Domingo, 22 de abril de 2007
ZENIT publica el pasaje central del discurso que pronunci? el cardenal Antonio M? Rouco Varela, arzobispo de Madrid, en el acto de investidura como doctor ?honoris causa? por la Universidad de Burgos el pasado 20 de abril.



El derecho a la libertad religiosa es un bien precioso e indispensable para el desarrollo integral de la persona humana y para la consecuci?n del bien com?n de la sociedad. Pertenece ya al patrimonio ?tico y jur?dico de la humanidad como uno de sus elementos fundamentales e irrenunciables.

La Declaraci?n Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, del 10.XII.1948, establec?a que ?toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religi?n; este derecho incluye la libertad de cambiar de religi?n o de creencia, as? como la libertad de manifestar su religi?n o creencia, individual y colectivamente, tanto en p?blico como en privado, por la ense?anza, la pr?ctica, el culto y las observancias?. Y la Declaraci?n ?Dignitatis Humanae? del Concilio Vaticano II ?probablemente el documento conciliar m?s apasionadamente debatido?, aprobado el 7 de diciembre de 1965, ense?aba: ?Este S?nodo Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacci?n, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que act?e conforme a ella, privada y p?blicamente, s?lo o asociado con otros, dentro de los debidos l?mites? (n. 2).

Una y otra declaraci?n en materia de libertad religiosa y de su garant?a jur?dica constitu?an momentos se?eros de una larga, compleja y dram?tica historia, cuyos comienzos son impensables religiosa y civilmente sin la persona y la obra de Jesucristo, a quien la fe cristiana confiesa como Hijo de Dios y Salvador del hombre. La respuesta de Jes?s a la pregunta insidiosa de los disc?pulos de los fariseos y de los partidarios de Herodes sobre la obligaci?n de pagar tributo al C?sar, despu?s de pedir que le mostraran la moneda del tributo, ha quedado para la historia universal de la libertad religiosa como emblem?tica: ?Pues dad al C?sar lo que es del C?sar y a Dios lo que es de Dios? (Mt 22, 15-21).

Es verdad que la historiograf?a, que se ha ocupado en la edad moderna y contempor?nea de la problem?tica del tratamiento jur?dico de la libertad religiosa, sobre todo en el contexto de las relaciones Iglesia y Estado, presenta divergencias de enfoques y valoraciones al describir hechos, analizar situaciones, sopesar soluciones jur?dicas e institucionales y apreciar las actuaciones y figuras de sus m?s destacados protagonistas. Pi?nsese, por ejemplo, en la interpretaci?n de la que son objeto el magisterio y las decisiones de gobierno pastoral por parte de los Papas del siglo XIX y XX hasta el Concilio Vaticano II e, incluso, en la valoraci?n y presentaci?n doctrinal del mismo Vaticano II. O recu?rdense tambi?n las variad?simas y hasta contradictorias versiones del problema hist?rico y jur?dico del derecho a la libertad religiosa que se pueden encontrar, por ejemplo, entre los constitucionalistas europeos de antes y de despu?s de la II Guerra Mundial, sin exceptuar a los que pensaban y escrib?an en el contexto ideol?gico de la concepci?n democr?tica del orden pol?tico, tanto nacional como internacional. Sin embargo, no es menos verdad que en ese extraordinariamente movido y apasionado proceso hist?rico se pueden precisar y delimitar situaciones cuyo significado para la concepci?n te?rica y el desarrollo pr?ctico del derecho a la libertad religiosa aparece como dif?cilmente discutible, sea desde el punto de vista de la ciencia jur?dica, sea desde de la filosof?a y de la teolog?a del derecho.

