Lunes, 21 de mayo de 2007
S?NTESIS
DE LOS APORTES RECIBIDOS

PARA LA V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO




I
MIRAMOS A NUESTROS PUEBLOS
A LA LUZ DEL PROYECTO DEL PADRE


40. Miramos la realidad desde el designio salv?fico del Padre para discernir y dejarnos interpelar por las voces contempor?neas de Dios que asumimos en los signos de los tiempos. La situaci?n del Continente nos reclama, una vez m?s, la sinceridad y la sabidur?a necesarias para mirar con profundidad la realidad y su dinamismo, y descubrir en ella con lucidez la presencia din?mica del Reino de Dios proclamado por Jes?s.

1. EL PROYECTO DE AMOR DE DIOS PADRE

41. Israel descubre en el devenir de su historia que Dios es rico en amor y misericordia y que estos atributos divinos son fuente de vida y liberaci?n. Desde esta clave de lectura no s?lo mira su historia, sino tambi?n el origen de la humanidad y del pecado que encerr? al hombre en el ego?smo y la muerte. Dios, sin embargo, que cre? al ser humano como la ?nica criatura que ?l ama por s? misma, nos ha elegido antes de la creaci?n del mundo ?por decisi?n gratuita de su voluntad? para ?seradoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo?, su Hijo primog?nito (Ef 1, 4-5).

1.1 Dios, fuente de vida y liberaci?n para Israel

42. Dios Padre sale de s?, por as? decirlo, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. Mediante Israel, pueblo que hace suyo, Dios nos revela su proyecto de vida. Cada vez que Israel busc? y necesit? a su Dios, sobre todo en las desgracias nacionales, tuvo una singular experiencia de comuni?n con ?l, quien lo hac?a part?cipe de su verdad, su vida y su santidad. Por ello, no demor? en testimoniar que su Dios ?a diferencia de los ?dolos? es el ?Dios vivo? (Dt 5, 26) que lo libera de los opresores (cf. Ex 3, 7-10), que perdona sin l?mites (cf. Eclo 2, 11) y que restituye la salvaci?n perdida cuando el pueblo, envuelto ?en las redes de la muerte? (Sal 116, 3), se dirige a ?l suplicante (cf. Is 38, 16). De este Dios ?que es su Padre? Jes?s afirmar? que ?no es un Dios de muertos, sino de vivos? (Mc 12, 27).

43. Gracias a su experiencia de Dios, Israel confiesa que es ?el Dios de mi vida? (Sal 42, 9), su ?nico Se?or a quien debe amar con todo su coraz?n (cf. Dt 6, 5). Israel sabe que su Dios es la ?nica ?fuente? de su vida (Sal 36, 8-10), su ?roca? segura (28, 1-2) y su ?redentor? (Is 41, 14). Tambi?n sabe que esto no basta y que al don de la vida se responde con la b?squeda de la vida verdadera. Esta vida brota de la alianza con su Dios y exige el compromiso de destruir los ?dolos, confiar en ?l y en sus promesas de vida, ocuparse de los pobres, escuchar su Palabra y obedecer sus mandamientos, lo que constituye un potente s? divino a favor de la verdad, la vida y la libertad (cf. Ez 33, 14-15). Porque el Dios de Israel es Dios
de vida, el compromiso de alianza de Israel es respetar y favorecer los dones sagrados y preciosos de la vida y la liberaci?n que le regala.

1.2 Dios crea al hombre y a la mujer para que vivan

44. Luego de mirar con ojos de fe la historia de alianza con su Dios, Israel se abre no s?lo a su origen, sino tambi?n a la raz?n de su propia existencia y de la humanidad, descubriendo que el ser humano ?existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo cre?, y por el amor de Dios que lo conserva? (GS 19). Si Dios se ha manifestado, por sobre todo, dador de vida y liberaci?n para Israel, significa que la creaci?n del var?n y de la mujer a su imagen y semejanza es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Se?or. Al poner todo lo creado al servicio del ser humano, el Creador manifiesta la inmensa dignidad de aquel que apenas es inferior a Dios (cf. Sal 8) y el cuidado exquisito que
tiene por cada persona (cf. Gn 1, 29-30).

45. Esta experiencia de un Dios que crea y ama dando vida y libertad (cf. Sal 119, 159), lleva a Israel a descubrir maravillado la vocaci?n fundamental del ser humano: vivir en alianza de vida con el Se?or y en comuni?n unos con otros.

1.3 El pecado, negaci?n de la vida querida por Dios

46. Sin embargo, Israel, como nosotros mismos, experimenta la dolorosa tragedia de la maldad en su historia. Niega la vida que Dios le regala cuando ?no hay fidelidad, ni amor ni conocimiento de Dios? en el pa?s, y destruye esa vida en otros cuando ?s?lo se difunden falso testimonio y enga?o, asesinato, robo y adulterio y un crimen sigue a otro crimen? (Os 4, 1-2). Por su reiterada infidelidad, el pueblo dilapida los dones divinos. Responde con la rebeli?n a la vida y libertad que le vienen de Dios, alej?ndose y entristeciendo a su Se?or con su conducta (cf. Is 63, 7-10). Pero el pueblo est? convencido que su maldad y la del mundo no puede provenir de un Dios de vida que ama como lo hace su Dios. Entonces unos sabios israelitas, inspirados por Dios, ense?an al pueblo que fue el pecado, introducido por el ser humano en los albores de la creaci?n (cf. Rm 5, 12), la causa de una triple, profunda y actual distorsi?n: la del ser humano con su Creador, consigo mismo y sus semejantes, y con la creaci?n (cf. Gn 3; DP 322).

