S?bado, 26 de mayo de 2007
JORNADAS NACIONALES DE DELEGADOS DIOCESANOS DE MISIONES
ASAMBLEA GENERAL DE DIRECTORES DIOCESANOS DE OMP

(Madrid, 22-24 de mayo de 2007)
P. Vito Del Prete
Secretario General de la Pontificia Uni?n Misional


El tema de la Jornada Misionera Mundial se centrar? en el lema ?Todas las Iglesias para todo el mundo?, que constituye el contenido y el t?tulo del Congreso Internacional ?Fidei Donum?, que ha tenido lugar en Roma al inicio del mes de mayo.

Es un tema que el Papa ha indicado y elegido para conmemorar, relanzar y actualizar la realidad misionera ?Fidei Donum?, que es la expresi?n m?s comprensible, inmediata y eficaz de la responsabilidad que todas las Iglesias tienen ante el mandato misionero de Cristo. S? que la Iglesia en Espa?a no solamente ha inaugurado, sino que ha inventado la participaci?n en la misi?n universal seg?n el modelo de Comuni?n entre las Iglesias, desde 1947 con la instituci?n de la OCSHA, instituci?n que he propuesto a las Iglesias como modelo, publicando a este respecto un art?culo del Vicedirector nacional de las OMP, P. Anastasio, en Omnis Terra.

Todas las Iglesias para todo el mundo, se puede traducir as?: A la Iglesia, a todas las Iglesias particulares y a todos en la Iglesia les ha sido confiada la tarea de evangelizar las Gentes hasta los extremos confines de la tierra.

Los elementos que definen el contenido de la Jornada Misionera Mundial son dos: TODAS las Iglesias ? TODO el Mundo. Se trata de la universalidad de la misi?n que Cristo ha confiado a su comunidad: universalidad de los sujetos misioneros y universalidad de los destinatarios de la evangelizaci?n. En el fondo, se dice que toda la Iglesia y todas las Iglesias tienen como tarea prioritaria, absoluta, justificante de su propia existencia y actividad, s?lo uno: ir y anunciar el Reino de Dios, venido en Cristo, Salvador del Mundo, en un modelo de comuni?n misionera entre todas las comunidades diseminadas entre los pueblos del planeta.

Esta es la conciencia y el impulso que el Vaticano II y la praxis eclesial de este ?ltimo siglo han impulsado.

La reflexi?n del Vaticano II ha tenido siempre presente, m?s a?n, ha sido inspirada precisamente por estos dos polos: IGLESIA-MUNDO, para dar una respuesta al interrogante existencial que contin?a siendo la inquietud de todos los que se preocupan por el Reino de dios y la plena realizaci?n de la humanidad que Dios ha querido e imaginado: Iglesia, ?cu?l es tu misi?n? Pero para responder a esta pregunta, es necesario antes comprender la naturaleza de la Iglesia y el por qu? de la misi?n. Y esto ha sido posible gracias a una relectura de toda la historia de la salvaci?n, de la que Cristo es la realizaci?n.