Algunas de las m?s decisivas y clarificadoras, en orden a la mejor comprensi?n del momento por el que atraviesa actualmente el derecho a la libertad religiosa, son f?cilmente detectables, tanto desde el punto de vista de la respuesta a la nueva problem?tica suscitada, como de las soluciones requeridas no solamente desde la perspectiva pragm?tica, claramente insuficiente, de los ?xitos pol?ticos y de los aciertos en la t?cnica jur?dica de su tratamiento, sino tambi?n desde la consideraci?n de los valores ?ticos, espirituales y antropol?gicos en juego en los que en definitiva se dirime el hombre mismo: su bien integral, su dignidad trascendente y su destino; y, con el hombre, la sociedad. Una conclusi?n o resultado ?tico-jur?dico de la historia global de la libertad religiosa se puede avanzar sin dubitaci?n cient?fica alguna: al ser captada y explicada intelectualmente, al ser garantizada en la pr?ctica jur?dica de la comunidad pol?tica y al ser vivida existencialmente en la realidad social, se ha impuesto la forma ?y no pod?a ser otra? de un derecho fundamental de la persona humana en su doble vertiente individual y social, inseparable del cuerpo org?nico de los dem?s derechos fundamentales inherentes a su dignidad. Juan Pablo II no vacilar? en definir y caracterizar como ?fontal? la posici?n sistem?tica y l?gico-jur?dica del derecho a la libertad religiosa dentro del conjunto normativo de los derechos fundamentales y de su ordenaci?n e interdependencia interna. Al derecho fundamental de libertad religiosa le compete ejercer la funci?n ?tica y existencial principal en la cultura pol?tica de los derechos fundamentales. ?Fuente y s?ntesis de estos derechos es, en cierto sentido ?dice el Papa?, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona? (CA, 47). Para apreciar todo el valor te?rico y el acierto hist?rico de esta tesis, conviene no olvidar su contexto doctrinal y ?su sitio en la vida?, a saber, la Enc?clica ?Centesimus annus? publicada para conmemorar el 1 de mayo de 1991 el primer centenario de la Enc?clica ?Rerum novarum? de Le?n XIII, dos a?os despu?s de la ca?da del ?muro de Berl?n? y a la puerta hist?rica del derrumbamiento del sistema comunista confesantemente ateo. En todo caso, no se puede negar al derecho fundamental a la libertad religiosa el valor hermen?utico de un principio general inspirador de todo el ordenamiento jur?dico, incluidas sus mismas bases constitucionales.


La pugna con el Estado

En la historia del devenir doctrinal y legal del derecho a la libertad religiosa destaca, en primer lugar, un hecho o dato fundamental a la hora de precisar su origen y g?nesis tanto por lo que respecta a la evoluci?n de su formulaci?n jur?dico-positiva como a su justificaci?n te?rica, filos?fica y/o teol?gica, y que es el siguiente: el derecho a la libertad religiosa nace y se define en la teor?a y en la pr?ctica, primordialmente, desde su afirmaci?n frente al Estado o, m?s precisa y agudamente, frente al poder pol?tico. Es cierto que los autores lo caracterizan como un derecho, negativo, absoluto y universal y, por lo tanto, exigible ?erga omnes?; es decir, no s?lo frente al poder y a la autoridad del Estado, sino ante cualquiera, sean personas f?sicas o jur?dicas. Sin embargo, el peso de los hechos hist?ricos es tan evidente ?aparte del factor implicado en la misma naturaleza del poder del Estado, detentador del monopolio leg?timo de la fuerza o coacci?n respecto a los ciudadanos y a la misma sociedad? que no cabe duda razonable al se?alar el principal ?sitio? en la historia y en la vida en el que germina y madura la libertad religiosa como principio ?tico y como derecho: primero, como simple derecho subjetivo y, luego, como derecho fundamental. Ese ?sitio? es la confrontaci?n con el Estado. Se siente la libertad religiosa como una necesidad personal y social, incluso con angustia, sobre todo cuando el Estado se concibe y construye totalitariamente. El Estado ?totalitario?, sea cual sea su forma de expresi?n constitucional, implica siempre la negaci?n de libertades fundamentales para el hombre, comenzando por la eliminaci?n de la libertad religiosa.