47. Desde entonces la vocaci?n fundamental del hombre y la mujer se ve amenazada por el pecado, poniendo toda la creaci?n bajo la sombra de su ego?smo y orgullo (cf. AA 7). Pero tambi?n, desde entonces, el ser humano lleva clavado en lo m?s profundo de su coraz?n el ansia de felicidad, de liberaci?n del pecado y de la muerte, de paz y de plenitud.

48. El Dios de la vida no abandonar? en la muerte y el pecado ni a su pueblo ni a la humanidad. Nos dice el Concilio Vaticano II que el Se?or vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renov?ndole interiormente y expulsando al pr?ncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31), que le reten?a en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidi?ndole lograr su propia plenitud (GS 13c).
Por eso, llegado el tiempo oportuno envi? a su Hijo como ?Camino, Verdad y Vida?, (cf. Jn 14, 6) y ?primog?nito de toda criatura? (Col 1, 15). Para liberarnos del pecado, ?l perdona nuestros pecados, recreando el coraz?n del hombre y llevando a la plenitud la vocaci?n humana.
Para actualizar la misericordia del Padre nos dej? el sacramento del Perd?n, de modo que sea realidad la aspiraci?n m?s honda de Pablo: que ?todo sea de ustedes, ustedes sean de Cristo y Cristo de Dios? (1 Co 3, 22-23).

2. ROSTROS QUE NOS INTERPELAN

49. El pecado introducido desde antiguo por los seres humanos contin?a presente en nuestra realidad, pero m?s poderosa es la presencia de la acci?n liberadora y enaltecedora de Dios. Por eso con Mar?a en su canto del Magnificat (cf. Lc 1, 46-55) proclamamos las maravillas que el Se?or ha hecho en nuestros pueblos y nos regocijamos en su amor y en su misericordia. Cristo nos llama desde los hermanos que sufren, a los que quiere servir con nuestra colaboraci?n, con la actitud creyente y materna de Mar?a nos acercamos a la realidad de nuestros pueblos, y contemplamos hoy los rostros filiales, sufrientes y resucitados del Se?or Jes?s (EiA 45).

50. Entre ellos est?n los pueblos y las comunidades que son testimonio de las ra?ces y culturas ind?genas. En los 500 a?os transcurridos han crecido grandes poblaciones y culturas mestizas. Sobre todo a los pueblos originarios que han permanecido m?s recluidos en sus territorios y a comunidades y personas afrodescendientes, a?n no se les reconoce en todas partes su derecho a ser tratados con dignidad y en igualdad de condiciones, y arrastran una carga secular de humillaciones. Frecuentemente quedan al margen de la sociedad y del leg?timo derecho al desarrollo, se ignora su historia y su presencia,y se desconoce o se niega la riqueza cultural y religiosa de sus tradiciones.

51. Por otra parte, innumerables mujeres de toda condici?n han sufrido una doble exclusi?n en raz?n de su situaci?n socioecon?mica y de su sexo. No son valoradas en su dignidad, quedan con frecuencia solas y abandonadas, no se les reconoce suficientemente su abnegado sacrificio e incluso heroica generosidad en el cuidado y educaci?n de los hijos ni en la transmisi?n de la fe en la familia, no se valora ni promueve adecuadamente su indispensable y peculiar participaci?n en la construcci?n de una vida social m?s humana y de una edificaci?n de la Iglesia en la compenetraci?n de sus dimensiones petrinas y marianas. A la vez, su urgente dignificaci?n y participaci?n pretende ser distorsionada por corrientes de un feminismo ideol?gico, marcado por la impronta cultural de las sociedades del consumo y el espect?culo, que es capaz de someter a las mujeres a nuevas esclavitudes.

52. De igual manera sufren los pobres, los excluidos, los desocupados, los migrantes, los desplazados, los campesinos sin tierra, los que buscan sobrevivir en las redes de la econom?a informal, y todos aquellos que se ven privados de una vida digna. Sus rostros piden unas condiciones de vida que garanticen y ofrezcan oportunidades a su existencia, mediante una fraterna acogida y solidaridad, incorporados al trabajo y a los beneficios de un progreso aut?ntico, tambi?n por medio de leyes que protejan en justicia su presente y su futuro. De modo semejante sufren tambi?n los ni?os, j?venes y adultos, cuando son v?ctimas de estructuras sociales que les cierran las puertas al ejercicio de sus derechos individuales y sociales, as? como al aprovechamiento de otras leg?timas oportunidades. Nos esperan los enfermos, los drogadictos, los discapacitados y los adultos mayores que sufren de soledad y no gozan del derecho a una vida digna y a los cuidados que merecen. Recordamos tambi?n a las v?ctimas de la violencia intrafamiliar.

