S?bado, 21 de abril de 2007
Homil?a que Benedicto XVI pronunci? en el Domingo de la Misericordia Divina, v?spera de su octog?simo cumplea?os, el 15 de abril de 2007.


Queridos hermanos y hermanas:
Seg?n una antigua tradici?n, este domingo se llama domingo "in Albis". En este d?a, los ne?fitos de la Vigilia pascual se pon?an una vez m?s su vestido blanco, s?mbolo de la luz que el Se?or les hab?a dado en el bautismo. Despu?s se quitaban el vestido blanco, pero deb?an introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les hab?a comunicado; deb?an proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Se?or hab?a encendido en ellos, para llevar as? a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

El Santo Padre Juan Pablo II quiso que este domingo se celebrara como la fiesta de la Misericordia Divina: en la palabra "misericordia" encontraba sintetizado y nuevamente interpretado para nuestro tiempo todo el misterio de la Redenci?n. Vivi? bajo dos reg?menes dictatoriales y, en contacto con la pobreza, la necesidad y la violencia, experiment? profundamente el poder de las tinieblas, que amenaza al mundo tambi?n en nuestro tiempo. Pero tambi?n experiment?, con la misma intensidad, la presencia de Dios, que se opone a todas estas fuerzas con su poder totalmente diverso y divino: con el poder de la misericordia. Es la misericordia la que pone un l?mite al mal. En ella se expresa la naturaleza del todo peculiar de Dios: su santidad, el poder de la verdad y del amor.

Hace dos a?os, despu?s de las primeras V?speras de esta festividad, Juan Pablo II termin? su existencia terrena. Al morir, entr? en la luz de la Misericordia divina, desde la cual, m?s all? de la muerte y desde Dios, ahora nos habla de un modo nuevo. Tened confianza ?nos dice? en la Misericordia divina. Convert?os d?a a d?a en hombres y mujeres de la misericordia de Dios. La misericordia es el vestido de luz que el Se?or nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada d?a para llevar al mundo la buena nueva de Dios.

Precisamente en estos d?as particularmente iluminados por la luz de la misericordia divina se da una coincidencia significativa para m?: puedo volver la mirada atr?s para repasar mis 80 a?os de vida. Saludo a todos los que han venido aqu? para celebrar conmigo este aniversario. Saludo, ante todo, a los se?ores cardenales, expresando en especial mi gratitud al decano del Colegio cardenalicio, se?or cardenal Angelo Sodano, que se ha hecho int?rprete autorizado de los sentimientos comunes. Saludo a los arzobispos y obispos, en particular a los auxiliares de la di?cesis de Roma, de mi di?cesis; saludo a los prelados y a los dem?s miembros del clero, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles presentes. Dirijo, adem?s, un saludo deferente y agradecido a las personalidades pol?ticas y a los miembros del Cuerpo diplom?tico, que han querido honrarme con su presencia. Saludo, por ?ltimo, con afecto fraterno al enviado personal del Patriarca ecum?nico Bartolom? I, su eminencia Ioannis, metropolita de P?rgamo, expresando mi aprecio por este gesto de amabilidad y deseando que el di?logo teol?gico cat?lico-ortodoxo prosiga con renovado empe?o.

Estamos reunidos aqu? para reflexionar sobre el transcurso de un largo per?odo de mi existencia. Obviamente, la liturgia no debe servir para hablar del propio yo, de s? mismo; sin embargo, la vida propia puede servir para anunciar la misericordia de Dios. "Vosotros, los que tem?is al Se?or, venid a escuchar: os contar? lo que ha hecho conmigo", dice un salmo (Sal 66, 16). Siempre he considerado un gran don de la Misericordia divina el hecho de que se me haya concedido la gracia de que mi nacimiento y mi renacimiento tuvieran lugar ?por decirlo as? juntos, en el mismo d?a, al inicio de la Pascua. As?, en un mismo d?a, nac? como miembro de mi familia y de la gran familia de Dios.

S?, doy gracias a Dios porque he podido experimentar lo que significa "familia"; he podido experimentar lo que quiere decir paternidad, pues he podido comprender desde dentro que Dios es Padre; sobre la base de la experiencia humana he tenido acceso al grande y ben?volo Padre que est? en el cielo. Ante ?l tenemos una responsabilidad, pero, al mismo tiempo, ?l deposita su confianza en nosotros, porque en su justicia se refleja siempre la misericordia y la bondad con que acepta tambi?n nuestra debilidad y nos sostiene, de modo que poco a poco podamos aprender a caminar con rectitud.

Doy gracias a Dios porque he podido experimentar en profundidad lo que significa la bondad materna, siempre abierta a quien busca refugio y precisamente as? capaz de darme la libertad. Doy gracias a Dios por mi hermana y mi hermano, que han estado fielmente cerca de m? con su ayuda a lo largo del camino de la vida. Doy gracias a Dios por los compa?eros que he encontrado en mi camino, por los consejeros y los amigos que me ha dado. Le doy gracias de modo particular porque, desde el primer d?a, he podido entrar y crecer en la gran comunidad de los creyentes, en la que est? abierto de par en par el conf?n entre la vida y la muerte, entre el cielo y la tierra; le doy gracias por haber podido aprender tantas cosas, aprovechando la sabidur?a de esta comunidad, que no s?lo encierra las experiencias humanas desde los tiempos m?s remotos: la sabidur?a de esta comunidad no es solamente sabidur?a humana, sino que en ella nos alcanza la sabidur?a misma de Dios, la Sabidur?a eterna.

