Lunes, 21 de mayo de 2007
S?NTESIS
DE LOS APORTES RECIBIDOS

PARA LA V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO





II
JESUCRISTO,
FUENTE DE VIDA DIGNA Y PLENA


84. Hemos mirado brevemente la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, sus valores y sus l?mites, sus angustias y sus esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, clamamos, luchamos y so?amos, permanecemos en gozosa esperanza. Jes?s se hace presente para instaurar su Reino de verdad y de vida, de justicia y de paz, de amor, gracia y santidad. Por eso, ahora pondremos nuestra mirada en el Evangelio para contemplar a Jesucristo,recordando que la actividad de la Iglesia est? al servicio de su Reino. En la conclusi?n, ofreceremos algunos criterios teol?gicos pastorales que iluminen la tarea misionera.

1. JESUCRISTO, VIDA NUEVA DEL PADRE

85. Por su Hijo Jes?s, el Padre hace presente todo su poder vivificante y liberador, de integraci?n, reconciliaci?n y misericordia, pues por ?l devuelve en plenitud impensable lo que el ser humano hab?a dilapidado con su pecado. Restituye una vida humana capaz de acogerla misma vida de Dios, fuente de nuevas relaciones con los otros en justicia y amor, y con todo lo creado.

86. El criterio de discernimiento y valoraci?n para todo creyente es la persona de Jesucristo, Verbo eterno de Dios, que existe desde el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, y Palabra encarnada en el tiempo ,en quien fue recreada la humanidad ca?da, para la cual ?l es ?el Camino, la Verdad, y la Vida? (Jn 14, 6), ya cuya luz resplandece todo ?cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor? (Flp 4, 8). Su persona, sus palabras y sus acciones inauguraron en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzar? su plenitud all? donde no habr? m?s ?muerte, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido? (Ap 21,1-5).

1.1 La vida es Jes?s
1.1.1 El Dios de la vida se hace presente en Jes?s de Nazaret


87. Llegado el tiempo oportuno, la Palabra del Padre se hizo uno de nosotros (cf. Ga 4, 4). En Galilea comenz? proclamar que est? llegando el Reino de su Padre, por lo que urge creer y convertirse (cf. Mc 1, 14-15).Mientras unos se admiraban y sorprend?an por su ense?anza y sus acciones, otros buscaban la raz?n de su conducta (cf. 3, 21). Su fama crec?a en la multitud que lo buscaba y acompa?aba (cf. 1, 45). Las preguntas acerca del origen de sus palabras y obras no se hac?an esperar:??De d?nde le viene a ?ste todo esto?, ?qui?n le ha dado esa sabidur?a y capacidad de hacer milagros?? (6, 2-3)

.88. Sin embargo, Jes?s revelaba su identidad a quien, con coraz?n limpio, miraba fascinado su obra y escuchabaatento su ense?anza. Surg?a as? otro tipo de preguntas: si expulsa demonios y sana en nombre propio,?puede ser un demonio? (cf. Mc 3, 22-30), ?no ser? el Mes?as que trae el Reino de vida? El mismo Jes?s confirmaba esta fe incipiente: ?Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes? (Lc 11, 20) y tambi?n: ?Una pruebae vidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que ?l me encarg? llevar a t?rmino? (Jn 5, 36; cf.RM 14). Cuando Jes?s se aparta de las r?gidas leyes de purificaci?n, ?no est? revelando que el Dios del Reino es Padre de todos, que perdona a los pecadores, haci?ndolos part?cipes de su santidad? (cf. Lc 15). De nuevo Jes?s confirmaba la incipiente fe de muchos: ?Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores? (Mt 9, 13),abriendo la experiencia humana a la universalidad del amor del Padre que no excluye a nadie y ?hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos?(Mt 5, 45).


89. En la vida hist?rica de Jes?s, sus palabras y acciones est?n ?ntimamente entrelazadas, de forma que las palabras explican las acciones y ?stas confirman las palabras. Esta radical coherencia del Hijo del hombre que ?pas? haciendo el bien? (Hch 10, 38), suscitaba la vinculaci?n a ?l como ?Maestro? y ?Mes?as?, y la fe daba paso a progresivas confesiones de su identidad y su misi?n.


1.1.2 Jes?s de Nazaret revela el Reino de su Padre.

La proclamaci?n y la instauraci?n del Reino de Dios son el objeto de la misi?n de Jesucristo (cf. Lc 4,43). Al Reino se accede por el encuentro con aquel que con sus palabras y sus acciones, mostraba que ?el Reino? de Dios inclu?a a sencillos y marginados. Com?a y beb?a con pecadores (Mc 2, 16), sin importarle que lo tildaran de comil?n y borracho (cf. Mt 11, 19); tocaba leprosos (cf. Lc 5, 13) y dejaba que una mujer prostituta le ungiera y besara los pies (cf. 7, 37-38); conversaba, transgrediendo costumbres, con una mujer samaritana(cf. Jn 4) y, de noche, recib?a a Nicodemo, dirigente notable en Israel (cf. Jn 3).

91. A su vez, la cercan?a de Jes?s con los necesitados y el don de la vida nueva, hac?an presente en medio de la gente una imagen original del Reino. ?Jes?s es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios est? en medio de nosotros y a trav?s del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios? (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006). Esto implica una nueva imagen del ?Dios? de ese Reino. ?l quiere reinar como ?Abb? o ?Padre? que, por el perd?n y el don de su misma vida, busca ser ?nuestro Padre? (Mt 6,9). El Dios que quiere reinar es Padre amoroso y lleno de compasi?n con todos: con los preferidos de Jes?s ?enfermos, pecadores, pobres y sencillos? (cf. Lc 4, 14-21; 10,21) y con hombres ricos como Zaqueo, personajes notables como Nicodemo y poderosos como el centuri?n romano. A todos Jes?s les pide adhesi?n ?ntima a ?l y conversi?n de vida (cf. Mc 1, 14-15). Por la aceptaci?n de Jes?s como Mes?as e Hijo, se hace realidad la soberan?a de Dios en cuanto Padre, poniendo en toda realidad, sea humana o no, un dinamismo divino de transformaci?n que busca su plenitud escatol?gica. Construir el Reino es reconocer y favorecer la soberan?a de Dios Padreen la historia. Por la vinculaci?n del ser humano y de toda realidad con el Resucitado, ?l libera de toda opresi?n y mal. La identificaci?n con Jesucristo, que implica compartir su vida, su estilo, sus motivaciones y tambi?n su destino, es la que hace real la soberan?a de Dios en cuanto Padre, transformando la sociedad.92. El Reino de Dios, la soberan?a del Padre en el mundo, es de inicio oculto, casi invisible. No aparece de forma espectacular, pero ?ya est? entre ustedes? (Lc 17, 21). Es Reino ?de Dios? por lo que, sea que el hombre duerma o vele, el Reino brota y crece. Pero s? necesita de la tierra buena del coraz?n convertido (cf. Mc 4, 20). Es Reino de Dios, el Padre, por lo que tiende a transformarlas relaciones humanas, estableciendo otro modo de comprenderlas y vivirlas: el de la fraternidad y, por lo mismo, del amor solidario, del perd?n y del servicio mutuo.

1.1.3 El misterio pascual, fuente de vida nueva

93. Los disc?pulos han sido testigos de que algunas acciones y palabras de Jes?s han irritado profundamente a los dirigentes religiosos de Israel, pues cuestionan su imagen de Dios y su servicio como gu?as del pueblo. Deciden eliminarlo y as? lo hacen. Jes?s, en cambio, durante su vida y con su muerte en cruz permanece fiel a su Padre y a su voluntad (cf. Lc 22, 42). La primera lectura que hicieron los disc?pulos de Jes?s de los dolorosos acontecimientos del Calvario fue la de una irremediable derrota del que ellos reconoc?an como ?Mes?as? (24, 21).No fueron capaces de comprender que en un hombre como Jes?s, radicalmente coherente (cf. Mc 12, 14), el sentido de su vida sellaba el sentido de su muerte. Mucho menos pod?an comprender que, seg?n el designio del Padre, la muerte del Hijo era fuente de vida fecunda para sus disc?pulos (cf. Jn 12, 23-24), ya que hab?a venido para que tuvi?ramos vida, y ?sta en abundancia (cf.Jn 10, 10).94. Jes?s hizo presente en su vida un acontecimiento original y renovador: la presencia en ?l de la fuerza salvadora de su Padre que hace todo nuevo. Los signos de este acontecimiento son el perd?n de los pecados, la expulsi?n de los demonios, las comidas con impuros y pecadores que no eran considerados dignos, la cercan?a de Jes?s con todos? La vida que Jes?s compart?a y ofrec?a en Palestina dignificaba a las personas y generaba la comuni?n con Dios y con los hermanos.


