Martes, 10 de abril de 2007
Homil?a del Sr. Cardenal Arzobispo en la Santa Misa, en la S. I. Catedral Primada

8 de abril de 2007


Queridos hermanos y hermanas en el Se?or: Jesucristo, Hijo ?nico de Dios hecho hombre, nacido de Mar?a por obra del Esp?ritu Santo, "padeci? bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendi? a los infiernos, al tercer d?a resucit? de entre los muertos". Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jes?s, Se?or nuestro. Nos hemos acostumbrado a esta profesi?n de fe, a los hechos que en ella proclamamos y confesamos, y, tal vez, se nos ha embotado la mente y se ha rutinizado nuestra vida sin que nos percatemos de lo que estamos diciendo y de cuanto todo esto significa. La conciencia de estos hechos parece languidecida en la conciencia com?n, no sin consecuencias: tambi?n, en efecto, ha languidecido a la par el impulso vital que en otras ?pocas ha hecho superar a nuestro pueblo momentos verdaderamente dif?ciles; estamos, por esta p?rdida, tal vez, sumidos en la aton?a y faltos de coraje, cansados y sin recursos, para responder con decisi?n y confianza a los grandes desaf?os de nuestra ?poca. Pero estos hechos es lo que ha cambiado el mundo, la historia, todo, Ah?, en efecto, est? todo el sentido de nuestra vida y de la historia humana; ah? est? toda la fuerza y la fe que se necesita para transformar y renovar la historia de los hombres; ah? tenemos la victoria que vence al mundo: esta fe, que es la fe de la Iglesia, la fe y la vida, la herencia moral, que hemos recibido de nuestros padres. La fe eclesial que, confrontada con los hechos y desde el realismo que el mensaje cristiano exige verdaderamente, confiesa que "?Jesucristo, muerto y sepultado, ha resucitado!" Cristo est? verdadera, real y corporalmente vivo, y si ha entrado en la gloria invisible del Padre, no est?, sin embargo, lejos de nosotros.

?Qu? significa esto? ?Qu? significa la resurrecci?n? Cierto que es distinto, mucho m?s, que la vuelta de un muerto a la vida. Veamos. Jes?s experiment? realmente la muerte en su totalidad, fue depositado en la fosa de la muerte, pero vive. No es el caso de un muerto que ha vuelto a la vida, como sucede, por ejemplo, con la hija de Jairo, con el joven de Na?m o con L?zaro, que un d?a fueron devueltos a una vida terrena destinada a terminar m?s tarde con una muerte definitiva. Significa que Jes?s, despu?s de la resurrecci?n, pertenece a una esfera de la realidad que, normalmente, se sustrae a nuestros sentidos. Significa que Jes?s ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios. El mismo Jes?s, la misma persona que hab?a sido ajusticiada dos d?as antes, vuelve a la vida de un modo nuevo, no al modo de un muerto reanimado. En su resurrecci?n acontece "el salto m?s decisivo en absoluto hacia una dimensi?n totalmente nueva, que jam?s se ha producido en la larga historia de la vida: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que ata?e a toda la historia".

El Papa Benedicto XVI, con la claridad, belleza y hondura que le caracterizan, nos explica qu? es lo que sucedi? y qu? es lo que significa. Escuchemos sus palabras: "Ante todo: ?Qu? sucedi?? Jes?s ya no est? en el sepulcro. Est? en una vida nueva del todo. Pero, ?c?mo pudo ocurrir esto? ?Qu? fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre, Jes?s, no fuera ?l s?lo, no fuera un yo cerrado en s? mismo. ?l era uno con el Dios vivo; estaba de tal modo unido a ?l que formaba con ?l una sola persona. Se encontraba, por as? decir, en un mismo abrazo con Aqu?l que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comuni?n existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se pod?a quitar realmente. ?l pudo dejarse matar por amor, pero justamente as? destruy? el car?cter definitivo de la muerte, porque en ?l estaba el car?cter definitivo de la vida. ?l era una sola cosa con la vida indestructible, de manera que ?sta brot? de nuevo a trav?s de la muerte". Esto mismo, lo expresa el mismo Papa desde otro punto de vista diciendo: "Su muerte fue un acto de amor. En la ?ltima cena, ?l anticip? la muerte y la transform? en el don de s? mismo. Su comuni?n existencial con Dios era concretamente una comuni?n existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte. La resurrecci?n fue como un estallido de luz, una explosi?n del amor que desat? el v?nculo hasta entonces indisoluble del 'morir y devenir'. Inaugur? una nueva dimensi?n del ser, de la vida, en la que tambi?n ha sido integrada la materia, de manera transformada, ya trav?s de esa nueva dimensi?n surge un mundo nuevo" (Benedicto XVI).