1. Algunos puntos fundamentales

? Cristo es la luz de las Gentes. La Iglesia no brilla por luz propia, no tiene en s? misma su ser y su consistencia, sino que depende absolutamente de Cristo, que debe ser su constante punto de referencia, apoy?ndose en la irradiaci?n de su luz. La Iglesia es el organismo vivo a trav?s del cual Cristo contin?a su misi?n salvadora en nombre de su Padre con la fuerza del Esp?ritu Santo.
? Esta Iglesia existe para la humanidad. Como comunidad convocada por la Trinidad, la Iglesia es la voz doxol?gica de la humanidad y del universo; es el signo o sacramento de la humanidad salvada (pueblo santo de Dios, un reino de sacerdotes) que debe testimoniar y proclamar la salvaci?n de Dios (pueblo de profetas). Pero lo debe hacer a la manera de Dios, que ha enviado su Hijo, que ha tomado carne humana de Mar?a, ha descendido a las ra?ces m?s oscuras y limitadoras de la humanidad, comparti?ndolo todo, incluido el abandono de su Padre, el cual lo ha entregado a la muerte de cruz.
? Toda la Iglesia, en sus presencias culturales e hist?ricas, est? consagrada a la misi?n. Es siempre una Iglesia local, una comunidad concreta, hist?rica, de disc?pulos, quien ora, anuncia, interpela y, a la luz de su Se?or, ilumina y se integra en el curso de la historia de la humanidad, para estar en medio de todos los pueblos. La Iglesia local es la Iglesia universal que pone su tienda entre la gente.
? Esta Iglesia local es el pueblo elegido de entre las gentes, convocado en la unidad del Padre, y del Hijo y del Esp?ritu Santo. Los Romanos son llamados por Jesucristo de entre las gentes, son hijos queridos de Dios y santos por vocaci?n (Rm 1, 1); los Corintios son santificados en Jesucristo, llamados a ser santos (1Cor 1, 2); los Tesalonicenses han sido elegidos por Dios de entre las gentes (1Tes 1, 4); ?Yo un pueblo numeroso en esta ciudad? (Hch 18, 10). El discurso de Santiago a la asamblea de Jerusal?n ofrece todav?a m?s luz. Los cristianos son el pueblo consagrado: Dios ya al principio intervino ?para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre? (Hch 15, 14); los cristianos son consagrados por el bautismo, que les hace un pueblo santo, consagrado. ?Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneraci?n y por la unci?n del Esp?ritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llam? de las tinieblas a la luz admirable? (LG 10). Por eso el Vaticano II afirma que ? se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acci?n com?n de todos los fieles para la edificaci?n del Cuerpo de Cristo? (LG 32).

Todos participan en la misi?n salv?fica de la Iglesia, a la que Cristo mismo les ha destinado. Cada Iglesia y cada uno son, juntos, testigos e instrumentos vivos de la misma misi?n ?a la medida del don de Cristo (Ef 4,7)? (LG 33). Es una llamada directa de Cristo a la corresponsabilidad de la misi?n, en la multiplicidad de los dones del Esp?ritu.

El Esp?ritu se manifiesta en la Iglesia local (1Cor 14) con una riqueza de carismas por medio de los cuales el ?nico Esp?ritu da a cada fiel la llamada y la responsabilidad de la misi?n, en el proceso de la nueva creaci?n, a la que tiende toda su actividad. Es el Esp?ritu quien da la eficacia a los ministerios necesarios para la misi?n, les une, les ordena y les preserva.

Cada miembro de la comunidad est? dotado de carismas y de ministerios, no s?lo cuando est? reunido con la comunidad, sino tambi?n cuando se encuentra en el mundo. La llamada y la responsabilidad de la misi?n es para todos, no se encuentra vinculada al sexo, ni al estado de vida, porque esta llamada convierte la situaci?n particular de la persona al servicio del Reino de Dios. Cada uno debe dar a la Iglesia y a la edificaci?n del Reino de Dios todo cuanto tiene y puede hacer. Toda capacidad y potencialidad humanas se pueden poner al servicio del ministerio cuando se usan en Cristo.

Por eso es tremendamente verdad el hecho de que si la Iglesia pierde de vista la misi?n, se marchita, y sus miembros se convierten en miembros pasivos y ap?ticos. La Iglesia se tiene de pie o cae en la misi?n.


2. Lectura de la historia

a. Hoy, el cristianismo se encuentra en Europa en la situaci?n de tener que justificar su existencia. ?El proyecto de vida cristiano se ve continuamente desde?ado y amenazado; en muchos ambientes p?blicos es m?s f?cil declararse agn?stico que creyente; se tiene la impresi?n de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimaci?n social que no es indiscutible ni puede darse por descontada. [?] En la ra?z de la p?rdida de la esperanza est? el intento de hacer prevalecer una antropolog?a sin Dios y sin Cristo. [?] La cultura europea da la impresi?n de ser una apostas?a silenciosa? (Ecclesia in Europa 7. 9).

El hombre ha realizada casi en todas las partes una cesura con su mundo cultural y religioso, y se ha encontrado en un vac?o. Ha extraviado su identidad profunda y se ha convertido en un n?mero que no quiere ser descodificado. Quiere construirse su ciudad terrena, con leyes seg?n su conveniencia, reivindicaciones o exigencias individuales, hechas pasar casi siempre por derechos humanos. No acepta un punto de referencia universalmente v?lido, sea Dios o la naturaleza del ser humano. El hombre se convierte en un ser en construcci?n sin rostro, sin ninguna agarradera ni meta, zarandeado por diferentes corrientes, sin saber d?nde se encuentra su punto de amarre.