95. Si ?ste es el sentido de su vida, el misterio pascual de Jes?s es el acto de obediencia y amor al Padre por el cual el Mes?as dona plenamente aquella vida que ofrec?a en caminos y aldeas de Palestina. Mediante su sacrificio voluntario, el Cordero de Dios pone su vida ofrecida en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46), quien lo hace salvaci?n ?para nosotros? (1 Co 1, 30). Por el misterio pascual, el Padre sella la nueva alianza y genera un nuevo pueblo que tiene por fundamento su amor gratuito de Padre que salva.

1.2 La vida nueva en el encuentro con el Resucitado

1.2.1 Jesucristo, vida nueva


96. Los disc?pulos, despu?s de Pentecost?s, reconocen el significado pleno de la vida y la muerte de Jes?s, gracias a la inaudita e imponente presencia del Se?or Resucitado, a quien ven con sus ojos, escuchan con sus o?dos y palpan con sus manos, y gracias a la comprensi?n integral y mesi?nica de la Escritura, que reciben del mismo Jes?s (Lc 24, 25-27 y 44-47; Hch 1, 3),superando su particular concepci?n de ?mes?as?. Si han tenido la experiencia de un Jes?s que ofrec?a su vida a todos, entienden que en su muerte y resurrecci?n no s?lo daba algo de s?, sino que se daba todo ?l (cf. Jn 6, 51). Y, ahora resucitado, ofrec?a esa vida a los suyos para siempre. Las apariciones del Resucitado y el don del Esp?ritu los impulsan a confesar la victoria de la Vida sobre el pecado y la muerte. Ante el mundo se hacen testigos de la presencia viva del Se?or, y de que s?lo ?l, es ?el Camino, la Verdad y la Vida? (14, 6), el ?nico que tiene ?palabras que dan vida eterna? (6, 68), el ?nico pan bajado del cielo que da la vida al mundo (cf. Jn 6, 33). Quien cree en ?l no morir? para siempre (cf. Jn 6, 50); quien come su cuerpo y bebe su sangre, tiene vida eterna (Jn 6,40 y 54).

97. El Padre, que ha resucitado a su Hijo, le concede un nombre ?que est? por encima de todo nombre? para que todos reconozcan ?que Jesucristo es Se?or para gloria de Dios Padre? (Flp 2, 9-11). Desde entonces, la existencia del Se?or exaltado junto a su Padre es para siempre ?pro-existencia salv?fica?, es decir, Vida del Resucitado ofrecida como don para el mundo.1.2.2 Disc?pulos por la vida nueva de Jesucristo98. En la convivencia cotidiana con Jes?s y en la confrontaci?n con los disc?pulos de otros maestros, los disc?pulos pronto descubren dos cosas del todo originales en la relaci?n con Jes?s. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro. Fue Cristo quien los eligi?. De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley?), sino para Alguien, elegidos para vincularse ?ntimamente a su Persona (cf. Mc1, 17; 2, 14). Jes?s los eligi? para ?que estuvieran con ?l?(3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de ?ser de ?l? y formar parte ?de los suyos?. El disc?pulo experimenta de inmediato que la vinculaci?n ?ntima con Jes?s en el grupo de los suyos es participaci?n de la Vida salida de las entra?as del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones, correr su misma suerte y hacerse cargo de su misi?n de hacer nuevas todas las cosas.

99. Con la par?bola de la vid y los sarmientos (cf. Jn15, 1-17), Jes?s revela el tipo de vinculaci?n que ?l ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculaci?n como ?siervos? (8, 33), porque ?el siervo no conoce lo que hace su amo? (15, 15). El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jes?s quiere que su disc?pulo se vincule a ?l como ?amigo? y como ?hermano?.El ?amigo? ingresa a su Vida, haci?ndola propia. El amigo escucha a Jes?s, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. 15,14), marcando la relaci?n con todos (cf. 15, 12). El ?hermano? de Jes?s (20, 17) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jes?s y su disc?pulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jes?s por naturaleza (cf. 10, 30) y el disc?pulo por participaci?n (cf. 10, 10). La consecuencia inmediata de este tipo de vinculaci?n es la condici?n de hermanos que adquieren los miembros de su comunidad.

100. Vida divina participada y amor de comuni?n, en virtud de la rec?proca vinculaci?n con Jes?s, se transforman en las notas distintivas del disc?pulo ?amigo? y ?hermano?. A ?stos, Jes?s les pide uni?n ?ntima y fiel a ?l, lealtad inquebrantable, obediencia a su Palabra y el fruto en abundancia del amor.101. Este disc?pulo es ?el misionero?, pues Jes?s lo hace part?cipe de su misi?n al mismo tiempo que lo vincula a ?l como amigo y hermano. Por eso, como ?l es testigo del misterio del Padre. Los que se vinculan a ?l son testigos tambi?n de su misterio y de la voluntad del Padre. El disc?pulo se une a Jes?s para promover el Reino de vida, sentido ?ltimo de la misi?n de Jes?s. Participar en ella no es pues una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensi?n testimonial de la vocaci?n misma.

1.2.3 Diversas presencias de Jesucristo vivo

102. El mismo Jes?s que caminaba por Galilea y que entregaba su vida en la cruz con amor infinito, es el Resucitado que se hace presente en nuestras vidas y en nuestros pueblos. La relaci?n personal con ?l es fuente de vida nueva, ?una alegr?a que nada ni nadie le podr? quitar? (Jn 16, 22). En el trato ?ntimo con Jes?s expresamos nuestras inquietudes m?s profundas y encontramos el verdadero sentido de nuestra existencia. Si crecemos en esa amistad, podemos llegar a decirle agradecidos:?Nos das a beber en el r?o de tus delicias, porque en ti est? la fuente de la vida? (Sal 36, 9-10).103. En el seno de su Iglesia descubrimos diversas presencias del Se?or resucitado. Lo reconocemos en todos los hermanos y hermanas que nos apoyan y nos exhortan en el camino, sobre todo cuando se re?nen en su nombre. Est? en su Palabra que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Est? en la fe de nuestros pueblos, con sus variadas expresiones religiosas. Est? presente en los sacramentos, donde recibimos la fuerza de su Esp?ritu de vida. Se hace presente en el perd?n de los pecados mediante el sacramento de la Reconciliaci?n, que reintegra a la alianza a los ca?dos. Y est? cuando lo celebramos juntos en la Eucarist?a, donde reconocemos su presencia m?s plena y vivificante: ?El que me coma vivir? por m? (Jn 6, 57). Por eso la participaci?n en la Misa dominical es un distintivo caracter?stico del cristiano y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la Misa del domingo y de los dem?s d?as festivos, faltar?a el coraz?n mismo de la vida cristiana. La participaci?n en la Misa dominical es siempre fundamental para vivir la existencia cristiana, y eso vale de modo especial ante los grandes desaf?os de hoy (PCAL, enero 2005).

104. Tambi?n lo encontramos de un modo especial en los pobres y afligidos (cf. Mt 25, 37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha por seguir viviendo.?Cu?ntas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercan?a, y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo (cf. NMI49). Porque de la contemplaci?n de su rostro sufriente en los pobres (cf. NMI 25) y del encuentro con ?l en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad ?l mismo nos revela, surgen nuestras opciones por ellos. La misma adhesi?n a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino.

