Jueves, 07 de junio de 2007
ZENIT publica la intervenci?n de Benedicto XVI durante la audiencia general del mi?rcoles, 6 de Junio de 2007, dedicada a presentar la figura de San Cipriano.

Queridos hemanos y hermanas:

En la serie de nuestras catequesis sobre las grandes personalidades de la Iglesia antigua, llegamos hoy a un excelente obispo africano del siglo III, san Cipriano, ?el primer obispo que en ?frica alcanz? la corona del martirio?. Su fama, como atestigua el di?cono Poncio, el primero en escribir su vida, est? tambi?n ligada a la creaci?n literaria y a la actividad pastoral de los trece a?os que pasaron entre su conversi?n y el martirio (Cf. ?Vida? 19,1; 1,1). Nacido en Cartago en el seno de una rica familia pagana, despu?s de una juventud disipada, Cipriano se convierte al cristianismo a la edad de 35 a?os. ?l mismo narra su itinerario espiritual: ?Cuando todav?a yac?a como en una noche oscura?, escribe meses despu?s de su bautismo, ?me parec?a sumamente dif?cil y fatigoso realizar lo que me propon?a la misericordia de Dios? Estaba ligado a much?simos errores de mi vida pasada, y no cre?a que pudiera liberarme, hasta el punto de que segu?a los vicios y favorec?a mis malos deseos? Pero despu?s, con la ayuda del agua regeneradora, qued? lavada la miseria de mi vida precedente; una luz soberana se difundi? en mi coraz?n; un segundo nacimiento me regener? en un ser totalmente nuevo. De manera maravillosa comenz? a disiparse toda duda? Comprend?a claramente que era terrenal lo que antes viv?a en m?, en la esclavitud de los vicios de la carne, y por el contrario era divino y celestial lo que el Esp?ritu Santo ya hab?a generado en m?? (?A Donato?, 3-4).

Inmediatamente despu?s de la conversi?n, Cipriano, a pesar de envidias y resistencias, fue elegido al oficio sacerdotal y a la dignidad de obispo. En el breve per?odo de su episcopado afronta las dos primeras persecuciones sancionadas por un edicto imperial, la de Decio (250) y la de Valeriano (257-258). Despu?s de la persecuci?n particularmente cruel de Decio, el obispo tuvo que empe?arse con mucho esfuerzo por volver a poner disciplina en la comunidad cristiana. Muchos fieles, de hecho, hab?an abjurado, o no hab?an tenido un comportamiento correcto ante la prueba. Eran los as? llamados ?lapsi?, es decir, los ?ca?dos?, que deseaban ardientemente volver a entrar en la comunidad. El debate sobre su readmisi?n lleg? a dividir a los cristianos de Cartago en laxistas y rigoristas. A estas dificultades hay que a?adir una grave epidemia que flagel? ?frica y que plante? interrogantes teol?gicos angustiantes tanto dentro de la comunidad como en relaci?n con los paganos. Hay que recordar, por ?ltimo, la controversia entre Cipriano y el obispo de Roma, Esteban, sobre la validez del bautismo administrado a los paganos por parte de cristianos herejes.

En estas circunstancias realmente dif?ciles, Cipriano demostr? elevadas dotes de gobierno: fue severo, pero no inflexible con los ?ca?dos?, d?ndoles la posibilidad del perd?n despu?s de una penitencia ejemplar; ante Roma, fue firme en la defensa de las sanas tradiciones de la Iglesia africana; fue sumamente comprensivo y lleno del m?s aut?ntico esp?ritu evang?lico a la hora de exhortar a los cristianos a la ayuda fraterna a los paganos durante la epidemia; supo mantener la justa medida a la hora de recordar a los fieles, demasiado temerosos de perder la vida y los bienes terrenos, que para ellos la verdadera vida y los aut?nticos bienes no son los de este mundo; fue inquebrantable a la hora de combatir las costumbres corruptas y los pecados que devastan la vida moral, sobre todo la avaricia.

