Martes, 24 de abril de 2007
Homil?a del Sr. Card. Jorge Mario Bergoglio,

al comenzar la 93? Asamblea del Episcopado



?Esteban, lleno de gracia y de poder, hac?a grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada ?de los Libertos?, como tambi?n otros, originarios de Cirene, de Alejandr?a, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con ?l. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabidur?a y al esp?ritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le hab?an o?do blasfemar contra Mois?s y contra Dios. As? consiguieron excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedr?n. Entonces presentaron falsos testigos que declararon: ?Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. Nosotros le hemos o?do decir que Jes?s de Nazaret destruir? este Lugar y cambiar? las costumbres que nos ha trasmitido Mois?s?. En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedr?n ten?an los ojos clavados en ?l y vieron que el rostro de Esteban parec?a el de un ?ngel.



Hech. 6: 8-15. Texto correspondiente al 23 de abril, lunes de la 3? Semana de Pascua.




1. San Lucas describe el asesinato de Esteban sobre las huellas del de Jes?s. Se evidencia su intencionalidad de se?alar, en este primer m?rtir, el camino del creyente. ?El disc?pulo no es m?s que su maestro? (Mt. 10:24) hab?a dicho Jes?s; el camino del disc?pulo es el de su Se?or; ser?a impensable un discipulado que no se ajustase al m?s fiel seguimiento. En esta realidad se enraiza la dimensi?n martirial de la existencia cristiana, ese ?dar testimonio? como lo dio el Se?or, y estar dispuesto a afrontar las consecuencias que exija la fidelidad al llamado.

2. Los ap?stoles abandonaron al Maestro (Mt. 26:56), Pedro lo neg? por miedo (Mt. 26: 69-75) ... todav?a no hab?an sido confirmados por la Resurrecci?n y la fuerza del Esp?ritu Santo. En Esteban, en cambio, se muestra ya el disc?pulo maduro, configurado por esa confirmaci?n; en ?l la Palabra de Dios nos muestra el perfil acabado del disc?pulo que da testimonio, del disc?pulo que ?lleno de gracia y poder hac?a grandes prodigios y signos en medio del pueblo? (Hech. 6:8). Esteban no era un milagrero ambulante. La fuerza le ven?a de la gracia, del poder del Esp?ritu Santo... y esto molestaba.

3. La escena se enmarca en una disputa. Los miembros de la sinagoga de los Libertos ?se presentaron para discutir con ?l? (Hech. 6:9), evocaci?n de tantas discusiones de Jes?s con fariseos, saduceos, esenios y zelotes, alternativas humanas a la radicalidad del Reino. Sin embargo, la contundencia de la historia del pueblo elegido y la fuerza de las Bienaventuranzas se impon?a a toda argumentaci?n y casu?stica. Se trataba del choque entre la Verdad y el sofisma ilustrado, ese equilibrismo nominalista para aceptar una formulaci?n de la verdad negando su real incidencia en la vida. Estos sofistas ?no encontraban argumentos frente a la sabidur?a y al esp?ritu que se manifestaba en su palabra? (Hech. 6:10). Entonces recurren a diversas formas de violencia: al soborno (Hech. 6:11) como otrora los fariseos con los soldados testigos de la Resurrecci?n (Mt. 28: 11-15), como el Sanedr?n para con el mismo Jes?s... y del soborno a ?excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas? (Hech. 6:12) al igual que hicieron con Jes?s (Mt. 27:20); y tambi?n como a Jes?s llegan de improviso, lo arrestan y llevan ante el Sanedr?n (ibid) y presentan testigos falsos (cfr. Mt. 26: 59-61). Los mismos m?todos, el mismo camino recorrido hasta la muerte. Un ?ltimo detalle: en el momento de su sacrificio el disc?pulo repetir? las palabras de perd?n del Maestro (Hech. 7:59-60) y dar? signos de su entrada triunfal en la vida: ?En ese momento los que estaban sentados en el Sanedr?n ten?an los ojos clavados en ?l y vieron que el rostro de Esteban parec?a el de un ?ngel? (Hech. 6:15 y 7:55-56).