105. Jes?s es el Se?or de la historia. Se hace presente en ella y nos interpela a trav?s de la cultura, el arte y las variadas manifestaciones del genio humano cuando son huellas del bien, la verdad y la belleza, y abren el esp?ritu a la trascendencia, a Aquel que es la Verdad, la Vida y el Bien. ?l est? en todos los acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, donde nos invita a buscar un mundo m?s justo y m?s fraterno. Est? en toda realidad humana, cuyos l?mites a veces nos duelen y nos agobian.106. Su presencia m?s tangible a la vez que frecuente est?, por su gracia, en el disc?pulo que procura hacer suya la existencia de Jes?s (cf. Mc 8, 34). Vida escondida en la suya (cf. Col 3, 3), que experimenta la fuerza de su resurrecci?n (cf. Flp 3, 10) hasta identificarse profundamente con ?l: ?Y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m? (Ga 2, 20). Cristo est? en la comuni?n de los m?rtires y de los santos.


107. Si ?l est?, entonces no habr? en nuestras vidas un momento abandonado o sin sentido. ?l mismo lo prometi? para que no dud?ramos: ?Yo estoy con ustedes, todos los d?as, hasta el final de los tiempos? (Mt 28, 20).Cada d?a Jes?s abre sus brazos para aliviarnos en nuestras angustias y cansancios (cf. Mt 11, 28) y nos ofrece el Esp?ritu, agua de vida para los sedientos (cf. Jn 7, 37). Es la vida nueva que queremos comunicar en nuestro empe?o misionero, poniendo en sus manos los l?mites de nuestra propia fragilidad. Pero la oferta de Jes?s apela siempre a la respuesta de nuestra libertad, que con frecuencia lo olvida y a veces lo rechaza (cf. Jn 5, 40) o no persevera en el camino (cf. Hb 3, 12-14).

2. JESUCRISTO INVITA A UNA VIDA DIGNA Y FELIZ

2.1 En la relaci?n con Dios


108. Jesucristo es Camino, Verdad y Vida: Plenitud de vida que diviniza y humaniza: ?Yo he venido paradar les vida, y para que la tengan en plenitud? (Jn 10,10); Camino que conduce a la aceptaci?n de la cruz y ala resurrecci?n; Verdad sobre Dios como tambi?n sobre el hombre y la sociedad, que nos ense?a a vivir con desprendimiento de nuestras propias ambiciones, contemplando a Dios y abrazando su plan de amor, entregando as? nuestra vida para que otros vivan en ?l.

109. ?l sana y perfecciona nuestros deseos de vivir mejor. Su amistad no nos exige que renunciemos a los anhelos de gozo y de intensidad vital, pero s? que estemos dispuestos a su purificaci?n y elevaci?n. Porque Dios, Padre realmente bueno, ama nuestra verdadera felicidad tambi?n en esta tierra. Dice la Biblia que ?l cre? todo ?para que lo disfrutemos? (1 Tm 6, 17). Esta convicci?n ilumina nuestra comprensi?n de la existencia cristiana. Muestra que la vida en Cristo incluye la alegr?a de ser amados por Dios y por sus hijos, la satisfacci?n de servir y de dar a quien nos necesita, como tambi?n el agrado de compartir, el contento de trabajar, recrearnos y aprender, el entusiasmo por progresar y por abordar con otras personas proyectos comunitarios, el gozo de una sexualidad que es donaci?n de verdadero amor, el contacto con la naturaleza y con todas las cosas que ?l mismo nos regala como signos de su sincero amor.

110. La fe nos permite reconocer esa mirada de amorque no mutila nuestra existencia, sino que le da un cauce, un sentido y un camino hacia la plenitud de lo que es humano. Por eso tambi?n podemos encontrar a Jes?s en medio de las alegr?as de nuestra limitada existencia. As? lo experimentan muchos hermanos pobres y sufrientes de nuestros pueblos que conocen la alegr?a y la fiesta compartida, porque creen en la vida que se ofrece siempre nueva.

111. Esta vida digna y feliz, para que responda verdaderamente al Evangelio y a las reales necesidades de nuestros pueblos, y recoger las propuestas y ense?anzas que Jesucristo nos hace; entre otras, la de abrazar la cruz con amor al Padre y a los hombres, para ir a la resurrecci?n. Porque, revel?ndonos al Padre, ?l nos muestra qu? somos nosotros mismos, c?mo es una aut?ntica vidahumana, y cu?l es su proyecto para nuestras vidas (cf.GS 22).Veamos entonces cu?les son esos aspectos de la vida digna que Jes?s nos propone, ante las grandes tendencias que encontramos en este momento hist?rico de nuestros pueblos.

2.1.1 Ante una vida sin sentido, Jes?s nos abre a la Vida de la Trinidad

112. Si queremos llegar hasta el fondo de lo que Jesucristo vivo significa para nosotros, tenemos que reconocer que ?l nos revela la vida ?ntima de Dios, el misterio m?s profundo de nuestra fe: que Dios es Padre, Hijo y Esp?ritu Santo. Jes?s nos invita permanentemente a entraren esa comuni?n de amor desbordante para participar de la vida trinitaria.

113. El coraz?n inquieto de cada ser humano busca el rostro de Dios (cf. Sal 27, 8; 42, 3). Pero en este mundo nadie lo ha visto. S?lo Jes?s ve al Padre y manifiesta plenamente su rostro (cf. Jn 1, 18). Adem?s, su coraz?n abierto y resucitado es para nosotros la fuente del Esp?ritu Santo (cf. Jn 7, 37-39; 16, 14). Por la acci?n del Esp?ritu somos renovados a imagen de Jes?s e incorporados ala vida ?ntima de la Trinidad. Creemos en la Trinidad tal como Jes?s la ha revelado. Esta fe que confesamos en el Credo es la fe de nuestro pueblo, que comienza tantas actividades con la se?al de la cruz; la misma que los padres hacen en la frente de sus hijos en el nombre del Padre, del Hijo y del Esp?ritu Santo.

114. Si Dios es este misterio de comuni?n de Personas, y nosotros hemos sido creados a su imagen, entonces nuestra participaci?n en la vida de la Trinidad nos personaliza y nos dignifica. Al mismo tiempo, este misterio de tres Personas en perfecta comuni?n es el fundamento m?s s?lido de las relaciones entre nosotros, que no admiten exclusiones ni marginaciones. El amor que el Esp?ritu Santo infunde en nuestros corazones, es lo que nos permite entrar en esta comuni?n trinitaria. Ese amor es, en el fondo,?la ?nica luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar? (DCE 39).

2.1.2 Ante la idolatr?a de los bienes terrenales, Jes?s presenta la vida en Dios como valor supremo

115. Para encontrar la verdadera fuente de la vida y de la identidad personal tenemos que darle a Dios el puesto que s?lo a ?l corresponde, y no colocar ninguna cosa de este mundo en su lugar. La Palabra de Dios condena permanentemente la idolatr?a. Es posible que hoy pocos adoren im?genes de dioses paganos, si bien esa tendencia est? creciendo, pero muchas veces vivimos de tal manera que los bienes, el sexo y el poder se convierten en realidades absolutas, indispensables, donde ponemos nuestras esperanzas de vida y de felicidad. Muchos ya no tienen en el Se?or la fuente de su alegr?a. Por eso viven insatisfechos y obsesionados frente a las novedades que ofrece el mercado o frente a ideolog?as caducas y a veces realmente criminales.

116. El Se?or nos invita a valorar las cosas, y tambi?n nos previene sobre la obsesi?n por acumular, que termina provocando injusticia: ?No amontonen tesoros en la tierra? (Mt 6, 19). El sano y leg?timo deseo de progresar y de tener los bienes necesarios para vivir dignamente, debe estar acompa?ado por un sincero discernimiento, para no desvirtuar el sentido de nuestra existencia: ??De qu? le sirve a uno ganar el mundo, si pierde su vida??(Mt 16, 26). Queremos recordar que hay un ?nico Dios, que trasciende todas las cosas de este mundo, y que nuestra vida tiene un ?nico Se?or: Jesucristo. Si reina ?l como Se?or, entonces hay vida y esperanza, pero si adoramos otros dioses, construimos nuestra existencia sobre arena y preparamos desgracias y muertes.

