S?bado, 05 de mayo de 2007
ZENIT publica la homil?a que pronunci? Benedicto XVI ante la tumba de su maestro te?lgo, Agust?n de Hipona, durante su viaje pastoral a Pav?a el 22 de abril de 2007.

Queridos hermanos y hermanas:

En su momento conclusivo, mi visita a Pav?a toma la forma de una peregrinaci?n. Es la forma en que yo la hab?a concebido al inicio, pues deseaba venir a venerar los restos mortales de san Agust?n, para rendir el homenaje de toda la Iglesia cat?lica a uno de sus "padres" m?s destacados, as? como para manifestar mi devoci?n y mi gratitud personal hacia quien ha desempe?ado un papel tan importante en mi vida de te?logo y pastor, pero antes a?n de hombre y sacerdote.

Con afecto renuevo mi saludo al obispo Giovanni Giudici y lo extiendo en particular al prior general de los agustinos, padre Robert Francis Prevost, al padre provincial y a toda la comunidad agustina. Con alegr?a os saludo a todos vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos consagrados y seminaristas.

La Providencia ha querido que mi viaje asumiera el car?cter de una aut?ntica visita pastoral; por eso, en esta etapa de oraci?n quisiera recoger aqu?, junto al sepulcro del Doctor gratiae, un mensaje significativo para el camino de la Iglesia. Este mensaje nos viene del encuentro entre la palabra de Dios y la experiencia personal del gran obispo de Hipona.

Hemos escuchado la breve lectura b?blica de las segundas V?speras del tercer domingo de Pascua (Hb 10, 12-14): la carta a los Hebreos nos ha presentado a Cristo, sumo y eterno sacerdote, exaltado a la gloria del Padre despu?s de haberse ofrecido a s? mismo como ?nico y perfecto sacrificio de la nueva alianza, con el que se llev? a cabo la obra de la Redenci?n. San Agust?n fij? su mirada en este misterio y en ?l encontr? la Verdad que tanto buscaba: Jesucristo, el Verbo encarnado, el Cordero inmolado y resucitado, es la revelaci?n del rostro de Dios Amor a todo ser humano en camino por las sendas del tiempo hacia la eternidad.

En un pasaje que se puede considerar paralelo al que se acaba de proclamar de la carta a los Hebreos, el ap?stol san Juan escribe: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que ?l nos am? y nos envi? a su Hijo como propiciaci?n por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). Aqu? radica el coraz?n del Evangelio, el n?cleo central del cristianismo. La luz de este amor abri? los ojos de san Agust?n, le hizo encontrar la "belleza antigua y siempre nueva" (Las Confesiones, X, 27), en la cual ?nicamente encuentra paz el coraz?n del hombre.

Queridos hermanos y hermanas, aqu?, ante la tumba de san Agust?n, quisiera volver a entregar idealmente a la Iglesia y al mundo mi primera enc?clica, que contiene precisamente este mensaje central del Evangelio: Deus caritas est, "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Esta enc?clica, y sobre todo su primera parte, debe mucho al pensamiento de san Agust?n, que fue un enamorado del amor de Dios, y lo cant?, medit?, predic? en todos sus escritos, y sobre todo lo testimoni? en su ministerio pastoral.

Siguiendo las ense?anzas del concilio Vaticano II y de mis venerados predecesores Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, estoy convencido de que la humanidad contempor?nea necesita este mensaje esencial, encarnado en Cristo Jes?s: Dios es amor. Todo debe partir de esto y todo debe llevar a esto: toda actividad pastoral, todo tratado teol?gico. Como dice san Pablo: "Si no tengo caridad, nada me aprovecha" (cf. 1 Co 13, 3). Todos los carismas carecen de sentido y de valor sin el amor; en cambio, gracias al amor todos ellos contribuyen a edificar el Cuerpo m?stico de Cristo.