As? sucedi? con ?el Estado pagano? del mundo cl?sico, greco-latino, anterior al cristianismo, que absorbe entre sus funciones la de determinar y fijar la religi?n y la moral de sus s?bditos hasta el punto de exigir ?culto? a la instituci?n y persona que lo encarnaba simb?licamente: en Roma se ?diviniza? al Emperador; se le atribuye el t?tulo de ?Divus Augustus? en un acto de suprema autosacralizaci?n del poder pol?tico. La consecuencia no pod?a ser otra que la de proceder a una radical restricci?n de la libertad religiosa de todos los disidentes, comenzando por los jud?os de la di?spora y siguiendo, luego, con procedimientos y modos extraordinariamente duros y dr?sticos, por los cristianos. La persecuci?n cruenta y cruel, a la que son sometidos, se convierte en una constante jur?dica, y sobre todo pol?tica, de la historia de Roma a lo largo de los tres primeros siglos del Cristianismo: de la ?Urbs? ?de la Ciudad? y del ?Orbis? ?del Imperio?. Es precisamente la era del Martirio de los cristianos la que despeja el camino hist?rico de la libertad religiosa y de su creciente afirmaci?n te?rica y pr?ctica. Camino ya no reversible. El totalitarismo del ?Estado pagano?, y sus efectos de reasunci?n de la dimensi?n religiosa del hombre, podr?a producir la impresi?n de una versi?n positiva del valor social de la religi?n, pues ciertamente su ordenamiento jur?dico ?sus leyes, usos y costumbres? no niegan ese valor, sin m?s. Sin embargo, lo vac?an de toda trascendencia al identificarlo con el puro y desnudo servicio pol?tico al Estado, banalizando y deteriorando la religi?n hasta el extremo de su m?s ?ntima y esencial corrupci?n en aquello que verdaderamente significa para la estructura interior y exterior de la persona humana.


El ?iter? de la formaci?n del Derecho a la libertad religiosa

El arco hist?rico de la libertad religiosa, que se inicia con la postura de los primeros cristianos de ?obedecer a Dios antes que a los hombres? frente al totalitarismo pol?tico de la Roma imperial, revestido de una pseudo-positividad religiosa, se extiende hasta el siglo XX, que ver? surgir otra forma de totalitarismo pol?tico en los Estados sustentados ideol?gicamente en el ate?smo, que lo promueven positivamente y lo ense?an, reprimiendo sistem?ticamente la libertad religiosa de las personas individuales, de la familia y de los grupos religiosos. Paradigmas de este modelo de ?totalitarismo?, que pod?amos calificar de hostil y de ?negativo? en relaci?n con el reconocimiento de la pr?ctica religiosa, son la Rusia sovi?tica con sus Estados sat?lites y la Alemania nazi. Los ?partidos? ?nicos que los inspiran y dominan ?el partido comunista y el partido nacionalsocialista? absolutizan, de un modo o de otro, al Estado como la instancia suprema en la determinaci?n e imposici?n al hombre del fin, del camino y de las f?rmulas b?sicas de conducta para su vida y destino. La negaci?n de Dios les lleva, irremisiblemente, a la negaci?n del hombre y de sus libertades. Y, antes que a ninguna, a la negaci?n de la libertad de religi?n. La persecuci?n religiosa reaparece masivamente y con nueva y refinada crueldad. ?Los m?rtires del siglo XX sobrepasan en n?mero, con mucho, a los de los tres primeros siglos de la era cristiana!

Pero entre esos dos hitos hist?ricos ?siglo I y siglo XX del cristianismo? hab?an ido madurando imparablemente la doctrina y praxis de la libertad religiosa a trav?s de un itinerario vital, en el fondo ?tica y jur?dicamente rectil?neo. El Estado, que renuncia con el Emperador Constantino en el Edicto de Mil?n del a?o 313 en principio a su autoconcepci?n sacralizadora, va a desarrollarse en estrecha y entrelazada relaci?n con la implantaci?n de la Iglesia en aquellos territorios que hoy conocemos como Europa ?del Este al Oeste, del Norte al Sur? durante un largo milenio de hondas transformaciones pol?ticas, culturales y jur?dicas, que afectan profundamente al devenir de la concepci?n de libertad religiosa, germinada en el Edicto de Mil?n, y a la forma jur?dica de realizarla.