2.2 En la relaci?n con los dem?s2.2.1 Ante el individualismo, Jes?s convoca a vivir y caminar juntos

117. La vida plena que Jesucristo ofrece tiene una imprescindible dimensi?n de comuni?n. El individualismo y el aislamiento no son parte de una aut?ntica experiencia espiritual. En este sentido la Palabra de Dios es contundente: ?Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte? (1 Jn 3,14). Descubrimos as? una ley inserta en la realidad: la vida s?lo se profundiza y se desarrolla en la comuni?n fraterna, y todas las formas de exclusi?n y marginaci?n son un pecado social que rompe la comuni?n, porque? Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino tambi?n las relaciones sociales entre los seres humanos? (CDSI 52).

118. Las dificultades de este momento hist?rico superan completamente a sujetos aislados. Esto nos exige reconocerlas crisis existentes en los v?nculos eclesiales, sociales y familiares, para procurar sanarlos y fortalecerlos a partir de la vida familiar, cuna de todo v?nculo de amor y fidelidad, y en ?ltimo t?rmino, del amor de Cristo y de la vida de la Trinidad, fuente de toda relaci?n personal. Por ello los disc?pulos no s?lo buscamos acrecentar la comuni?n entre nosotros, sino en toda la sociedad y con todos. Como instrumentos de Cristo, nos sentimos llamados a impregnar los ambientes con actitudes de di?logo cordial, vida compartida y amistad social. Lo necesitan nuestros pueblos para no caer en nuevas laceraciones fratricidas, y encontrar convergencias que nos permitan emprender juntos caminos de progreso y esperanza.

2.2.2 Ante la exclusi?n, Jes?s defiende los derechos de los d?biles y la vida digna de todo ser humano

119. Los que recibimos del Se?or la vida, estamos llamados a defenderla de un modo prof?tico y constante. Disc?pulos del que fue pobre entre los pobres y fr?gil como muchos en su pueblo oprimido, no podemos dejar de ser, en medio del mundo de los fuertes, defensores de la vida en riesgo y art?fices de una cultura de la vida. Contemplar al que traspasaron nos llevar? a abrir el coraz?n, reconociendo las heridas infligidas ala dignidad del ser humano; nos llevar?, particularmente ,a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotaci?n de la persona, y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono(Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2007).Hemos visto que la vida humana est? amenazada de diversas maneras, particularmente la vida de los m?s d?biles. La sociedad los aparta y los excluye, provocando diversas formas de despersonalizaci?n. Jes?s se identific? particularmente con los m?s peque?os y afligidos: con los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los desnudos, enfermos y encarcelados (cf. Mt 25, 35s). Podemos agregar a esa a los discapacitados, los ancianos, las mujeres que viven en situaci?n de desamparo, los ind?genas y los afrodescendientes. Cuanto hagamos por uno de estos hermanos, tantas veces ignorados y olvidados, lo habremos hecho por el Se?or. Por eso, desde el encuentro personal con ?l, sus disc?pulos defendemos ya compa?amos la vida fr?gil y abandonada.120. Hoy nos apremia que la fe cat?lica de nuestros pueblos latinoamericanos se manifieste en una vida m?s digna para todos. Mirando la multitud de pobres y desempleados, que est?n excluidos de tantos beneficios sociales, no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberaci?n integral, de humanizaci?n y de inserci?n social, en el que los pobres sean reconocidos como sujetos de su propio destino. Para los cristianos de Am?rica Latina los derechos humanos son los derechos de todas las personas, sin excepci?n, pero especialmente los derechos de los m?s indefensos, que est?n privados de su ejercicio. Si todos fu?ramos responsables de nuestros deberes, esos derechos estar?an garantizados. El desaf?o es lograr que nuestros hermanos crucificados puedan dar testimonio de que Cristo los ha promovido integralmente. Para ellos, nosotros somos una mediaci?n de la cual ?l mismo ha querido depender. Por eso nos repite constantemente: ?Denles ustedes mismos de comer? (Mt 14, 16).

121. S?lo el Se?or es el autor y el due?o de la vida, y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepci?n hasta su muerte natural. Asistimoshoy a retos nuevos en el campo de la bio?tica que nos piden ser voz de los que no tienen voz, donde no podemo sexcluir a los ni?os por nacer y ni a nuestros ancianos al final de sus d?as. La vida que est? creciendo en el seno materno y la que se encuentra en el ocaso, es un reclamo de vida digna que grita al cielo y que no puede dejar de estremecernos. No hay vida humana tan indefensa como la del ni?o por nacer. La liberalizaci?n y canalizaci?n de las pr?cticas abortivas son cr?menes abominables.

2.3 En la relaci?n con el mundo2.3.1 Ante las estructuras de muerte, Jes?s hace presente su Reino de vida

122. Para defender la vida es necesario, pero no suficiente, atender a las situaciones particulares e inmediatas de algunas personas necesitadas. Se ha hecho del todo imprescindible cooperar de diversas maneras para erradicar las causas estructurales de los males que aquejan a nuestros pueblos. Porque en el seno del mundo han crecido y se desarrollan verdaderas estructuras de pecado que da?an el tejido social, impiden el desarrollo y enferman la vida y la convivencia humana.

123. As? como nos apremia el amor de Jesucristo, tambi?n nos apremia el proyecto de su Padre, que es el Reino. Ese Reino ya est? plenamente realizado en Jes?s resucitado, donde habita toda justicia, que busca penetrarlo todo, perfeccionando las relaciones entre los seres humanos y entre los pueblos, y liberando de las huellasdel ego?smo, la indiferencia y la prepotencia todas las estructuras sociales. Ese Reino s?lo ser? perfecto al final de los tiempos, en el mundo nuevo, que reflejar? l?mpidamente el amor y la gloria de la Trinidad. Pero est? brotando y creciendo cada d?a en medio de los l?mites de este mundo. La potencia del Reino genera la vida que puede ir destruyendo esas estructuras de muerte que debilitan a nuestros pueblos. S?lo as? podr? manifestarse con claridad que quienes participan de la vidadivina, promueven y afianzan la dignidad humana y las relaciones sociales.

124. Por eso, quien quiera favorecer en todos una vida digna, debe estar integrado a redes sociales que impidan el desarrollo de las estructuras de pecado y de muerte, de manera que la persona humana tenga prioridad por sobre la realizaci?n de las posibilidades que ofrecen la ciencia, la t?cnica y la econom?a. Las diversas formas de participaci?n libre, organizada y p?blica ?que no es necesariamente estatal? necesitan del compromiso y el protagonismo de los cristianos. Siempre son realidades provisorias, pero el crecimiento del Reino requiere tambi?n de esas mediaciones que hacen posible el desarrollo integral de nuestros pueblos.

2.3.2 Ante la naturaleza amenazada, Jes?s convoca a cuidar la tierra125. El Dios de la vida encomend? al ser humano su obra creadora para que ?la cultivara y la guardara? (Gn 2, 15). Jes?s conoc?a bien la preocupaci?n del Padre por las criaturas que ?l alimenta (cf. Lc 12, 24) y embellece (cf. 12, 28). Y mientras andaba por los caminos de su tierra no s?lo se deten?a a contemplar la hermosura de la naturaleza, sino que invitaba a sus disc?pulos a reconocer el mensaje escondido en las cosas (cf. Lc 12, 24-27; Jn4, 35). Las criaturas del Padre le dan gloria ?con su sola existencia? (CCE 2416), y por eso el ser humano debe hacer uso de ellas con cuidado y delicadeza (cf.CCE 2418).126. En Am?rica Latina se est? tomando conciencia dela naturaleza como una herencia gratuita que recibimos para proteger, y como espacio precioso de la convivencia humana. Esta herencia muchas veces se manifiesta fr?gil e indefensa ante los poderes econ?micos y tecnol?gicos. Por eso, como profetas de vida, queremos insistir que en las intervenciones humanas en los recursos naturales no predominen los intereses de grupos econ?micos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida,en perjuicio de naciones enteras y de la misma humanidad.Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable, y no un planeta con airecontaminado, con aguas envenenadas y con recursos naturales agotados.

2.4 En la relaci?n consigo mismo

2.4.1 Ante la despersonalizaci?n, Jes?s ayuda a construir identidades integradas

127. Cuando vemos muchas vidas desorientadas, valoramos nuestra relaci?n con Jesucristo, que nos ayuda a reconocer qui?nes somos y para qu? estamos. Tener una identidad integrada implica percibir la propia vocaci?n, la propia libertad y la propia originalidad. Sobretodo, requiere experimentar una estabilidad personal en medio de los cambios del mundo y sentir que la propia vida es algo positivo y valioso, aun con los l?mites de la propia historia. Pero frecuentemente las personas procuran construir una identidad con elementos superficiales que no llegan a su realidad profunda y a su fundamento ?ltimo.

