Mi?rcoles, 09 de mayo de 2007
Art?culo semanal del Padre Fernadno Lorente, o.h., publicado en EL D?A, en la secci?n CRITERIOS, bajo el ep?grtafe "luz en el Camino".

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *


Caminos de la Santidad en los sacerdotes


Con esta reflexi?n y recuerdo cordial y espiritual, felicitamos a todos los sacerdotes y religiosos que, durante este a?o 2007, celebran las Bodas de Oro o de Plata de su ordenaci?n sacerdotal pertenecientes a nuestras dos di?cesis canarias; y les deseamos lo mejor -la santidad- a imitaci?n de S. Juan de ?vila, cuya fiesta celebramos ma?ana, el gran modelo y camino santificador para el clero, para la vida religiosa y para la vida seglar

Estos sacerdotes y religiosos -as? distinguidos- conseguir?n la santidad de manera propia, sincera e incansablemente, ejerciendo sus ministerios en el Esp?ritu de Cristo. Son ministros de la palabra de Dios y, como tales, diariamente leen y oyen esa misma palabra de Dios que deben ense?ar a los otros; y si, al mismo tiempo, se esfuerzan por recibirla en s? mismos, se har?n cada d?a disc?pulos m?s perfectos del Se?or: "Medita estas cosas, oc?pate en ellas, a fin de que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Atiende a ti y a la ense?anza; pues, haci?ndolo as?, te salvar?s a ti mismo y a los que te oyeren". (1 Tim, 4,15-16). Teniendo ante los ojos que es el Se?or quien abre los corazones y que la grandeza no viene de ellos mismos, sino de la virtud de Dios ("?este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros"), (2 Cor. 4,7), en el acto mismo de ense?ar la palabra de Dios se unir?n m?s ?ntimamente con Cristo Maestro y se dejar?n conducir por su Esp?ritu. As?, en comuni?n con Cristo, participan de la caridad de Dios, cuyo ministerio, escondido desde los siglos, ha sido revelado en Cristo.

Tambi?n, como ministros sagrados, tan se?aladamente en el sacrificio de la misa, los sacerdotes representan a Cristo, que se ofreci? a s? mismo como v?ctima por la santificaci?n de los hombres; de ah? que se les invite, lo mismo que tratan, en el sentido de que, celebrando el misterio de la muerte del Se?or, procuren mortificar sus miembros de sus vicios y concupiscencia. Y es que, en el misterio del sacrificio eucar?stico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redenci?n; y, por ello, encarecidamente se les recomienda su celebraci?n cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia. "Toda misa, aunque la celebre el sacerdote en privado, no es, sin embargo, privada, sino acto de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a s? misma como universal sacrificio, y aplica la infinita virtud redentora del sacrificio de la cruz para la salvaci?n del mundo entero. Todas las misas que se celebren se ofrecen no s?lo por la salvaci?n de algunos, sino tambi?n por la salvaci?n de todo el mundo. Intensa y paternalmente encomendamos a los sacerdotes, que son, sobre todo, gozo nuestro y corona nuestra, a que cada d?a celebren la misa digna y devotamente". (Pablo VI. l965).

Por eso, al unirse los sacerdotes al acto de Cristo sacerdote, se ofrecen diariamente por entero a Dios; y, al alimentarse del cuerpo de Cristo, participan de coraz?n la caridad de aquel que se da de manjar a los fieles. De modo semejante, en la administraci?n de los sacramentos se unen a la intenci?n y caridad de Cristo cosas de manera especial cuando se muestran en todo momento y de todo punto dispuestos a ejercer el ministerio del sacramento de la penitencia cuantas veces, razonablemente, se lo piden los fieles. Y en la recitaci?n del oficio divino prestan su voz a la Iglesia, que, en nombre de todo el g?nero humano, persevera en la oraci?n, juntamente con Cristo, "que vive siempre para interceder por nosotros" (Hb,7,25).

En el momento moderno, como todos los pasados en sus propias circunstancias, en que los hombres deben cumplir tan diversos y m?ltiples deberes y es tanta la variedad de los problemas que los angustian, y los que deben ser a menudo r?pidamente resueltos, corren no raras veces peligros de disiparse en diversidad de cosas. En esta situaci?n, que nuestros sacerdotes no se dejen envolver ni distraer en las much?simas obligaciones de su ministerio. Que no sin ansiedad busquen, como puedan, reducir a unidad su vida interior con el tr?fago de la acci?n externa. Esa unidad de vida no pueden lograrla ni la mera ordenaci?n exterior de las obras del ministerio, ni, por mucho que contribuyan a fomentarla, con la sola pr?ctica de los ejercicios de piedad. Pueden, sin embargo, construirla los sacerdotes si en el cumplimiento de su ministerio saben seguir el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de aquel que lo envi? para que llevara a cabo su obra. Es decir, para cumplir incesantemente esa misma voluntad, que es del Padre en el mundo por medio de la Iglesia, Cristo obra por sus ministros y, por tanto, ?l permanece siempre y es principio y fuente de la unidad de vida para ellos. Y es por esto que los sacerdotes conseguir?n la unidad de su vida uni?ndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en el don de s? mismos por el reba?o que les ha sido confiado. Obrando as?, los sacerdotes hallar?n la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misi?n de la Iglesia, y, por ?l, con el Padre, en el Esp?ritu Santo, para que puedan llenarse de consolaci?n y sobreabunden de gozo en la santidad, como manifestaci?n del don recibido del Se?or: ser sacerdote suyo para siempre ser santo.

* Capell?n de la Cl?nica San Juan de Dios
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios