S?bado, 12 de mayo de 2007
D?a 13
VI Domingo de Pascua


La vida futura



Podemos amar a Dios. He aqu? la gran verdad que dignifica la vida del hombre por encima de cualquier otra circunstancia que pudiera ennoblecerla. Podemos amar a Dios, y Jesucristo nos ha revelado c?mo hacerlo a partir de su venida: los Evangelios vienen a ser una larga aclaraci?n de lo que somos y estamos destinados a ser por voluntad de Dios, nuestro Creador y Se?or.

Amar a Dios es, seg?n las palabras de san Juan que hoy consideramos, una posibilidad para cada uno. Llega a ser efectivo s?lo si queremos, si nos decidimos por Dios: si alguno me ama... La expresi?n de Jes?s, que nos ama entra?ablemente entreg?ndose por el mundo, nos conmueve. No quiere imponerse. Debe ser una decisi?n de cada uno, un querer nuestro el amarle. El ama hasta el fin, hab?a dicho a sus disc?pulos poco antes de pronunciar las palabras que hoy consideramos. Y les explica ahora lo que supondr? el amor de Dios para quien le acoja: mi Padre le amar?, y vendremos a ?l y haremos morada en ?l. No cabe pensar en mayor intimidad ni en mayor donaci?n. No es posible correspondencia m?s generosa: a nuestro amor ?siempre pobre, por grande y rendido que sea? Dios responde enriqueci?ndonos consigo mismo, tesoro del todo inapreciable.

Pero consideremos hoy de modo expreso, que el amor nuestro a ese Dios, capaz de inundarnos de S? mismo, no debemos presuponerlo f?cilmente, ni es real en cada uno s?lo con la intenci?n de amarle. Si alguno me ama, guardar? mi palabra (...). El que no me ama, no guarda mis palabras, dijo a los disc?pulos, y nos ha dicho a los cristianos de todos los tiempos. "Obras son amores", se suele decir. Para que no nos enga?emos pensando que realmente amamos con sentimentalismos ineficaces, est?riles; que podr?an conmovernos, s?, y hasta consolarnos, pero aportar?an poco a quien pretendemos querer, si no se acompa?an de la entrega generosa de nosotros mismos.

Es necesario que hoy y siempre nos preguntemos si nuestras disposiciones y obras finalmente manifiestan que guardamos la palabra del Se?or. Miremos lo que hemos hecho y c?mo lo hicimos. Enseguida nos vendr? la respuesta al por qu? de esa actuaci?n, precisamente as?. Si queremos otra cosa y no tanto agradar a Dios en cada instante, querremos rectificar, con ayuda de la Gracia, porque desde el fondo del coraz?n, sinceramente, reconocemos que no se cumple as? la voluntad de Dios.

Jes?s se remite al Padre. Invoca para sus disc?pulos la autoridad de su Padre, aunque sea igual a ?l en dignidad y poder. Y al Esp?ritu Santo, el Par?clito que el Padre enviar? en su nombre: ?l os ense?ar? todo y os recordar? todas las cosas que os he dicho. Por su acci?n tendremos ocasi?n de ver a los Ap?stoles audaces, entusiasmados, hasta padecer, si era preciso, por Cristo y por su doctrina. Es la acci?n misteriosa pero notoria de Dios en su criatura, a la que ama paternalmente: a nosotros; mientras nos debatimos, dialogando tal vez con la comodidad, la vanidad, la sensualidad...; y tambi?n con el deseo contrario ?sincero, por otra parte? de agradar a Dios, am?ndole, con nuestra vida.

Es tanto el desvelo de Dios por sus hijos que no tenemos derecho a estar tristes, cualquiera que sean las circunstancias por las que pasamos. Siempre, en todo momento, podremos vivir, "ense?ados" y "recordados" por el Esp?ritu Santo, de la gran verdad que dignifica la vida humana por encima de cualquier otra. No queramos conformarnos con menos. Reaccionemos prontamente, si notamos que nos mueven otros est?mulos ajenos al amor que Dios nos tiene. Reconozcamos, con un tozudo recuerdo, una y otra vez si es preciso, que tenemos a todo un Dios Padre a nuestro favor. Nos llenaremos de optimismo sobrenatural, porque nada de este mundo podr? vencernos, por poderoso y evidente que parezca, si es contrario a los planes divinos. Dios no pierde batallas, y tampoco el cristiano que vive de su Palabra por la acci?n del Esp?ritu Santo.

?Qu? l?gicas nos parecen, por eso, las palabras que dirige Jes?s a sus disc?pulos despu?s de hablarles del amor de Dios, seg?n relata san Juan! Les otorga su paz. Una paz de verdad. Una paz que podr?amos calificar de incontestable. No la paz del compromiso, como es con tanta frecuencia la paz entre los hombres: consecuencia del equilibrio entre fuerzas enfrentadas. No os la doy como la da el mundo, les dice. Porque con el Se?or estamos seguros para siempre. La verdad y el bien en ?l son eternos y no hay poder, ni en el mundo ni fuera de ?l, capaz de vencerle.

Contemplemos si no a Santa Mar?a, nuestra Madre. Nada la aparta de Dios, siendo su esclava, deseando que en Ella se hiciera seg?n su Palabra. As? es Reina del Cielo y de la tierra, de los ?ngeles y de los hombres, corredentora por su uni?n con la Pasi?n de su Hijo; omnipotencia suplicante ante el Creador.


Publicado por verdenaranja @ 16:17  | Espiritualidad
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