Primero, el Imperio Romano en sus versiones latina y bizantina y, luego, los Estados o entidades pol?ticas surgidas de la disoluci?n del Imperio de Occidente, conscientes de la necesidad de fundamentos morales y trascendentes para su constituci?n y funcionamiento, y tentadas por el uso c?modo y omnipotente del poder pol?tico, reducen el ?mbito social del ejercicio de la libertad religiosa a los m?nimos de una tolerancia m?s o menos amplia para los no cristianos y a una restricci?n total de su expresi?n p?blica para los cristianos disidentes. Simult?neamente, se enfrentan no raras veces con la autoridad de la Iglesia, que defiende su libertad pastoral sin rendici?n doctrinal y pastoral de sus principios constitucionales, cuando pretenden intervenir en su vida y acci?n; aunque cuenten con ella expl?cita o impl?citamente para su pol?tica religiosa frente a las minor?as no cristianas y en el tratamiento pol?tico de aquellos fen?menos her?ticos y cism?ticos con incidencia en la sociedad civil. La libertad religiosa emerge claramente como ?libertas Ecclesiae? ?como ?libertad de la Iglesia?? de la visi?n doctrinal en que es contemplada intelectualmente y del modo jur?dico-pol?tico y cultural en que es practicada en esta coyuntura hist?rica; pero no como libertad religiosa plena y propia de la persona humana por el hecho natural y ?creacional? de serlo. La doctrina de la libertad del acto de fe hab?a sido ciertamente adquirida y admitida en esa ?poca del primer milenio de la historia cristiana por el ordenamiento can?nico de la Iglesia ??segu?a intacta!?; no obstante, su aplicaci?n civil pecaba de incoherencia teol?gica e inconsecuencia pastoral.

En el segundo milenio del cristianismo la doctrina sobre la libertad religiosa, apoyada principalmente en la antropolog?a teol?gica de Santo Tom?s de Aquino, fruto espl?ndido del momento m?s caracter?stico del esplendor de la Cristiandad Medieval, se va configurando progresivamente como un derecho natural inherente a la persona humana en su doble e intr?nseca proyecci?n: individual y social. Los juristas y te?logos de la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII la apuntalan definitivamente a trav?s de una nueva versi?n de la teor?a del ?Ius gentium? elaborada s?lida y perspicazmente a partir de una antropolog?a filos?fico-teol?gica en la que se afrontan y dilucidan los problemas m?s vivos y actuales de la ?poca: el descubrimiento de Am?rica con su colonizaci?n y evangelizaci?n y la llamada Reforma Protestante. Vendr? despu?s la experiencia terriblemente dram?tica de las guerras intraeuropeas, conocidas como ?guerras de religi?n?, que se saldan en la Paz de Westfalia de 1647 con la imposici?n del principio ?cujus regio ejus et religio? como norma jur?dica suprema para la determinaci?n del estatuto p?blico de la religi?n oficial de los s?bditos de Reyes y Pr?ncipes y, consiguientemente, del lugar institucional de la Iglesia y de las nuevas Confesiones Protestantes en el marco del derecho estatal.

Esta soluci?n, a la larga insatisfactoria e insuficiente, mover? a juristas y pensadores de la nueva ?poca de la historia europea, la de la Ilustraci?n, a ofrecer y propugnar una fundamentaci?n racional y secular de los derechos del hombre, asentados en el derecho de libertad de conciencia y de religi?n como su pieza sillar. La perspectiva racionalista, que hab?an elegido, supuestamente liberada de prejuicios teol?gicos, parec?a que abrir?a generosamente los caminos para un reconocimiento de los derechos humanos m?s all? de las fronteras religiosas y de las diferencias confesionales. De ah? a la introducci?n formal de derecho a la libertad religiosa en el nuevo orden democr?tico y constitucional, que releva las monarqu?as absolutas del Antiguo R?gimen pac?fica, unas veces, y, otras, revolucionariamente, no hab?a m?s que un paso. El derecho a la libertad religiosa ir? cuajando y configur?ndose despu?s como una categor?a generalmente aceptada por la teor?a y la praxis constitucional europea y americana de los siglos XIX y XX, entre las corrientes ideol?gicas laicistas radicales, que pretend?an una y otra vez reducirlo a un derecho puramente privado e individual, y las concepciones culturales y doctrinales, nost?lgicas de la tradici?n confesional, m?s o menos atemperadas por la creciente conciencia teol?gica del valor de la libertad religiosa. La filosof?a del Estado y la Eclesiolog?a contempor?neas, con todo, no van a dejar ya espacio intelectual para una concepci?n de las relaciones entre el Estado ?la comunidad pol?tica? y la Iglesia ?la comunidad religiosa? que no gire, por una parte, en torno al quicio estructural del derecho a la libertad religiosa en la plenitud de sus significados y contenidos y no se base, por otra, en el principio de la mutua independencia y colaboraci?n para el bien integral de las personas, miembros de una y otra realidad social.


