Jueves, 26 de abril de 2007
Alfonso Aguil?
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Existe una leyenda entre los indios norteamericanos que cuenta c?mo un bravo guerrero, en cierta ocasi?n, encontr? un huevo de ?guila y lo puso en un nido de chochas, esas peque?as aves zancudas tan frecuentes en aquellos lugares.

El aguilucho naci? y creci? con las chochas y termin? por ser una m?s entre ellas. Para comer no cazaba como las ?guilas, sino que escarbaba la tierra buscando semillas e insectos. Cacareaba y cloqueaba. Correteaba y volaba a saltos cortos, como las chochas.

Un d?a vio un magn?fico p?jaro, a gran altura, cuya silueta se recortaba en un cielo azul intenso. Su aspecto era majestuoso, aristocr?tico, real, imponente.

? ?Qu? p?jaro tan hermoso! ?Qu? es?, pregunt? la que era un ?guila cambiada, mientras sent?a rebullir su sangre de un modo muy ?ntimo.

? ?Ignorante! ?No lo sabes?, cloque? el vecino. Es un ?guila: la reina de las aves. Pero no sue?es, nunca podr?s ser como ella.

El ?guila cambiada lanz? un profundo suspiro nost?lgico..., baj? la cabeza..., picote? el suelo..., y se olvid? del ?guila majestuosa. Pasado el tiempo, muri? creyendo que era una chocha.

A algunas personas les sucede como a esta pobre ?guila, inconsciente de su noble origen y de sus posibilidades. Han venido al mundo y hacen lo que ven que se hace a su alrededor, no se sienten llamados a nada grande. Cuando observan en otros algo digno de imitaci?n (y suelen fijarse poco en eso), casi siempre lo ven como algo lejano e inasequible para ellos. No trascienden, no aspiran a m?s, se contentan con el aburrido transcurrir de la rutina de su entorno. No entienden de cosas grandes, de magnanimidad.

Sus pensamientos y sus respuestas son siempre mezquinas y calculadoras. Pueden ser agudos, pero su lucidez (quiz? su falta de lucidez) siempre est? te?ida de escepticismo. Son incapaces de pensamientos elevados o generosos, y piensan que quienes los tienen son unos ingenuos o unos falsos. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso en la diversi?n.

Para prevenir y prevenirse en la educaci?n contra esa desgraciada mentalidad, es preciso esforzarse por crear un clima estimulante, un sensato y equilibrado ambiente de sentimientos audaces, magn?nimos e ilusionantes.

Enfrentarse con lo dif?cil, alejarse de la posici?n de m?nimo esfuerzo, es algo propio de la virtud de la magnanimidad. Una virtud que los fil?sofos medievales defin?an como un razonable empe?o en alcanzar cosas altas. Y una virtud que parece muy necesaria en la educaci?n del car?cter, porque el hombre empeque?ecido dif?cilmente acierta a comprender las ventajas que supone la liberaci?n de esa mediocridad que le atenaza.

Todos hemos de esforzarnos para que la mediocridad no se vaya adue?ando de nosotros con el paso del tiempo. El apocamiento de ?nimo es una sombra que, con el desgaste del transcurrir de la vida, puede acabar por manejarnos con sutileza, y lograr nuestra sumisi?n, sedando poco a poco nuestras esperanzas e ilusiones hasta hacernos casi subhumanos.

Adem?s, no debemos olvidar que dif?cilmente alcanzaremos una meta m?s elevada que la que nos hayamos propuesto. Hemos de ser capaces de observar en nuestra vida esos brillos que nos arrancan de la mediocridad, de la rutina, de la monoton?a. Descubrir luces en lo que a primera vista se manifiesta opaco.

La grandeza de ?nimo tambi?n requiere un poco de estilo. Hemos de evitar lo mediocre y lo mezquino, m?s que condenarlo altivamente. Porque ?como dec?a Jean Guitton? cuando la grandeza de ?nimo se al?a a la altivez suele quedarse s?lo en altivez, que es un horrible defecto. Cuando la grandeza se expresa sin rebajar a nadie, sin sobreelevarse a s? misma, entonces es una magnanimidad noble y con clase.


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