La situaci?n de la humanidad en esta transformaci?n epocal se presenta confusa, equ?voca, contradictoria, indescifrable. Solidariedad e injusticia internacional, aspiraci?n a la paz y producci?n y ventas de armas, ayudas a los pa?ses del tercer mundo y explotaci?n injusta e indiscriminada de sus riquezas naturales, pr?ctica del aborto y aversi?n radical contra cualquier forma que tienda a negar la vida, di?logo e intolerancia y guerras culturales y religiosas, fundamentalismo religioso y abandono de las religiones, conviven en nombre de los mismos principios de libertad, de igualdad.

El hombre quiete ser creador de s? mismo, sucumbiendo a la reiterada tentaci?n de arrogarse la prerrogativa divina. Tenemos aqu? no solamente la fractura entre fe y cultura, sino el rechazo pr?ctico de la fe en hombre de la ?omnipotencia? humana.

El hombre ha quedado empobrecido de su realidad fundante: ya no tiene m?s perspectivas, sino aquellas de su limitada realidad. Est? resignado a vivir el presente, m?s all? del cual no ve o no quiere atisbar el futuro.

Por eso, nuestra generaci?n se caracteriza por la angustiosa b?squeda de sentido, y se inventa su religi?n. Pero, como Agust?n de Hipona, su coraz?n est? inquieto, hasta que no encuentre el agua viva que saciar? su sed y le d? la esperanza en su futuro y en el del universo.

b. Pero la crisis se ampl?a, llega a ser tr?gica, ante los males globales que afligen la humanidad, que, como una lastra, desaf?an la voluntad de esperanza. Lo experimentamos cotidianamente en nuestra misma carne. Lo que m?s sorprende nuestra sensibilidad humana son los millones y millones de personas, especialmente en el tercer mundo, que se encuentran oprimidas por el hambre, la violencia, la enfermedad, la explotaci?n, las cat?strofes naturales que cosechan miles y miles de v?ctimas. Uno se siente impotente para derrotar las causas de esta continua tragedia humana. Parece que nada puede detener el curso de la econom?a de mercado, que persigue exclusivamente el provecho, y determina progresivamente la concentraci?n de grandes capitales en manos de pocos, las grandes y las peque?as guerras, los reg?menes opresivos de tantas naciones y el desprecio de la vida humana. Todo esto, nosotros lo llamamos hoy, con una denominaci?n siniestra, ?concentraci?n de los poderes fuertes?, contra los cuales es dif?cil combatir.

La presencia y la actividad de la Iglesia en el mundo, seg?n el modelo y por la misi?n que ha recibido de Cristo, Cristo, est?n orientadas a conducir esta humanidad desde la dispersi?n, la desigualdad y el odio, a la paz, la unidad, hasta el d?a en que Cristo sea todo en todos, y la presentar? al Padre. Esta es la misi?n hist?rica de la Iglesia. Esta es la profec?a que contiene su peregrinar con la humanidad a trav?s del tiempo. La Iglesia es signo, instrumento de la comuni?n entre Dios y los hombres, y de los hombres entre s?. La Iglesia debe caminar por los caminos del mundo para llamar adentro, en la ?nica morada de Dios, a los lejanos y dispersos. Ser?a verdaderamente traicionar su identidad y su propio servicio ministerial si, teniendo la puerta abierta, no se esforzara en todos los modos posibles, para que los otros entren y encuentren refugio. La Iglesia es, y debe llegar a ser efectivamente cada vez m?s, el edificio, la casa com?n de Dios (cfr. 1Cor 3, 9), a la que todos los hombres est?n destinados. Es una misi?n de amor.

Esta misi?n se encuentra en crisis y, al mismo tiempo, es m?s urgente, cuando los pueblos, y especialmente los que temen a Dios, sufren a causa de cat?strofes, p?rdida de libertad, injusticia, que hacen dudar de la validez misma del mensaje religioso que propone. La situaci?n de crisis determina la misi?n. Es una constante de la acci?n de Dios y de los acontecimientos humanos.

La crisis profunda del presente reproduce connotaciones y caracter?sticas an?logas a la de los primeros siglos del cristianismo.

c. Encargados del ministerio prof?tico-misionero. A Juan, el autor del Apocalipsis, le corresponde la tarea de interpretar este momento hist?rico (?las cosas que deben suceder muy pronto?), la misi?n de la Iglesia (las siete Iglesias) y el fundamento de la esperanza de salvaci?n para la comunidad cristiana y de toda la humanidad: es el Cristo, el Primero y el ?ltimo, el que Vive, el que estaba muerto, pero ahora vive para siempre y tiene poder sobre la muerte y sobre los infiernos. ?Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso? (Ap 1, 8). ?l es el Resucitado que guiar? la humanidad hacia cielos nuevos y tierras nuevas, donde ya no habr? ni muerte ni l?grimas, donde Dios ser? todo en todos, en el Reino de paz y de justicia.

De la misma manera, a la Iglesia le corresponde hoy la tarea de interpretar los signos de los tiempos y de anunciar a todos el Evangelio, fuerza de Dios que salva. Por lo que es totalmente cierto que ?El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invit?ndonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Esp?ritu, que fue enviado en Pentecost?s y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza ?que no defrauda?? (NMI 58). Nosotros creemos que solamente Cristo, que ha inaugurado y realizado el Reino de Dios, es la salvaci?n que Dios ha preparado para la humanidad.


3. Creaci?n de Iglesias locales

La actividad evangelizadora tiende a crear Iglesias locales, que constituyen el lugar donde Reino de Dios se hace presente y visible en medio de los hombres y les inflama con el fuego de la misi?n. Los disc?pulos, que re re?nen en la celebraci?n de la Eucarist?a, hacen presente la compasi?n de Dios que Jes?s mostr? en su misi?n mesi?nica. La Iglesia, que ?es hecha? por la Eucarist?a, y que ha experimentado el Reino de Dios, es la levadura, el fermento, la sal, la luz para todas las naciones.

La suya es una misi?n de comuni?n. Ella misma est? en comuni?n con el Padre, y el Hijo y el Esp?ritu Santo, y, de todos los lugares, se encuentra reunido alrededor del Cuerpo de Cristo.

A los g?rmenes de disgregaci?n entre los hombres, que la experiencia cotidiana maestra tan radicados en la humanidad a causa del pecado, la Iglesia local contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo.

Esta es la misi?n urgente que est? llamada a realizar hoy, en un mundo que, aunque sometido a un proceso de globalizaci?n econ?mica, se encuentra atravesado por conflictos, violencia, discriminaci?n, en el que no faltan grupos que, en nombre de Dios, sientan el odio y la violencia. Esta misi?n debe encontrarse en continuidad con la misi?n de Cristo, el cual ha venido a reunir a los hijos dispersos. Y lo hecho sirvi?ndose no de los medios de la l?gica humana, como el poder, o la riqueza, sino sacrific?ndose a s? mismo, dando la vida por la humanidad. Y de su camino y de su vida ha hecho la Carta Magna de su Iglesia. El Reino de los cielos, ha dicho, es de los pobres, de los sencillos, de los que sufren persecuci?n y muerte por causa de la justicia y del Reino de Dios. La Iglesia, pues, evangeliza esta humanidad cuando sigue el camino y la vida de Cristo. La Iglesia no quiere imponer, ni busca ning?n inter?s propio, sino que pide solamente servir a la humanidad, testimoniando y anunciando la cultura de Dios, para que esta humanidad llegue a ser una en la fraternidad, en la solidariedad, en v?nculo de amor que debe llegar a ser la ley universal de la convivencia entre los pueblos.

La Iglesia est? llamada a ser solidaria con la historia humana. Por ?sta, la Iglesia dialoga con esta humanidad, porque hace parte de ella y comparte su misma suerte. Debe leer e interpretar, bajo la gu?a del Esp?ritu Santo, lo que Dios Padre ha realizado y contin?a realizando entre los pueblos, que nunca ha abandonado. La Iglesia, en cuanto promotora de comuni?n, est? llamada a reunir cuanto el Esp?ritu del Se?or, desde el inicio de la creaci?n, ha sembrado en las culturas y en las religiones. Por eso la Iglesia no rechaza nada de cuando verdadero y santo se encuentran en ellas. El ad gentes sit?a a la Iglesia en una situaci?n que nos gusta calificar de frontera, tanto geogr?fica cuanto de la humanidad. La misi?n ad gentes nos sit?a de hecho en el centro del drama concreto de la humanidad, a la que se debe anunciar la novedad del Reino de Dios, y en la que se debe realizar la sociedad alternativa, seg?n los imperativos radicales del Evangelio. Es una misi?n in fieri, no s?lo porque la evangelizaci?n durar? cuanto el tiempo de la Iglesia, sino tambi?n porque no soporta ni m?todos ni reglas fijas. Est? constantemente abierta a las indicaciones del Esp?ritu y al contexto hist?rico de los grupos humanos. La misi?n es creatividad continua, est? sujeta, por eso, a revisi?n de mentalidad y de metodolog?as, a renovaci?n.