En la primera lectura de este domingo se nos narra que, en los albores de la Iglesia naciente, la gente llevaba a los enfermos a las plazas para que Pedro, al pasar, los cubriera con su sombra: a esta sombra se atribu?a una fuerza de curaci?n, pues proven?a de la luz de Cristo y por eso encerraba algo del poder de su bondad divina.

La sombra de Pedro, mediante la comunidad de la Iglesia cat?lica, ha cubierto mi vida desde el inicio, y he aprendido que es una sombra buena, una sombra de curaci?n porque, en definitiva, proviene precisamente de Cristo mismo. Pedro era un hombre con todas las debilidades de un ser humano, pero sobre todo era un hombre lleno de una fe apasionada en Cristo, lleno de amor a ?l. Mediante su fe y su amor, la fuerza de curaci?n de Cristo, su fuerza unificadora, ha llegado a los hombres, aunque mezclada con toda la debilidad de Pedro. Busquemos tambi?n hoy la sombra de Pedro, para estar en la luz de Cristo.

Nacimiento y renacimiento; familia terrena y gran familia de Dios: este es el gran don de las m?ltiples misericordias de Dios, el fundamento en el que nos apoyamos. Prosiguiendo por el camino de la vida, despu?s me sali? al encuentro un don nuevo y exigente: la llamada al ministerio sacerdotal. En la fiesta de san Pedro y san Pablo de 1951, cuando mis compa?eros y yo ??ramos m?s de cuarenta? nos encontramos en la catedral de Freising postrados en el suelo se invoc? a todos los santos en favor nuestro, me pesaba la conciencia de la pobreza de mi existencia ante esta tarea. S?, era un consuelo el hecho de que se invocara sobre nosotros la protecci?n de los santos de Dios, de los vivos y de los muertos. Sab?a que no estar?a solo.

Y ?qu? confianza nos infund?an las palabras de Jes?s, que despu?s, durante la liturgia de la ordenaci?n, pudimos escuchar de los labios del obispo: "Ya no os llamo siervos, sino amigos". He experimentado profundamente que ?l, el Se?or, no es s?lo el Se?or, sino tambi?n un amigo. Ha puesto su mano sobre m?, y no me abandonar?. Estas palabras se pronunciaban entonces en el contexto de la concesi?n de la facultad de administrar el sacramento de la Reconciliaci?n y as?, en nombre de Cristo, de perdonar los pecados. Es lo mismo que hemos escuchado hoy en el Evangelio: el Se?or sopla sobre sus disc?pulos. Les concede su Esp?ritu, el Esp?ritu Santo: "A quienes les perdon?is los pecados, les quedan perdonados...". El Esp?ritu de Jesucristo es fuerza de perd?n. Es fuerza de la Misericordia divina. Da la posibilidad de volver a comenzar siempre de nuevo. La amistad de Jesucristo es amistad de Aquel que hace de nosotros personas que perdonan, de Aquel que nos perdona tambi?n a nosotros, que nos levanta continuamente de nuestra debilidad y precisamente as? nos educa, nos infunde la conciencia del deber interior del amor, del deber de corresponder a su confianza con nuestra fidelidad.

En el pasaje evang?lico de hoy tambi?n hemos escuchado la narraci?n del encuentro del ap?stol Tom?s con el Se?or resucitado: al ap?stol se le concede tocar sus heridas, y as? lo reconoce, m?s all? de la identidad humana de Jes?s de Nazaret, en su verdadera y m?s profunda identidad: "?Se?or m?o y Dios m?o!" (Jn 20, 28). El Se?or ha llevado consigo sus heridas a la eternidad. Es un Dios herido; se ha dejado herir por amor a nosotros. Sus heridas son para nosotros el signo de que nos comprende y se deja herir por amor a nosotros. Nosotros podemos tocar sus heridas en la historia de nuestro tiempo, pues se deja herir continuamente por nosotros. ?Qu? certeza de su misericordia nos dan sus heridas y qu? consuelo significan para nosotros! ?Y qu? seguridad nos dan sobre lo que es ?l: "Se?or m?o y Dios m?o"! Nosotros debemos dejarnos herir por ?l.

Las misericordias de Dios nos acompa?an d?a a d?a. Basta tener el coraz?n vigilante para poderlas percibir. Somos muy propensos a notar s?lo la fatiga diaria que a nosotros, como hijos de Ad?n, se nos ha impuesto. Pero si abrimos nuestro coraz?n, entonces, aunque estemos sumergidos en ella, podemos constatar continuamente cu?n bueno es Dios con nosotros; c?mo piensa en nosotros precisamente en las peque?as cosas, ayud?ndonos as? a alcanzar las grandes. Al aumentar el peso de la responsabilidad, el Se?or ha tra?do tambi?n nueva ayuda a mi vida. Constato siempre con alegr?a y gratitud cu?n grande es el n?mero de los que me sostienen con su oraci?n; de los que con su fe y su amor me ayudan a desempe?ar mi ministerio; de los que son indulgentes con mi debilidad, reconociendo tambi?n en la sombra de Pedro la luz ben?fica de Jesucristo. Por eso, en esta hora, quisiera dar gracias de coraz?n al Se?or y a todos vosotros.

Quisiera concluir esta homil?a con la oraci?n del santo Papa Le?n Magno, la oraci?n que, precisamente hace treinta a?os, escrib? sobre el recordatorio de mi consagraci?n episcopal: "Pedid a nuestro buen Dios que fortalezca la fe, incremente el amor y aumente la paz en nuestros d?as. Que me haga a m?, su humilde siervo, id?neo para su tarea y ?til para vuestra edificaci?n, y me conceda prestar un servicio tal que, junto con el tiempo que se me conceda, crezca mi entrega. Am?n".

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 0:10  | Habla el Papa
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