128. Una identidad clara s?lo se alcanza cuando nos entendemos a nosotros mismos desde Dios. El llamadodel Padre a la existencia, el proyecto que ?l tiene para nuestra vida, y el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, otorgan a cada ser humano una ?dignidad infinita?(Juan Pablo II, 16-11-1980). Cada uno es objeto del amoreterno del Padre (cf. Jr 31, 3), amor incondicional dirigidoa todos de un modo directo y personal?simo. Por eso, el trato sincero y frecuente con el Se?or permite a losdisc?pulos configurar su verdadera identidad personal.Sin su luz y su gracia, nos convertimos en un oscuroenigma para nosotros mismos.

129. Esta identidad incluye una serie de convicciones yde opciones que tomamos libremente a la luz del Evangelioy mantenemos a lo largo de la vida, aunque muchoslas rechacen y las desprecien. Pero, en definitiva, seconfigura como una misi?n peculiar en esta tierra al serviciode los dem?s. En un mismo llamado, el Se?or nosda una identidad y una misi?n. Por eso, mientras mejornos identifiquemos con esa misi?n personal, m?s firme, clara y feliz ser? nuestra identidad.

2.4.2 Ante el subjetivismo hedonista, Jes?s proponeentregar la vida para ganarla

130. El Se?or que nos ofrece plenitud nos invita tambi?na entregar la vida. Hoy los mecanismos de la sociedadde consumo tienden a convertirnos en seres preocupados s?lo de las propias necesidades y deseos. En estedinamismo hedonista, los mismos cristianos corremos elriesgo de cuidar obsesivamente espacios de privacidad yde placer, y de rechazar toda orientaci?n ?tica. El Evangelionos ayuda a descubrir que ese cuidado enfermizo yalienante de la propia vida atenta contra la calidad humanay cristiana de esa misma vida, y que se vive muchomejor cuando tenemos libertad interior y una disponibilidada darlo todo: ?Quien aprecia su vida terrena, laperder? (Jn 12, 25). Aqu? descubrimos otra ley profundade la realidad: que la vida se alcanza y madura amedida que se la entrega para dar vida a otros.

131. Al mismo tiempo, el subjetivismo actual hace quecada individuo pretenda ser el centro y el criterio ?ltimode todo, con lo cual pierde el realismo y las perspectivas.Jesucristo es la Verdad que nos hace libres. ?l no proponeuna vida a oscuras, sino con un sentido y una orientaci?n (cf. Jn 18, 37) que nos abre al di?logo con todospara ser servidores de esa Verdad en nuestra realidadlatinoamericana. Pero para acoger esa vida verdaderahay que entregarse como ofrenda a Dios, dispuestos a?transformar y renovar la mentalidad? (Rm 12, 1-2), tambi?nremando a contracorriente. As? podremos alcanzarlo que realmente estamos llamados a ser: sal de la tierray luz del mundo (cf. Mt 15, 13s).

132. Por otra parte, agradeciendo el don de la vida, nodepositamos nuestra esperanza s?lo en esta existencialimitada. Mientras otros pretenden encerrar su miradaen la corta perspectiva de esta vida terrena, nosotros creemosen una vida que nunca acaba y que se hace plenas?lo despu?s de la muerte. Muriendo, resucitamos a unavida sin confines. Esto implica que al final, como todoslos d?as, tendremos que entregarlo todo. As? seremos colmadoscon la plenitud de Dios en el banquete del Reino72S?NTESIS de los aportes recibidos para la V Conferencia Generaldefinitivo: ?Si nuestra esperanza en Cristo no va m?sall? de esta vida, somos los m?s miserables de todos loshombres? (1 Co 15, 19).3.

LA IGLESIA, SACRAMENTO DEL REINO DE VIDA, EN CONSTANTE RENOVACI?N

133. Jesucristo ha querido llegar a nosotros a trav?s dela Iglesia, misterio de la uni?n del hombre con Dios, decomuni?n misionera y sacramento de su presencia vivificadora.Es su Esposa santa por el amor y la gracia deDios que la vivifica, y necesitada de redenci?n, comotoda realidad humana que peregrina hacia la patria.Con Cristo los cristianos la amamos como madre y comohogar donde se recibe y crece la vida. En la leg?tima pluralidadde vocaciones, carismas, ministerios, perspectivasy opciones que hay en su interior, se realiza un constantedinamismo de dar y de recibir, que nos enriquece atodos. La Iglesia no agota el Reino de Dios, que se manifiestay act?a m?s all? de los l?mites visibles de la instituci?neclesial, pero constituye en la tierra el germen y elprincipio de ese Reino (cf. LG 5b), a cuyo servicio est?.Desde el proyecto del Reino ella puede denunciar los signosde muerte presentes en el mundo y alentar los brotesde vida que el Esp?ritu suscita por todas partes.

3.1 La Iglesia a la escucha de la Palabra

3.1.1 Jesucristo, Palabra viva de Dios


134. Dios, que es amor y vida, sale al encuentro de sushijos ?para conversar con ellos?, revelarles su misterioe invitarles a vivir en comuni?n con ?l (DV 21). Yahab?a hablado a Israel ?por medio de los profetas? y ahoranos habla, en la nueva alianza, por su Hijo primog?nitoa quien constituy? heredero de todas las cosas (cf.Hb 1, 1). La originalidad del Nuevo Testamento no consiste tanto en nuevas ideas, sino en el acontecimiento deredenci?n: en la encarnaci?n del Verbo de Dios, depositariode todas las palabras que le encomend? su Padrepara que nos las transmitiera (DCE 12), y en su Pascua.

135. Siguiendo a Jesucristo, que nos anunci? que es precisopermanecer en su Palabra para permanecer en suamor (cf. Jn 15, 7-10), hoy son muchos los disc?pulos ylas disc?pulas del Se?or que se acercan a la Sagrada Escritura para saciar su sed ?del Dios vivo? (Sal 42, 3).Ellos saben que en un mundo de tantas palabras, la Palabra revelada que las Sagradas Escrituras consignan, espropuesta divina para el hoy que re-orienta la vida y lare-significa en perspectiva de vida eterna.

136. La Palabra de vida del Padre es su Hijo Jesucristo, revelaci?n plena del misterio de Dios y acontecimientoefectivo de su proyecto salv?fico. Todo aquel que por lafe y con su vida se abre a Jesucristo, Palabra de Dios, ve y conoce a su Padre y participa de su Reino. La Palabra del Padre renueva la naturaleza humana da?aday es Palabra efectiva que hace presente la vida de Diosen los suyos. Esta Palabra, antes como ahora, unos laaceptan y dan frutos, y otros la rechazan.

3.1.2 La Iglesia, disc?pula y mensajera de la Palabra

137. La comunidad de los disc?pulos recibe el encargode proclamar la Palabra del Padre. Ellos anuncianlo que esta Palabra ?hizo y ense?? (Hch 1, 1) mientras?estuvo con nosotros? (1, 21). Su Persona y su obra sonla Buena Noticia de salvaci?n anunciada por los ministrosy testigos de la Palabra que el Esp?ritu suscita e inspira.La Palabra acogida, fecunda por el Esp?ritu, ya queparticipa de las mismas prerrogativas de las palabras yacciones de Jes?s de Nazaret: es salv?fica, viva y eficaz, reveladora del misterio de Dios y de su voluntad, y sobretodo en los sacramentos realiza lo que significa. Por esto, la escucha de la Palabra es fuente del discipulado y delardor misionero. Por el contrario, ?desconocer las Escriturases desconocer a Cristo? (san Jer?nimo).

138. Pero, ?qu? verdad podr?a anunciar la Iglesia y c?mopodr?a hacer de la Palabra un acontecimiento de salvaci?n,si ella misma no la escuchara? Si ella quiere prestarel servicio de ser maestra autorizada que interpreta ycustodia con fidelidad el dep?sito de la verdad salv?fica (cf. DV 10), ?puede abandonar la escucha atenta de suSe?or? Jes?s maestro invita a la Iglesia ?a sentarse asus pies?, para escucharlo y hacer propio, en cada coyunturade la historia, el proyecto de vida del Padre.

