S?bado, 12 de mayo de 2007
Alfonso Aguil?
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?Aquel chico ?contaba el profesor Robert Coles? ten?a quince a?os, le iban muy mal los estudios, y sol?a pasar horas y horas en su habitaci?n escuchando m?sica con la puerta cerrada.
?Un d?a le pregunt? por su vida y sus problemas, y se neg? a hablar de ellos, con un gesto de desd?n. "?A qu? se debe ese gesto?", le pregunt?. "A nada", contest?. "?Y no ser? quiz? a ti mismo?", aventur? yo. Al o?r eso, se volvi?, me mir? con atenci?n, y esper? unos segundos antes de musitar: "?Por qu? dice usted eso?".

?Sent? entonces que me hab?a acercado a un punto importante, y que quiz? ese chico estaba bastante cerca de abrir su coraz?n y dejarse ayudar, pero que tambi?n pod?a de pronto replegarse. Prefer? no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, despu?s de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: "Me parece que comprendo lo que sientes, y s? que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qu? hacer consigo mismo, ni qu? decirse". El joven se qued? mirando, no dijo nada, pero cuando sac? su pa?uelo me di cuenta de que sus ojos hab?an empezado a humedecerse.

?Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperaci?n, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostr?ndose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desde?oso de cualquier pauta moral, hipercr?tico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuici?n los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no pod?a quedarse ah? y dirig?a despu?s su atenci?n sobre s? mismo y se juzgaba tambi?n con extremada dureza.

?S?lo con el tiempo, y necesit? bastante, empec? a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales?.

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sent?a solo, raro, triste y bastante irritado. Ment?a, despreciaba a los dem?s, viv?a en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le hab?an llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era s?lo emocional, sino tambi?n moral. Su vida hab?a roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es as? tanto para los que acuden a un colegio de ?lite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompa?a a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se a?ade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ?Y qu? se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensaci?n de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una br?jula ?tica que les oriente en el fondo de s? mismos.

La educaci?n moral es m?s importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La ense?anza moral m?s persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los dem?s, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ?Cu?ndo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafeter?a, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar m?s las palabras "gracias" y "por favor", y no de una forma mec?nica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo aut?ntico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos m?s a los dem?s y tratarles con consideraci?n, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea peque?a. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos est? mal, y aunque parezca no hacer ning?n mal a nadie al menos nos da?a a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer m?s espacio en nuestro interior para los dem?s, y ofrecer as? un peque?o acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.


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