Domingo, 08 de abril de 2007
Homil?a que pronunci? el Santo Padre el Papa el domingo de Resurrecci?n, 8 de Abril de 2007.

Hermanos y hermanas del mundo entero,

?Hombres y mujeres de buena voluntad!

?Cristo ha resucitado! ?Paz a vosotros! Se celebra hoy el gran misterio, fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jes?s de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer d?a, seg?n las Escrituras. El anuncio dado por los ?ngeles, al alba del primer d?a despu?s del s?bado, a Maria la Magdalena y a las mujeres que fueron al sepulcro, lo escuchamos hoy con renovada emoci?n: "?Por qu? busc?is entre los muertos al que vive? No est? aqu?, ha resucitado!" (Lc 24,5-6).

No es dif?cil imaginar cuales ser?an, en aquel momento, los sentimientos de estas mujeres: sentimientos de tristeza y desaliento por la muerte de su Se?or, sentimientos de incredulidad y estupor ante un hecho demasiado sorprendente para ser verdadero. Sin embargo, la tumba estaba abierta y vac?a: ya no estaba el cuerpo. Pedro y Juan, avisados por las mujeres, corrieron al sepulcro y verificaron que ellas ten?an raz?n. La fe de los Ap?stoles en Jes?s, el Mes?as esperado, hab?a sufrido una dura prueba por el esc?ndalo de la cruz. Durante su detenci?n, condena y muerte se hab?an dispersado, y ahora se encontraban juntos, perplejos y desorientados. Pero el mismo Resucitado se hizo presente ante su sed incr?dula de certezas. No fue un sue?o, ni ilusi?n o imaginaci?n subjetiva aquel encuentro; fue una experiencia verdadera, aunque inesperada y justo por esto particularmente conmovedora. "Entr? Jes?s, se puso en medio y les dijo: ?Paz a vosotros?" (Jn 20,19).

Ante aquellas palabras, se reaviv? la fe casi apagada en sus ?nimos. Los Ap?stoles lo contaron a Tom?s, ausente en aquel primer encuentro extraordinario: ?S?, el Se?or ha cumplido cuanto hab?a anunciado; ha resucitado realmente y nosotros lo hemos visto y tocado! Tom?s, sin embargo, permaneci? dudoso y perplejo. Cuando, ocho d?as despu?s, Jes?s vino por segunda vez al Cen?culo le dijo: "Trae tu dedo, aqu? tienes mis manos; trae tu mano y m?tela en mi costado; y no seas incr?dulo, sino creyente!". La respuesta del ap?stol es una conmovedora profesi?n de fe: "?Se?or m?o y Dios m?o!" (Jn 20,27-28).

"?Se?or m?o y Dios m?o!". Renovemos tambi?n nosotros la profesi?n de fe de Tom?s. Como felicitaci?n pascual, este a?o, he elegido justamente sus palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio renovado de la resurrecci?n de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Ap?stol podemos encontrar las dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las desilusiones de innumerables contempor?neos nuestros, con ?l podemos redescubrir tambi?n con renovada convicci?n la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros. Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Ap?stoles, contin?a, porque el Se?or resucitado ya no muere m?s. ?l vive en la Iglesia y la gu?a firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvaci?n.

Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tom?s. ?El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los ni?os v?ctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ?no someten quiz?s nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tom?s nos resulta parad?jicamente ?til y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepci?n falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro aut?ntico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tom?s ha recibido del Se?or y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasi?n y muerte de Jes?s, y confirmada por el encuentro con ?l resucitado. Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indic?ndonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano.

"Sus heridas os han curado" (1 P 2,24), ?ste es el anuncio que Pedro dirigi? a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obst?culo a la fe para Tom?s, porque eran signos del aparente fracaso de Jes?s; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contra?do por nuestro amor nos ayudan a entender qui?n es Dios y a repetir tambi?n: "Se?or m?o y Dios m?o". S?lo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.

?Cu?ntas heridas, cu?nto dolor en el mundo! No faltan calamidades naturales y tragedias humanas que provocan innumerables v?ctimas e ingentes da?os materiales. Pienso en lo que ha ocurrido recientemente en Madagascar, en las Islas Salom?n, en Am?rica latina y en otras Regiones del mundo. Pienso en el flagelo del hambre, en las enfermedades incurables, en el terrorismo y en los secuestros de personas, en los mil rostros de la violencia - a veces justificada en nombre de la religi?n -, en el desprecio de la vida y en la violaci?n de los derechos humanos, en la explotaci?n de la persona. Miro con aprensi?n las condiciones en que se encuentran tantas regiones de ?frica: en el Darfur y en los Pa?ses cercanos se da una situaci?n humanitaria catastr?fica y por desgracia infravalorada; en Kinshasa, en la Rep?blica Democr?tica del Congo, los choques y los saqueos de las pasadas semanas hacen temer por el futuro del proceso democr?tico congole?o y por la reconstrucci?n del Pa?s; en Somalia la reanudaci?n de los combates aleja la perspectiva de la paz y agrava la crisis regional, especialmente por lo que concierne a los desplazamientos de la poblaci?n y al tr?fico de armas; una grave crisis atenaza Zimbabwe, para la cual los Obispos del Pa?s, en un reciente documento, han indicado como ?nica v?a de superaci?n la oraci?n y el compromiso compartido por el bien com?n.

Necesitan reconciliaci?n y paz: la poblaci?n de Timor Este, que se prepara a vivir importantes convocatorias electorales; Sri Lanka, donde s?lo una soluci?n negociada pondr? punto final al drama del conflicto que lo ensangrienta; Afganist?n, marcado por una creciente inquietud e inestabilidad. En Medio Oriente - junto con se?ales de esperanza en el di?logo entre Israel y la Autoridad palestina -, por desgracia nada positivo viene de Irak, ensangrentado por continuas matanzas, mientras huyen las poblaciones civiles; en el L?bano el estancamiento de las instituciones pol?ticas pone en peligro el papel que el Pa?s est? llamado a desempe?ar en el ?rea de Medio Oriente e hipoteca gravemente su futuro. No puedo olvidar, por fin, las dificultades que las comunidades cristianas afrontan cotidianamente y el ?xodo de los cristianos de aquella Tierra bendita que es la cuna de nuestra fe. A aquellas poblaciones renuevo con afecto mi cercan?a espiritual.

Queridos hermanos y hermanas: a trav?s de las llagas de Cristo resucitado podemos ver con ojos de esperanza estos males que afligen a la humanidad. En efecto, resucitando, el Se?or no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en la ra?z con la superabundancia de su gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como v?a para la paz y la alegr?a nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte. "Que os am?is unos a otros - dijo a los Ap?stoles antes de morir ? como yo os he amado" (Jn 13,34).

?Hermanos y hermanas en la fe, que me escuch?is desde todas partes de la tierra! Cristo resucitado est? vivo entre nosotros, ?l es la esperanza de un futuro mejor. Mientras decimos con Tom?s: "?Se?or m?o y Dios m?o!", resuena en nuestro coraz?n la palabra dulce pero comprometedora del Se?or: "El que quiera servirme, que me siga, y donde est? yo, all? tambi?n estar? mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiar?" (Jn 12,26). Y tambi?n nosotros, unidos a ?l, dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos (cf. 1 Jn 3,16, nos convertimos en ap?stoles de paz, mensajeros de una alegr?a que no teme el dolor, la alegr?a de la Resurrecci?n. Que Mar?a, Madre de Cristo resucitado, nos obtenga este don pascual. ?Feliz Pascua a todos!


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Habla el Papa
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