139. Si la Iglesia quiere hacer disc?pulos por la proclamaci?nde la Palabra (cf. Hch 6, 7; 12, 24), debe primero ella hacerse disc?pula de la Palabra, dej?ndose interpelary evangelizar. As?, escuchando a su Se?or, se har?servidora de sus palabras y acciones en el compromisode evangelizar a nuestros pueblos. El cumplimiento dela misi?n depende de la capacidad de todos los miembrosde la Iglesia de leer, meditar y celebrar la Palabra,haciendo de ella un acontecimiento gozoso de vida y liberaci?n.La misi?n, la santidad y la oraci?n de la Iglesias?lo se pueden concebir ?a partir de una renovada escuchade la Palabra de Dios? (NMI 39).

140. Porque la Iglesia vive su vocaci?n de cara al Verbo,debe escuchar a su Se?or para ser ?en el hoy de lahistoria? comunidad de disc?pulos, transformada porla fuerza de la Palabra, y porque vive su misi?n de caraal mundo, debe proclamarla siempre y en todos los ambientes.De este modo, la Sagrada Escritura ser? el almade la evangelizaci?n. La Iglesia, como la Madre de Jes?s, est? llamada a hacer de la Palabra escrita por ?inspiraci?ndel Esp?ritu Santo? (DV 11) su ?propia casa?, de laque sale y entra con naturalidad (DCE 41), nutriendo as?su identidad, comuni?n y servicio.

3.2 La Iglesia al servicio del Reino

3.2.1 La Iglesia, Pueblo de Dios, actualiza la misi?nde Jesucristo


141. Jesucristo, a trav?s de su vida, muerte y resurrecci?n, nos manifest? a Dios como un Padre que quiere lavida de sus hijos. Su obediencia perfecta al Padre serealiz? en una existencia al servicio de los seres humanos (cf. Mc 10, 45), d?ndoles vida a trav?s de sus palabrasy acciones. Los que contemplan y contin?an esaexistencia de Jes?s forman la comunidad de los disc?pulos, la Iglesia. Esta comunidad prolonga en la historiala misi?n de Jesucristo de hacer presente el Reino deDios en la humanidad. Aqu? est? el sentido y la finalidad?ltima de la Iglesia. Por eso es tan importante queella deje transparentar en la vida de sus miembros el amordel Padre, la salvaci?n de Jesucristo y la realidad de unpueblo fraterno, centrado en el mandamiento del amora Dios y al pr?jimo. S?lo el amor que proviene del Esp?rituSanto (cf. Rm 5, 5) promueve la vida en la sociedad.En este sentido sostenemos que la Iglesia es signo y primiciadel Reino de la vida y la misericordia.

142. As?, la comunidad de los disc?pulos contin?a lamisi?n de Jesucristo a lo largo de la historia, llevandovida en plenitud a las sucesivas generaciones, en susnuevas situaciones, siempre cambiantes. Ella proclamaque la sociedad anhelada por todos, fundada en lapaz y en la justicia, s?lo ser? una realidad en la medidaen que los hombres y las mujeres, como hijos en obedienciaal Padre y hermanos entre s?, hagan de sus vidas un aut?ntico don a los dem?s. Cristo, nuestro Camino, muestrac?mo dar vida a los otros implica necesariamenteentregar la propia. ?l ense?? con su propia entrega que?nadie tiene m?s grande amor que quien da la vida porlos amigos? (Jn 15, 13). Los males que afligen actualmentea nuestra sociedad provienen de menospreciar la entregade s? como expresi?n del amor, porque el ego?smo y elpecado no engendran vida, sino infelicidad. As? descubrimosla trascendencia de la responsabilidad de la Iglesiapor el mundo.

3.2.2 La Iglesia se renueva constantementeen di?logo con el mundo

143. La Iglesia, comunidad de disc?pulos, presenta a untiempo un aspecto espiritual y uno visible (cf. LG 8), comola persona misma de Jes?s. Partiendo de la iniciativa gratuitay amorosa de Dios en Jesucristo, ella es el Pueblo deDios, comunidad humana, que acoge su iniciativa en lafe. Ella no puede prescindir del contexto hist?rico dondeviven sus miembros. La vida de la Iglesia aconteceen contextos socioculturales bien concretos. Esto se aplicaa la acogida de la Palabra en la fe, a las mociones del Esp?ritu, al seguimiento de Jes?s, a la formaci?n de la comunidad,al ministerio ordenado y a los dem?s ministerios.

144. La historia nos ense?a que la sociedad humanaestuvo siempre sujeta a sucesivos cambios. Estas transformacionessociales y culturales representan naturalmentenuevos desaf?os para la Iglesia en su misi?n deconstruir el Reino. De all? nace la necesidad de unacontinua renovaci?n en la propia Iglesia, que implica reformas espirituales, pastorales y tambi?n institucionales.Tales renovaciones ocurren para que ella salvaguardesu misi?n de dejar transparentar en ella misma yen la sociedad la vida del Reino querido por Dios. Las nuevas espiritualidades, formas de acci?n pastoral y expresiones institucionales surgidas a lo largo de los siglos, demuestran que la Iglesia siempre estuvo atenta a loscambios que surg?an en la sociedad, buscando respuestas nuevas con fidelidad al Se?or de la historia.

145. Reconociendo sus propios l?mites, la Iglesia puedeescuchar los reclamos del mundo donde ella est? inserta, para ser un signo m?s elocuente del Reino de vida plenaque la interpela y la trasciende. Por eso, as? como la vidaes dinamismo, cambio y crecimiento, la Iglesia est? tambi?n llamada a una constante renovaci?n, sobre todoen este cambio de ?poca. Reconociendo que ella es presenciaeficaz del Reino, aunque no lo agota, y aceptandoesta necesidad de una constante reforma, ella est? llamada a ser tambi?n hoy un elocuente signo de vida y santidad para nuestros pueblos. Su di?logo constantecon la sociedad no excluye, como lo muestra la historia, una posici?n cr?tica frente a la realidad cultural, social ypol?tica de la sociedad.

3.3 La Iglesia, pueblo de Dios en comuni?ny participaci?n

3.3.1 Comuni?n de disc?pulos y disc?pulas


146. La comuni?n entre todos los miembros de la Iglesia tiene su ra?z en la comuni?n de cada uno con la Sant?simaTrinidad. De hecho, al recibir en la fe al Enviadodel Padre, el cristiano acoge la acci?n del Esp?ritu Santoque lo lleva a confesar a Jes?s como Hijo de Dios. Lacomuni?n de todos los bautizados con la Trinidad, quehabita en el coraz?n de los fieles, nos hace a todos hijosdel mismo Padre y hermanos de Jesucristo. As? estamosen comuni?n unos con otros, ya que nos orienta la mismafe, nos anima la misma esperanza y nos impulsa lamisma caridad (cf. Ef 4, 1-6). Tenemos ?unos mismos sentimientos, compartimos un mismo amor, viviendo enarmon?a y sintiendo lo mismo? (Flp 2, 2), y participamosde la misma vida divina. La Eucarist?a, como participaci?nde todos en el mismo pan de vida y en el mismoc?liz de salvaci?n es la expresi?n m?s perfecta de estacomuni?n (cf. 1 Co 10, 17).

147. La comuni?n se realiza constantemente de modos diversos. Se vive en los peque?os grupos reunidosen torno a la persona de Jesucristo (cf. Mt 18, 20), peque?ascomunidades donde se celebra la fe y se comparte lavida y el encargo de evangelizar. Se realiza en la comunidadparroquial como comunidad de comunidades y movimientos, como asimismo en las Iglesias particulares,y entre todas ellas en la Iglesia universal. La comuni?nde todas las Iglesias se sustenta en la misma y fundamentalcomuni?n con la Trinidad. De este modo, cadamiembro de la Iglesia, independientemente de pa?ses, culturas, etnias, o lenguas, est? ?ntimamente vinculadocon los dem?s. De all? procede entre los cristianos unainaudita unidad, un dinamismo de reconciliaci?n y laresponsabilidad de ayudarse unos a otros, dando aunde la propia pobreza, compartiendo alegr?as y sufrimientos,bienes materiales y espirituales, como sucedi? en laIglesia primitiva. De all? tambi?n procede la uni?nafectiva y efectiva que debe darse entre las Iglesias particulares, colaborando unas con otras en el anuncio delReino de vida, y solidarizando entre ellas para realizarla misi?n hasta los confines del mundo.