4. As? se consuma la vida del que la Iglesia nos propone como el primer disc?pulo m?rtir y, en su persona, nos se?ala el camino a seguir: dar testimonio hasta el fin. A lo largo de los siglos el discipulado cristiano brill? con innumerables hombres y mujeres que no escondieron la fe que guardaban en sus corazones; a ellos el Esp?ritu Santo les dictaba lo que ten?an que decir en los tribunales (cfr. Mc. 13:11) e iban valerosos y transfigurados al martirio: el fuerte Policarpo que permaneci? firme en el poste sin querer ser clavado y cuyo cuerpo se transfigur?, en medio de la hoguera, como si fuera pan cocido en el velamen de un barco. Felicitas, valiente con sus hijos. ?gueda que ?contenta y alegre se dirig?a a la c?rcel, como invitada a bodas, y encomendaba al Se?or su combate?. Los veintis?is japoneses en la colina de Nagasaki, orando, cantando salmos, anim?ndose mutuamente. La serenidad de Maximiliano Kolbe al tomar el sitio de otro; el abandono en el Se?or de Edith Stein quien repet?a lit?nicamente: ?no s? qu? tiene dispuesto hacer Dios conmigo, pero no tengo porque preocuparme de ello?. Y as? tantos otros, aun en tiempos cercanos. Todos ellos siguen el camino testimonial de Esteban y reeditan en su martirio tambi?n la transformaci?n de su rostro que parec?a el de un ?ngel. Ellos hab?an asumido en su coraz?n la Bienaventuranza del Se?or. ??Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, consider?ndolos infames a causa del Hijo del hombre!? (Lc. 6:22). Hombres y mujeres que no se avergonzaron de Jesucristo e, imit?ndolo en la cruz, llevaron adelante la vida de la Iglesia.

5. Porque la Iglesia fue, es y ser? perseguida. El Se?or ya nos lo advirti? (cfr. Mt. 24:4-14; Mc. 13:9-13; Lc. 21:12-19) para que estuvi?semos preparados. Ser? perseguida no precisamente en sus hijos mediocres que pactan con el mundo como lo hicieron aquellos renegados de los que nos habla el libro de los Macabeos (cfr. 1Mac. 1:11-15): ?sos nunca son perseguidos; sino en los otros hijos que, en medio de la nube de tantos testigos, optan por tener los ojos fijos en Jes?s (cfr. Hebr. 12: 1-2) y seguir sus pasos cualquiera sea el precio. La Iglesia ser? perseguida en la medida en que mantenga su fidelidad al Evangelio. El testimonio de esta fidelidad molesta al mundo, lo enfurece y le rechinan los dientes (cfr. Hech. 7:54), mata y destruye, como sucedi? con Esteban. La persecuci?n es un acontecimiento eclesial de fidelidad; a veces es frontal y directa; otras veces hay que saberla reconocer en medio de las envolturas ?culturosas? con que se presenta en cada ?poca, escondida en la mundana ?racionalidad? de un cierto autodefinido ?sentido com?n? de normalidad y civilidad. Las formas son muchas y variadas pero aquello que siempre provoca la persecuci?n es la locura del Evangelio, el esc?ndalo de la Cruz de Cristo, el fermento de la Bienaventuranzas. Luego, como en el caso de Jes?s, de Esteban y de esa gran ?nube de testigos?, los m?todos fueron y son los mismos: la desinformaci?n, la difamaci?n, la calumnia... para convencer, poner en marcha y ?como toda obra del Demonio- hacer que la persecuci?n crezca, se contagie y se justifique (parezca razonable y no precisamente persecuci?n).

6. En cambio la tentaci?n para la Iglesia fue y ser? siempre la misma: eludir la cruz (cfr. Mt. 16:22), negociar la verdad, atenuar la fuerza redentora de la Cruz de Cristo para evitar la la persecuci?n. ?Pobre la Iglesia tibia que rehuye y evita la cruz! No ser? fecunda, se ?sociabilizar? educadamente? en su esterilidad con ribetes de cultura aceptable. ?ste es, en definitiva, el precio que se paga, y lo paga el pueblo de Dios, por avergonzarse del Evangelio, por ceder al miedo de dar testimonio.

7. Al comenzar esta Asamblea podemos pedirle al disc?pulo del Se?or, este primer hermano nuestro que dio testimonio de Jesucristo y del Evangelio, nos conceda la gracia de no avergonzarnos de la Cruz de Cristo, de no ceder a la tentaci?n de que, por miedo, conveniencia o comodidad, negociemos la estrategia del Reino que entra?a pobreza, humillaciones y humildad; y pedirle tambi?n la gracia de recordar todos los d?as las palabras de San Pablo: ?No te averg?ences del testimonio de nuestro Se?or, ni tampoco de m?, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios?. (2 Tim. 1:8).

Pilar, 23 de abril de 2007.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.



Publicado por verdenaranja @ 22:24  | Hablan los obispos
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