53. Hay otros rostros que nos interpelan particularmente: los hermanos secuestrados, los que son v?ctimas de la violencia y de los conflictos armados en nuestros pa?ses y en otras latitudes, que no reciben protecci?n y defensa eficaz, ni tienen prioridad en las pol?ticas p?blicas de muchos Estados. Debemos aprender que la paz no puede alcanzarse ?nicamente desde fuera con estructuras, y que el intento de establecerla con la violencia s?lo lleva a una violencia siempre nueva (?) Debemos aprender que la paz s?lo puede existir si se supera desde dentro el odio y el ego?smo (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006).
Pero tampoco podemos olvidar esos otros rostros que no han contribuido o no contribuyen a la construcci?n de la paz. Por haber hecho o seguir haciendo mal uso de la libertad carecen de felicidad. Entre ellos, esperan mucho de nosotros los que han cometido delitos y est?n privados de libertad. Y nos necesitan los que son insensibles al dolor de los dem?s, los que oprimen, los corruptos, los que viven al margen de la ley, los que trafican con drogas, los que abusan del poder, los que manipulan ideol?gicamente, los violentos y los terroristas; todos ellos, incapaces de vivir en paz y de construir la paz.

54. Nos interpelan a nosotros, disc?pulos y misioneros de Cristo, los hermanos de otras comunidades cristianas, con quienes hemos comenzado a orar juntos y a colaborar, en camino a la unidad querida por el Se?or; y tambi?n de otras confesiones religiosas, con los que est? pendiente el di?logo y la colaboraci?n mutua.
Nos interrogan asimismo los agn?sticos, los ateos y los indiferentes, que viven la pobreza de desconocer a Dios en su vida o, sabiendo de ?l, prescinden de su persona y de su amor. Se alegrar?an de compartir nuestro optimismo los que carecen de esperanza, y los que han experimentado el fracaso de sus planteamientos utop?as. Y no podemos olvidar a los que se encuentran en situaciones especiales por haber abandonado el ejercicio del ministerio sacerdotal, por haber contra?do un segundo matrimonio civil sin haber obtenido la declaraci?n de nulidad del sacramento, las personas homosexuales y los que mantienen una doble vida, aument?ndose al dolor de su desorden la zozobra por el temor de ser descubiertos.

55. Cumplimos con un deber de gratitud al destacar otros rostros: de una multitud de hombres y mujeres, adultos y j?venes ?profesionales, campesinos, obreros, empleados, madres de familia, etc.?, que son miembros de la Iglesia y en nuestros pa?ses trabajan con amor a Dios y a los hermanos, incluso a quienes podr?an ser sus enemigos, y lo hacen de manera honesta y generosa, sin perder la esperanza. Junto a tantos otros no se doblegan ante las dificultades sino que mantienen anhelos de vida y liberaci?n, de amistad con Dios, de fidelidad, fraternidad y paz, buscando el crecimiento del Reino. Su capacidad de resistencia, esperanza y paciencia hist?rica, como tambi?n de colaboraci?n con quienes creen en el
hombre y en su felicidad, y manifiestan el gozo de creer en el ?Dios que derrib? de sus tronos a los poderosos y enalteci? a los humildes? (Lc 1, 52), recuerdan el rostro de Jes?s resucitado.

3. CAMBIO DE ?POCA Y DESAF?OS

56. Sucesivas transformaciones sociales y culturales agitan al mundo actual. Vivimos un fuerte cambio de ?poca cuyo nivel m?s profundo es el cultural. Por esto la sociedad latinoamericana se experimenta como una sociedad inestable y en transici?n, con sus luces y sombras. La Iglesia cat?lica tambi?n est? inmersa en este cambio. Veamos algunos rasgos m?s relevantes de su configuraci?n.

3.1 Pluralismo y emergencia de la subjetividad

57. Todos sentimos las modificaciones profundas que afectan a nuestra sociedad. Acostumbrados a una tradici?n cultural bastante homog?nea y de ?ndole cristiana, asistimos hoy a la fragmentaci?n de la sociedad en sectores plurales, con lenguajes y pr?cticas propias, con nueva conciencia sobre las particularidades ?tnicas, culturales y religiosas de los pueblos, con gran acumulaci?n de informaciones y conocimientos, con una nueva autonom?a y autoreferencia del poder pol?tico, con inmensos cambios promovidos por la ciencia y la tecnolog?a, y por una nueva concepci?n de libertad religiosa. Se desvanece de este modo una ?nica imagen del mundo, del ser humano y de Dios, que ofrec?a orientaci?n para la vida cotidiana. Recae, por tanto, sobre el individuo toda la responsabilidad de construir su personalidad, de afirmar su libertad y de tener razones para vivir, que ya no le son dadas por la tradici?n como suced?a en el pasado.
Vivimos as? en un mundo donde reina el pluralismo, bien sea cultural o religioso, y en el cual la convivencia se construye d?a a d?a a partir de la persona y de sus opciones, a veces, sin embargo, fuertemente condicionadas por una cultura global que tiende a imponer la ?dictadura del relativismo, proponiendo modelos antropol?gicos incompatibles con la naturaleza y dignidad del hombre? (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplom?tico, 8 de enero de 2007) y sembrando as? incertidumbres, desarraigos y confusiones.

