Domingo, 18 de marzo de 2007
(ZENIT.org).- ?Bienaventurados los mansos porque poseer?n la tierra ? Las bienaventuranzas evang?licas? es el tema de la segunda predicaci?n de Cuaresma que, ante Benedicto XVI y la Curia, pronunci? el viernes, 16 de Marzo de 2007, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., predicador de la Casa Pontificia.

P. Raniero Cantalamessa


?BIENAVENTURADOS LOS MANSOS PORQUE POSEER?N LA TIERRA?
Segunda Predicaci?n de Cuaresma a la Casa Pontificia



1. Qui?nes son los mansos

La bienaventuranza sobre la que deseamos meditar hoy se presta a una observaci?n importante. Dice: ?Bienaventurados los mansos porque poseer?n la tierra?. Pues bien; en otro pasaje del mismo evangelio de Mateo, Jes?s exclama: ?Aprended de m?, que soy manso y humilde de coraz?n? (Mt 11, 29). De ah? deducimos que las bienaventuranzas no son s?lo un buen programa ?tico que el maestro traza para sus disc?pulos; ?son el autorretrato de Jes?s! Es ?l el verdadero pobre, el manso, el puro de coraz?n, el perseguido por la justicia.

Est? aqu? el l?mite de Gandhi en su aproximaci?n al serm?n de la monta?a, que igualmente admiraba mucho. Para ?l, aqu?l podr?a hasta prescindir del todo de la persona hist?rica de Cristo. ?No me importar?a siquiera ?dijo en una ocasi?n- si alguien demostrara que le hombre Jes?s en realidad no vivi? jam?s y cuanto se lee en los Evangelios no es m?s que fruto de la imaginaci?n del autor. Porque el serm?n de la monta?a permanecer?a siempre verdadero ante mis ojos? [1].

Es, al contrario, la persona y la vida de Cristo lo que hace de las bienaventuranzas y de todo el serm?n de la monta?a algo m?s que una espl?ndida utop?a ?tica; hace de ello una realizaci?n hist?rica, de la que cada uno puede sacar fuerza para la comuni?n m?stica que le une a la persona del Salvador. No pertenecen s?lo al orden de los deberes, sino tambi?n al de la gracia.

Para descubrir qui?nes son los mansos proclamados bienaventurados por Jes?s, es ?til pasar revista brevemente a los t?rminos con los que la palabra mansos (praeis) se plasma en las traducciones modernas. El italiano tiene dos t?rminos: ?miti? y ?mansueti?. Este ?ltimo es tambi?n el t?rmino empleado en las traducciones espa?olas, los mansos. En franc?s la palabra se traduce con doux, literalmente ?los dulces?, aquellos que poseen la virtud de la dulzura (no existe en franc?s un t?rmino espec?fico para decir mansedumbre; en el ?Dictionnaire de spiritualit? esta virtud est? expuesta en la voz douceur, dulzura).

En alem?n se alternan diversas traducciones. Lutero traduc?a el t?rmino con Sanftmŋtigen, esto es, mansos, dulces; en la traducci?n ecum?nica de la Biblia, la Eineits Bibel, los mansos son aquellos que no ejercen ninguna violencia -die keine Gewalt anwenden-, por lo tanto los no-violentos; algunos autores acent?an la dimensi?n objetiva y sociol?gica y traducen praeis con Machtlosen, los inermes, los sin poder. El ingl?s vincula habitualmente praeis con the gentle, introduciendo en la bienaventuranza el matiz de gentileza y de cortes?a.

Cada una de estas traducciones evidencia un componente verdadero, pero parcial, de la bienaventuranza. Hay que considerarlas en conjunto y no aislar ninguna, a fin de tener una idea de la riqueza originaria del t?rmino evang?lico. Dos asociaciones constantes, en la Biblia y en la par?nesis cristiana antigua, ayudan a captar el ?sentido pleno? de mansedumbre: una es la que acerca entre s? mansedumbre y humildad, la otra la que aproxima mansedumbre y paciencia; la una saca a la luz las disposiciones interiores de las que brota la mansedumbre, la otra las actitudes que impulsa a tener respecto al pr?jimo: afabilidad, dulzura, gentileza. Son los mismos rasgos que el Ap?stol evidencia hablando de la caridad: ?La caridad es paciente, es servicial, no es envidiosa, no se engr?e...? (1 Co 13, 4-5).

