Domingo, 08 de abril de 2007
D?a 8 Domingo de Pascua de la Resurrecci?n del Se?or



Resurrecci?n: una alegr?a sin barreras

El Evangelio seg?n san Juan nos narra con bastante detenimiento lo sucedido el primer d?a de la semana, el siguiente al s?bado, el d?a en que resucit? el Se?or. Este hecho fue de tal trascendencia para la naciente Iglesia que origin? el cambio, no poco importante, del d?a especialmente dedicado a Dios. El d?a del culto por excelencia no fue ya el s?bado para los cristianos, sino el dies dom?nica, d?a del Se?or, el domingo.

Este cambio era necesario, no s?lo para marcar con claridad la diferencia entre la antigua ley ?que hab?a preparado la venida del Mes?as? y la ley de la fe en el Dios Trino; era preciso, sobre todo, para afirmar sin paliativos la ley de la Gracia, una nueva econom?a de la salvaci?n, por la cual los hombres, injertados en Cristo, somos verdaderamente familia de Dios. Era importante significar que los preceptos del pasado no eran ya necesarios, toda vez que Jesucristo hab?a saldado sobradamente con su sacrificio la deuda de nuestros pecados. En adelante, aplic?ndose en el cristiano los m?ritos de la Cruz, agradamos a Dios como un hijo bueno a su padre.

Hijos de Dios. ?Portadores de la ?nica llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del ?nico fulgor, en el que nunca podr?n darse oscuridades, penumbras ni sombras.
?El Se?or se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna.


As? leemos en "Forja". Esa luz del convencimiento firme de nuestra filiaci?n divina, alumbra a cada uno en primer lugar. Inundar a otros de alegr?a, transmitirles la propia riqueza, es algo espont?neo, manifestaci?n del esplendor y seguridad que provoca la fe en quien la vive. El fuego no puede sino quemar, como la luz necesariamente ilumina. Tambi?n es cierto que el agua apaga y la suciedad contamina lo que le rodea. Seamos luz ardiente de Dios, ricos, entusiasmados por gozar del mayor Amor, y con el deseo ?que casi no hay que proponerse? de que muchos m?s sean felices de verdad.

Antes que los Ap?stoles, supo de la resurrecci?n del Se?or Mar?a Magdalena. Por los otros evangelios sabemos de su alegr?a al conocer que Jes?s viv?a. Entonces ech? a correr, fue a Sim?n Pedro y al otro disc?pulo al que Jes?s amaba... "Ech? a correr...", dice san Juan. Como nosotros cuando descubrimos algo estupendo. Enseguida nos vienen a la cabeza personas queridas y nos apresuramos a compartir la alegr?a, porque deseamos que sean tambi?n muy felices.

F?cilmente nos podemos imaginar el efecto inmediato de la "onda expansiva" provocada por esta mujer y los dos primeros disc?pulos que se acercaron al sepulcro a primera hora del domingo. En muy poco tiempo, todos: los otros ap?stoles y las dem?s mujeres que acompa?aron al Se?or, sabr?an la noticia. Y, a continuaci?n, otros m?s que apreciaban a Jes?s en Jerusal?n, aunque no le siguieron tan de cerca. Era la consecuencia natural de un entusiasmo que se transmite.

Muy pronto, por algunos de la guardia que custodiaba el sepulcro, lleg? tambi?n la noticia a los que hab?an planeado y logrado la muerte de Jes?s; que, seg?n san Mateo, reunidos con los ancianos, despu?s de haberlo acordado, dieron una buena suma de dinero a los soldados con el encargo de decir: Sus disc?pulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dorm?amos. Es muy diferente, como vemos, la reacci?n de los que han decidido dejar al Se?or de lado. El empe?o por mantener a toda costa su actitud de siempre les lleva a falsear lo evidente por cualquier medio, no importa si correcto o no.

La verdad incontestable de la resurrecci?n de Jes?s, p?blicamente ejecutado como un malhechor, se impon?a necesariamente en el pueblo y confirmaba en la fe a los disc?pulos tras el desencanto por la aparente derrota del Calvario. Cristo mismo, resucitado, vivifica ya a los suyos. No hay fuerza ?no puede haberla? capaz de contener el triunfo del Hijo de Dios actuando en sus fieles: su Reino no tendr? fin, dijo el ?ngel a Mar?a; y las puertas del infierno no prevalecer?n contra Ella, prometi? Jes?s a Pedro, refiri?ndose a la Iglesia. No son nuestros buenos prop?sitos, nuestras disposiciones de fidelidad, ni la grandes cualidades que puedan tener algunos cristianos, la garant?a del triunfo final de los cristianos en la historia. Es el propio Cristo, Dios hecho hombre por amor a los hombres, el garante de nuestra victoria definitiva.

Como Mar?a, conscientes de nuestra debilidad y del poder divino en favor de sus hijos, proclamamos que ha hecho en cada uno cosas grandes el que es Todopoderoso y las har? hasta el fin de los tiempos.


Publicado por verdenaranja @ 2:09  | Espiritualidad
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