Esta misi?n es de todas las Iglesias, de todas las comunidades, y les corresponde a todos los miembros del Pueblo de Dios. Pero les corresponde antes de todo a las Iglesias locales, en las que y por las que subsiste la Iglesia universal. Es una misi?n que tiene como modelo, metodolog?a y camino la comuni?n entre las Iglesias, en la unidad del Cuerpo m?stico de Cristo. Quien se encuentra en las lejanas selvas de ?frica o del Amazonas, sabe que est? en comuni?n profunda con quien vive en Roma.

La misi?n es, pues, un asunto de todas las comunidades, que, como vasos comunicantes, comparten personas y recursos para la ?nica Iglesia universal. Todas las Iglesias, juntas, en misi?n.


4. El Padre Manna

El Beato P. Paolo Manna, en su folleto ?Le nostre Chiese e la Propagazione della fede? editado en los a?os 50, exclamaba: ?Quiz?s a alguien le parezca una novedad o?r decir que a nuestras di?cesis, bajo la gu?a de sus Pastores, les corresponda, junto con el Santo Padre, el deber de promover con los mejores medios posibles, la difusi?n del Reino de Cristo en el mundo. Pero, si los Pastores se desinteresan, ?a qui?n le compete este deber? Para un obispo, favorecer directamente las misiones no es un asunto de libre elecci?n, como podr?a serlo para un simple misionero, sino que es parte integrante de su misi?n de pastor de la Iglesia?. Aunque ?la jurisdicci?n de un obispo se restringe a los l?mites de la respectiva di?cesis, la misi?n primordial que Jesucristo les ha conferido est? lejos de ser cumplida, y no ha perdido, pues, nada de su obligatoriedad? (pp. 4-5).

Las misiones extranjeras no pod?an ser asunto o tarea de pocos hombres o institutos. La Iglesia entera debe expresar su naturaleza en la obra de evangelizaci?n a los no cristianos. El problema no era s?lo dar a conocer cuanto se hac?a en los pa?ses de misi?n, sino, sobre todo, impulsar a las Iglesias locales, con sus obispos y sacerdotes al frente, a asumir esta tarea importante y prioritaria. Manna siente la abulia por todas partes. Los obispos lamentan la escasez de clero, problemas insolubles a nivel de di?cesis. Hace que el problema explote. ?Todas las Iglesias para todo el mundo?. Esto no es un lema interesante, sino la ?ntima y profunda convicci?n que toca la naturaleza misma de la Iglesia, que en t?rminos conciliares se expresa con la c?lebre frase: la Iglesia es misionera por su misma naturaleza. El Vaticano II sistematiz? y dio autoridad a estas indicaciones.

Es tiempo de dar vida y concreci?n a esta Iglesia, que el Vaticano II y el sucesivo magisterio oficial ha descrito en su naturaleza y en su misi?n.

Los documentos conciliares en los que m?s se nota esta fuerza universal son Lumen Gentium, Gaudium et Spes, y Ad Gentes. En ?stos, la evangelizaci?n emerge como la categor?a fundamental de la naturaleza de la Iglesia. Est? presente y orienta todos los sectores de su actividad, de las personas y de las tareas que est?n llamados a desarrollar. No existe una ?nica categor?a de personas a la que se le haya dejado de lado: Papa, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, contemplativos; no hay sectores de la pastoral que no hayan sido caracterizados por la dimensi?n misionera, como la pastoral sacramental, la catequesis, la caridad, en una palabra, toda la vida y las actividades de la comunidad cristiana. Por lo que el aforisma ?la Iglesia es misi?n? caracteriza la Iglesia surgida del Vaticano II, y sintetiza su raz?n de ser.