58. Surge entonces lo que hoy caracterizamos como la emergencia de la subjetividad, en la que cada uno puede escoger, de la plural oferta de sentidos y pr?cticas sociales, lo que le parece mejor. La emergencia de la subjetividad ha significado una importante conquista de la humanidad. La dignidad y la libertad de la persona humana son reconocidas y respetadas. Las ra?ces de ello est?n ciertamente en la novedad del cristianismo, aunque hayan pasado por vicisitudes hist?ricas y culturales.
Actualmente esta subjetividad sin embargo con frecuencia se reduce a un mero subjetivismo, hostil a cualquier v?nculo, sin referencia a la verdad, sin unidad interior, y da?ino para la convivencia social. Sin embargo, el espacio dado a la libertad en nuestros d?as representa tambi?n una oportunidad para el cristianismo. Pues la adhesi?n a la fe cristiana resulta de una opci?n libre por Jesucristo. Cuanto m?s consciente, libre, razonable, madura y plena, m?s s?lida ser? la identidad del disc?pulo de Cristo.

3.2 Impacto de la globalizaci?n

59. El fen?meno de la globalizaci?n, tanto en su vertiente cultural, como en su vertiente comunicacional y econ?mica, provoca cambios significativos en la realidad actual. Hoy tenemos experiencia de una reducci?n del espacio y del tiempo, fruto de la velocidad de los medios de transporte y de la instantaneidad de la comunicaci?n.
Tenemos una conciencia planetaria, in?dita en la historia de la humanidad, que aproxima pueblos y continentes, y que plasma una mentalidad com?n. Grandes naciones y millones de hombres se van incorporando a una din?mica acelerada de desarrollo.

60. La globalizaci?n representa, sin duda, una oportunidad para una renovada conciencia de la catolicidad de la Iglesia. As?, un gran patrimonio cultural es ofrecido a todos, proporcion?ndoles conciencia de los derechos humanos, participaci?n en las conquistas cient?ficas, solidaridad con los m?s pobres, estima por la justicia y por la paz, valorizaci?n de las culturas locales, y sobretodo la convicci?n de que el presente y el futuro de la humanidad depende de todos. Surge as? el deber de globalizar la caridad y la solidaridad.

61. Sin embargo, no se puede ignorar que gran parte de esta cultura globalizada est? al servicio de intereses econ?micos transnacionales. De hecho, la globalizaci?n econ?mica, trae muchos beneficios para los que logran incorporarse al alto nivel necesario de conocimientos y de t?cnicas, pero deja al margen, creando situaciones de precariedad, desigualdad y pobreza, a los que tienen menos capacidades y posibilidades para competir en una econom?a abierta al mercado. El poder pol?tico nacional pierde fuerza delante de las interdependencias y presiones de cu?o econ?mico en los nuevos escenarios globales. La econom?a neoliberal, cuando no es corregida por el compromiso con los m?s d?biles, de hecho debilita a?n m?s las democracias latinoamericanas, que en general no disponen de instituciones consistentes y s?lidas y sufren la tentaci?n de soluciones populistas o sucumben a la corrupci?n en muchos niveles. La econom?a financiera tiende a prevalecer en su papel determinante por encima de la econom?a productiva y social, haciendo que nuestras naciones tengan condicionado su futuro por los vaivenes de los capitales especulativos. Ha sido la dolorosa
experiencia en algunos de nuestros pa?ses.

3.3 Hegemon?a del factor econ?mico y tecno-cient?fico

62. Todas las dimensiones de la vida social se encuentran recibiendo el impacto dominante del factor econ?mico y del mercado como la norma suprema de funcionamiento y el criterio decisivo en la organizaci?n social.
La racionalidad instrumental que anima muchos aspectos del quehacer econ?mico y cient?fico no logra reconocer al ser humano como sujeto con dignidad y como un valor supremo de organizaci?n social y econ?mica. S?lo lentamente se abre paso la preocupaci?n por el ?capital humano?. Muchos de nuestros contempor?neos, inmersos en una cultura as?, carecen de referencias para orientarse y acaban cediendo a los imperativos del individualismo, del materialismo y de la b?squeda exclusiva del bienestar propio.

63. Cuando la l?gica del mercado coloniza la vida pol?tica y cient?fica, cuando irrumpe en las instituciones dedicadas a la procuraci?n de justicia, en la escuela y la Universidad, en las actividades profesionales y en los estilos de vida ordinarios, aparece con fuerza el relativismo ?tico y se debilita el ideal de trabajar por el bien com?n. El frecuente incumplimiento de promesas por parte de nuestras autoridades civiles parcialmente se debe a la subordinaci?n de las pol?ticas p?blicas a la l?gica del mercado, a la popularidad buscada como fin, a las exigencias de los organismos internacionales que aprecian m?s la oferta y la demanda como criterio operativo que la reciprocidad justa de los intercambios. Esto trae como consecuencia el agravamiento de las desigualdades sociales de nuestros pa?ses que se reflejan en los precarios servicios p?blicos en diversos sectores como hospitales, escuelas y viviendas. Por tanto, urge ?eliminar
las causas estructurales de las disfunciones de la econom?a mundial? (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplom?tico, 8 de enero de 2007), para que una racionalidad m?s integral y solidaria pueda vitalizar todos los procesos sociales y responda a las fuertes aspiraciones de los sectores m?s pobres por una mayor y m?s justa participaci?n en los bienes de la sociedad.