3.3.2 Participaci?n en una comunidad org?nica

148. En su vida terrena el Hijo de Dios eligi? a doce ap?stolespara que estuvieran con ?l y anunciaran la venidadel Reino (cf. Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-42). Constituy? as? elcolegio de los ap?stoles, con Pedro a la cabeza (cf. Mt 16,18), y los envi? a todos los pueblos para proclamar elEvangelio. La participaci?n en el ?nico Bautismo otorgaa todos los miembros de la Iglesia la misma dignidad cristiana, expresada en el sacerdocio com?n de los fieles. Perosabemos que los ap?stoles llamaron colaboradores paraque consolidaran la obra comenzada por ellos. Ellos sonlos sucesores de los ap?stoles que constituyen el Colegioepiscopal en uni?n con el sucesor de Pedro (cf. LG 20), teniendo a los presb?teros y a los di?conos como sus cooperadores inmediatos (cf. LG 28s).

149. La estructura jer?rquica de la Iglesia, querida porsu fundador Jesucristo, est? al servicio de la comuni?n y la misi?n y las refuerza. Porque es como un cuerpo, dotado de muchos miembros con dones y carismas diversos (cf. 1 Co 12, 4-11; Rm 12, 4), cada miembro delcuerpo necesita del otro (cf. 1 Co 12, 14-21). De este modo, la diversidad de ministerios en la comunidad intensificala comuni?n que une a todos y la solidaridad de unospara con otros (cf. LG 32). Ya que es misi?n de la Iglesia promover el Reino de vida, todos sus miembros est?ncomprometidos con esa misi?n: todos est?n llamados aser miembros activos, todos misioneros, para ello todosreciben gracias especiales. A los pastores, que sirven alcuerpo como instrumentos de comuni?n en el nombrede su Cabeza el Se?or, quienes son parte del mismo lesdeben fidelidad y obediencia. Sin dejar de examinar loscarismas (cf. 1 Ts 5, 19), los pastores est?n llamados aprestar su servicio a la comuni?n, respetando y alentandotodos los dones del Esp?ritu en la Iglesia, e invit?ndolosa participar plenamente en su vida y misi?n.

3.3.3 Unidad en la diversidad

150. La unidad de la misma fe no excluye la diversidaden el interior de las comunidades cristianas y entre unas comunidades y otras, como lo muestra el NuevoTestamento. Tambi?n la historia de la Iglesia, sobre todoen el primer milenio, atestigua una gran diversidad deformas en la configuraci?n de las Iglesias particularesconforme a las regiones y a las culturas donde ellas seencontraban, lo que no atentaba contra la unidad, yaque no les imped?a confesar el mismo credo, reconocer laautoridad de los mismos ap?stoles, celebrar la mismaeucarist?a y respetar normas basales de la disciplina dela naciente Iglesia. Este hecho hist?rico se explica confacilidad, porque las personas que acogen la fe cristianason personas concretas y diversas entre s?, dotadas decaracter?sticas propias, insertas en contextos existencialesy sociales peculiares y herederas de tradiciones bien determinadas.De este modo, al vivir y expresar su fe lohacen con acentuaciones y modalidades propias de sumedio sociocultural, sin que ello implicase ruptura algunade la comuni?n. As? la catolicidad de la Iglesia nos?lo significa su presencia en las m?s diversas regionesdel mundo, sino tambi?n una gran riqueza debido a lascontribuciones de esas mismas regiones (cf. LG 13c).

151. La diversidad enriquece a la Iglesia y no la amenaza.Esto supone que esa diversidad, al igual que la unidad,brote de la acci?n del Esp?ritu Santo que santifica,renueva y une a las comunidades en la comuni?n eclesial(cf. LG 13). La fidelidad al Esp?ritu exige acoger la diversidady orientarla a la comuni?n. La obediencia alObispo de Roma procura que las particularidades decada Iglesia se integren y promuevan la unidad en laIglesia universal. En sus di?cesis, los obispos deben promoverla unidad de la Iglesia local respetando las leg?timasdiversidades. La presencia admirable, a la vez queconstitutiva, de la diversidad dentro de la Iglesia, exige acada uno una actitud nueva. Acostumbrados a ciertauniformidad, proveniente de una cierta cultura moderna acoger la diversidad,no como una amenaza a nuestro modo de entendery vivir la fe, sino como un enriquecimiento fraterno quepurifica y universaliza la propia fe.

152. Este ejercicio de apertura y de di?logo entre nosotros,se prolonga en la relaci?n con los hermanos deotras Iglesias y comunidades cristianas. A trav?s de laoraci?n en com?n, la ayuda mutua y diversas formas deacci?n conjunta, ofrecemos al Esp?ritu Santo nuestrahumilde cooperaci?n para que un d?a podamos gozarde una diversidad reconciliada y en plena comuni?n entorno al ?nico Se?or. Al mismo tiempo reconocemos congratitud los lazos que nos relacionan con el pueblo jud?o, del cual recibimos la fe en el ?nico Dios y su Palabrarevelada en la primera Alianza. Nos duele la dolorosahistoria de desencuentros y enemistad que ha sufrido, tambi?n en nuestros pa?ses. Son muchas las causas comunesen la actualidad que reclaman mayor colaboraci?ny aprecio mutuo.

3.4 La Iglesia, espacio de celebraci?n

3.4.1 La celebraci?n de la vida


153. Los pueblos de estas tierras se nutren continuamentede la fiesta que celebra la vida. Su sentido festivolos sit?a en el horizonte de la esperanza que habilitapara enfrentar los gozos y dolores de la existencia. Comery beber, cantar, danzar y re?r son corrientes vitalesque se expresan en campos, aldeas y ciudades del Continente.Muchas son las ocasiones en que se festeja y convive,se comparte y se brinda, reanud?ndose as? los lazosde fraternidad y celebrando el renacer en la fuentede la vida. La fiesta y la celebraci?n son componentessin los cuales no puede entenderse la experiencia cotidianade los latinoamericanos.

154. Los sacramentos de la fe que celebramos est?nvinculados a este sentido de fiesta. Cada uno de lossacramentos, en especial el Bautismo y la Eucarist?a, sonlugares privilegiados donde la comunidad celebra la vidadivina, surgida en abundancia del misterio pascual deJes?s. El Pueblo de Dios es capaz de reconocer en lossacramentos celebraciones festivas por las cuales el Diosde la vida sale al encuentro de los seres humanos paraliberarlos de tantas formas de muerte, y darles nueva vida.

155. La dimensi?n festiva de su vida el pueblo creyenteya la manifiesta en muchas expresiones de su religiosidadpopular, en sus fiestas y romer?as, en sus celebracionespatronales y especialmente en los santuarios que frecuenta festivamente como lugares de encuentro fraternoy de contemplaci?n, de gratitud y de confianza, de b?squeda de Dios y de experiencia gozosa con Aquel en quien ?vivimos, nos movemos y existimos? (Hch 17, 28).

3.4.2 La Eucarist?a, n?cleo de la vida cristiana

156. Toda la vida de Jes?s fue obediencia perfecta al Padre, que lo llev? a entregar su vida por la salvaci?n dela humanidad. Esta entrega, expresada sacramentalmenteya en la ?ltima Cena, tuvo su realizaci?n en la pasi?n, muerte y resurrecci?n del Hijo de Dios hecho hombre. Los disc?pulos de Cristo son aquellos que procuran asumir la existencia pascual del Maestro como modelo de su propia vida. De este modo el cristiano enla Eucarist?a celebra el misterio pascual y su propia entrega en el seguimiento de Cristo. As? la Eucarist?a expresa y realiza el n?cleo de la fe cristiana, fuente de todo discipulado y de la misi?n.