Ahora ya es com?n la convicci?n de que una persona, una di?cesis, una orden o una congregaci?n religiosa no son verdaderamente aut?nticas si no se ubican en la estela de la missio ad gentes.

En nuestro tiempo ha nacido un fuerte movimento misionero: han recibido un gran impulso los sacerdotes ?Fidei Donum?; las ?rdenes contemplativas han establecido comunidades en territorios de misi?n, miles de laicos y de laicas, y de n?cleos familiares han partido hacia otras Iglesias, y han surgido movimientos eclesiales con un fuerte impulso misionero. ?se han multiplicado las Iglesias locales provistas de Obispo, clero y personal apost?lico propios; se va logrando una inserci?n m?s profunda de las comunidades cristianas en la vida de los pueblos; la comuni?n entre las Iglesias lleva a un intercambio eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangelizadora de los laicos est? cambiando la vida eclesial; las Iglesias particulares se muestran abiertas al encuentro, al di?logo y a la colaboraci?n con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones. Sobre todo, se est? afianzando una conciencia nueva: la misi?n ata?e a todos los cristianos, a todas las di?cesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales? (RMi 2).

A los que dicen que la missio ad gentes ha cumplido ya su tiempo, pedimos que ampl?en su mirada a toda la Iglesia, y se dar?n cruenta de que la missio ad gentes se ha convertido en tarea de cada fiel, de cada comunidad cristiana, de cada Iglesia local.


5. Una mirada a la situaci?n

En verdad, despu?s del entusiasmo y de las aperturas de la primera hora que suscit? el Vaticano II, parece que atravesamos un periodo de estancamiento, del que Redemptoris Missio es int?rprete cualificado, enfocando los obst?culos externos e internos de la misma Iglesia, ?han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo? (RMi 2).

Subsiste una tendencia, m?s bien grave, que atenaza a las Iglesias particulares a encerrarse en s? mismas, preocupadas por sus necesidades y confrontadas con los desaf?os nada f?ciles que la humanidad presenta al cristianismo. Las di?cesis, especialmente las de antigua fe, se sientes como castillos asediados, cierran las propias filas, se cuentan, se dan una mejor organizaci?n para blocar el desangre de las propias comunidades cristianas. La misi?n est? aqu?, se siente repetir a muchos obispos preocupados.

Pedro la experiencia nos dice que, as?, no van demasiado lejos, porque el ?nico remedio para volver a dar vida a las comunidades cristianas es la missio ad gentes. La fe se fortalece d?ndola. Si una di?cesis, una comunidad cristiana no se meten en la estela de la evangelizaci?n, se encuentran en una crisis de fe.

El Vaticano II ha respondido, no haciendo un tratado de eclesiolog?a y de misionolog?a, sino llamando en causa, redefiniendo y recalificando los ministerios en la Iglesia.


6. Iglesia local y obispo

El obispo est? llamado a ejercer su mandato misionero en fuerza de la apostolicidad de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha realizado un importante cambio de acento en favor de la importancia de la Iglesia local, pero, la mismo tiempo, ha atribuido una dimensi?n universal a la responsabilidad pastoral de los obispos, en cuanto componentes del colegio episcopal que sucede al colegio apost?lico en la misi?n que Cristo le ha confiado. El Obispo debe ver en su Iglesia particular ?la imagen de la Iglesia universal?, porque la una y ?nica Iglesia cat?lica se constituye en y desde las Iglesias locales. De esto se deduce, pues, que el ministerio episcopal, si est? vinculado a la g?nesis, al desarrollo y a los dinamismos de crecimiento de la comunidad concreta, por la naturaleza misma de la comunidad, que es esencialmente cat?lica, est? llamado a un servicio que no puede quedarse encerrado entre las paredes de una ?nica comunidad cristiana. Ha sido puesto al servicio de la comuni?n entre las Iglesias, y esto determina esencialmente incluso su servicio pastoral. Debe haber, por decirlo as?, dos almas del ministerio episcopal: pastor local y pastor itinerante, y dos perspectivas: la de la Iglesia constituida y la de la Iglesia que hay que fundar.

Se debe sentir la tradici?n apost?lica como el lugar del que nacen los sacramentos y a cuyo alrededor la comunidad se re?ne para la meditaci?n de la Palabra de Dios, su oraci?n y el anuncio de su comuni?n, o tambi?n para ser sentida m?s a?n como el fermento del mundo y la animaci?n de su historia, en la indicaci?n del camino que conduce hacia el.