3.4 Irrupci?n de lo sagrado y b?squeda de la trascendencia

64. Es perceptible que en muchos espacios y ambientes de la sociedad y de la cultura en Am?rica Latina no se tiene respuestas a los grandes interrogantes del ser humano sobre el sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte y del amor, lo cual deja a las personas en desamparo e inseguridad. Por otra parte, una nueva sensibilidad religiosa, anhelante de encontrar la dimensi?n de lo sagrado, reaparece con un fuerte acento subjetivista y tenuemente vinculada con la fe de las generaciones precedentes. Nuevos grupos y sectas hacen aparecer una nebulosa religiosidad, sujeta a cambios continuos y motivo de confusi?n entre los fieles. De este modo, en Am?rica Latina, los creyentes viven entre tendencias secularistas que conviven con ?una difusa exigencia de espiritualidad? (NMI 33), con una nostalgia de Dios, aun cuando este fen?meno no se exprese con un lenguaje sofisticado ni acad?mico.

3.5 Crisis de la familia

65. La familia, c?lula de la sociedad, sufre hoy el impacto de este cuadro sociocultural y econ?mico. La inestabilidad de los matrimonios proviene en gran medida de la ausencia de v?nculos y convicciones s?lidas y es agravada por el hedonismo reinante, por el subjetivismo y por la cultura de lo desechable. Las numerosas disoluciones matrimoniales desacreditan el matrimonio en las generaciones m?s j?venes y favorecen el crecimiento de las uniones fuera del matrimonio civil o religioso. Los bajos ingresos y muchas veces la b?squeda del bienestar individual llevan a las parejas a no tener hijos o a tenerlos en n?mero muy reducido. Adem?s, hoy se incurre en el contrasentido de legitimar uniones de personas del mismo sexo, equipar?ndolas al matrimonio. Aun entre las familias cristianas la ausencia del hogar debido al compromiso profesional de todos los miembros de la familia, la agitaci?n de la vida moderna, sobre todo urbana, la omnipresencia de la televisi?n y el recurso permanente a otros medios visuales y auditivos de comunicaci?n social, que difunden costumbres y convicciones ajenas o contrarias al cristianismo, dificultan la transmisi?n de la fe cristiana a los hijos, y hacen muy dif?cil el di?logo y la uni?n de todos en el hogar. Se observan tambi?n en nuestros d?as, por razones diversas, diferentes tipos de uniones ?por razones ideol?gicas se les quiere llamar a todas ?modelos de familia?? (monoparentales, consensuales, uniones libres, divorciados vueltos a casar, uniones homosexuales y otras), si bien no coinciden ni con el proyecto de Dios para la familia ni con el balance hist?rico de la humanidad. Todo esto interpela nuestra pastoral familiar.

66. Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos varias corrientes ideol?gicas: la neoliberal que exalta la libertad total del individuo y que se expresa en un relativismo subjetivista en el que cada uno puede escoger sus verdades y sus valores, y en la exaltaci?n de la fuerza: si yo soy el m?s fuerte, puedo disponer de la vida ajena; la ideolog?a del g?nero, seg?n la cual cada uno puede escoger su ?orientaci?n sexual? y las respectivas pr?cticas, no teniendo relevancia las diferencias fisiol?gicas; la ideolog?a ecologista que presenta al hombre como el mayor depredador y por eso, el hombre debe someterse a la Madre Tierra, y el n?mero de individuos admitidos a la existencia debe ser contenido en l?mites definidos por los tecn?cratas; el humanismo agn?stico, que reduce voluntariamente el ?rea de competencia de la raz?n, limitando el ejercicio de la misma a la esfera de los fen?menos, y descalificando a priori toda indagaci?n relativa al sentido de la vida y de la muerte, o al sentido del misterio. Este humanismo, cuya forma parox?stica es el nihilismo, lleva a la ocultaci?n de la se?or?a ministerial en virtud de la cual el hombre es llamado a participar, por la procreaci?n, a la acci?n creadora de Dios.

67. Muchas de las modificaciones legales que se han introducido en numerosos pa?ses de Am?rica Latina en los ?ltimos a?os hieren gravemente la dignidad del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Estas modificaciones no son casuales, no ocurren simplemente.
Muchas veces son promovidas como elementos necesarios de agendas ?progresistas?, con frecuencia impulsadas por determinadas ONG o por organismos de las Naciones Unidas. Persiguen la emancipaci?n de las costumbres, las normas ?ticas y las leyes de su matriz cristiana. Con frecuencia responden a los intereses y estrategias de personas e instituciones con gran poder y presencia internacional, que abiertamente buscan provocar un cambio en el ethos cultural y religioso latinoamericano.