?Pasaba de este modo los d?as?, cuenta el di?cono Poncio, ?cuando por orden del proc?nsul, lleg? inesperadamente a su casa el jefe de la polic?a? (?Vida?, 15,1). En ese d?a, el santo obispo fue arrestado y despu?s de un breve interrogatorio afront? valerosamente el martirio en medio de su pueblo.

Cipriano compuso numerosos tratados y cartas, siempre ligados a su ministerio pastoral. Poco proclive a la especulaci?n teol?gica, escrib?a sobre todo para la edificaci?n de la comunidad y para el buen comportamiento de los fieles. De hecho, la Iglesia es su tema preferido. Distingue entre ?Iglesia visible?, jer?rquica, e ?Iglesia invisible?, m?stica, pero afirma con fuerza que la Iglesia es una sola, fundada sobre Pedro.

No se cansa de repetir que ?quien abandona la c?tedra de Pedro, sobre la que est? fundada la Iglesia, se queda en la ilusi?n de permanecer en la Iglesia? (?La unidad de la Iglesia cat?lica?, 4). Cipriano sabe bien, y lo dijo con palabras fuertes, que ?fuera de la Iglesia no hay salvaci?n? (Ep?stola 4,4 y 73,21), y que ?no puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como madre? (?La unidad de la Iglesia cat?lica, 4). Caracter?stica irrenunciable de la Iglesia es la unidad, simbolizada por la t?nica de Cristo sin costura (ib?dem, 7): unidad que, seg?n dice, encuentra su fundamento en Pedro (ib?dem, 4) y su perfecta realizaci?n en la Eucarist?a (Ep?stola 63,13). ?S?lo hay un Dios, un solo Cristo?, exhorta Cipriano, ?una sola es su Iglesia, una sola fe, un solo pueblo cristiano, firmemente unido por el cemento de la concordia: y no puede separarse lo que por naturaleza es uno? (?La unidad de la Iglesia cat?lica?, 23).

Hemos hablado de su pensamiento sobre la Iglesia, pero no hay que olvidar, por ?ltimo, la ense?anza de Cipriano sobre la oraci?n. A m? me gusta particularmente su libro sobre el ?Padrenuestro?, que me ha ayudado mucho a comprender mejor y a rezar mejor la ?oraci?n del Se?or?: Cipriano ense?a que precisamente en el ?Padrenuestro? se ofrece al cristiano la manera recta de rezar; y subraya que esta oraci?n se conjuga en plural ?para que quien reza no rece s?lo por s? mismo. Nuestra oraci?n --?escribe-- es p?blica y comunitaria y, cuando rezamos, no rezamos s?lo por uno, sino por todo el pueblo, pues somos una sola cosa con todo el pueblo? (?La oraci?n del Se?or? 8). De este modo, oraci?n personal y lit?rgica se presentan firmemente unidas entre s?. Su unidad se basa en el hecho de que responden a la misma Palabra de Dios. El cristiano no dice ?Padre m?o?, sino ?Padre nuestro?, incluso en el secreto de su habitaci?n cerrada, pues sabe que en todo lugar, en toda circunstancia, es miembro de un mismo Cuerpo.

?Recemos, por tanto, hermanos querid?simo?, escribe el obispo de Cartago, ?como Dios, el Maestro, nos ha ense?ado. Es una oraci?n confidencial e ?ntima rezar a Dios con lo que es suyo, elevar a sus o?dos la oraci?n de Cristo. Que el Padre reconozca las palabras de su Hijo cuando elevamos una oraci?n: que quien habita interiormente en el esp?ritu est? tambi?n presente en la voz? Cuando se reza, adem?s, hay que tener una manera de hablar y de rezar que, con disciplina, mantenga calma y reserva. Pensemos que estamos ante la mirada de Dios. Es necesario ser gratos ante los ojos divinos tanto con la actitud del cuerpo como con el tono de la voz? Y cuando nos reunimos junto a los hermanos y celebramos los sacrificios divinos con el sacerdote de Dios, tenemos que hacerlo con temor reverencial y disciplina, sin arrojar al viento por todos los lados nuestras oraciones con voces desmesuradas, ni lanzar con tumultuosa verborrea una petici?n que hay que presentar a Dios con moderaci?n, pues Dios no escucha la voz, sino el coraz?n (?non vocis sed cordis auditor est?)? (3-4). Se trata de palabras que siguen siendo v?lidas tambi?n hoy y que nos ayudan a celebrar bien la santa Liturgia.

En definitiva, Cipriano se encuentra en los or?genes de esa fecunda tradici?n teol?gico-espiritual que ve en el ?coraz?n? el lugar privilegiado de la oraci?n. Seg?n la Biblia y los Padres, de hecho, el coraz?n es lo ?ntimo del ser humano, el lugar donde mora Dios. En ?l se realiza ese encuentro en el que Dios habla al hombre, y el hombre escucha a Dios; en el que el hombre habla a Dios y Dios escucha al hombre: todo esto tiene lugar a trav?s de la ?nica Palabra divina. Precisamente en este sentido, haciendo eco a Cipriano, Emaragdo, abad de san Miguel, en los primeros a?os del siglo IX, atestigua que la oraci?n ?es obra del coraz?n, no de los labios, pues Dios no mira a las palabras, sino al coraz?n del orante? (?La diadema de los monjes?, 1).

Tengamos este ?coraz?n que escucha?, del que nos hablan la Biblia (cfr 1 Reyes 3, 9) y los Padres: ?nos hace mucha falta! S?lo as? podremos experimentar en plenitud que Dios es nuestro Padre y que la Iglesia, la santa Esposa de Cristo, es verdaderamente nuestra Madre.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit]

Queridos hermanos y hermanas:
San Cipriano naci? en Cartago, en una rica familia pagana. Despu?s de su conversi?n, a los 35 a?os de edad, fue ordenado sacerdote y luego obispo. Durante su episcopado tuvo que afrontar muchas dificultades, como las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, mostrando as? sus grandes dotes de gobierno. Con los fieles que hab?an claudicado ante la prueba - los lapsi, es decir, "ca?dos" -, fue severo pero no inflexible, concedi?ndoles el perd?n despu?s de una penitencia ejemplar. Durante la peste que asol? ?frica, manifest? todo su esp?ritu de caridad invitando a los cristianos a socorrer tambi?n a los paganos.

Cipriano escribi? numerosos tratados y cartas, con el deseo de edificar a la comunidad y exhortar a los fieles al buen comportamiento. El tema de la Iglesia era muy querido para ?l. La unidad es su caracter?stica irrenunciable: unidad que se fundamenta en Pedro y que se realiza en la Eucarist?a. En su tratado sobre la oraci?n del Padre nuestro, anima a rezar usando las palabras con moderaci?n, porque Dios no escucha las palabras sino el coraz?n. El coraz?n es lo m?s ?ntimo donde Dios habla al hombre y el hombre habla a Dios; es, pues, el lugar privilegiado de la oraci?n.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua espa?ola. En particular, a las Hijas de Mar?a Auxiliadora y al grupo de las Obras Misionales Pontificias. Saludo tambi?n a los dem?s peregrinos de Espa?a, M?xico, El Salvador, Argentina y de otros Pa?ses latinoamericanos. Siguiendo las ense?anzas de san Cipriano, abramos nuestro coraz?n a la oraci?n para experimentar plenamente que Dios es nuestro Padre y que la Iglesia, la santa Esposa de Cristo, es verdaderamente nuestra Madre.

[Traducci?n del original ingl?s realizada por Zenit
Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Habla el Papa
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