La missio ad gentes es parte constitutiva de la Iglesia local, porque es fundamental para toda la existencia cristiana. Por eso debe vivificar, orientar y determinar toda otra actividad. A?n siendo espec?fica, debe ser como la levadura que hace crecer y confiere autenticidad a los diferentes ?mbitos de la pastoral. De hecho ?no es f?cil definir los confines entre atenci?n pastoral a los fieles, nueva evangelizaci?n y actividad misionera espec?fica, y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos estancados? (RMi 34). La misi?n es el paradigma de toda la actividad pastoral, lo que quiere decir que catequesis, caridad, sacramentos, no son plenamente aut?nticos si no se encuentran animados, vivificados, actualizados o celebrados con la intencionalidad y en vistas de la missio ad gentes, la categor?a que unifica todas las expresiones de la misi?n de la Iglesia. S?lo as? la comunidad diocesana ser? formada y animada a realizar en su propio terreno y fuera de los propios confines eclesiales y culturales las multiformes y mult?plices actividades de evangelizaci?n, como el anuncio, la promoci?n humana, el di?logo, la ayuda a las j?venes Iglesias, tal como se enumeran en la Evangelii Nuntiandi y en la Redemptoris Missio.

Es en esta visi?n global y unificadora donde el ministerio episcopal puede encontrar una definitiva dimensi?n y realizaci?n misionera, superando el obispo la aparente contradicci?n de ser pastor de una determinada comunidad y el deber de predicar el Evangelio hasta los extremos confines de la tierra.

?No es una gloria para m? predicar el Evangelio?, dec?a San Pablo. Para un obispo, ser misionero no deber?a constituir un t?tulo de m?rito, casi un valor a?adido a su personalidad, sino una humilde e imprescindible deuda que ha adquirido con la imposici?n de las manos.

La crisis que atenaza las Iglesias occidentales y la fase de estancamiento que algunos registran en las Iglesias j?venes, se deben precisamente al hecho de que la evangelizaci?n aparece como opci?n prioritaria en los planes pastorales, pero no vivifica ni determina toda la realidad.

Efectivamente, en las Iglesias de antigua tradici?n, permanece un estilo pastoral de conservaci?n, aunque actualizado y sofisticado, y tiende a atajar el abandono de la comunidad cristiana por parte de tantos fieles. Es verdad, se procura dar un aspecto nuevo a la liturgia, a la catequesis, a las actividades caritativas, a crear comisiones y subcomisiones, grupos, con el intento de que hagan suya la identidad cristiana. Pero se olvida que la sustancia de la identidad de la Iglesia la constituyen dos elementos fundamentales: la fe en el misterio de Dios, que Cristo ha revelado y realizado, y la misi?n de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que ?l venga.


7. El deber de cada Iglesia de ?estar en misi?n?

Minor?a, en una ?poca de transformaciones mundiales, de descristianizaci?n y de confrontaci?n con otras culturas y religiones, la Iglesia local se encuentra, de hecho, en un ambiente y en un mundo que hay que evangelizar. Las Gentes se encuentran en el territorio de cada di?cesis.

La Iglesia est? puesta como centinela, que anuncia el Dios que viene, como profeta, que interpreta la historia de la humanidad a la luz de Dios, como sacramento de Cristo, Supremo Pastor, en el acto supremo de donaci?n para la salvaci?n de todos los hombres.

Como Pablo ap?stol, tiende esencialmente hacia los lejanos, aquellos que todav?a no conocen a Crsito, y todav?a no han experimentado la paternidad de Dios. Ser?n las amplias clases de no-creencia, ser?n los emigrados o los fieles de otras religiones presentes en el propio territorio, la cultura de violencia y atropello, que se opone al Evangelio y a la dignidad del hombre, la explotaci?n de las personas, las nuevas capas de pobreza, y tambi?n ciertas formas de esclavitud religiosa y cultural: la existencia y la actividad de la Iglesia, que el Obispo preside, son para esto. ?La cooperaci?n misionera se abre hoy a nuevas formas, incluyendo no s?lo la ayuda econ?mica, sino tambi?n la participaci?n directa? (RMi 82).