3.6 Cultura urbana

68. Dios habita en la ciudad. As? como en otro tiempo se manifest? con rostro rural, hoy se revela, por as? decirlo, con rostro urbano. Pronto m?s del 70% de la poblaci?n estar? viviendo en ciudades con m?s de un mill?n de habitantes. Este crecimiento acelerado de las grandes urbes hemos de comprenderlo como un nuevo signo de nuestro tiempo. En la urbe acontecen complejas transformaciones socioecon?micas, culturales, pol?ticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida. Las grandes urbes se componen de un sinn?mero de pueblos, ciudades sat?lites, sectores y ambientes sociales, donde coexisten binomios que la desaf?an cotidianamente: tradici?n-modernidad, globalidad particularidad, inclusi?n-exclusi?n, personalizaci?n despersonalizaci?n, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo.
La cultura rural a?n es un referente en muchas regiones del Continente y sigue aportando riquezas innegables; pero lo rural hoy se urbaniza en forma vertiginosa e irreversible. Hay en la ciudad una fragmentaci?n de la cultura, un lenguaje nuevo y una simbolog?a que requiere un aprendizaje. Existe una diferencia notable entre el habitante nacido en la urbe, el inmigrante desplazado hacia ella y el residente extranjero.
La cultura contempor?nea pasa hoy necesariamente por la ciudad y crea v?nculos que generan una nueva mentalidad.

69. El ciudadano de la urbe se entiende a s? mismo como v?ctima y sujeto de su entorno. Por un lado, padece anonimato y masificaci?n, movilidad y v?rtigo, soledad y desamparo, desarraigo y violencia, inseguridad e impotencia; por el otro, reconoce que la urbe le brinda incesantemente oportunidades, alternativas, modas, expectativas, ofertas culturales y opciones in?ditas que lo invitan al esfuerzo, al bienestar y al ?xito. Todo esto hace sumamente dif?cil la vida de los hombres y mujeres urbanos, que ven la ciudad al mismo tiempo como espacio amable que los atrae y lugar odioso que los agrede.

3.7 El ejercicio del poder en Am?rica Latina

70. Existe en la vida social un factor que convencionalmente identificamos con la palabra ?pol?tica? pero que es mucho m?s amplio que el ?mbito que se delimita con esta noci?n. Este factor es el ?poder?. El poder se ha configurado en Am?rica Latina de una manera peculiar debido a la larga historia de autoritarismo que existe en nuestras tierras desde la ?poca precolombina y que contin?a, bajo diversas modalidades, hasta nuestros d?as.
El poder se ejerce en la familia, en la escuela, en el campo, en las organizaciones civiles, en la empresa, en la escuela, en los sindicatos, y por supuesto, en los distintos ?rdenes de gobierno civil y eclesi?stico.

71. En muchas ocasiones de la historia remota y reciente de Am?rica Latina el ejercicio del poder no ha estado normado por la dignidad de la persona humana y sus exigencias fundamentales ?los derechos humanos?, sino que se ha autorregulado. Cuando el poder no reconoce m?s l?mite que la voluntad del gobernante aparece el autoritarismo. Ante este fen?meno, la sociedad civil se ha organizado en much?simos grupos que, cuando luchan por alg?n segmento del bien com?n de manera pac?fica, colaboran a que la sociedad se vuelva sujeto de su historia y no objeto de uso o de abuso por parte del poder.

72. Muchas de las democracias latinoamericanas se han logrado construir con enormes sacrificios personales y colectivos. Fue necesario que cicatrizaran heridas muy profundas y dolorosas, por medio de procesos de reconciliaci?n en que no han faltado la verdad, la justicia, la magnanimidad y aun el perd?n. Sin embargo, con frecuencia la democracia se mantiene en su momento formal y no logra madurar en su dimensi?n participativa y cultural. Esto quiere decir que en numerosos casos la democracia se esfuerza por mejorar los mecanismos institucionales m?s necesarios, por ejemplo para efectuar los procesos electorales, pero no logra emerger como un estilo de vida permanente que vitalice las instituciones. Por ello, la democracia en Am?rica Latina, y con ella los partidos pol?ticos tradicionales, se encuentra en una seria crisis. Esta crisis se manifiesta de m?ltiples maneras siendo una de las m?s preocupantes la corrupci?n, y el surgimiento de caudillismos que con pretensiones de mesianismo y con discursos maniqueos, tolerando o incitando a la violencia, tienden a controlar desde el Estado las instituciones educativas, los medios de comunicaci?n, la econom?a y la sociedad. A veces se
valen hasta de un lenguaje para-religioso, y se proponen como redentores de la vida social. En tales circunstancias la libertad de la Iglesia, que ha de ser ejercida y defendida con gran valent?a, se convierte en un s?mbolo para la sociedad, en un refugio para los perseguidos, en la principal garant?a de los derechos y las libertades ciudadanas, y en una promesa de libertad para todos.

73. Los vicios autoritarios que frecuentemente aparecen en las estructuras de gobierno civil surgen de vicios de igual ?ndole cultivados en la familia y en el resto de las organizaciones e instituciones que componen la vida social. Por ello, es importante que reconozcamos la urgente necesidad de cultivar la subsidiaridad y una democracia participativa, que permita reconocer en la pr?ctica el derecho de todos por igual a participar libre, activa y creativamente en la gesti?n del bien com?n.