2. Jes?s, el manso

Si las bienaventuranzas son el autorretrato de Jes?s, lo primero que hay que hacer al comentar una de ellas es ver c?mo la vivi?. Los evangelios son, de punta a punta, la demostraci?n de la mansedumbre de Cristo, en su doble aspecto de humildad y de paciencia. ?l mismo, hemos recordado, se propone como modelo de mansedumbre. A ?l Mateo aplica las palabras del Siervo de Dios en Isa?as: ?No disputar? ni gritar?, la ca?a cascada no la quebrar?, ni apagar? la mecha humeante? (Mt 12, 20). Su entrada en Jerusal?n a lomos de un asno se ve como un ejemplo de rey ?manso? que huye de toda idea de violencia y de guerra (Mt 21, 4).

La prueba m?xima de la mansedumbre de Cristo se tiene en su pasi?n. Ning?n gesto de ira, ninguna amenaza. ?Insultado, no respond?a con insultos; al padecer, no amenazaba? (1 P 2, 23). Este rasgo de la persona de Cristo se hab?a grabado de tal forma en la memoria de sus disc?pulos que San Pablo, queriendo exhortar a los corintios por algo querido y sagrado, les escribe: ?Os suplico por la mansedumbre (prautes) y la benignidad (epieikeia) de Cristo? (2 Co 10, 1).

Pero Jes?s hizo mucho m?s que darnos ejemplo de mansedumbre y paciencia heroica; hizo de la mansedumbre y de la no violencia el signo de la verdadera grandeza. ?sta ya no consistir? en alzarse solitarios sobre los dem?s, sobre la masa, sino en abajarse para servir y elevar a los dem?s. Sobre la cruz, dice Agust?n, ?l revela que la verdadera victoria no consiste en hacer v?ctimas, sino en hacerse v?ctima, ?Victor quia victima? [2].

Nietzsche, se sabe, se opuso a esta visi?n, defini?ndola una ?moral de esclavos?, sugerida por el ?resentimiento? natural de los d?biles hacia los fuertes. Predicando la humildad y la mansedumbre, el hacerse peque?os, el poner la otra mejilla, el cristianismo introdujo, en su opini?n, una especie de c?ncer en la humanidad que ha apagado su empuje y ha mortificado su vida... En la introducci?n al libro As? hablaba Zaratustra, la hermana del fil?sofo resum?a as? el pensamiento de su hermano:

??l supone que, por el resentimiento de un cristianismo d?bil y falseado, todo lo que era bello, fuerte, soberbio, poderoso ?como las virtudes procedentes de la fuerza- ha sido proscrito y prohibido, y que por ello han disminuido mucho las fuerzas que promueven y ensalzan la vida. Pero ahora una nueva tabla de valores debe ponerse sobre la humanidad, esto es, el fuerte, el hombre magn?fico hasta su punto m?s excelso, el superhombre, que nos es presentado ahora con arrolladora pasi?n como objetivo de nuestra vida, de nuestra voluntad y de nuestra esperanza? [3].

Desde hace alg?n tiempo se asiste al intento de absolver a Nietzsche de toda acusaci?n, de amansarle y hasta de cristianizarle. Se dice que en el fondo ?l no va contra Cristo, sino contra los cristianos que en ciertas ?pocas predicaron una renuncia fin de s? misma, despreciando la vida y yendo contra el cuerpo... Todos habr?an tergiversado el verdadero pensamiento del fil?sofo, empezando por Hitler... En realidad ?l habr?a sido un profeta de tiempos nuevos, el precursor de la era postmoderna.

Ha quedado, se puede decir, una sola voz que se opone a esta tendencia, la del pensador franc?s Ren? Girard, seg?n el cual todos estos intentos perjudican ante todo a Nietzsche. Con una perspicacia en verdad ?nica, para su tiempo, ?l capt? el verdadero n?cleo del problema, la alternativa irreducible entre paganismo y cristianismo.

El paganismo exalta el sacrificio del d?bil a favor del fuerte y del progreso de la vida; el cristianismo exalta el sacrificio del fuerte a favor del d?bil. Es dif?cil no ver un nexo objetivo entre la propuesta de Nietzsche y el programa hitleriano de eliminaci?n de grupos humanos enteros por el adelanto de la civilizaci?n y la pureza de la raza.