Al Obispo se le pide ?promover, dirigir y coordinar la actividad misionera. [?] La actividad apost?lica no se limite tan s?lo a los convertidos, sino que ha de destinar una parte conveniente de operarios y de recursos a la evangelizaci?n de los no cristianos? (cfr. AG 30). Cada di?cesis deber?a ser un laboratorio misionero siempre abierto.

El entrar en los caminos de la evangelizaci?n sobre el propio territorio, ser? un est?mulo y un instrumento id?neo para dar nueva vitalidad a la misma comunidad cristiana, que se sentir? comprometida en dar un testimonio m?s coherente de la propia fe, y en hacer surgir la pasi?n de comunicarla en todas partes donde Cristo todav?a no ha sido anunciado.


8. ?en comuni?n con y para las otras Iglesias en la missio ad extra

Efectivamente, el mandato de predicar el Evangelio a todas las naciones no ha terminado. ?Los hombres que esperan a Cristo son todav?a un n?mero inmenso. [?] No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos tambi?n por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios? (RMi 86). Al Obispo, como jefe y centro de la actividad apost?lica, se le pide que promueva las vocaciones misioneras para los institutos, congregaciones y para las otras Iglesias. Pero, con m?s propiedad, est? llamado a favorecer una forma de participaci?n en la misi?n universal, con el env?o de sacerdotes y laicos diocesanos seg?n el modelo de comuni?n y cooperaci?n misionera entre las Iglesias. Son los sacerdotes, y ahora tambi?n los laicos ?Fidei Donum?, lanzados por la enc?clica del mismo nombre, de los que la Redemptoris Missio afirma que la intuici?n prof?tica de P?o XII ?ha hecho superar la dimensi?n territorial del servicio sacerdotal para ponerlo a disposici?n de toda la Iglesia. Hoy se ven confirmadas la validez y los frutos de esta experiencia? (RMi 67)..

Desgraciadamente, es necesario constatar que el entusiasmo de los comienzos ha disminuido, con la excusa de que la misi?n ha venido a nosotros, y as?, no pocos Obispos frenan el impulso hacia el mundo no cristiano, concediendo no de buena gana el personal para las otras Iglesias (cfr. RMi 85). A las Iglesias antiguas, como a las j?venes, se les ha dicho que no se a?slen, que acojan y env?en misioneros y medios a las otras Iglesias. Este es el medio para volver a dar frescura y vitalidad a las Iglesias locales, para resolver los numerosos problemas que les afligen.

Mediante esta espec?fica praxis de cooperaci?n misionera directa, el Obispo asume verdaderamente como propia la solicitud por todas las Iglesias, que se convierte en una efectiva realidad, y no en una cuesti?n de principio. En el 50? aniversario de aquella enc?clica y ante la urgencia y la necesidad de la evangelizaci?n que requiere la humanidad contempor?nea, se pide a todos los Obispos que hagan propia aquella expresi?n de la que se sirvi? la III Conferencia General del Episcopado latinoamericano en Puebla en 1979: ?Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza?.

Las Iglesias locales esparcidas por el mundo, son portadoras de un mensaje nuevo de salvaci?n, que introducen como una semilla en las ra?ces de aquella que el Apocalipsis de Juan llama Babilonia. Estas Iglesias son los disc?pulos de Cristo, viven y cantal el canto nuevo de la liberaci?n. No se contaminan con la idolatr?a, son la primicia para Dios. Seg?n la hermosa carta a Diogneto, son el alma del mundo. La vida de los disc?pulos es la de todos los hombres, pero con contenidos e intencionalidades diferentes.

?Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extra?a les es patria, y toda patria les es extra?a. Viven en la carne, pero no viven seg?n la carne. Est?n sobre la tierra, pero su ciudadan?a es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo? (Cap. IV).

Estas Iglesias locales deben ser el jard?n experimental, el n?cleo, el germen, la anticipaci?n de lo que deber? ser la humanidad redimida: viven en comuni?n (koinonia), cuya expresi?n y culmen es la fracci?n de pan (liturgia), para el servicio (diakonia) y la proclamaci?n del Evangelio (parresia) especialmente con el testimonio de la vida hasta el martirio (marturya). De esta manera evangelizan, y otros hombres y mujeres continuamente se suman al n?mero de los creyentes.
Publicado por verdenaranja @ 0:13  | Misiones
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