sus funciones eclesiales. A los sacerdotes les recordaba el ideal alt?simo de su misi?n, que deb?an desempe?ar cultivando la pureza de costumbres y una pobreza personal real.

En una ?poca marcada por particularismos e incertidumbres, porque carec?a de principios unificadores, san Pedro Dami?n, consciente de sus propios l?mites, ?sol?a definirse peccator monachus? transmiti? a sus contempor?neos la convicci?n de que s?lo a trav?s de una constante tensi?n arm?nica entre dos polos fundamentales de la vida ?la soledad y la comuni?n? puede darse un testimonio cristiano eficaz.

?Acaso no vale tambi?n para nuestro tiempo esta ense?anza? Expreso de buen grado el deseo de que la celebraci?n del milenario de su nacimiento no s?lo contribuya a redescubrir la actualidad y la profundidad de su pensamiento y de su acci?n, sino que sea tambi?n ocasi?n propicia para una renovaci?n espiritual personal y comunitaria, recomenzando constantemente de Jesucristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8).

Le aseguro un recuerdo en la oraci?n por usted y por todos los monjes Camaldulenses, a los que env?o una bendici?n apost?lica especial, que hago extensiva a todos los que comparten su espiritualidad.

Vaticano, 20 de febrero de 2007
[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 0:07  | Habla el Papa
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