No es por lo tanto s?lo el cristianismo el blanco del fil?sofo, sino tambi?n Cristo. ?Dionisio contra el Crucificado?: ?he ah? la ant?tesis?, exclama en uno de sus fragmentos p?stumos [4].

Girard demuestra que lo que forma el mayor honor de la sociedad moderna ?la preocupaci?n por las v?ctimas, estar de parte del d?bil y del oprimido, la defensa de la vida amenazada- es en realidad un producto directo de la revoluci?n evang?lica que, sin embargo, por un parad?jico juego de rivalidades mim?ticas, es ahora reivindicado por otros movimientos, como conquista propia, incluso en oposici?n al cristianismo [5].

Hablaba la vez pasada de la relevancia hasta social de las bienaventuranzas. La de los mansos es su ejemplo tal vez m?s claro, pero lo que se dice de ella vale, en conjunto, para todas las bienaventuranzas. Son la manifestaci?n de la nueva grandeza, el camino de Cristo a la autorrealizaci?n en la felicidad.

No es verdad que el Evangelio mortifique el deseo de hacer grandes cosas y de sobresalir. Jes?s dice. ?Si uno quiere ser el primero, sea el ?ltimo de todos y el servidor de todos? (Mc 9, 35). Es por lo tanto l?cito, e incluso est? recomendado, querer ser el primero; s?lo que el camino para llegar a ello ha cambiado: no elev?ndose por encima de los dem?s, tal vez aplast?ndoles si son un obst?culo, sino abaj?ndose para elevar a los dem?s consigo.

3. Mansedumbre y tolerancia

La bienaventuranza de los mansos ha pasado a ser de extraordinaria relevancia en el debate sobre religi?n y violencia, encendido despu?s de hechos como el del 11 de septiembre. Ella recuerda, ante todo a nosotros, los cristianos, que el Evangelio no da lugar a dudas. No hay en ?l exhortaciones a la no violencia, mezcladas con exhortaciones contrarias. Los cristianos pueden, en ciertas ?pocas, haber errado sobre ello, pero la fuente es l?mpida y a ella la Iglesia puede volver para inspirarse de nuevo en toda ?poca, segura de no encontrar ah? m?s que verdad y santidad.

El Evangelio dice que ?el que no crea se condenar? (Mc 16, 16), pero en el cielo, no en la tierra, por Dios, no por los hombres. ?Cuando os persigan en una ciudad ?dice Jes?s-, huid a otra? (Mt 10, 23); no dice: ?ponedla a hierro y fuego?. Una vez, dos de sus disc?pulos, Santiago y Juan, que no hab?an sido recibidos en cierto pueblo samaritano, dijeron a Jes?s: ?Se?or, ?quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma??. Jes?s, est? escrito, ?volvi?ndose, les reprendi?. Muchos manuscritos recogen tambi?n el tono del reproche: ?No sab?is de qu? esp?ritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas? (Lc 9, 53-56).

El famoso compelle intrare, ?obligadlos a entrar?, con el que San Agust?n, si bien muy a su pesar [6], justifica su aprobaci?n de las leyes imperiales contra los donatistas [7] y que se utilizar? despu?s para justificar la coerci?n respecto a los herejes, se debe a un forzamiento del texto evang?lico, fruto de una lectura mec?nicamente literal de la Biblia.

La frase la pone Jes?s en boca del hombre que hab?a preparado una gran cena y, ante el rechazo de los invitados a acudir, dice a los siervos que vayan por las calles y las cercas y que ?hagan entrar a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos? (Lc 14, 15-24). Est? claro que obligar no significa otra cosa, en el contexto, que una amable insistencia. Los pobres y los lisiados, como todos los infelices, podr?an sentirse violentos al presentarse con sus trastos en el palacio: venced su resistencia, recomienda el se?or, decidles que no tengan miedo de entrar. Cu?ntas veces, en circunstancias similares, nosotros mismos hemos dicho: ?Me oblig? a aceptar?, sabiendo bien que la insistencia en estos casos es signo de benevolencia, no de violencia.

En un libro-investigaci?n sobre Jes?s que ha suscitado mucho eco ?ltimamente en Italia, se atribuye a Jes?s la frase: ?Pero a aquellos enemigos m?os, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aqu? y matadlos delante de m?? (Lc 19, 27), y se deduce que ?es a frases como ?stas que se remiten los partidarios de la ?guerra santa?? [8]. Pues bien: hay que precisar que Lucas no atribuye tales palabras a Jes?s, sino al rey de la par?bola, y se sabe que no se pueden trasladar de la par?bola a la realidad todos los detalles del relato parab?lico, y que en cualquier caso hay que trasladarlos del plano material al espiritual. El sentido metaf?rico de estas par?bolas es que aceptar o rechazar a Jes?s no carece de consecuencias; es una cuesti?n de vida o muerte, pero vida y muerte espiritual, no f?sica. La guerra santa no tiene nada que ver.

4. Con mansedumbre y respeto

Pero dejemos de lado estas consideraciones de orden apolog?tico y procuremos ver c?mo hacer de la bienaventuranza de los mansos una luz para nuestra vida cristiana. Existe una aplicaci?n pastoral de la bienaventuranza de los mansos que empieza ya con la Primera Carta de Pedro. Se refiere al di?logo con el mundo externo: ?Dad culto al Se?or Cristo en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida raz?n de vuestra esperanza. Pero hacedlo con mansedumbre (prautes) y respeto? (1 P 3,15-16).

Han existido desde la antig?edad dos tipos de apolog?tica; uno tiene su modelo en Tertuliano, otro en Justino; uno se orienta a vencer, el otro a convencer. Justino escribe un Di?logo con el jud?o Trif?n, Tertuliano (o un disc?pulo suyo) escribe un tratado Contra los jud?os, Adversus Judeos. Estos dos estilos han tenido una continuidad en la literatura cristiana (nuestro Giovanni Papini era ciertamente m?s cercano a Tertuliano que a Justino), pero es verdad que hoy es preferible el primero. La enc?clica Deus caritas est del actual Sumo Pont?fice es un ejemplo luminoso de esta presentaci?n respetuosa y constructiva de los valores cristianos que da raz?n de la esperanza cristiana ?con mansedumbre y respeto?.

El m?rtir San Ignacio de Antioquia suger?a a los cristianos de su tiempo, respecto al mundo externo, esta actitud, siempre actual: ?Ante su ira, sed mansos; ante su presunci?n, sed humildes? [9].

La promesa ligada a la bienaventuranza de los mansos -?poseer?n la tierra?- se realiza en diversos planos, hasta la tierra definitiva que es la vida eterna, pero ciertamente uno de los planos es el humano: la tierra son los corazones de los hombres. Los mansos conquistan la confianza, atraen las almas. El santo por excelencia de la mansedumbre y de la dulzura, San Francisco de Sales, sol?a decir: ?Sed lo m?s dulces que pod?is y recordad que se atrapan m?s moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre?.

5. Aprended de m?

Se podr?a insistir largamente sobre estas aplicaciones pastorales de la bienaventuranza de los mansos, pero pasemos a una aplicaci?n m?s personal. Jes?s dice: ?Aprended de m? que soy manso?. Se podr?a objetar: ?pero Jes?s no se mostr?, ?l mismo, siempre manso! Dice por ejemplo que no hay que oponerse al malvado, y que ?al que te abofetee en la mejilla derecha, ofr?cele tambi?n la otra? (Mt 5, 39). Pero cuando uno de los guardias le golpea en la mejilla, durante el proceso en el Sanedr?n, no est? escrito que ofreci? la otra, sino que con calma respondi?: ?Si he hablado mal, declara lo que est? mal; pero si he hablado bien, ?por qu? me pegas?? (Jn 18, 23).

Esto significa que no todo, en el serm?n de la monta?a, hay que tomarlo mec?nicamente a la letra; Jes?s, seg?n su estilo, utiliza hip?rboles y un lenguaje figurativo para grabar mejor en la mente de los disc?pulos determinada idea. En el caso de poner la otra mejilla, por ejemplo, lo importante no es el gesto de ofrecerla (que a veces hasta puede parecer provocador), sino el de no responder a la violencia con otra violencia, vencer la ira con la serenidad.