El mensaje que repite tambi?n hoy san Agust?n a toda la Iglesia, y en particular a esta comunidad diocesana que con tanta veneraci?n conserva sus reliquias, es el siguiente: el Amor es el alma de la vida de la Iglesia y de su actividad pastoral. Lo hemos escuchado esta ma?ana en el di?logo entre Jes?s y Sim?n Pedro: "?Me amas?... Apacienta mis ovejas" (cf. Jn 21, 15-17). S?lo quien vive en la experiencia personal del amor del Se?or es capaz de cumplir la tarea de guiar y acompa?ar a los dem?s en el camino del seguimiento de Cristo. Al igual que san Agust?n, os repito esta verdad a vosotros como Obispo de Roma, mientras con alegr?a siempre nueva la acojo juntamente con vosotros como cristiano.

Servir a Cristo es ante todo una cuesti?n de amor. Queridos hermanos y hermanas, vuestra pertenencia a la Iglesia y vuestro apostolado deben brillar siempre por la ausencia de cualquier inter?s individual y por la adhesi?n sin reservas al amor de Cristo. Los j?venes, en especial, necesitan recibir el anuncio de la libertad y la alegr?a, cuyo secreto radica en Cristo. ?l es la respuesta m?s verdadera a las expectativas de sus corazones inquietos por los numerosos interrogantes que llevan en su interior. S?lo en ?l, Palabra pronunciada por el Padre para nosotros, se encuentra la uni?n entre la verdad y el amor, en la que se encuentra el sentido pleno de la vida. San Agust?n vivi? personalmente y analiz? a fondo los interrogantes que el hombre alberga en su coraz?n y sonde? la capacidad que tiene de abrirse al infinito de Dios.

Siguiendo las huellas de san Agust?n, tambi?n vosotros deb?is ser una Iglesia que anuncie con valent?a la "buena nueva" de Cristo, su propuesta de vida, su mensaje de reconciliaci?n y perd?n. He visto que vuestro primer objetivo pastoral consiste en llevar a las personas a la madurez cristiana. Aprecio esta prioridad que otorg?is a la formaci?n personal, porque la Iglesia no es una simple organizaci?n de manifestaciones colectivas, ni lo opuesto, la suma de individuos que viven una religiosidad privada. La Iglesia es una comunidad de personas que creen en el Dios de Jesucristo y se comprometen a vivir en el mundo el mandamiento de la caridad que ?l nos dej?. Por tanto, es una comunidad en la que se nos educa en el amor, y esta educaci?n se lleva a cabo no a pesar de los acontecimientos de la vida, sino a trav?s de ellos. As? fue para san Pedro, para san Agust?n y para todos los santos. Y as? es tambi?n para nosotros.

La maduraci?n personal, animada por la caridad eclesial, permite tambi?n crecer en el discernimiento comunitario, es decir, en la capacidad de leer e interpretar el tiempo presente a la luz del Evangelio, para responder a la llamada del Se?or. Os exhorto a progresar en el testimonio personal y comunitario del amor con obras. El servicio de la caridad, que con raz?n conceb?s siempre unido al anuncio de la Palabra y a la celebraci?n de los sacramentos, os llama y a la vez os estimula a estar atentos a las necesidades materiales y espirituales de los hermanos.

Os aliento a tratar de alcanzar el "alto grado" de la vida cristiana, que encuentra en la caridad el v?nculo de la perfecci?n y que debe traducirse tambi?n en un estilo de vida moral inspirado en el Evangelio, inevitablemente contra corriente con respecto a los criterios del mundo, pero que es preciso testimoniar siempre de modo humilde, respetuoso y cordial.

Queridos hermanos y hermanas, para m? ha sido un don, realmente un don, compartir con vosotros esta visita a la tumba de san Agust?n; vuestra presencia ha dado a mi peregrinaci?n un sentido eclesial m?s concreto. Recomencemos desde aqu? llevando en nuestro coraz?n la alegr?a de ser disc?pulos del Amor.

Que nos acompa?e siempre la Virgen Mar?a, a cuya maternal protecci?n os encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestros seres queridos, a la vez que con gran afecto os imparto la bendici?n apost?lica.

[? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 0:04  | Habla el Papa
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