4. LA IGLESIA EN ESTE CAMBIO DE ?POCA

4.1 Una Iglesia cuestionada

74. El pluralismo cultural y religioso de la sociedad actual repercute fuertemente en la Iglesia. Hay otras fuentes de sentido que compiten con ella, relativizando y debilitando su incidencia social y su acci?n pastoral.
No todos los cat?licos estaban preparados para resistir a esta multiplicidad de discursos y de pr?cticas presentes en la sociedad. Y este hecho se ha manifestado en un cierto distanciamiento silencioso de la Iglesia por parte de muchos y en una adhesi?n poco reflexiva a otras creencias o instituciones religiosas. Esta situaci?n se ve agravada por el relativismo ?tico y religioso de la cultura actual. Por otro lado, el pluralismo abre espacios para la libertad personal y la opci?n religiosa consciente.
Todo esto muestra la necesidad urgente de una mayor formaci?n cristiana del laicado, que le permita desarrolla una actitud de convencida identificaci?n con su vocaci?n cristiana y de discernimiento evang?lico ante este pluralismo.

75. Por su parte, la emergencia de la subjetividad en nuestros d?as, acompa?ada por una creciente participaci?n de nuestros contempor?neos en las conquistas culturales, tambi?n representan un desaf?o para la Iglesia.
Ya no se acepta un pronunciamiento s?lo porque proviene de una autoridad. Se vuelve necesario ofrecer un adecuado fundamento al discurso doctrinal o ?tico, porque cada uno quiere que su autonom?a personal y su libertad sean respetadas; de este modo, como lo se?ala el Papa Benedicto XVI, la Iglesia, debe intervenir en los diversos temas de la vida de la sociedad ?a trav?s de la argumentaci?n racional? (DCE 28). Hay que advertir que el debilitamiento de las s?lidas fuentes de sentido en la sociedad genera, en el fondo, angustia y malestar en aquellos que m?s buscan refugio y distracci?n en un
consumismo creciente. El mensaje cristiano ofrece, sin duda, marcos s?lidos para la integraci?n personal y la convivencia social. Urge saber proclamarlo a nuestros contempor?neos con una actitud abierta y dialogante.

4.2 La rica vitalidad de la Iglesia

76. Presente y actuante en su Iglesia, el Esp?ritu Santo la santifica, la inspira y la renueva continuamente. La Iglesia cat?lica en Am?rica Latina ha estado comprometida desde sus or?genes y hasta el presente con los m?s pobres y con el esfuerzo de promover su dignidad. Una densa red capilar de instituciones e iniciativas beneficia a nuestros pueblos en el orden de la salud, la educaci?n, la cultura, la habitaci?n, la rehabilitaci?n y la promoci?n de los trabajadores y de sus familias. Por ejemplo, sus numerosas actividades e instituciones educativas, en todos los niveles, representan una contribuci?n signifi cativa para el pueblo latinoamericano. Tambi?n es destacable la participaci?n personal e institucional de la Iglesia en el sector de la salud, disminuyendo las consecuencias de un servicio sanitario deficiente. Reiteradamente
su empe?o a favor de los m?s pobres y su lucha por la dignidad humana han ocasionado la persecuci?n, y aun la muerte, de miembros suyos.

77. La renovaci?n aconteci? tambi?n en el interior de la Iglesia. Centrar los esfuerzos pastorales en conducir al encuentro con Jesucristo vivo, ha dado y sigue dando preciosos frutos. La primac?a de la Palabra de Dios nutre la teolog?a y anima la pastoral, repercutiendo fuertemente en los sectores m?s sencillos y abiertos de nuestros pueblos. El mayor contacto y el mejor conocimiento de los textos evang?licos ha puesto en evidencia la centralidad de la persona y de la vida de Jesucristo, con su fuerza atractiva y transformadora, como tambi?n la misi?n de la Iglesia como sacramento de comuni?n y espacio de solidaridad con quienes no tienen los medios necesario para vivir dignamente. La Iglesia tambi?n redescubre sus ra?ces b?blicas y patr?sticas, entendi?ndose a s? misma como una verdadera familia de Dios, lo que implica la participaci?n de todos en los bienes salv?ficos y en las actividades eclesiales. Constatamos la admirable generosidad de incontables catequistas, y enormes esfuerzos catequ?ticos. Crecen las manifestaciones de la religiosidad popular. De este modo se puede observar el florecimiento de comunidades eclesiales de base. Son muchos los movimientos e itinerarios de formaci?n, que difunden su riqueza carism?tica, educativa y evangelizadora.
Una invaluable riqueza la constituyen el testimonio y la acci?n solidaria y misionera de los laicos y las laicas.

78. La renovaci?n lit?rgica acentu? la dimensi?n celebrativa y festiva de la fe cristiana, completamente centrada en el misterio pascual. Su apertura al mundo, la cultura y la historia, en la l?nea del Concilio Vaticano II y de las Conferencias Generales anteriores, vuelve a la Iglesia m?s cercana y dialogante con la realidad donde est? inserta. La preocupaci?n por el ser humano, tan fuerte en nuestra cultura, se convierte tambi?n en una preocupaci?n fundamental de la Iglesia. Por todos estos bienes queremos agradecer al Esp?ritu de Dios que derram? abundantemente sus dones sobre la Iglesia en Am?rica Latina y El Caribe.

