S?bado, 07 de abril de 2007
Art?culo publicado en EL D?A escrito por el padre Fernando Lorente, o.h.

A Tiempo Fernando Lorente, O.H.*


C?mo vivir los d?as de "Semana Santa"


HAY UNA PALABRA en el credo cristiano que en s? lo re?ne todo: revelaci?n y misterio, el plan de Dios y el destino del ser humano: "crucificado". Con la Cruz lleg? la hora para decirnos: "En esto hemos conocido la caridad de Dios, el que dio su vida por nosotros en la cruz" (Jn.)

Entre los d?as que comprende la Semana Santa de la Iglesia Cat?lica est? el Viernes Santo. Este d?a los cristianos celebramos la Pasi?n del Se?or y la gloria de la Cruz. Y lo celebramos con sinceridad y eficacia santificadora y apost?lica en la medida en que constituye un h?bito perseverante de nuestro esfuerzo personal y comunitario a Jes?s en la sublime entrega de su vida para cumplir la voluntad del Padre. Para conseguirlo, hemos de recordar y vivir el testimonio de San Pablo: "Que pidamos la gracia de llegar a conocer, mediante la Iglesia, la inescrutable riqueza de Cristo y dar a conocer a todos c?mo se ha dispensado el Misterio escondido desde los siglos en Dios (cf. Ef. 3,9-10). En este d?a, contemplamos c?mo Jes?s sale de su agon?a en el huerto de los olivos y sabe qu? va a hacer. El libro de Isa?as y la pasi?n de S. Juan nos presentan a Jes?s, en este d?a, como el Siervo obediente. Y San Pablo, c?mo quien a pesar de ser Hijo, sufriendo, aprendiendo a obedecer, y convirti?ndose para todos los que le obedecen en autor de salvaci?n eterna.

Nos resulta dif?cil preguntarnos: ?Qu? estoy haciendo con mi vida y qu? busco en definitiva, qu? espero de ella y qu? he de hacer para ser m?s libre y humano? Tomarse un tiempo para escuchar a Dios puede parecer a muchos un juego para personas desocupadas, una evasi?n noble para gentes incapaces de enfrentarse a sus verdaderos problemas, un entretenimiento para quienes no saben disfrutar de la vida de otra manera. Y, sin embargo, qu? acertada resulta la afirmaci?n de S. Agust?n: "Dios llena los corazones, no los bolsillos".

Jes?s, con este lenguaje de la Cruz, congrega a los suyos, siempre por este camino de oscuridad como misterio a descubrir e interpretar a la luz de la fe divina Cristo, como Siervo por amor al Padre, entrega su vida y muere por nosotros. All?, en la Cruz, retiene a su Madre dolorosa, nos acercamos sin turbaci?n a aquel mal del hombre que Cristo redime. As?, podemos gustar y repetir sabore?ndolas las palabras de S. Ignacio de Antioqu?a: "Mi amor est? clavado en una Cruz". (ad. Rom. 7). Por este camino de reflexi?n y oraci?n llegaremos a comprender el misterio de la Cruz de Cristo, que es tomar parte en ?l. Es llevar la cruz de cada d?a, sabiendo que la carne es flaca, dej?ndose invadir por Cristo en todas las acciones vitales para el cristiano, como de s? afirmaba S. Pablo: "Con Cristo estoy crucificado" (Cf. 2,20). Esto se recoge en la oraci?n ante la cruz, a nuestros hermanos, que necesitan perd?n y a tantos oprimidos por la injusticia y la marginaci?n, hasta hacer propias las culpas y sufrimientos de toda la humanidad. Es, tambi?n, contemplar de tal manera a Jes?s crucificado, con mirada de coraz?n, que reconozcamos en ?l nuestra propia carne. Es asumir con ?l esa mezcla de dolores y dulzuras, con el estilo que han tenido los santos. A los pies de la cruz de Cristo cobramos fuerzas en la contrariedad, humildad para vencer la presunci?n, entereza para romper v?nculos que impidan el desarrollo de la vida cristiana. Como bien dec?a Santa Teresa, a los que Dios mucho quiere lleva por el camino del trabajo. El Se?or sale as? al encuentro de nuestro d?bil esfuerzo asc?tico, con pruebas y privaciones. Al mismo tiempo, no debemos olvidar que el contexto en el que vivimos no ofrece espacio de sosiego a la vida interior. Pero, aparte de la oraci?n comunitaria y lit?rgica, los cristianos debemos procurarlos, construy?ndonos nuestro propio desierto interior, acotando ese ?mbito de paz, de silencio, soledad, en los que debemos introducir todos los d?as, donde la oraci?n y vida cristiana concuerdan mutuamente. Los cristianos hemos de saber discernir estas situaciones en el n?cleo m?s ?ntimo de nuestro ser.