En este sentido, su respuesta al guardia es el ejemplo de una mansedumbre divina. Para medir su alcance, basta con compararla a la reacci?n de su ap?stol Pablo (que era un santo) en una situaci?n an?loga. Cuando, en el proceso ante el Sanedr?n, el sumo sacerdote Anan?as ordena golpear a Pablo en la boca, ?l responde: ?Dios te golpear? a ti, pared blanqueada? (Hch 23, 2-3).

Hay que aclarar otra duda. En el mismo serm?n de la monta?a, Jes?s dice: ?El que llame a su hermano ?imb?cil?, ser? reo ante el Sanedr?n; y el que le llame renegado, ser? reo de la gehenna de fuego? (Mt 5, 22). Varias veces en el Evangelio ?l se dirige a los escribas y fariseos llam?ndoles ?hip?critas, insensatos y ciegos? (Mt 23, 17); reprocha a los disc?pulos llam?ndoles ?insensatos y tardos de coraz?n? (Lc 24, 25).

Tambi?n aqu? la explicaci?n es sencilla. Hay que distinguir entre la injuria y la correcci?n. Jes?s condena las palabras dichas con rabia y con intenci?n de ofender al hermano, no las que se orientan a hacer tomar conciencia del propio error y a corregir. Un padre que dice su hijo: ?eres un indisciplinado, un desobediente?, no pretende ofenderle, sino corregirle. Mois?s es definido por la Escritura como ?m?s manso que cualquier hombre sobre la tierra? (Nm 12,3); con todo, en el Deuteronomio le o?mos exclamar, dirigido a Israel: ??As? pag?is a Yahveh, pueblo insensato y necio?? (Dt 32, 6).

Lo decisivo es si quien habla lo hace por amor o por odio. ?Ama y haz lo que quieras?, dec?a San Agust?n. Si amas, ya corrijas, ya lo dejes pasar, ser? amor. El amor no hace ning?n da?o al pr?jimo; de la ra?z del amor, como de un ?rbol bueno, no pueden m?s que nacer frutos buenos [10]

6. Mansos de coraz?n

Hemos llegado as? al terreno propio de la bienaventuranza de los mansos, el coraz?n. Jes?s dice: ?Aprended de m? que soy manso y humilde de coraz?n?. La verdadera mansedumbre se decide ah?. Es del coraz?n, dice, que proceden los homicidios, maldades, calumnias (Mc 7, 21-22), como de las agitaciones internas del volc?n se expulsan lava, cenizas y material incandescente. Las mayores explosiones de violencia, como las guerras y conflictos, empiezan, como dice Santiago, secretamente desde las ?pasiones que se agitan dentro del coraz?n del hombre? (St 4, 1-2). Igual que existe un adulterio del coraz?n, existe un homicidio del coraz?n: ?El que odia a su propio hermano ?escribe Juan-, es un homicida? (1 Jn 3, 15).

No existe s?lo la violencia de las manos; existe tambi?n la de los pensamientos. Dentro de nosotros, si prestamos atenci?n, se desarrollan casi continuamente ?procesos a puerta cerrada?. Un monje an?nimo tiene p?ginas de gran penetraci?n al respecto. Habla como monje, pero lo que dice no vale s?lo para los monasterios; apunta el ejemplo de los s?bditos, pero es evidente que el problema se plantea de otro modo tambi?n para los superiores.

?Observa -dice-, aunque sea por un d?a, el curso de tus pensamientos: te sorprender? la frecuencia y la vivacidad de tus cr?ticas internas con interlocutores imaginarios, y si no con los que te son cercanos. ?Cu?l es habitualmente su origen? ?ste: el descontento a causa de los superiores que no nos quieren, no nos estiman, no nos entienden; son severos, injustos o demasiado cerrados con nosotros o con otros ?oprimidos?. Estamos descontentos de nuestros hermanos, ?sin comprensi?n, obstinados, bruscos, desordenados o injuriosos...?. Entonces en nuestro esp?ritu se crea un tribunal en el que somos fiscal, presidente, juez y jurado; raramente abogado, m?s que en nuestro favor. Se exponen los agravios; se pesan las razones; se defiende, se justifica; se condena al ausente. Tal vez se elaboran planes de revancha o trampas vengativas... ? [11].