4.3 Deficiencias por corregir
79. Toda transformaci?n hist?rica consistente se realiza lenta y gradualmente, y la Iglesia no es una excepci?n.
La eclesiolog?a conciliar sin duda renov? la vida eclesial, pero todav?a debe seguir interpel?ndonos. Aqu? pesan no s?lo los lastres socioculturales, sino sobre todo la realidad del pecado en nosotros sus miembros, que exige sincero arrepentimiento y conversi?n personal, como tambi?n posturas m?s evang?licas. S?lo as? nuestras deficiencias y errores podr?n ser perdonados y corregidos. Nos referimos, para mencionar algunos, al clericalismo, a los intentos de volver al pasado, a lecturas y aplicaciones secularizadas de la renovaci?n conciliar, a la ausencia de autocr?tica, de una aut?ntica obediencia y de ejercicio evang?lico de la autoridad, a los moralismos que debilitan la centralidad de Jesucristo, a las infidelidades a la doctrina y a la comuni?n, a las debilidades de nuestra opci?n preferencial por los pobres, a la discriminaci?n de tantas mujeres y grupos humanos, al escaso acompa?amiento dado a los laicos en tareas de servicio p?blico, a una evangelizaci?n con poco ardor y sin nuevos m?todos y expresiones, a un ?nfasis en los sacramentos descuidando otras tareas pastorales, a una espiritualidad individualista, a cierta lentitud en el compromiso con la democracia, a la falta de aplicaci?n creativa del rico patrimonio que constituye la Doctrina social de la Iglesia, a la persistencia de lenguajes poco significativos para la cultura actual y que ?en ocasiones? parecieran no tener en cuenta el car?cter pluralista de la sociedad y la cultura. Debemos pedir perd?n por habernos apartado del Evangelio, que pide un estilo de vida m?s fiel a la verdad y a la caridad, m?s sencillo, austero y solidario, como tambi?n valent?a, persistencia y docilidad a la gracia para proseguir la renovaci?n iniciada por el Concilio Vaticano II.

CONCLUSI?N

80. Nuestra mirada creyente sobre la realidad nos hace comprender que estamos a?n lejos del proyecto de Dios sobre su creaci?n. La vida de nuestros pueblos est? amenazada por los cambios de este tiempo y por el arraigo de algunas actitudes y estructuras eclesiales que a veces no corresponden adecuadamente a la audacia evangelizadora que hoy se necesita. 81. Los miembros de la Iglesia necesitamos reaccionar, dej?ndonos interpelar por las voces de Dios que surgen de todos los rincones del Continente. En primer lugar, se impone un ejercicio continuo de discernimiento, que haga una interpretaci?n prof?tica y sapiencial de los signos contradictorios y promisorios que hoy vivimos. El amor a la verdad debe ocupar un lugar m?s importante en la vida, en nuestras opciones y en las tareas que asumimos. En segundo lugar, sobresale una apremiante exigencia de conversi?n individual y colectiva, que propicie cambios profundos dondequiera que sean necesarios y desencadene procesos audaces de renovaci?n en una comunidad de disc?pulos en estado permanente de misi?n. Por ?ltimo, se requiere forjar un estilo de Pueblo de Dios, m?s dado a la oraci?n y al trabajo misionero, en el que la fidelidad creadora haga cambios evang?licos distinguiendo siempre lo esencial de aquello que no lo es (cf. Mt 13, 52).

82. En el siglo XX la vida de la Iglesia latinoamericana estuvo marcada por diversas tendencias a veces enfrentadas entre s?. Creemos que lleg? la hora de crear, a trav?s de un gran amor a la verdad y de una apertura fraterna y de un di?logo respetuoso, nuevas s?ntesis integradoras. Por ejemplo: entre evangelizaci?n y ?sacramentalizaci?n?, entre testimonio y anuncio, entre anuncio y denuncia, entre pastoral popular y formaci?n de laicos, entre opci?n preferencial por los pobres y atenci?n a la clase media y a los grupos dirigentes, entre pastoral, espiritualidad y compromiso social, entre valores tradicionales y b?squedas actuales, entre liberaci?n social y promoci?n de la fe, entre teolog?a y praxis, entre culto y testimonio de vida, entre causas locales y nacionales y apertura a Latinoam?rica y el mundo, entre identidad cat?lica y apertura al di?logo con los diferentes.
No se trata de debilitar o relativizar alguna de estas exigencias, sino de que la Persona de Jesucristo ilumine todas estas realidades y les permita una adecuada articulaci?n.

83. Iluminar esta mirada, haci?ndola creyente desde la centralidad de Jesucristo y la Eclesiolog?a del Concilio Vaticano II, es garant?a segura para acercarnos m?s a los objetivos primordiales de la V Conferencia vivir un discipulado misionero capaz de engendrar vida ?en abundancia? (Jn 10, 10) para los pueblos de estas tierras.



Publicado por verdenaranja @ 0:38  | Hablan los obispos
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