Recordemos del Concilio Vaticano II estas palabras, con las que da comienzo este acontecimiento tan hist?rico: "Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Concilio, reunido en el Esp?ritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura. Con la claridad que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, signo e instrumento de la uni?n ?ntima con Dios y de la unidad de todo el g?nero humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo, con mayor precisi?n, su naturaleza y su misi?n universal... Las condiciones de nuestra ?poca hacen m?s urgentes ese deber de la Iglesia, el que todos los hombres que hoy est?n m?s ?ntimamente unidos con m?ltiples v?nculos sociales, t?cnicos, pol?ticos y culturales, consigan tambi?n la unidad completa en Cristo". (LG 1).

La misi?n de la Iglesia no puede ser m?s esclarecedora a la luz de esta doctrina conciliar: Es el ?mbito en el que no cesa de llevarse a cabo en el tiempo la obra salvadora de Cristo, principio inmediato de pacificaci?n con uno mismo y con los hermanos. Y el primer fruto de la Cruz por la que opera la reconciliaci?n con Dios es la "paz del coraz?n", inseparable de la reconciliaci?n a la que est?n llamadas todas las personas entre s?. Por eso, en presencia de Cristo crucificado, hemos de discernir si vivimos sin participar de la Cruz o vamos siguiendo su misma imagen hacia el hombre nuevo. S. Pablo nos da esta afirmaci?n: "Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Se?or, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez m?s gloriosa. As? es como act?a el Se?or. (Cf. II Cor 3,18). Aqu?, la novedad del sacrificio de Jes?s en la Cruz es la ofrenda al Padre de su propia vida hasta la muerte. Y por eso, al ofrecerse al Padre de una vez para siempre, como v?ctima sin falta, consigui? la liberaci?n para todos. De aqu? arranca constitutivamente la vida cristiana: "Vivid en el amor como Cristo os am? y se entreg? por vosotros...". (Ef 5,2).

La victoria de Cristo en esta misi?n redentora abre nuestra vida terrena, encerrada en la muerte y el pecado, hacia el futuro que, en esperanza, ya es presente. Y por eso, si en la existencia cristiana la fe ocupa el primer lugar, y por medio de la fe el hombre encuentra el sendero de la verdadera vida, la esperanza lo mantiene en ?l y lo convierte en certeza, en cuanto que es conductora hacia su objetivo, un Dios y Se?or del futuro. El motivo que da a la esperanza teologal su inquebrantable firmeza es la ayuda indefectible de la gracia del Se?or, que nos ha prometido la vida eterna (cf. Ttl,2) a pesar de nuestros pecados, por la bondad misericordiosa de Dios que halla en nuestra miseria la ocasi?n para manifestarse mejor.

Somos cierre, por tanto, emigrantes a punto de partir hacia ese estado eterno. Pero antes, desde la caducidad y la muerte, esta esperanza de un futuro com?n ser?a imperfecta si no incluyera la solidaridad en Cristo con los hermanos. En todos los momentos y lugares en donde se celebre la Eucarist?a, Cristo asocia la Iglesia a su sacrificio redentor, y a ella la obra de cada cristiano. Y, al participar en la Eucarist?a, somos ofrecidos por Jesucristo al Padre, unidos en un solo cuerpo con Cristo. Por esto, toda la existencia del cristiano se ha de transformar en una existencia de la fe ofrecida y entregada en esperanza y caridad teologales.

El que se hace presente en la Eucarist?a no es propiamente aquel personaje hist?rico que vivi? hace m?s de dos mil a?os y se llam? Jes?s de Nazaret, sino el que vive ahora resucitado y lleno de vida. Ese Cristo resucitado que alimenta hoy la vida de los creyentes en ?l. La Eucarist?a es una forma permanente de aparici?n pascual para los cristianos de todas las ?pocas.

Esta reflexi?n del Viernes Santo nos hace considerar que la Eucarist?a, actualizaci?n sacramental, es el ?nico sacrificio de la Nueva Alianza por la comuni?n del Cuerpo y la Sangre de Cristo glorioso, establece y equilibra entre los creyentes la unidad fraterna promoviendo cuanto pueda entre los hombres una vida m?s serena, seg?n nuestra condici?n de peregrinos. La garant?a de que todo esto tiene futuro es nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado, que nos da el derecho a la ?ltima esperanza, la certeza en Dios: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida". (1 Jn 3,14).

* Capell?n de la Cl?nica San Juan de Dios
Publicado por verdenaranja @ 1:40  | Art?culos de inter?s
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios