Martes, 10 de abril de 2007
Alfonso Aguil?
www.interrogantes.net


Como ha se?alado Pascal Bruckner, quien nunca haya experimentado el irresistible af?n de hacer zapping durante horas y horas, a veces tardes enteras, incapaz de sustraerse a la adicci?n a esa secuencia continua de im?genes, no sabe a?n de las seducciones y sortilegios de la peque?a pantalla. En el televisor siempre est?n ocurriendo cosas, muchas m?s que en nuestra propia vida, y es tal la hipnosis que puede llegar a producirnos que acabemos quem?ndonos como insectos alrededor de una bombilla. La televisi?n no nos libera del agobio ni de la rutina, pero los convierte en una amable tibieza, nos narcotiza.

Dentro de poco podr?n captarse hasta quinientos canales distintos, y con la aparici?n de los receptores de pulsera o de bolsillo, ver televisi?n puede acabar siendo ?m?s f?cilmente que ahora? una profesi?n a jornada completa. Su magia nos retiene, despliega aut?nticos alardes de ingenio para atraer nuestra atenci?n, es como una promesa permanente de diversi?n, que suplanta todo lo dem?s, que hace que todo lo que no sea ella se torne in?til, fastidioso.

Cuando se lleva ya unas cuantas horas de zapping, la mente flota de un objeto a otro, seducida por mil ocurrencias que la captan sin retenerla, en un delicioso mariposeo que nos transforma en vagabundos, de un programa a otro, de un canal a otro. As? es la patolog?a espont?nea de la televisi?n: la miramos porque est? ah?, y una vez enganchados a ella somos capaces de tragarnos cualquier cosa con una indulgencia sin l?mites. Y al despertar de esa lenta hemorragia de uno mismo por los ojos, con la cabeza saturada de ruidos, im?genes e impresiones fugaces y dispersas, se experimenta una curiosa sensaci?n de soledad y astragamiento, junto a una seria dificultad para aceptar la realidad de la que hab?amos logrado evadirnos por unas horas.

Sin embargo, hasta el telespectador m?s adicto sabe bien que despu?s de la televisi?n le espera la vida real, y ?se es su gran drama. Por eso al consumismo televisivo no le reprochamos s?lo su simpleza o su superficialidad, sino sobre todo el incumplimiento de sus promesas, el no hacerse cargo totalmente de nosotros, el dejarnos en la estacada en el ?ltimo momento.

La batalla ineludible Pero por muy err?nea y decepcionante que resulte tantas veces, quiz? volvemos a ella como a la pendiente m?s f?cil. A pesar del hast?o, bien conocido de otras veces, el adicto a la televisi?n vuelve a ella, incapaz de desengancharse. Por eso, para algunos, ver la televisi?n s?lo exige de ?l un acto de valor ?a veces sobrehumano?, que es apagarla; y para todos, comprender que el mejor uso de la televisi?n es el "autorracionamiento".

Quiz? sea ?ste un buen ejemplo de las decepcionantes consecuencias del exceso de comodidad o de af?n por consumir, de la falta de dominio de uno mismo. Quiz? es que pretendemos la cuadratura del c?rculo: ser personas acomodadas, adormecidas por las comodidades y, al tiempo, personas activas, implicadas, despiertas. No cabe duda de que el desahogo material es un gran progreso de la historia, pero tiene sus efectos perversos contra los que es preciso alertarse; y parece que prevenirse contra el exceso de comodidad es como un tab? que pocos se atreven a tocar. El exceso de confort tiende a arrinconar los ideales y a reducir considerablemente el ?mbito de nuestras preocupaciones.

El peligro del consumismo no es tanto el despilfarro como la voracidad que se apodera del individuo y lo reduce a su merced. Su glotoner?a tiende a engullir ideales, creencias, ?tica, cultura, historia... e incluso a su propia cr?tica: y ?sa es la iron?a suprema del consumismo, hacernos creer que ha desaparecido cuando no hay ?mbito que no contamine.

?La soluci?n? Mantener a raya esa avidez, proteger los espacios que veamos que intenta acaparar en nuestra vida. Y en aquellos otros en que ya nos ha ganado mucho terreno, pensar que nuestra cercan?a al abismo de la adicci?n ?sea leve o grave? puede al menos habernos ayudado a advertir sus riesgos y as? comprender la necesidad de frenar esa carrera.


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