En la resurrecci?n de Jes?s tenemos la certeza de que, como ?l mismo hab?a anticipado ya en la Cena y en la Cruz, el amor es m?s fuerte que la muerte, ha superado la muerte. Esta superaci?n ha acontecido ?nicamente en virtud de la potencia creadora de la palabra y del amor de Dios, cuyo poder lo abraza y penetra todo, incluso hasta el fondo ?ltimo del cuerpo, se extiende a todo y a todos. As?, la fe en la resurrecci?n es, inseparablemente, una profesi?n en la existencia real de Dios, es tambi?n una verdadera profesi?n de su creaci?n, del "S?" con que Dios se sit?a frente a la creaci?n: En la Pascua Dios se revela a S? mismo, revela su fuerza -superior a las fuerzas de la muerte-, revela la fuerza de su amor.

"Cristo ha resucitado y nosotros hemos resucitado con ?l": Esta es la gran noticia en la que se compendia el cristianismo, en la que se resumen todas las Escrituras y en la que desembocan los caminos de la historia, como se nos recordaba en las lecturas de la noche santa de la Vigilia Pascual. La Pascua de Jes?s, su resurrecci?n, es el acontecimiento m?s elevado y misterioso de la historia, donde se halla su centro y se encuentra su plenitud; y, al mismo tiempo por parad?jico que parezca, es la realidad que est? m?s pr?xima a nosotros, la que m?s ?ntimamente nos alcanza y cambia la vida del hombre; la que m?s profundamente nos toca, porque nos da la victoria m?s deseada por el hombre: la victoria de la vida sobre la muerte, de la alegr?a sobre el sufrimiento y la tristeza, del amor sobre el odio, la violencia y el miedo. Quien llore ante el destino del hombre, como ante un fracaso sin remedio, puede, a partir de este acontecimiento ?nico, singular y universal, saltar de gozo y de asombro, porque la meta ?ltima y verdadera es la vida, el amor que no perece y permanece para siempre. Ser?a espantosa la vida humana si el silencio sepulcral del s?bado hubiese durado para siempre y si la tumba de Cristo permaneciese todav?a con la losa que la sellaba o con los restos corporales de Jes?s. Entonces la muerte ser?a el abismo de la nada, y el amor no pasar?a de ser una mera ilusi?n.

Si Cristo no hubiese resucitado todo resultar?a vano, vana nuestra fe y nuestra vida: nuestros pecados seguir?an sin perdonar, y nadie podr?a liberarnos de los instintos de mal que pululan dentro de nosotros. Si no hubi?semos sido, si no somos incorporados a esta resurrecci?n de Cristo, a la victoria sobre la muerte y la participaci?n en su misma vida y en su gracia y amor, tampoco Jes?s habr?a resucitado. Seguir?amos entonces siendo hombres sumidos en la miseria de la muerte y del pecado, y sin esperanza. No habr?a perspectiva de ver premiado el bien, tendr?an raz?n los p?caros y los injustos, dispuestos a sacar el m?ximo provecho del momento para los intereses propios, por bastardos que fuesen. ?Ay del pobre, del indefenso, del d?bil!, si no hubiese acaecido la resurrecci?n de Cristo: no habr?a para ellos defensa que valga. Si no hubiese acaecido la Pascua de Cristo, ante el futuro o ante la muerte, no cabr?a m?s que la triste resignaci?n sin esperanza o la rebeli?n in?til. Pero Cristo ha resucitado, su Pascua y nuestra Pascua han acontecido, nosotros podemos vivir y caminar en la esperanza.

Por la fe y el Bautismo, por nuestra inserci?n consciente en la Iglesia, el Cristo total, entramos en contacto verdadero con Cristo resucitado. En ?l y, por ?l somos hecho un sujeto nuevo y trasladados, transformados, en nuevas criaturas; porque Jes?s sigue viviendo, nosotros vivimos y viviremos; vivimos y viviremos la misma vida de Cristo, por la comuni?n existencial con ?l, por estar insertos en ?l, que es la vida misma. La Pascua, cre?da y vivida, reclama de nosotros que purifiquemos la conciencia de las obras muertas y vivamos y caminemos como hijos de la luz guiados y conducidos por el que es la Luz que permanece hasta el fin de los tiempos. El est? con nosotros para hacernos part?cipes de su vida divina, con el nuevo nacimiento del Bautismo, y hacernos capaces de amar y de obrar para el bien de los hermanos. ?l est? con nosotros todos los d?as hasta el fin del mundo, y nada ni nadie podr? separarnos de su presencia, de su vida y de su amor; por eso, ?por qu? tener miedo? ?Qu? nos puede pasar? ?Qu? mal nos van a hacer las cosas, qu? da?o nos va a hacer lo que pase en el mundo o las hostilidades e incomprensiones de los hombres que nos sucedan? El amor y la fuerza del Se?or resucitado, tenedlo por seguro, vencer?n en nosotros todo miedo, todo temor o debilidad que nos embargue.