El momento culminante

Los momentos culminantes del proceso hist?rico del reconocimiento jur?dico y doctrinal pleno del derecho a la libertad religiosa lo vendr?n a representar sucesivamente, y en sus respectivos planos de acci?n, la Declaraci?n Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas y la Declaraci?n ?Dignitatis Humanae? del Concilio Vaticano II. La influencia hist?rica de ambos documentos en el desarrollo de la universalizaci?n de la conciencia ?tica y jur?dica del valor primordial de los derechos fundamentales de la persona humana, como postulado normativo previo y fundante de cualquier forma de regulaci?n del Estado que aspire a considerarse y configurarse con respetabilidad moral, cultural y social, es claramente perceptible tanto en el derecho constitucional, elaborado cient?fica y pol?ticamente en los pa?ses de la Europa libre, finalizada la Segunda Guerra Mundial, como en las teor?as generales sobre el recto ordenamiento constitucional del Estado en otras ?reas geopol?ticas del mundo. Ni siquiera en las legislaciones constitucionales de los Estados comunistas se atreve nadie a no introducir, sea recortadamente sea sin las previsiones m?nimas para su efectividad judicial y administrativa ?es decir, de forma puramente ret?rica?, el reconocimiento te?rico de la tabla habitual de los derechos fundamentales de la persona humana, encabezada por el derecho a la vida y a la libertad religiosa. Incluso, en la cultura pol?tica m?s extendida de los pa?ses musulmanes, antiguos y nuevos, se matiza y condiciona ciertamente la vigencia pre-jur?dica de la doctrina de los derechos humanos como anteriores al Estado, pero sin llegar a rechazarla de entrada y de plano.

La doctrina del Vaticano II sobre la materia, que comprende, adem?s de la Declaraci?n sobre la Libertad Religiosa, ?Dignitatis Humanae?, la Constituci?n Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, ?Gaudium et Spes?, conforma por su parte e irreversiblemente el horizonte intelectual y pastoral de la opini?n p?blica en el ?mbito religioso, m?s all? de las fronteras del catolicismo. Y, por supuesto, inspira la actuaci?n de la Iglesia Cat?lica en el amplio campo del derecho concordatario ?floreciente como nunca lo hab?a estado en la historia anterior de las relaciones Iglesia y Estado? y en el ?mbito del derecho internacional p?blico en general.

?Un futuro cuestionado?

La doctrina sobre el derecho a la libertad religiosa como un derecho previo a la autoridad del Estado, derecho individual y social a la vez, aceptada poco menos que universal y pac?ficamente en el periodo hist?rico abierto inmediatamente despu?s de la amarga experiencia de la conflagraci?n b?lica m?s tr?gica y destructiva de toda la historia universal, la Segunda Guerra Mundial ?aceptaci?n fruto de la toma de conciencia tanto de los factores hist?ricos que la desencadenaron de orden econ?mico, social y pol?tico, como de la crisis cultural, moral y espiritual que la precedi? comienza sorprendentemente a ser discutida, cada vez m?s, hasta su cuestionamiento ideol?gico y pol?tico, a comienzos del nuevo siglo XXI. De hecho se observa en la actualidad un retorno del laicismo ideol?gico radical en lo que fueron los pa?ses libres europeos de la segunda mitad del siglo XX, no exceptuada Espa?a. Su tesis central del car?cter intr?nsecamente laico del Estado y de su soberan?a ?ticamente ilimitada sobre la vida p?blica trae como secuela inevitable una absorci?n pol?tica de los aspectos socialmente relevantes de la vida de las personas y corre el peligro de inducir una injerencia progresiva en el campo de las convicciones y vivencias religiosas y morales. Esta reducci?n te?rica de lo religioso y moral al ?mbito estrictamente privado conduce, no raras veces, en la actuaci?n administrativa y en la jurisprudencia, qui?rase o no, a una discriminaci?n f?ctica de la expresi?n de la fe, de los signos religiosos y de la pr?ctica religiosa en los m?s diversos lugares y tiempos donde se fragua y articula lo social, lo cultural y lo humano; y, no digamos, de la confesi?n y profesi?n de la visi?n cristiana de la vida. Se tiende a reclamar silencio y anonimato p?blico a los creyentes. Se privilegian y favorecen a la vez las opiniones, actitudes e iniciativas de los no creyentes. La protecci?n administrativa, procesal y penal del ejercicio del derecho positivo a la libertad religiosa se autolimita cuantitativa y cualitativamente, cre?ndose la inevitable sensaci?n de un cierto desamparo jur?dico.