157. La Iglesia, siempre disc?pula, necesita sentarse a lamesa del Maestro para recibir el pan de vida que la fortalece y unirse a la existencia entregada de su Se?or.Deseamos que el pueblo fiel, que expresa su fe de tantas maneras, encuentre en la celebraci?n dominical de laEucarist?a el centro de su vida cristiana, que en ella pueda expresar sus alegr?as y sus anhelos, y celebrar los momentos importantes de la familia y la comunidad. La Iglesia reconoce que es un gran desaf?o lograr que la fe de todos los bautizados alcance su culminaci?n en estaMesa de la alianza y la fraternidad, que acrecienta la santidad de los disc?pulos. Compartida especialmente en el d?a del Se?or, es la fiesta pascual de la comunidadcristiana y el manantial de su servicio evangelizador. Enla celebraci?n de este sacramento, la Iglesia alimenta lacomuni?n entre sus miembros: ?Pues si el pan es uno solo y todos compartimos ese ?nico pan, todos formamos un solo cuerpo? (1 Co 10, 17).

3.5 La Iglesia, comunidad misionera

3.5.1 La Iglesia misionera


158. El designio salv?fico de Dios se realiza en la historia con la cooperaci?n de los seres humanos, como nos lo demuestran figuras insignes del Antiguo Testamento y el propio pueblo de Israel. Jesucristo se presenta como el Enviado del Padre para realizar su proyecto de vida (cf.Lc 4, 17-21), misi?n que confi? a sus ap?stoles (cf. Jn 20,21). As? toda la Iglesia es misionera y responsable de la evangelizaci?n (cf. AG 35). Toda la comunidad es sujeto primordial de la misi?n, en la diversidad de loscarismas y ministerios, y todo cristiano, en virtud de su bautismo y con m?s fuerza a?n de su confirmaci?n, es un misionero.

159. La labor de los catequistas ha sido muy importanteen toda la historia de nuestras Iglesias. Varias surgieronpor la labor de laicos y laicas. La Iglesia les debe mucho. Pero el campo propio a la vez que espec?fico de la actividad evangelizadora laical es el complejo mundo del trabajo, la cultura, las ciencias y las artes, la pol?tica, los medios de comunicaci?n y la econom?a, as? como los ?mbitos de la familia, la educaci?n, la vida profesional,sobre todo en los contextos donde la Iglesia se hace presente solamente por ellos (cf. LG 31, 33; GS 43; AA 2).Toda acci?n evangelizadora, por humilde que sea, es una acci?n eclesial (cf. EN 60).

160. El Esp?ritu Santo que actu? en la persona de Jesucristo es tambi?n enviado a todos, sin excepci?n, en cuanto miembros de la comunidad. La acci?n del Esp?ritu nose limita al ?mbito individual, sino que abre siempre a las personas a la tarea misionera, as? como ocurri? en Pentecost?s y nos lo relatan los Hechos de los Ap?stoles.

3.5.2 Mar?a, madre, disc?pula y misionera

161. Mar?a, por su fe (cf. Lc 1, 45) y obediencia a la voluntadde Dios (cf. 1, 38), as? como por su constante meditaci?nde la Palabra y de las acciones de Jes?s (cf. 2,19.51), es la disc?pula m?s perfecta del Se?or (cf. LG 53).Tuvo un papel ?nico en la historia de salvaci?n, concibiendo, educando y acompa?ando a su hijo hasta su sacrificiodefinitivo. En la figura de la Madre junto a lacruz (cf. Jn 19, 25-26) se simboliza la misericordia entra?ablede Dios, que vibra en el coraz?n materno ante eldolor del Hijo y de todos los hijos. Desde la cruz Jesucristo confi? a sus disc?pulos, representados por Juan, el don de la maternidad de Mar?a. Ella, como Madre detantos hermanos, fortalece los v?nculos fraternos entretodos, alienta a la reconciliaci?n y el perd?n, y ayuda aque los disc?pulos de Jesucristo se experimenten comouna familia, la familia de Dios.

162. Perseverando junto a los ap?stoles a la espera delEsp?ritu (cf. Hch 1, 4), cooper? con el nacimiento de laIglesia misionera. Del mismo modo, as? como lo fue alinicio de la evangelizaci?n fundante, sobre todo en elTepeyac, tambi?n hoy es peregrina y misionera en nuestros pueblos latinoamericanos, alent?ndonos para que hagamos presente a Jes?s en todos los ambientes.

4. ALGUNOS GRANDES CRITERIOS

163. A la luz de Jes?s y su propuesta, que ilumina larealidad de nuestros pueblos, las aportaciones recibidas proponen ocho criterios generales para el camino misionerode la Iglesia en Am?rica Latina

4.1 Criterios cristol?gicos

El anuncio del Evangelio como ofrecimiento de vida


164. En todas las ?reas de la actividad evangelizadora,la propuesta de Jesucristo a las personas y a nuestros pueblos debe manifestarse como la oferta de una vida plena para todos, la que es percibida como fidedigna porel testimonio de vida de incontables cristianos, que hacen presente el amor al Padre y a los hombres, la sabidur?a y el poder del mismo Jes?s. La doctrina, las normas, las orientaciones ?ticas, y todo lo que proponga la Iglesia en sus diversas acciones, no debe ocultar ni ensombreceresta atractiva oferta de una vida digna y plena en comuni?ncon Dios y con los hermanos.

La opci?n preferencial por los pobres

165. La amistad con Jesucristo y el camino del discipuladonos impulsan a configurar nuestras opciones yactitudes con las del Se?or, quien desde la pobreza nosenriqueci? y nos mostr? las v?as fundamentales para la liberaci?n del pecado y de sus secuelas en la vida personaly social. Esto nos apremia a reafirmar y actualizar, en todos nuestros proyectos evangelizadores, nuestrapreferencia por los que sufren, por los excluidos y losm?s d?biles. La evangelizaci?n de los pobres es el gran signo mesi?nico que estamos llamados a vivir como Iglesia cf. Lc 7, 22). Somos instrumentos de Cristo, encargados de realizar la liberaci?n integral que propone el Evangelio.

Siempre somos disc?pulos

166. Todos debemos vivir y evangelizar de tal maneraque sea palpable y transparente, en nuestras actitudes y palabras, que nunca dejamos de ser disc?pulos de Jesucristo,que cada d?a lo redescubrimos y seguimos como anuestro Maestro y Pastor, que tenemos necesidad de ?l, y que siempre podemos crecer en su seguimiento. Eldiscipulado parte del encuentro personal con Jes?s, que renueva nuestra existencia y nos permite descubrir en lavida de la Sma. Trinidad el sentido ?ltimo de todo lo que somos y hacemos. Esto requiere una renovaci?n permanentede esa experiencia contemplativa a la vez que liberadora en medio de los desaf?os de la vida social y de la evangelizaci?n.

4.2 Criterios eclesiales

El discipulado misionero es comunitario


167. La vida y la misi?n son siempre comunitarias y eclesiales. El discipulado misionero se vive en una comunidadconcreta de disc?pulos para la vida del mundo, fomentando la diversidad en la comuni?n y construyendoredes comunitarias que contrarresten el poder delos ?poderosos? (cf. Lc 2, 52) y de las estructuras demuerte.

El discipulado exige un discernimiento eclesial

168. Los disc?pulos estamos llamados a reconocer lasdiversas formas de presencia de Jesucristo y el proyectodel Reino, en los variados desaf?os que enfrentan la Iglesiay el mundo. Para ello debemos vivir en un constante proceso de discernimiento, para iluminarnos unos a otrosdesde la Palabra de verdad y de vida. En la comunidadcreyente, acompa?ada y guiada por sus Pastores, se ha de discernir los nuevos escenarios sociales y las nuevasestrategias pastorales que permitan anunciar con vigor el Evangelio de siempre y colaborar en la construcci?nde una sociedad m?s humana (cf. Paulo VI, Octog?simaadveniens, n. 4).

La Iglesia en renovaci?n permanente

169. Por ser servidora de la vida, que es dinamismo yt ransformaci?n, porque el Reino siempre la trasciende, y porque la realidad en constante cambio la interpela, la Iglesia debe replantear una y otra vez su modo de presentar el Evangelio, sus m?todos, su lenguaje y todo lo circunstancial en sus propias estructuras. Todos los cambiosque eventualmente sea necesario implementar no son un mero ajuste funcional. Han de brotar de una necesaria y sincera conversi?n personal y eclesial.

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