No podemos callar esta esperanza, no podemos silenciar este acontecimiento en el que le va el futuro al mundo entero. La fe en Cristo resucitado es algo tan decisivo y tan grande para todo hombre, para la sociedad, los pueblos, el cosmos mismo, que es preciso que lo demos a conocer, sobre todo, con la fuerza del testimonio de unas vidas transformadas por ?l, de una nueva forma de vivir y de pensar, de una vida nueva bautismal, propias del mundo nuevo que con su Resurrecci?n se ha inaugurado. Quien cree en la Pascua, esto es, en la Resurrecci?n de Jesucristo, debe dejarla irradiar en todas las fibras de su ser y saberla anunciar a los otros con la fuerza de su voz y la energ?a de su esp?ritu. Esto es tan decisivo, tan fundamental para el futuro del hombre y para la renovaci?n de la humanidad que es preciso y apremiante lanzarse a mostrarlo con obras y palabras, con todo ardor y con total decisi?n, sin cortapisas, con toda la confianza y fuerza de los testigos, con la valent?a y libertad de quien sabe y ha experimentado en carne propia que es cierto que ah? se juega la vida y el futuro del hombre, de cada hombre, y de la sociedad.

Nuestro testimonio, si es ?ntegro y operativo, no dejar? de suscitar inquietudes saludables en muchos que disipan sus d?as persiguiendo valores que parecen de progreso y son, sin embargo, deshumanizadores. La Pascua, la fe pascual nos impulsa a los cristianos a mostrar con fuerza que es posible y estamos a tiempo de reconstruir una sociedad basada en la verdadera convivencia de las gentes y los pueblos donde justicia y libertad encuentren un aut?ntico equilibrio, donde la solidaridad no sea conflictiva, donde se afirme la verdad porque se cree en ella, donde los intereses de las partes sociales no aten?en en modo alguno la solicitud por el bien com?n.

Todos, sin excepci?n, tenemos una gran necesidad, dram?tica necesidad, del Resucitado y de la misma Resurrecci?n, porque nuestra civilizaci?n que, o bien la ha querido olvidar o bien la niega, est? quebr?ndose y deshaciendo por todas las partes. Por este olvido se niega tambi?n la creaci?n y la verdad. As?, en nuestros d?as, estamos asistiendo, impasibles y ciegos, ante el emerger de una nueva antropolog?a que se alza contra la realidad de las cosas, que es fruto del uso de la libertad humana, llevada ?sta a l?mites abismales, y que se expresa, por ejemplo, en la llamada "ideolog?a de g?nero", o en la reinterpretaci?n que, desde organismos internacionales y desde legislaciones o nuevas concepciones del derecho, se hacen de los mismos derechos fundamentales del hombre. Cuando se olvida o niega la Resurrecci?n surge y se extiende, como ahora ya est? ocurriendo sin darnos cuenta de sus consecuencias, una visi?n del mundo, una visi?n del hombre, una visi?n de Dios, un concepto del mundo y de la realidad completamente diferente de la revelaci?n cristiana, v?lida y universal para todos. Esto est? siendo uno de los acontecimientos m?s graves del momento que vivimos. Por eso, entre otros aspectos, hoy la Pascua nos pone de relieve un don y un compromiso. El don que el hombre de nuestros d?as espera y necesita no obstante toda su ceguera y toda la oscuridad en la que se le impide ver. Y un compromiso que debemos asumir los cristianos seriamente si queremos ser dignos de llamarnos con este nombre de "cristianos": Hacer presente el hombre nuevo y renovar la humanidad con la verdad del Evangelio de Cristo, con la luz del esplendor de la Verdad de la Pascua.

Que la Pascua de Cristo nos libere de toda propensi?n al escepticismo y al relativismo o a la negaci?n de la verdad, como si ?stos fuesen valores y logros; que nos libere as? mismo de la superficialidad de pensar que todas las visiones de las cosas son aceptables, que valen lo mismo y son indiferentes todos los modos de concebir al hombre y al mundo, que todas las antropolog?as y cosmovisiones son v?lidas, que todas las religiones son iguales o que toda manera de vivir y actuar merece igual consideraci?n. Que nos haga apasionados buscadores de lo que es verdadero, de lo que es, de lo que salva. Que nos haga comprender que quien "realiza la verdad viene y est? en la luz", la luz que es Cristo. Que la Pascua de Cristo, que la fe en la Resurrecci?n, nos impulse a reafirmar la preciosidad y grandeza del hombre frente a Dios ya su dignidad. Que reavive nuestra esperanza, porque sabemos que, por Jes?s resucitado, la humanidad no puede andar perdida, y que una gran novedad ha invadido la tierra desde aquella ma?ana de primavera en que, primero Mar?a Magdalena, y despu?s Pedro y Juan encontraron el sepulcro vac?o. ?Feliz Pascua!
Publicado por verdenaranja @ 23:54  | Hablan los obispos
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