Los Padres del desierto, al no tener que luchar contra enemigos externos, hicieron de esta batalla interior contra los pensamientos (los famosos logismoi) el banco de prueba de todo progreso espiritual. Tambi?n elaboraron un m?todo de lucha. Nuestra mente, dec?an, tiene la capacidad de preceder el desarrollo de un pensamiento, de conocer, desde el principio, ad?nde ir? a parar: si a disculpar al hermano o a condenarle, si a la gloria propia o a la gloria de Dios. ?Tarea del monje ?dec?a un anciano- es ver llegar de lejos los propios pensamientos? [12], se entiende que para cerrarles camino, cuando no son conformes a la caridad. La manera m?s sencilla de hacerlo es decir una breve oraci?n o enviar una bendici?n hacia la persona que tenemos tentaci?n de juzgar. Despu?s, con la mente serena, se podr? valorar si y c?mo actuar respecto a aquella.

7. Revestirse de la mansedumbre de Cristo

Una observaci?n antes de concluir. Por su naturaleza, las bienaventuranzas est?n orientadas a la pr?ctica; llaman a la imitaci?n, acent?an la obra del hombre. Existe el riesgo de desalentarse al constatar la incapacidad de llevarlas a cabo en la propia vida y la distancia abismal que existe entre el ideal y la pr?ctica.

Se debe recordar lo que se dec?a al inicio: las bienaventuranzas son el autorretrato de Jes?s. ?l las vivi? todas en grado sumo; pero ?y aqu? est? la buena noticia- no las vivi? s?lo para s?, sino tambi?n para todos nosotros. Respecto a las bienaventuranzas, estamos llamados no s?lo a la imitaci?n, sino tambi?n a la apropiaci?n. En la fe podemos beber de la mansedumbre de Cristo, como de su pureza de coraz?n y de cualquier otra virtud suya. Podemos orar para tener la mansedumbre, como Agust?n oraba para tener la castidad: ?Oh Dios, t? me mandas que sea manso; dame lo que mandas y m?ndame lo que quieras? [13].

?Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entra?as de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre (prautes), paciencia ? (Col 3, 12), escribe el Ap?stol a los colosenses. La mansedumbre y la bondad son como un vestido que Cristo nos ha merecido y del que, en la fe, podemos revestirnos, no para ser dispensados de la pr?ctica, sino para animarnos a ella. La mansedumbre (prautes) es situada por Pablo entre los frutos del Esp?ritu (Ga 5, 23), esto es, entre las cualidades que el creyente muestra en la propia vida, cuando acoge al Esp?ritu Santo y se esfuerza por corresponder.

Podemos, por lo tanto, terminar repitiendo juntos con confianza la bella invocaci?n de las letan?as del Sagrado Coraz?n: ?Jes?s, manso y humilde de coraz?n, haz nuestro coraz?n semejante al tuyo?: Jesu, mitis et humilis corde: fac cor nostrum secundum cor tutum.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit]

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[1] Gandhi, Buddismo, Cristianesimo, Islamismo, Roma, Tascabili Newton Compton, 1993, p. 53.
[2] S. Agostino, Confessioni, X, 43.
[3] Introduzione all?edizione tascabile di Also sprach Zarathustra del 1919.
[4] F. Nietzsche, Opere complete, VIII, Frammenti postumi 1888-1889, Adelphi, Milano 1974, p. 56.
[5] R. Girard, Vedo Satana cadere come folgore, Milano, Adelphi, 2001, pp. 211-236.
[6] S. Agostino, Epistola 93, 5: ?Dapprima ero del parere che nessuno dovesse essere condotto per forza all?unit? di Cristo, ma si dovesse agire solo con la parola, combattere con la discussione, convincere con la ragione?.
[7] Cf. S. Agostino, Epistole 173, 10; 208, 7.
[8] Corrado Augias ? Mauro Pesce, Inchiesta su Ges?. Mondadori, Milano 2006, p.52.
[9] S. Ignazio d?Antiochia, Agli Efesini, 10,2-3.
[10] S. Agostino, Commento alla Prima Lettera di Giovanni 7,8 (PL 35, 2023)
[11] Un monaco, Le porte del silenzio, Ancora, Milano 1986, p. 17 (Originale: Les porte du silence, Libraire Claude Martigny, Gen?ve).
[12] Detti e fatti dei Padri del deserto, a cura di C. Campo e P. Draghi, Rusconi, Milano 1979, p. 66.
[13] Cf. S. Agostino, Confessioni, X, 29.
Publicado por verdenaranja @ 0:06  | Espiritualidad
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