Al mismo tiempo, en los otros contextos pol?ticos, culturales y religiosos de las grandes Religiones no cristianas, especialmente en los ambientes radicales del Islam, se est? dando una vuelta hacia concepciones sobre la relaci?n del orden pol?tico y religioso, muy arraigadas en su memoria hist?rica, que acent?an la no distinci?n entre uno y otro, y que conducen inevitablemente a una limitaci?n del derecho a la libertad religiosa como derecho p?blico, implicando la pura y simple negaci?n de este derecho en algunos casos bien conocidos, y, en otros, los m?s extremosos, el intento de su negaci?n violenta, ya sea por la v?a de la imposici?n del propio credo, ya por la v?a de la prohibici?n del credo de los dem?s.


Resumiendo:

La doctrina del derecho fundamental a la libertad religiosa, delicada y trabajosamente elaborada a lo largo de una historia bimilenaria, y apenas cuajada y lograda pol?tica y jur?dicamente en la segunda mitad del siglo XX, vuelve a ser debatida con referencia a contenidos y aspectos esenciales de la misma, a pesar del itinerario intelectual, cultural y religioso, recorrido: largo, complejo y dif?cil como pocos en la historia de la humanidad.

El Santo Padre Benedicto XVI ya en enero del a?o 2004 en la Academia Cat?lica de Baviera en Munich, un a?o antes de su elecci?n como Romano Pont?fice, en un famoso debate con el fil?sofo J?rgen Habermas, llamaba la atenci?n sobre la importancia de que se iniciase un di?logo intelectual y cultural entre los pensadores cristianos y el pensamiento laico europeo, al menos con su sector m?s sensible a los peligros que se ciernen sobre el futuro de las libertades fundamentales del hombre y, por lo tanto, sobre la suerte del Estado social y democr?tico de derecho. Un di?logo que deber?a centrarse en los fundamentos pre-pol?ticos, ?ticos y espirituales, imprescindibles para que el Estado de derecho pueda subsistir en esta delicada hora de crisis de las civilizaciones. Y, en su reciente y tan comentada lecci?n acad?mica en la Universidad de Ratisbona sobre ?Fe, Raz?n y Universidad. Recuerdos y reflexiones?, volv?a a insistir muy directamente en la necesidad de superar por la v?a de un aut?ntico di?logo intelectual lo que ?l hab?a calificado como ?patolog?as de la raz?n? y ?patolog?as de la religi?n? en su intervenci?n de Munich; patolog?as resultantes tanto de una determinada versi?n de la experiencia hist?rica de la Ilustraci?n como del desarrollo actual de algunos fen?menos religiosos. Di?logo de las culturas y de las religiones, que aleje la tentaci?n de rebajar lo religioso a la categor?a de ?subcultura?, a la vez que contribuya a la retirada intelectual de la pretensi?n de imponer una visi?n de Dios sin ?el Logos?, es decir, de un Dios concebido y pensado desde dentro y desde fuera de su Misterio, siendo y actuando en contra de la raz?n. Este di?logo de las culturas y de las religiones, piensa el Papa, se lograr? si los interlocutores est?n dispuestos a encontrarse en la gran amplitud de la raz?n: ?en el gran Logos! La gran tarea de la Universidad, hoy como siempre, consiste en ?redescubrirlo constantemente, siempre de nuevo?.
Publicado por verdenaranja @ 18:41  | Hablan los obispos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios