Domingo, 25 de marzo de 2007



Alfonso Aguil?
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Sus padres, un hermano y su mujer hab?an muerto en las c?maras de gas. ?l mismo hab?a sido torturado y sometido a innumerables humillaciones. Durante meses, nunca pudo estar seguro de si al momento siguiente lo llevar?an tambi?n a la c?mara de gas, o se quedar?a de nuevo entre los que se salvaban, o sea, entre aquellos que luego ten?an que llevar los cuerpos a los hornos crematorios, y retirar despu?s sus cenizas.

Victor Frankl hab?a nacido en Viena pero era de origen jud?o, y eso precisamente le hab?a conducido hasta aquellos campos de concentraci?n nazis de la Segunda Guerra Mundial. All? experiment? en su propia carne la dura realidad de una tragedia que asombr? y asombra a?n al mundo entero. Fue testigo y v?ctima de un gigantesco desprecio por el hombre, de todo un c?mulo de vejaciones y hechos repugnantes que, por su dimensi?n y su crueldad, constituyeron una triste y dura novedad en la historia.

Frankl era un psiquiatra joven, formado en la tradici?n de la escuela freudiana, y fiel a sus principios, era determinista de convicci?n. Pensaba que aquello que nos sucede de ni?os marca nuestro car?cter y nuestra personalidad, de tal manera que nuestro modo de entender las cosas y de reaccionar ante ellas queda ya esencialmente fijado para el futuro, sin que podamos hacer mucho por cambiarlo.

Sin embargo, aquel d?a, estando desnudo y solo en una peque?a habitaci?n, Frankl empez? a tomar conciencia de lo que denomin? la libertad ?ltima, un reducto de su libertad que jam?s podr?an quitarle. Sus vigilantes pod?an controlar todo en torno a ?l. Pod?an hacer lo que quisieran con su cuerpo. Pod?an incluso quitarle la vida. Pero su identidad b?sica quedar?a siempre a salvo, s?lo a merced de ?l mismo.

Comprendi? entonces con una nueva luz que ?l era un ser autoconsciente, capaz de observar su propia vida, capaz de decidir en qu? modo pod?a afectarle todo aquello. Entre lo que estaba sucediendo y lo que ?l hiciera, entre los est?mulos y su respuesta, estaba por medio su libertad, su poder para cambiar esa respuesta.

Fruto de estos pensamientos, Frankl se esforz? por ejercitar esa parcela suya de libertad interior que ?aunque estuviera sometida a tantas tensiones? era decisivo mantener intacta. Sus carceleros ten?an una mayor libertad exterior, ten?an m?s opciones entre las que elegir. Pero ?l pod?a tener m?s libertad interior, m?s poder interno para decidir acertadamente entre las pocas opciones que se presentaban a su elecci?n.

Gracias a esa actitud mental, Frankl encontr? fuerzas para permanecer fiel a s? mismo. Y se convirti? as? en un ejemplo para quienes le rodeaban, incluso para algunos de los guardias. Ayud? a otros a encontrar sentido a su sufrimiento. Les alent? para que mantuvieran su dignidad de hombres dentro de aquella terrible vida de los campos de exterminio. Su vida, precisamente en aquel momento de tanto desprecio por el hombre, de un desprecio como quiz? nunca lo hab?a habido, all?, en medio de unas circunstancias en que una vida humana no val?a nada, precisamente entonces, la vida de este hombre se hizo especialmente valiosa.

En las m?s degradantes circunstancias imaginables, Frankl comprendi? con mayor hondura un principio fundamental de la naturaleza humana: entre el est?mulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir. Una libertad que nos singulariza como seres humanos. Ni siquiera los animales m?s desarrollados tienen ese recurso: est?n programados por el instinto o el adiestramiento, y no pueden dirigir en nada ese programa, ni cambiarlo; es m?s, ni siquiera tienen conciencia de que exista.

En cambio, los hombres, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, podemos formular nuestros propios programas, proponernos proyectos en la vida y alcanzarlos. Podemos elevarnos por encima de nuestros instintos, de nuestros condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos condicionamientos no influyan, porque s? influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar nuestra libertad. Y son esas dotes espec?ficamente humanas las que nos elevan por encima del mundo animal: en la medida en que las ejercitamos y desarrollamos, estamos ejercitando y desarrollando nuestro potencial humano.



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